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El gran casino

Un premiado reportaje desvela cómo la crisis financiera mundial acabó con la vida rutilante de miles de jovencitos que habían convertido las finanzas del mundo en una especie de ruleta rusa.

2010/07/28

Por Lorenzo Morales

Los economistas de la felicidad dicen que la dicha es imposible de alcanzar. Cuanto más tenemos, más queremos. Por eso nos pasamos la vida corriendo como un hámster dentro de una rueda, siempre insatisfechos, buscando la oportunidad de acumular un poco más.

A escala mundial esa carrera loca frenó en seco. La actual crisis financiera dejó en ruinas a las catedrales del capitalismo financiero que durante años, como ratas hambrientas, acumularon sin propósito, despilfarraron sin vergüenza, y corrieron hasta reventar. Lehman Brothers, es el mejor ejemplo de uno de uno de esos estandartes que, como otros, de un día para otro dejaron de existir. La confianza se quebró y las economías del mundo fueron cayendo en recesión, una a una, como fichas de dominó.

La crisis acabará con las vidas exageradas que tenían a comienzos de este siglo tipos como Alexis Hoffman. A sus 23 años, Hoffman manejaba un Ferrari y vivía en un apartamento de Manhattan que había sido de Mike Tyson. A los 27 ganaba cientos de miles de dólares por año en J.P Morgan, donde trabajaba dieciséis horas al día de lunes a lunes y en un solo día iba a Londres para almorzar con un cliente y volvía. Más de 20 millones de personas habrán perdido su trabajo a finales de 2009, según los cálculos de la Organización Internacional del Trabajo (OTI).

Historias como esta, de jóvenes víctimas y al tiempo artífices de la debacle, recoge Hernán Iglesias Illa en Golden Boys: vivir en los mercados, una crónica de época que cuenta de manera descarnada y a veces un tanto cínica la historia de cientos de traders, banqueros y economistas de Wall Street que terminaron siendo, en palabras de su autor, sumos sacerdotes de las crisis financieras de principios de siglo, y en especial del derrumbe de Argentina en el 2001.

“Los mercados son unos muchachos jóvenes que están ahí en unas mesas, mirando una computadora, que no tienen tiempo de pensar, que reciben informes de unos que se creen genios y la mayoría se las veces se equivocan”, dijo Domingo Cavallo, el curtido ex ministro de finanzas argentino al que recurrieron varios gobiernos para capotear una y otra crisis desde 1982, incluida la de 2001, que dejó al país hecho añicos.

La historia de la actual crisis financiera no es nueva. Se repite cada tanto. Ocurrió durante la Gran Depresión de 1929 en Estados Unidos y acabó con la vida festiva y glamurosa que retrató de forma magistral Francis Scott Fitzgerald en El gran Gatsby.

Pero a diferencia de entonces, ahora vivimos en un mundo globalizado donde la deuda hipotecaria de unos condominios en la Florida terminan destruyendo la boyante economía de la fría Islandia.

Pese al las disculpas pseudotécnicas de los gobiernos, las crisis financieras tienen con frecuencia explicaciones peregrinas. La ambición descontrolada de hombres empujados por la inercia de comprar y vender, de poner precio al riesgo y subastarlo como autómatas, a cambio de una vida de cine: una casa de verano en los Hamptons o una mansión en Greenwich, esposas con niñera, jets privados y bolitas de queso azul.

Los mayores exponentes de esta vertiginosa vida son traders. En un minuto mueven millones de dólares de un lado a otro, venden en Corea, compran en Brasil y luego revenden en México, moviendo una palanquita en su escritorio. Sus decisiones están basadas en intuición más que en información. “Es una sensación rara en los genitales”, como lo dijo Raúl Ponte, un trader argentino de Wall Street. De esa palanquita puede depender desde el resultado de las elecciones en Ecuador hasta el precio de la gasolina en Bogotá.

Ante un mercado movido en gran parte por hormonas, “¿quién quería oír las palabras de economistas pesimistas que les advertían que toda la estructura en sí era un gigantesco fraude de pirámides?”, como se preguntaba hace poco Paul Krugman, premio Nobel de Economía 2008 y agudo crítico del libertinaje de los mercados.

Hace algunos años Fooled by Randomness, de Nassim Taleb, un trader-matemático, levantó ampolla en el mundillo de las bolsas. El libro daba a entender que había gente sin talento o preparación (pero sí con mucha suerte y algo de irresponsabilidad) cobrando millones y moviendo a su capricho el mercado global. “Si yo le genero 50 millones de dólares a mi banco a nadie le va a parecer delirante que a mí me den uno de esos millones”, explicaba uno de esos niños dorados.

La suerte y el pragmatismo de los traders existe gracias a un mundo creado por los analistas del mercado. Si para los traders su principal herramienta es la intuición, para los analistas lo es algo no menos poético: el storytelling, que por más sofisticado y serio que suene en inglés no es otra cosa que echar cuentos, en español corriente. De esos cuentos, de los que solo hablan y se ríen entre ellos, viven las economías de muchos países.

“Si sabes contar un cuento, no importa cuánto sepas de macroeconomía o estadística”, cuenta Iglesias Illa que le dijo Walter Molano (un neoyorquino de padres colombianos y experto en predicciones sobre América Latina) a un muchachito que entrevistaba para trabajar en el departamento de investigaciones de BCP Securities, un pequeño banco de inversión.

Esta crisis financiera ya no acabará con la vida rutilante de Hoffman, el jovencito del Ferrari y el apartamento de Mike Tyson. Él se retiró antes. En 2001, cansado de la vida plana de comer, dormir y hacer dinero, decidió dejar Wall Street. “No creía más en lo que hacía, no me parecía útil”, cuenta en Golden Boys. “Yo ahora gano mucho menos y vivo mucho mejor”. Ojalá el mundo entero pudiera cantar semejante victoria.

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