El periodista colombiano Hollman Morris fue centro de una polémica cuando le fue negada la visa estadounidense.

El fantasma de McCarthy

El espíritu de la era política que termina en Colombia ha sido el de preferir la eficacia de los rumores a la consulta ante la justicia. ¿Por qué los norteamericanos le negaron la visa al periodista Hollman Morris?

2010/09/21

Por Marta Ruiz

En Estados Unidos muchos periodistas y columnistas lo llamaron por su nombre: “Exclusión ideológica”. Dos palabras que evocan el macartismo que se impuso en los años 50, reeditado en la era de George W. Bush a nombre de la guerra contra el terrorismo. Una decena de artículos y columnas publicados en julio tildaron de “exclusión ideológica” la decisión del Departamento de Estado de negarle la visa al periodista colombiano Hollman Morris, quien acaba de ganar la beca más prestigiosa a la que puede acceder un reportero: la Nieman, que otorga la Universidad de Harvard. La protesta tenía sus razones. La visa se ha convertido, por absurdo que parezca, en un certificado de buena conducta, cuando se tiene, o en una marca, un castigo, cuando es negada. Quitársela a Morris significaba ni más ni menos que tatuarle una flor de lis en el buen nombre. Más aún cuando trascendió que, aunque el gobierno del norte se reservaba el derecho de explicar las razones de su decisión, sí creía que Morris era sospechoso de haber violado el Patriot Act, es decir, que de alguna manera apoyaba el terrorismo.

El mismo argumento que usó el Departamento de Estado contra el reputado académico suizo Tariq Ramadan en 2004, cuando le revocó su visa a la entrada del país. El profesor musulmán había sido invitado a dictar cátedra a la Universidad de Notre Dame, en Indiana, y a pesar de haber entrado más de 24 veces a Los Estados Unidos y haber pasado por las aulas de prestigiosas universidades como Princeton, no logró que se revirtiera la decisión. Lo de Ramadan indignó a las élites progresistas. Pero era el gobierno de Bush, y nadie dudaba que bajo su égida se estaba reeditando la filosofía del nefasto Joseph McCarthy en sus dos más tenebrosas aristas: campañas de desprestigio a quienes consideraba disidentes y elaboración de listas negras. Gracias a McCarthy el inventario de ilustres des-visados es copioso. No fue sino en 1969 cuando Doris Lessing pudo entrar a Estados Unidos, dado que había militado en el Partido Comunista. Pablo Neruda, Michel Foucault, Carlos Fuentes y hasta Gabriel García Márquez vieron negada en alguna ocasión su aspiración de ir a la prometida “América” por razones de su pensamiento. El Nobel colombiano perdió su visa en 1960, cuando era corresponsal de la agencia socialista Prensa Latina en Nueva York. Luego de un viaje a México no pudo volver a entrar a Estados Unidos y fue muchos años después que pudo regresar a la Gran Manzana.

Como dijo Andrés Oppenheimer en su columna del Miami Herald, en la era Obama “eso no es entendible”. Y a Oppenheimer se le puede acusar de todo, menos de “mamerto”. Si escribió dos artículos protestando por la injusta medida es porque la consideraba una afrenta contra la libertad de expresión.

Ni los “gringos” ni ningún gobierno está obligado a explicar por qué da o quita una visa. Es una facultad discrecional y este derecho no está en discusión. Sin embargo no ha pasado inadvertida aquella anotación que reposa en un expediente del DAS, construido de manera subrepticia e ilegal. Dice el G3, un grupo dedicado al espionaje político durante el gobierno de Álvaro Uribe, que contra el periodista de Contravía hay que “iniciar una campaña de desprestigio a nivel internacional a través de las siguientes actividades: comunicados, inclusión video Farc, gestionar suspensión de la visa”. Y, ¡oh sorpresa!, Hollman se iba quedando sin visa, y con un manto de duda de resonancia internacional sobre sus actuaciones.

¿Por qué esta campaña en su contra? El espionaje a Morris comenzó casi al mismo tiempo que su programa de televisión Contravía, que a su vez era una iniciativa de cinco ONG de derechos humanos, financiada por la Unión Europea. Una de esas organizaciones, el Colectivo de Abogados José Alvear, se había convertido en la parte civil en la investigación por el asesinato de Jaime Garzón. Pocos meses después de estar al aire, Contravía hizo un gran especial sobre la impunidad que se cernía sobre el caso Garzón y señalaba como responsable de las mentiras que reposaban en el expediente a una entidad del Estado: el DAS. A veces, el periodismo va más rápido que la justicia. Y este es uno de esos casos.

Contravía se especializó en darle voz a las comunidades y las víctimas, y al ritmo de sus denuncias crecía el expediente de inteligencia de Morris. Se convirtió en sospechoso de terrorismo, porque tuvo acceso a los guerrilleros de las Farc, algo que en tiempos de la seguridad democrática casi ningún reportero intentó. Por estar en una zona de combate en 2005, junto a un grupo de periodistas de todos los medios, Uribe lo declaró “amigo del terrorismo”, aunque ese mismo día en un lánguido comunicado la Casa de Nariño tuvo que rectificar.

Morris no es moneda de oro. Aunque en el medio periodístico muchos lo respaldan y admiran, otros han cerrado los ojos frente a su situación. “Es sesgado”, o “le gusta el protagonismo”, son frases usuales entre sus colegas. Sin embargo este es un debate periodístico y no de seguridad nacional. Aunque la independencia de criterio es un deber del periodismo, y el público debería tener una información más desapasionada y objetiva; que exista un periodismo militante de los derechos humanos no es censurable. Especialmente la militancia se ejerce para mostrar a las víctimas y comunidades que han sufrido el conflicto, como lo ha hecho Contravía. De sesgos están hechos la democracia y el pluralismo. Y la libertad de expresión protege no sólo a quienes son pulcramente neutros. También a quienes han tomado partido en contra de un gobierno.

Pero esta es una historia con final feliz. El Departamento de Estado rectificó su decisión, en un acto atípico e inusual, que muestra que con Obama la “exclusión ideológica” no es tan expedita como en el pasado. Hollman Morris tiene su visado y va rumbo a Harvard. Los espías del DAS están ante los tribunales, y Uribe goza de buen retiro. Ahora el señor McCarthy puede descansar en paz.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.