Ilustración de Eva Giraldo.

Facebook: un 'alien' casi universal

La red social no solo se ha convertido en una poderosa máquina del encuentro, sino en un nuevo becerro de oro que en 2015 facturó 15.176 millones de dólares, un 48% más que en 2014. Facebook ha aumentado la experiencia de extrañeza recubierta de la sensación de vecindad, y ha fortalecido el matoneo.

2016/09/26

Por Germán Rey* Bogotá

Facebook tiene su propia película. La hizo David Fincher y no le gustó a su protagonista. Las razones de su disgusto son los ingredientes de su propia ficción: héroe y villano, ambigüedades, dinero desbordante, líos jurídicos, codicia y un crecimiento como solo se ve en las películas de aliens y de monstruos. No hay duda de que Facebook forma parte del catálogo contemporáneo de las monstruosidades. Y, como los monstruos de siempre, es a la vez atractivo y despreciable, emocionante y repulsivo. Su crecimiento es tan rápido y vertiginoso que numerosos augures tecnológicos le pronosticaron una muerte inminente por congestión, que hasta el momento no le ha llegado. El monstruo respira, resopla y crece. En 2008 superó los 100 millones de usuarios activos; tan solo ocho años después, su vitalidad supera los 1.700 millones, lo que significa que una parte importante de todo el planeta está unido a esta red de redes. 

Lo que inicialmente había sido pensado como un club universitario, es decir, como una cofradía más o menos cerrada, terminó convertido en una suerte de lugar universal en el que sus límites se expanden a diario, como esos seres gelatinosos que respiran persuasivamente en las películas de ciencia ficción. Facebook es la plataforma preferida por 9 de cada 10 usuarios de internet en América Latina, y el 57% de colombianos de 12 años y más participan en esta red social, como lo confirmó la encuesta de consumo cultural del Dane, en 2014. La red se engulle al día 4 petabytes de almacenamiento de información de sus usuarios, y Brasil, México, Argentina y Colombia figuran entre los 20 primeros países en los rankings mundiales de acceso y uso. Si bien la poderosa red social provee de servicios y posibilidades a sus habitantes, su vida casi depende de las narrativas que día a día, segundo a segundo, cuelgan sus usuarios con devoción de creyentes y avidez de desamparados. Porque los nuevos monstruos —a diferencia de Godzilla o del tierno e ingenuo King Kong— no son seres que vienen de fuera e invaden la Tierra (la “Tierra” casi siempre es Nueva York), sino seres que solo son posibles por la acción permanente de los humanos. Lo ratificó hace unos días el dueño de Televisa, que en una entrevista con sabor a montaje anunció con algo de solemnidad truculenta la muerte del popular Canal 2 de televisión y su inminente transformación en una plataforma, que, según sus palabras, sería alimentada ya no por los productores en sus oficinas sino por la gente en sus casas. 

China se quedó pequeña

Las características de Facebook lo transforman en uno de los fenómenos sociales y culturales más interesantes en una época en que suceden innovaciones sorprendentes. En promedio, al día entran a través de sus teléfonos móviles 894 millones de usuarios, y el año pasado, esta red social alcanzó más habitantes que China. Fue entonces el país más grande del mundo, lleno de pobladores virtuales. Pero ese aumento tendría repercusiones en los libros de contabilidad. En efecto, la compañía reportó que en el primer semestre de 2016 ha ganado 3.565 millones de dólares, un 189% más que durante el mismo periodo del año anterior. Ni el Gengis Khan en sus elaborados sueños expansionistas llegó a pensar que tal cosa sucedería en un lugar desterritorializado, al que se puede entrar y salir con el simple movimiento de Pulgarcita (el término que acertadamente acuñó el filósofo Michel Serres para referirse al contacto táctil en el nuevo mundo digital), que se vale de viejas conquistas del ser humano como escribir, exhibirse, fisgonear, conversar, explorar o dejar recados, pero transformándolos en veloces operaciones algorítmicas, en componentes de un lenguaje de datos que obedece a estrictos códigos técnicos y lógicos.

Hoy se ven en Facebook cerca de 8.000 millones de videos, ocho veces más que lo que sucedía hace un año. Como sucede con otras tecnologías, el crecimiento de Facebook es exponencial, disruptivo y geométrico. Brasil cuenta con 102 millones de usuarios; México,  con 60 millones; Argentina, con 27; Colombia, con 24 millones y Chile, con 11 millones. Pero en el preciso momento en que el lector lee estos datos, se pueden estar transformando aceleradamente como acontece con esos relojes que van cronometrando la variación de sus horarios. Mark Zuckerberg llama a los usuarios “nuestra comunidad”, poniendo en vilo un concepto que tiene una larga y respetable tradición sociológica. Porque en la red no solo se transforman sus usuarios, los porcentajes de crecimiento o los índices de acceso, sino, sobre todo, los conceptos, las costumbres, los signos. Más que un simple cambio tecnológico es una profunda transformación cultural. No es curioso que la definición de cultura que dio Clifford Geertz en La interpretación de las culturas tenga el mismo nombre de Facebook: “La cultura —escribió el antropólogo norteamericano— es una red de significados que merece ser descifrada”. 

Descifrando la red

Y Facebook, aunque nos quedemos a mitad del camino, merece ser descifrado. En primer lugar, es uno de los signos globales de nuestro tiempo. La ubicuidad geográfica es transgredida, porque tanto los usuarios como sus mensajes habitan en el espacio de una plataforma. La humanidad ha imaginado desde hace muchos siglos, prácticamente desde la edad de las cavernas, esos otros ámbitos de existencia, que corren paralelos, cercanos o distantes, de sus entornos reales. Chauvet es más que Chauvet y Altamira más que Altamira. Son creaciones imaginarias, a veces llenas de utopía y a veces el resultado de una maravillosa deconstrucción irónica. En segundo lugar, Facebook es un mundo lleno de emociones, de señas, de sentimientos. Es como un inmenso depósito —activo y en movimiento— de expectativas humanas, de deseos, de sueños y, obviamente, de frustraciones. ¿Pero qué manifestación humana no lo es? Solo que este depósito por el que circula una nueva educación sentimental es gigantesco, como un inmenso calderero en que gravitan los afectos y las ilusiones de siempre, pero ahora abiertamente expuesto a las miradas e incluso las intervenciones de muchos. El filósofo coreano Byung-Chul Han dice que “la falta de distancia conduce a que lo público y lo privado se mezclen. La comunicación digital fomenta esta exposición pornográfica de la intimidad y la vida privada”.

Esta portentosa exposición ha generado nuevos fenómenos sociales, que si bien ya existían, no tenían la proyección actual. Hace unos años, Paul Virilio escribió que “toda nueva tecnología trae su accidente”. Con Facebook ha aumentado la experiencia de extrañeza recubierta de la sensación de vecindad, se han fortalecido las formas del matoneo que no son sino modos del escarmiento y la violencia, se hicieron más evidentes los procedimientos y las maneras de la discriminación que tiende a diversificarse y se resaltó de manera evidente el encarnizamiento de la contienda política o de la circulación de los prejuicios. Pero no es que se hayan inventado todas estas manifestaciones, porque ya estaban presentes desde el primer día de la humanidad, sino que se ha potenciado la visibilidad y un cierto intercambio en un mundo que se expuso muchísimo más allá de los límites del club original.

Signos positivos y catástrofes

Y esta exposición trae a la vez efectos positivos y verdaderas catástrofes. Entre los primeros están la oportunidad de encontrarse, de exponer puntos de vista, de convertir lo cotidiano en una inmensa novela que se rehace y se reitera, de movilizar propósitos sociales y de conducir a la opinión pública por otros cauces que no reemplazan el significado más vital de la vida pública. Probablemente no ha existido en la historia de la humanidad un mercado tan vasto de signos y símbolos, de sentimientos y conversaciones como este. Solo que no hay que confundirlo con el “lugar” absoluto y único, porque afortunadamente el ser humano se ha inventado y mantiene innumerables canales de comunicación e interacción. En otras palabras: hay vida más allá del alien.

Y entre los desastres, los hay tan evidentes que se han convertido en un gran talón de Aquiles de la red social: la presión del bullying, la pérdida de intimidad, las batallas campales y el frenesí de los argumentos de odio. Los políticos descubrieron de la mano de los hackers que las redes sociales son indispensables para la divulgación de sus candidatos, pero que también sirven para programar guerras sucias y terribles campañas de desprestigio. Los salvadores de todos los pelambres adoctrinan a sus huestes para que emprendan las cruzadas de siempre y conviertan a la red en un verdadero campo de batalla, al punto que hoy existen especialistas y divisiones enteras de los organismos de seguridad siguiéndoles la pista a fanáticos e incontrolados.

Todo ello se devuelve sobre la tecnología y sus dueños, acusados de enriquecerse con la abundancia de los datos que los usuarios ponen en la red y que almacenados, empaquetados por grupos y perfilados se ofrecen a los anunciantes, lo que convierte a Facebook no solo en una poderosa máquina del encuentro, sino en un nuevo becerro de oro que en 2015 facturó 15.176 millones de dólares en publicidad, un 48% más que en 2014, nueve veces más que en 2010 y la mitad de lo previsto por la empresa para 2017. “Monetizar” es el verbo que convierte a los usuarios en los Midas de otros.

Lo que siempre ha pasado con las innovaciones es que se llenan de pregoneros emocionados y de furibundos contradictores. Basta ver los informes de prestigiosas universidades que investigan obsesivamente si las actualizaciones que se hacen en los días de lluvia son más o menos positivas que las que se realizan en los días de sol, si la felicidad se disminuye o si la autoestima es fulminada por las apariciones en el muro.

Hay dos palabras que Facebook ha promovido de forma exasperante: viral y contagio. Como sabemos, las dos viven estrechamente unidas, solo que antes se aplicaban a una simple gripe o a una terrible viruela y ahora se refieren a videos, emociones, diálogos inconclusos y temas que rápidamente aparecen y se difuminan. El tiempo, la velocidad, la intimidad, las distancias, la compañía o las ideas son viejos asuntos que parcialmente se replantean en la red.

Intenté buscar qué le había regalado el papa Francisco a Zuckerberg durante su reciente visita al Vaticano. Fue prácticamente imposible saberlo, porque todas las entradas de Google hablaban del inventor de Facebook y de su flamante regalo a la máxima figura de la Iglesia católica: un dron del proyecto Aquila. No hay que olvidar, sin embargo, que el catecismo enseña, aún hoy, que la única universal es la Iglesia de Roma.

*Asesor de "Artes, cultura científica, tecnologías y ciudad" (Idartes). 

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