Inti Guerrero y José Flórez

Felicidad exterior

En París parece haber tal exceso de talento que no es fácil comenzar desde cero, y mucho menos si se es extranjero. Pero no les fue nada mal a estos talentosos colombianos allí este año. ¿Quiénes son?

2013/12/12

Por Ricardo Abdahllah. París.

El curador

Al buscar “Inti Guerero” en Google, la máquina  parece confundida. “Curador colombiano radicado en Ámsterdam”. “Vive en Costa Rica”. “Residente en São Paulo”. Cuando lo llamo lo primero que le pregunto es si lo estoy despertando o haciéndolo trasnochar.

“Estoy en Hong Kong”, dice.

Conocí a Guerrero en Metz, cuando el Fondo Regional de Arte Contemporáneo inauguraba una muestra conjunta con el Museo de Arte Contemporáneo de Vigo. En Vigo la exposición se llamó Bajando hacia la tierra; en Metz, S’envoler les pieds sur terre. (Elevarse con los pies en la tierra). Guerrero había sido invitado como curador luego de ganar el premio de jóvenes curadores convocado por las dos instituciones. Había concebido la exposición a partir de una fotografía de las líneas de Nazca tomada por Marilyn Bridges a finales de los setenta. “Mucho de mi trabajo curatorial comienza en un hecho del pasado que me interroga sobre el presente”, dice.

Egresado de la Universidad de los Andes en Bogotá, Guerrero reconoce la influencia de José Roca en la formación de una idea moderna de la curaduría en Colombia. “Con Roca aprendí que la curaduría es un medio de expresión artística tan lleno de posibilidades como cualquier otro”.

Luego de salir de Bogotá, Guerrero vivió en São Paulo, donde estudió Historia y Teoría del Arte y Arquitectura. A la capital holandesa llegó en el 2008 para hacer parte del De Appel’s Curatorial Programme y ese fue su centro de operaciones hasta el año pasado.

Su primera exposición coordinada desde Hong Kong la realizó al llegar a la isla que define como “una metrópoli en un sentido mucho más amplio que el económico”. Fue la primera vez que trabajó a partir de una colección privada, la Kadist, en el museo Minsheng de Shanghái.

“Les parecía interesante que un curador colombiano preparara en China la exposición de una colección francesa compuesta en gran parte por artistas de Europa del Este –dice–. Una colección privada ya está condicionada por un gusto, incluso puede haber sido armada con criterios mercantiles, pero exponerla da la oportunidad de presentarla de otra manera. Además, un curador no muestra sus gustos, crea un discurso”.

Durante el 2012 Guerrero fue el curador de Man Up, Two Examples of Transfiguration, en la Tate Gallery de Londes. A finales del año anterior había sido nombrado director artístico del espacio TEOR/éTica en San José de Costa Rica, que incluía el trabajo del panameño Ramón Zafrani sobre la construcción de edificios con madera de viejas casonas costarricenses y un video de los White Stripes. La más reciente exposición, Hombres entre las ruinas, hablaba sobre la radicalización del nacionalismo en América Latina, y la próxima tratará sobre los desaparecidos en las dictaduras.

En el 2013, Guerrero fue responsable de los solo projects de la Feria de Arte de Madrid y trabajó en la inauguración del Museo de Arte de Río, que será en el 2014. El próximo año curará también un proyecto conjunto de la Tate con TEOR/éTica. “En cambio, participo cada vez menos en simposios de curaduría. Es una gastadera de tiempo definir una práctica en lugar de hablar de contenidos”.

A pesar de que las exposiciones cronológicas o regionales le interesan porque le permiten ver las obras con las que construirá su curadurías, Guerrero dice que prefiere trabajar sin ese tipo de restricciones. “No me interesan las exposiciones conciliadoras que ponen a todos los países como iguales y niegan las tensiones que existen. Creo que el arte puede ser una defensa contra esa uniformidad a la que la globalización quiere condenarnos. Seré, a lo mejor, muy romántico, pero creo que con el arte sí se puede”.

 Los cineastas

Cualquiera de los miembros de El Perro que Ladra (en francés Le Chien qui Aboie, un refrán popular) dirá que la Ley de Cine ha permitido un aumento en la cantidad y calidad de las producciones nacionales.  Sin embargo, nada garantiza que las cintas se exhiban más allá del circuito de festivales. La asociación, fundada en el 2005 y con personería jurídica desde el 2009, nació de un grupo de amigos vinculados con la cinematografía que buscaban abrir otros espacios de difusión. Para no ser simplemente un cineclub, declararon como objetivo oficial la promoción del cine latinoamericano y como política pagar a los productores los derechos de cada proyección.

“Existe un trabajo grande de prospección antes de elegir lo que pasamos”, dice Sebastián Coral, uno de los miembros. “Estamos siempre leyendo sobre cine y aprovechamos los viajes a América Latina para encontrar cintas que podrían tener o tendrán un eco en nuestro público”.

“En los festivales intercambiamos ideas, conseguimos socios en otros países y estamos alimentándonos de nuevo cine”, agrega el también miembro Guillermo Quintero.

Los debates con directores, productores y expertos, además de un lleno total que obliga en ocasiones a una segunda proyección, han sido la marca de El Perro desde los primeros eventos en la escuela de cine Femis y el Café de París. Actualmente las proyecciones se realizan en el cinema La Clef.

Fue gracias al interés del director de dicha sala, Raphael Vion, y a los 3.500 euros que la asociación logró recaudar con una convocatoria en la página KissKissBankBank, que en junio pasado se realizó el festival Panorama del Cine Colombiano. Durante seis días se presentaron treinta proyecciones, dos conciertos y doce debates con realizadores, entre los que estuvieron Andrea Said, Rubén Mendoza, Amado Villafaña Chaparro y Luis Ospina.

“Súmele las producciones independientes, el cine comunitario y lo que están haciendo las comunidades indígenas” dice Nadia Solano, coordinadora del evento.

Cuatro años después del embolate de los primeros días, los amigos cinéfilos, como se siguen definiendo, vieron cómo los portales especializados Visionsdusud y Commeaucinema y diarios como Le Monde estaban hablando de su festival. Dos de las cintas presentadas: La sociedad del semáforo y La sirga, continuaron proyectándose en salas francesas. La asociación ha brindado servicios de curaduría a festivales como los de Montpellier y Biarritz.

Fue también durante el 2013 que la periodista Liliana Díaz decidió abrir en Barcelona un capítulo de la asociación.  Apenas semanas después del Panorama francés, el recién fundado Perro catalán ya estaba presentando su propia versión del Festival.

Los salseros

“Aquí se piensa que la salsa es una cosa de zapato blanco y brillante”, dice Andrés Vela. “Yo creo que la salsa es una música muy nueva para matarla y embalsamarla”.

Andrés Vela es el saxofonista y director musical de los Salsos Positivos, una orquesta conformada en su mayoría por colombianos, que en tres años de existencia, y con apenas un EP se ha ganado una reputación en las salas de concierto francesas. Los Salsos han pasado además por el festival Coleurs du Monde, de Martigues; las Francofollies de la Rochelle; el parisino Ici et Demain y la escena del Museo del Quai Branly. Ese concierto fue transmitido en directo por Arte, la cadena de televisión cultural franco-alemana.

La orquesta comenzó en el 2009, cuando Andrés Vela y Florencia Jaurena empezaron a improvisar en las fiestas de la Ciudad Universitaria de París, donde los dos vivían como estudiantes. Jaurena, argentina, tenía una formación en música clásica. Vela, que estudiaba Ingeniería,  había tocado en Colombia con grupos como Nawal y Alerta. También tenía una amistad de largo rato con los miembros de la orquesta La 33.

“Deberías verte con un amigo mío en París, Pierre Klemas”, le dijo Diego Sánchez, el percusionista de la orquesta bogotana.

 “Yo diría que La 33 han sido como nuestros mentores”, dice Jaurena.

A punta de amigos, referencias y encuentros a la hora de improvisar en la calles, la orquesta se fue completando en los primeros meses del 2010 alrededor del núcleo de Klemas, Vela y Jaurena. El primer concierto fue en la École Normale Supérieure. En cuestión de meses, los Salsos pasaron de las reuniones para tocar con los amigos a tres ensayos por semana. Aunque los “músicos” eran en su mayoría estudiantes de doctorado o recién graduados, a finales del año estaban tocando como residentes en La Plage, un bar de sótano en el que los nueve músicos casi no dejaban espacio para los clientes.

“Llegará el momento en el que haya que decidir si siguen con la orquesta y dejan lo demás”, dice Vela “Hay gente que se ha ido porque tiene familia, o se va a otro país o el trabajo no la deja. Ahora todos pensamos en eso. En dedicarnos de lleno a la orquesta”.

Luego de varias presentaciones esporádicas a lo largo del 2010 y el 2011, la salsa de conciertos Les Combustibles, usualmente dedicada a la música rock, les abrió sus puertas para una serie de conciertos que les permitieron ir remplazando un repertorio de covers por canciones propias.

Actualmente la mayoría del concierto está constituida por temas originales de la orquesta.  “Hemos cambiado la manera de componer”, dice Vela. “Antes trabajábamos a partir de improvisaciones. Ahora cada uno llega con una base bien armada sobre la que trabajamos todos”.

También el público ha cambiado: si bien la orquesta ha realizado presentaciones en el Consulado de Colombia, quienes asisten a salas como L’Entrepôt son en su mayoría franceses.

“La salsa siempre fue una música de inmigrantes. El rap de los latinos de Nueva York. Y es de eso que hablamos en nuestras letras”, dice Vela. El primer álbum de la orquesta estará terminado para el verano del 2014.

El bailarín

Su primera presentación en París fue en el exclusivo club Silencio. La palabra exclusivo no es gratuita. Tampoco el club. Para pasar la puerta del espacio bohemio que David Lynch abrió en París no solo hay que desembolsar una membresía de 900 euros anuales, sino ser aprobado por un comité de selección. Su cuarta presentación fue en la Plaza de los Almendros, un espacio al aire libre en las colinas de Belleville, en el festival de verano de París. El público, que asistía gratuitamente, incluía desde estudiantes y aficionados a la danza hasta familias en plan de parque. Y hubo seis presentaciones más, en terrenos en construcción, teatros, parques y salas de concierto.

José Florez fue descubierto en Medellín por un agente que decidió llevarlo a bailar en Francia. La historia fue así: el Ministerio de Cultura y el Festival Impulsos invitaron a un grupo de profesionales franceses de la danza, para descubrir el paisaje coreográfico colombiano. Entre ellos se encontraban Carole Fierz y Didier Michel. Ella es codirectora del festival Paris Quartier d’Été, y él, la persona clave para que Flórez lograra presentarse en Europa y además dictara varios talleres de verano en el sur de Francia y un curso con el ballet Preljocaj de Aix-en-Provence. Productor ejecutivo de la compañía O’Vertido de Quebec y director del festival de Uzes, Michel tiene en su hoja de vida el haber descubierto bailarines como el británico Akram Khan, quien organizó para Danny Boyle la coreografía de la inauguración de los Olímpicos de Londres, y el israelí Emanuel Gat, quien ganaría el Premio Bessie, el Oscar de la danza moderna.
Michel dice del colombiano: “Una pepita de oro, una evidencia, una revelación. Una energía desbordada que ha sacado lo mejor de circunstancias muy duras”.

“Las personas que vinieron a Medellín quedaron impresionadas con las condiciones en las que trabajamos. Ellos están acostumbrados a bailarines que desde niños ensayan a tiempo completo. Acá todos nos ganamos la vida con otra cosa. La danza ni siquiera es una profesión”, dice Flórez.
Además de una formación en Danza en la Universidad de Antioquia, bajo maestros de la talla de Peter Palacio y Álvaro Restrepo, y una docena de becas y premios, están las circunstancias, un punto al que volvieron una tras otra las reseñas de sus espectáculos parisinos. Durante sus presentaciones, los espectadores podían ver las marcas que sobre el cuerpo del bailarín había dejado un intento de atraco cuando tenía diecisiete años, que le valió dos meses en una unidad de cuidados intensivos.

“Baila para cicatrizar sus heridas”, decía el diario Le Monde. “Un espectáculo que abre cajones secretos y profundos como las capas de una vida que ya ha visto mucho”, podía leerse en la revista Telerama. “Las heridas fueron graves y dejaron secuelas –dice Flórez–. Yo ya estaba metido en la danza en ese entonces y tuve no solo que reaprender a bailar, sino que reaprender a moverme. La pieza que presenté en el festival en París está construida sobre esa experiencia”.

Flórez reconoce el peso de las danzas tradicionales en su formación. “Comencé con bailes colombianos –dice– y aunque use un lenguaje contemporáneo, ellas están tan presentes en mi trabajo que me atrevería a decir que nunca he dejado de hacer folclor”.

De dos de las presentaciones en la región parisina no se habló en los medios franceses. Junto con la bailarina colombiana Beatriz Vélez, Flórez bailó para los internos de dos prisiones. “Al inicio, pensaba en los antecedentes de violencia que habían vivido las personas que nos estaban viendo. Luego, cuando empezamos a bailar, eso desapareció, tanto para ellos como para nosotros. Fue un momento de pura libertad”.

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