El inmortal

Muchos consideran a Bob Dylan como el mejor poeta contemporáneo, su nombre ha sonado varias veces para Premio Nobel de Literatura. Recordamos la faceta de escritor de este gran compositor.

2010/06/30

Por Gabriela Bustelo

¿Cuántas palabras habrá escrito Bob Dylan en su vida? Tantas, que algunas aparecen de pronto en los lugares más insospechados. En 2006 el fotógrafo estadounidense Barry Feinstein se encontró con un lote de fotos olvidadas. Pero su sorpresa fue doble al ver que iban acompañadas de textos de su amigo Bob Dylan. Cuando lo llamó a contárselo, Dylan no recordaba haber escrito los poemas que comentan irónicamente aquellas fotos del Hollywood de los años sesenta. Las 70 fotos y los 23 poemas verán la luz este otoño en un volumen titulado Hollywood Foto-Rhetoric, the Lost Manuscript [Hollywood Foto-Retórica, el manuscrito perdido]. El libro de 160 páginas salió a la venta el 4 de noviembre de 2008, según anuncia la editorial Simon&Schuster, que ya ha publicado las tres obras anteriores de Dylan, incluido el primer volumen de su autobiografía. “En cuanto vimos los poemas, tuvimos claro que eran de Bob —dice el editor David Rosenthal— Son típicamente suyos: líricos, graciosos y singulares”.

El fotógrafo Barry Feinstein ha trabajado para las revistas Life, Look, Time y Newsweek, entre otras, pero a comienzos de los años sesenta acababa de llegar a California y era un simple “cargaladrillos” en la poderosa productora Columbia Pictures. A sus veintipocos años, Feinstein decidió hacer un reportaje crítico de la Ciudad del Oropel. “Como vivía en Hollywood y trabajaba en una productora de cine, pensé que sería interesante preparar un documento periodístico con una serie de fotos poco favorables —dice Feinstein—. Son, por así decirlo, el lado oscuro del glamour”. Al recordarlo, explica que pasó semanas metiéndose a hurtadillas en los rodajes, platós y camerinos, y al salir del estudio se paseaba con la cámara por toda la ciudad. El resultado es un retrato agridulce del Hollywood sesentero a través de imágenes tan irónicas como descarnadas. Piezas de decorado, actrices secundarias medio desnudas, maniquíes sin cabeza y rincones íntimos de los estudios se mezclan con escenas urbanas de lujosos automóviles y bulevares jalonados de palmeras.

Un deportivo blanco en un garaje de cuyo techo cuelga una reluciente lámpara de cristal. Un recio Marlon Brando abriéndose paso entre un grupo de manifestantes furibundos. Inspirado por ambas fotos, Dylan escribió un poema de 27 líneas en verso libre con un comienzo turbulento: Tras estrellar el deportivo / contra la araña / corrí hacia la cabina de teléfono y un irónico final: Fue entonces cuando vi / esa horda de gente / por la calle / la verdad es que no tengo nada / contra / Marlon Brando. Mucho más precisa es la apostilla poética que hace a una foto de Marlene Dietrich en el funeral de Gary Cooper: Sin querer saber el nombre de tu escultor / al clavar la mirada en el ayer / se paran los goznes del tiempo. Con la muerte de Marilyn Monroe casi recién sucedida, la foto de un frasco de medicamentos con el nombre de la actriz le sugiere el siguiente poema de estilo haiku: La muerte enmudeció su piscina / el día que ella murió / y se cernía sobre / sus perrillos de peluche / pero no dejó / ni rastro / en su entierro.

El espíritu transgresor del libro se resume en la foto que muestra el parking de la 20th Century Fox que, bajo un enorme cartel donde se lee la palabra “Talent” [talento], aparece completamente vacío. Tal vez buscando una conexión así de veloz entre imagen y palabra, Feinstein llamó a Dylan y le preguntó si estaría dispuesto a viajar a California para escribir algo sobre sus fotos. Asombrosamente, su impredecible amigo Bob le dijo que sí. Pese a que hoy ninguno de los dos recuerda la fecha en que Dylan escribió los textos, sus editores los comparan con Tarántula, el libro de prosa poética escrito en los años sesenta y publicado en 1971, calificado de panfleto dadaísta por unos y de cajón de sastre por otros. Sin embargo, a Dylan se le incluye frecuentemente en la Generación Beat y nadie duda de su influencia en autores como Allen Ginsberg, Jack Kerouac, William Borroughs o Gregory Corso.

Lo cierto es que fue precisamente a mediados de los sesenta, concretamente en junio de 1965, cuando Dylan compuso “Like a Rolling Stone”, considerada la mejor canción pop de todos los tiempos. En cuanto a técnica creativa, se diría que los poemas californianos recién descubiertos los escribió con la misma espontaneidad que su obra maestra. “La escribí y punto —dice sobre su número uno mundial— No dudé. Me salió a la primera”. Mientras los críticos musicales y expertos literarios del mundo entero han soltado ríos de tinta sobre su estructura revolucionaria y su rompedora técnica, el genio de Duluth se encoge de hombros y explica que se limitó a “ir apuntando palabras con ritmo, para expresar mi odio visceral y con intención de ser sincero”. Si es cierto que el arte miente para decir la verdad, tal vez el mentiroso más sincero sea Bob Dylan. O tal vez no. Con él, nunca se sabe.

Por las mismas fechas —entre 1964 y 1966— escribió canciones como “Mr. Tambourine Man”, “Times They Are A-Changin”, “Just Like a Woman” y “Subterranean Homesick Blues”, que los críticos estadounidenses incluyen entre las mejores de su repertorio. Y cada vez son más los que no solo lo consideran un gran letrista, sino uno de los mejores poetas contemporáneos. Ahora que se acerca la fecha, se alzarán un año más las voces que piden para Dylan el Premio Nobel de Literatura. En 2006 entrevisté para Arcadia al escritor británico Martin Amis, que se quejó amargamente de que la poesía esté en peligro de extinción. Cuando le pregunté si no pensaba que una gran parte de la poesía actual está en la música pop, se quedó perplejo y respondió que no se le había ocurrido. Tal vez les suceda lo mismo a los sesudos miembros del jurado del Premio Nobel. Sencillamente no se les ha pasado por la cabeza semejante posibilidad.

En todo caso, a Dylan no parece importarle demasiado. Él sigue dedicado a lo suyo, que es el arte de la palabra. Quizá ningún músico de su generación haya concedido tanta importancia a las palabras como él. Empezó por cambiarse el nombre a los 18 años, cuando cantaba en los antros estudiantiles de la universidad de Minnesota. Entonces ya debió vislumbrar lo que podía llegar a ser, pero no como Robert Allen Zimmerman, que era su verdadero nombre. Su inclinación poética ya asomaba entonces, pues el “Dylan” que hoy se asocia indisolublemente con él lo eligió en homenaje al poeta galés Dylan Thomas. Y a lo largo de su carrera ha reconocido la influencia de poetas como Shelley, Keats, Rimbaud, Baudelaire o Whitman, entre otros.

En 1962 ya se definía, por exclusión, con una de sus frases bandera: “No soy un cantautor político, porque no escribo canciones protesta”. ¿Y qué hace sino protestar?, se preguntarán algunos… Sin embargo, quienes creen que lo suyo es cultura en general y poesía en particular llevan años demostrándole su admiración. A mediados de los años setenta le concedieron el Doctor Honoris Causa en Música por la Universidad de Princeton. En 1979 recibió su primer Grammy al Mejor Solista Masculino por “Gotta Serve Somebody”. (El tema, incluido en el álbum Slow Train Coming, era un símbolo de su mal recibida conversión al cristianismo. El colérico John Lennon grabó en 1980 el tema “Serve Yourself” a modo de respuesta.) En 1990 el gobierno francés le otorgó su mayor galardón cultural, el de Comandante de las Artes y las Letras. En 1991 le dieron un Grammy Honorífico a toda su carrera musical, en cuya ceremonia de entrega farfulló un impenetrable discurso que irritó a algunos y desconcertó a la mayoría. En 1992 la discográfica Columbia Records celebró su trigésimo aniversario con un monumental concierto en el Madison Square Garden de Nueva York, donde participaron 30 artistas de la talla de Neil Young, George Harrison, Lou Reed, Eric Clapton, Tom Petty y Johnny Cash. En 1998 le dieron tres Grammy por el álbum Time Out of Mind. (Fue el año en que durante un concierto en el Royal Albert Hall, un espectador decepcionado le gritó: “¡Judas!” y él respondió al instante: “No te creo. ¡Eres un mentiroso!”). En 2000 la Academia Sueca de Música le dio el prestigioso Premio Polar y recibió un Óscar a la Mejor Canción por el tema “Things Have Changed”, incluido en la banda sonora de la película Wonder Boys. En 2005 se estrenó el documental de Martin Scorsese No Direction Home, que cubre toda su trayectoria desde 1996. Desde 2006 lo han mencionado varias veces al Premio Nobel de Literatura y en 2007 recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Artes.

Es prácticamente imposible conseguir una entrevista con él y su displicencia con la prensa es legendaria, pero una de sus virtudes es la de haber cumplido veinte años de gira con su Never Ending Tour que, como su nombre indica, no se acaba jamás. A mediados de agosto de este año dio por primera vez un concierto en el barrio neoyorquino de Brooklyn y al acabar el bis de “Blowin´ In The Wind” se apartó del teclado y, con su habitual atuendo negro, sonrió abiertamente al público, algo inusitado en él. El 7 de octubre sale al mercado la octava entrega de su famosa “Bootleg Series”, iniciada en 1991. El triple álbum Tell Tale Signs incluye grabaciones inéditas y versiones desconocidas de sesiones de estudio y actuaciones en directo. Estos días Dylan está dedicado a escribir la segunda parte de su autobiografía Crónicas, cuyo primer volumen se publicó en 2004.

A sus 70 años, el santo del rockanrol parece estar en plena forma, de mejor humor que nunca y con todas sus idiosincrasias intactas. “Ha ido cumpliendo años, pero sigue igual que siempre”, dice Harry Feinstein de él. Y efectivamente, si escribir es robar vida a la muerte, Bob Dylan ya es inmortal.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.