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El novelista que prefería no inventar

Tres años después de Ursúa, editorial Norma lanza El País de la Canela, la segunda novela de la trilogía de uno de los más admirados escritores colombianos, William Ospina. Apasionado y reflexivo a la vez, fascinado por la historia no contada de América Latina, el escritor se entrega a la tarea de imaginarla.

2010/06/30

Por Leonardo Moreno

En 1541, algunos años después de la victoria de los Pizarro contra Almagro, Orellana y sus hombres emprendieron un viaje de seis meses a través del río que a partir de entonces sería conocido como de las Amazonas. La segunda novela de la trilogía de William Ospina se despliega como el relato de ese viaje visto por un narrador mestizo encabalgado entre varios mundos: no solo los de su herencia a veces contradictoria, sino entre aquel que estaba siendo destruido y el que estaba siendo creado. Arcadia habló con el autor.

¿Cómo concibió originalmente esta trilogía?

Después de trabajar tanto tiempo escribiendo Las auroras de sangre me dieron ganas de contar una historia, de vivirla a través del lenguaje. Y lo que más me interesó fueron los primeros viajes de los europeos por el Amazonas. Lo primero que me propuse fue escribir una novela; me habría parecido muy desmesurado para alguien que no ha escrito nunca narrativa proponerme de una vez escribir tres. A medida que empecé a investigar para esa novela supe que quería hacer una comparación entre el primer viaje de Orellana al Amazonas y el segundo que organizó Ursúa veinte años después. A esas alturas iba a ser una sola novela, pero yo necesitaba resolver un problema psicológico: ¿cómo es posible que alguien que haya hecho el primer viaje quisiera volver al segundo? Yo creo que era necesario que alguien los convenciera, que alguien necesitado de veteranos los persuadiera de ir a ese viaje, y eso me llevó a investigar quién había sido Ursúa. Investigando lo que había sido la vida de Ursúa descubrí tantas cosas que él se apoderó de toda la primera parte —descubrí que eso no podía ser una sola novela, porque eran por lo menos tres episodios distintos: la juventud de Ursúa, el descubrimiento del Amazonas por Orellana y el viaje de Ursúa veinte años después, y fue así como nació la trilogía—. Fue una necesidad del proceso mismo, para no hacer un mamotreto de mil páginas.

Específicamente, ¿qué lo llevó a publicar primero Ursúa, que es cronológicamente posterior a El País de la Canela?

Me pareció que entender la juventud de Ursúa iba a permitir entender el desenlace de la historia. Solo sabiendo cómo era Ursúa, cómo fue su juventud, es posible entender por qué se le ocurrió repetir el viaje de Orellana. La historia se fue armando así, fue imponiendo su propio ritmo, su propia división, su propia secuencia y, bueno, en esta segunda parte también está presente Ursúa, pero yo diría que de una manera lo más invisible posible.

En su relato es posible sentir los escritos de Gonzalo Fernández de Oviedo o del Inca Garcilaso, por no hablar de Juan de Castellanos. ¿Podría hablar un poco sobre las crónicas que inspiran estas historias?

Los cronistas querían contar todo lo que habían vivido, pero comprometían demasiado sus emociones y expectativas en ese relato pues todos habían venido aquí a buscar algo, y lo que buscaban no siempre era sensato. Había gente buscando lo que habían buscado en Europa a lo largo de la Edad Media, buscando gigantes, sirenas, amazonas. En este caso, a mí me encanta el relato que hizo fray Gaspar de Carvajal del viaje por el Amazonas, porque en la primera parte trató de ser lo más objetivo que le fuera posible, pero a partir del momento en que fue herido por una flecha y perdió un ojo, yo diría que el resto del viaje lo hizo con fiebre. Para mí es muy interesante ver cómo se combinaba la experiencia con la formación y con el mito; y cómo se formaba en la mente de las personas una amalgama en la que nadie estaba interesado en desglosar qué era lo verdadero y qué lo imaginado.

¿Hasta dónde cree que es válido inventar en una novela histórica?

Yo creo que los hechos históricos tienen que ser respetados. A mí lo que más me interesa es que el lector sepa que lo que está leyendo ocurrió; y creo que sería decepcionante para un lector de una novela que alude a la historia sentir que lo que está leyendo es un invento. Inventar es relativamente fácil, diría yo. Mucho más interesante y apasionante es documentarse y seguir el hilo de los hechos; creo que el novelista no debería inventar nada sobre los hechos, pero tiene el deber de imaginar o de deducir cómo ocurrieron en términos humanos, en términos físicos, para aproximar al lector lo más cerca posible, no a la noción de los hechos, sino a la experiencia de los hechos.

¿Cree que cumple una labor como vulgarizador de la historia?

Yo no me pregunto si hay un deber, trato de seguir mi imaginación, de elaborar la historia tal como siento la necesidad, más de una manera intuitiva que racional. Creo que la escritura es un ejercicio muy íntimo que tiene un desenlace público, pero entre tanto ocurre es una aventura personal del lenguaje y de la imaginación. Una cosa es conocer unos datos históricos y otra cosa es convertirlos en vida, en hechos vivos.

Aparte de las expediciones al Amazonas, ¿hay algún otro episodio de la conquista —o de la colonia— por el que usted hubiera podido decidirse para escribir?

Mi narrador dice al final de la novela, y creo que tiene la razón, que una vida como la de Oviedo merecería una novela. Pienso que muchos hechos de la historia de América merecen novelas, porque a diferencia de Europa, donde buena parte de la memoria histórica ha sido reelaborada por la literatura en muchos tonos distintos, nuestra historia no ha sido muy explorada por la literatura. Hay muchas cosas que contar, creo que todos necesitamos imaginar el pasado, e imaginarlo plásticamente. El viaje de Humboldt por América me fascina, me parece extraordinario y muy susceptible de desarrollos literarios, supongo que muy distintos porque un viajero del siglo XVI como Orellana o como el narrador de El País de la Canela no puede tener muchas preocupaciones científicas; eso impondría otra perspectiva sobre los mismos paisajes, sobre los mismos escenarios.

Ahondando en lo que menciona de la reelaboración literaria de la historia, ¿qué papel tendrían la literatura y la historia en el desarrollo de la identidad y la memoria históricas?

Creo que la literatura siempre ayuda a formarse una idea de sí mismo y del mundo en que uno habita. Claro, la pregunta por la identidad es cada vez más problemática en todo el mundo. En una época pensé que el problema de la identidad lo teníamos nosotros y que en cambio los europeos lo tenían muy resuelto desde hacía mucho tiempo, pero la historia es tornadiza y cambiante y nada está quieto, menos la identidad. Todos los países son como ríos con muchos tributarios, en los que ya no es fácil desglosar lo uno de lo otro, pero es bueno hacer la mayor conciencia posible de todo. Nuestra memoria es excesivamente selectiva y excluyente. Ciertas cosas las recordamos mucho y otras no las recordamos en lo más mínimo, y eso no solo deja por fuera sectores de la sociedad que son muy importantes sino que deja por fuera partes de nuestro propio ser, porque nosotros somos irrenunciablemente toda esa memoria. Nuestra memoria tendría que ser compleja, no creo que podamos renunciar a nuestro componente europeo, es tan rico, es tan complejo, es tan maravilloso pertenecer a él… Pero no creo que debamos renunciar a nuestro componente indígena, creo que marca una diferencia, una originalidad en el diálogo con el mundo que es importante. Si echamos a andar una reflexión compleja sobre nuestro pasado, que no pretenda que lo indígena deba borrar lo europeo ni que lo europeo tiene que borrar lo indígena, ni que lo africano tiene que vengarse de todo lo demás, sino entender esa complejidad como una riqueza: viviremos mejor y crearemos un espacio verdadero de reconciliación no solo con los otros, sino con nosotros mismos.

Cambiando de tema, ¿qué autores de novelas históricas le han servido como modelo?

Me gustaron mucho las recreaciones literarias que hicieron Marguerite Yourcenar de la vida del emperador Adriano y Mary Renault sobre Alejandro Magno. Me gustan mucho Gibbon (yo diría que es mi historiador favorito) y Prescott, que es un historiador fabuloso. También hay otros que sin ser autores de novela histórica o historiadores han alimentado mi curiosidad por ese mundo: yo siento que Borges está muy presente en todo lo que escribo, lo mismo que Marcel Schwob; que algunas reconstrucciones de Chesterton, como la de la Batalla de Lepanto, han sido fundamentales para mí y para la búsqueda del lenguaje en el que yo quiero reconstruir estos hechos. La estética que practica Diógenes Laercio en la Vida de los filósofos ilustres me interesa mucho para la reconstrucción de estas historias.

¿Algún colombiano o latinoamericano?

Para mí ha sido importante, no solo para seguirlo sino para tratar de contrastar con él, sobre todo por su afinidad con estos hechos, la aventura de Rivera. Por supuesto, un colombiano no puede escribir sin tener a García Márquez en la mente. Yo creo que ningún latinoamericano puede escribir hoy realmente sin tener conciencia profunda de que está escribiendo después de Rulfo, Borges, Neruda y García Márquez.

Por último, quisiera saber cómo respondería usted a la famosa pregunta de Hölderlin que dice: “¿Y para qué poetas en tiempos miserables?”.

Yo creo que si hubiera tenido Hölderlin la sensibilidad que tenía y hubiera vivido en la Edad Media habría podido pensar que esos eran tiempos de sombras, miserables también; y que todas las épocas han tenido sus desafíos. Esa pregunta no revela en Hölderlin ninguna desconfianza del papel del poeta, sino una conciencia de que en cualquier momento de la historia la embriaguez reveladora que trae la poesía es necesaria. Mi respuesta sería la misma, yo creo que la poesía nos trae un tipo de embriaguez que nos ayuda a ver mejor justamente porque no solo nos permite ver lo que existe, sino lo que no existe también.

Algo como el silogismo poético de Lezama Lima…

Sí, yo creo que esa es la gran aventura del arte de esta época, que desde hace un buen rato está empeñada en decirnos que la razón es uno de los caminos para acceder al conocimiento, pero no el único ni el más privilegiado.

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