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El museo que se quedó chiquito

Catorce años llevaba en agenda la ampliación del Museo Nacional de Colombia y en 2008, cuando todo parecía haber recuperado su curso, ocurrió un nuevo revés que extendió los puntos suspensivos de esta historia sin fin de trabas y más trabas.

2010/07/31

Por Yeniter Poleo

El 15 de junio de 1959, hace 50 años, la directora del Museo Nacional, Teresa Cuervo, le envió un informe al ministro de Educación Nacional, Reinaldo Muñoz Zambrano, con una sugerencia: “Considero que el Colegio Mayor de Cundinamarca debe trasladarse a otro lugar más adecuado (...) y destinar todo ese terreno para la ampliación del Museo...”. La idea no pasó de allí, pero 35 años más tarde, en 1994, no solo se tuvo en cuenta, sino que se convirtió en un objetivo de la Nación, que reconoció que la institución solo podía exhibir “el 25% del total de sus piezas de colección”, según reza en el documento Conpes 2720 de esa época. El procedimiento sobre cómo hacer realidad la ampliación lucía simple hace 15 años: “Tiene dos etapas: en la primera (1995-1996) se adquirirán los terrenos que actualmente ocupan (...) el Colegio Mayor de Cundinamarca y el Liceo Nacional Femenino Policarpa Salavarrieta, se reubicarán las dos instituciones educativas y se realizará un concurso internacional para el diseño del Nuevo Museo; en la segunda, con tres años de duración, se adelantarán las obras”.

El enfoque visionario que reflejaba aquel papel contrasta con la realidad del Museo Nacional hoy en día. Fundado en 1824 por orden del general Santander, le asignaron como sede en 1946 el edificio de fines del siglo xix de la Penitenciaría Central de Cundinamarca, mejor conocido como Panóptico. Dos años duró la restauración del lugar, a cargo de los arquitectos Hernando Vargas Rubiano y Manuel de Vengoechea. La fecha de apertura oficial fue fijada para el 9 de abril de 1948, día que cambió inesperadamente la historia colombiana. La inauguración se postergó un mes y desde aquel momento, la institución ocupa los mismos 8.551 m² de área construida, ubicados en la carrera séptima con calles 28 y 29, en Bogotá. Hoy, quien visita sus salas puede hacer un recorrido por la historia del país desde el 12000 a.C., pero solo puede llegar hasta la muerte de Gaitán. A partir de allí, solo cabe preguntarse qué más hay y la única respuesta es que no hay espacio para mostrarlo.

Detrás del Museo está la zona hacia la cual su directiva ha querido ampliarlo. Son las antiguas huertas de lo que era la cárcel, donde se construyó el Colegio Mayor de Cundinamarca en 1946 y en 1949 el Liceo Femenino Policarpa Salavarrieta. Desde 1994 el proyecto ha estado a punto de materializarse una y otra vez, pero siempre un giro dramático ha torcido la historia. La ampliación del Museo Nacional parece no poder abandonar su propia prisión.

Una de esas ocasiones fue en marzo de 1996. Minutos antes de que representantes del Ministerio de Educación, Colcultura y la Sociedad Colombiana de Arquitectos firmaran el convenio que abriría el concurso de diseño internacional, previsto en el Conpes 2720, llegó un fax desde la Lotería de Cundinamarca que advertía la ilegalidad del convenio pues no se había llegado a un acuerdo con esta, que era la propietaria del terreno donde se construiría la ampliación del museo. Dos años después, el Colegio Mayor de Cundinamarca, universidad autónoma desde 1996, demandó la propiedad del predio a la Lotería, argumentando que llevaban 20 años de ocupación pacífica.

Proyecto al matadero

Si bien es cierto que la propuesta de doña Teresa no logró persuadir a quienes tomaban decisiones en la década de los años sesenta, su sobrina, Elvira Cuervo, nombrada directora del Museo Nacional en 1992, inició una perseverante cruzada para hacerla realidad. Una de las estrategias que me reveló fue tomar la iniciativa durante la campaña para elegir al sucesor de Andrés Pastrana: “Cuando el candidato Álvaro Uribe tenía 2% de popularidad me fui a sus oficinas en el club El Nogal y le dije: ‘Doctor, vengo a sacarle una promesa. Si gana la Presidencia usted va a hacer la ampliación del Museo Nacional’. A lo que él me contestó: ‘Si yo me gano ese chicharrón, me comprometo a hacerlo’”.

Para ella “todo el sistema político público está involucrado en el proyecto de ampliación”, y empieza a explicar una complejidad de interacciones e intereses que obligan a una segunda lectura. El Estado, a través del Ministerio de Cultura, debía dar los recursos para comprar los terrenos donde reubicar la universidad y el liceo, ambos ocupantes de los predios contiguos al Museo, propiedad de la Lotería de Cundinamarca. Logrado esto, lo siguiente era negociar con la Lotería directamente para hacer allí la ampliación. Sin embargo, el juicio de pertenencia iniciado por la universidad en 1998, obligó a la Nación a detenerse hasta que se aclarara jurídicamente la titularidad del predio. Hasta aquí aparecen en escena apenas cinco de la totalidad de actores involucrados, Presidencia, Ministerio, Museo, Rectoría y Lotería. Además, hay que agregar a la Alcaldía de Bogotá por ser la entidad a cargo del Liceo.

Cuervo me explica que cuando Álvaro Uribe llegó en 2002 al Palacio de Nariño le encargó que buscara un lote del sector público para trasladar el Colegio Mayor. “Estudiamos 289 predios, unos del CISA (Central de Inversiones S.A.), otros incautados a la mafia, algunos de la beneficencia, muchos del Distrito, pero el único que cumplió con los requerimientos que exigía el Colegio para trastearse fue el antiguo Matadero Municipal, hoy llamado Aduanilla de Paiba para que suene menos fuerte. Nos costó tres años encontrarlo”. Eso hizo que el papel de la Alcaldía cobrara relevancia, pues ese lote ideal le pertenecía. Paralelo a eso, los depósitos del Museo seguían quitándole espacio a las salas de exhibición. “Seguí con la recolección de objetos de ex presidentes, guerrilla, paramilitares, muebles del Palacio de Justicia…toda esa horrible historia está ahí guardada a la espera de poderla mostrar”, cuenta su ex directora.

En este punto, rememora Cuervo, “lo más difícil había sido convencer a la comunidad universitaria de la mudanza, e incluso llegaron a hacer manifestaciones a las puertas del Museo”. Sin embargo, la complicada historia pareció ver luz cuando designaron a Elvira Cuervo como ministra de Cultura en 2006. Todas las piezas del rompecabezas empezaron a encajar. La universidad entró en su propio proceso de ampliación y dijo que iba a pensar si la Aduanilla podía ser su nueva sede; mientras, el alcalde Luis Eduardo Garzón prometió no vender a terceros el predio elegido para ayudar al proyecto de ampliación. Razones familiares de salud, obligaron a Cuervo a dejar el cargo. “Antes de irme me ocupé de que quedaran apropiados para el presupuesto anual los 7.600 millones de pesos con que la Nación iba a comprar la Aduanilla —afirma—. Pero todo se echó a perder con la llegada de la nueva Ministra, la crisis económica, la falta de decisión del Colegio Mayor y la visión torpe y mediática del alcalde Samuel Moreno de entregar el lote del Matadero a la Universidad Distrital”.

Tejer y destejer

Si la madeja lucía enredada, a partir de 2007 se llenó de nudos. La sucesora de Elvira Cuervo como directora del Museo Nacional, María Victoria Robayo, mantuvo su compromiso con el proyecto y con aumentar las colecciones que en algún momento ayudarán a repensar la historia de los últimos 60 años. “Colombia es mucho más que lo ocurrido hasta 1948. Esa era una historia hegemónica, blanca, unilateral, con una Constitución de 1886; la historia reciente nos obliga a leer el país de otra manera, faltan las etnias, la cultura urbana. Al Museo Nacional no le cabe el país. En las 17 salas se muestran 3.000 objetos, de más de 20.000”.

La nueva ministra de Cultura, Paula Marcela Moreno, empezó por revisar los asuntos pendientes, y cuando el alcalde Garzón estaba por salir de su cargo logró sacarle un documento firmado que comprometía al Distrito a ocuparse del terreno, del trasteo y de la construcción de la nueva sede del Liceo Policarpa Salavarrieta. En este contexto, los avances parecían lentos pero seguros. En junio de 2007 se invirtieron 585 millones de pesos para que la Sociedad Colombiana de Arquitectos efectuara el estudio técnico de instalación de la universidad en el antiguo Matadero, y a fines de ese año sus autoridades le dijeron a la Ministra que se mudarían a la Aduanilla, aunque faltaban detalles.

A finales de 2008 circularon rumores que se cristalizaron en diciembre: la Empresa de Renovación Urbana (ERU) anunció que se había cansado de esperar y que vendería la Aduanilla de Paiba a la Universidad Distrital. Sonaron los teléfonos, se imprimieron cartas, hubo acusaciones veladas. El gerente de la ERU, Néstor Ramírez, me dijo que tiene el registro de todas las llamadas que le hizo a la ministra. Contó que también fueron ignoradas las cartas que envió la Secretaría de Hábitat. “La Nación había dicho que nos compraría el terreno desde 2005. Hablé entonces con Planeación Nacional para averiguar si existían los recursos y me dijeron que el Ministerio tenía 2.000 millones de pesos, a los cuales se les había hecho un recorte. O sea, no había suficiente plata”.

Sobre esa afirmación le pregunto a la Ministra de Cultura. Me responde que la dimensión del proyecto tiene niveles de interlocución y que se demoró en responder las comunicaciones porque había muchos asuntos por resolver: “Fui cuatro veces al Consejo Directivo del Colegio Mayor de Cundinamarca para pedirles que pasaran una carta diciendo que aceptaban la Aduanilla, porque Planeación Nacional nos exigía una acción integral que justificara la compra del lote para una institución educativa. Sin esa certificación escrita, no podíamos avanzar”. La esperada misiva llegó en abril del 2008.

Al preguntarle al rector del Colegio Mayor, Miguel García, sobre el señalamiento de la Ministra, insiste en que no hubo demora. “Antes de aceptar, debíamos asegurarnos de que se cumplían los aspectos de movilidad, de crecimiento y definir cuánto aportaría el Gobierno para el traslado”. La Ministra me reitera que confiaba en el acuerdo con el alcalde Garzón y en la promesa que el Presidente le había sacado al alcalde Moreno de mantener la reserva. “También estábamos trabajando para sanear de la disputa jurídica al predio que ocuparía la institución al ampliarse, y estudiábamos la posibilidad de comprar la Aduanilla con fondos del CISA”.

El primer día de la Creación

“Ahora estamos como en el primer día de la Creación”, se lamenta Elvira Cuervo. Hay que resignarse a la pérdida de la Aduanilla, después de todo lo que costó (real y metafóricamente) hallarla, y empezar de cero. El alcalde de Bogotá le escribió a la ministra Moreno en febrero de este año, que dio instrucciones al gerente de la ERU para que “informen de otras alternativas” donde mudar al Colegio Mayor de Cundinamarca “y realizar posteriormente la ampliación del Museo Nacional de Colombia”. Néstor Ramírez asegura: “La misión es que eso se resuelva este año y si encontramos un lote de uso industrial podríamos revisar la norma”. El gobernador de Cundinamarca, Andrés González, recuerda que hace nueve años propuso a la Universidad espacios en la Sabana de Bogotá, Sopó o Subachoque. “Pero entiendo que no es su mercado natural. Nuestra empresa inmobiliaria pública está revisando la lista de la Beneficencia, del Departamento, del Fondo de Pensiones, para ver qué podemos ofrecer”.

Cuatro presidentes, ocho ministros de Cultura y siete alcaldes de Bogotá han pasado desde 1994. La ampliación fue el eje del Plan Estratégico 2001-2010 del Museo Nacional, y la primera estrategia en Cultura dentro del Plan Nacional de Desarrollo 2006-2010. Súmense los recursos invertidos en estudios arquitectónicos, salarios, tiempo de negociaciones, hasta el esfuerzo logístico de desmontar salas permanentes para instalar exposiciones temporales. Lo paradójico de la historia fallida de la ampliación del Museo Nacional es que todas las partes se declaran convencidas de su pertinencia, lo que entonces siembra la duda sobre cuáles son los verdaderos intereses que han obstaculizado su realización, y que han evitado pasar del discurso a los hechos.

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