El país que no cabe en el museo de doña Beatriz

Continuando el debate sobre el Museo Nacional, el filósofo Jesús Martín Barbero discute las aseveraciones que la excuradora del Museo Nacional, la artista Beatriz González, hizo a Arcadia hace dos meses.

2011/08/22

Por Jesús Martín Barbero

Dice Pierre Bordieu: “Los hombres cultivados, que pertenecen a la cultura por lo menos tanto como la cultura les pertenece a ellos, se orientan siempre a aplicar a las obras de su época categorías heredadas, y a ignorar al mismo tiempo la novedad irreductible de obras que aportan con ellas las categorías mismas de su percepción”. Aunque sé que los textos que se escriben para Arcadia no deben comenzar con un ritual tan políticamente incorrecto como una cita de autor, lo hago para introducir al lector en el tono de un debate. Pues de lo que se trata en esta reflexión no es de tomar partido en una bronca personalizada sino de reubicar los ejes del debate sobre qué hacer con el Museo Nacional a partir del país que emergió con la Constitución del 91. Beatriz González es clara al afirmar que “la misión del Museo no es permanecer lleno de gente sino preservar la memoria del país”. Pero los problemas comienzan con el verbo preservar y con el monoteísmo que implica la creencia en la “memoria-una” cuando la afirmación constitucional de este país multiétnico y pluricultural implica que no hay una sola manera de ser colombiano.

 

Walter Benjamin planteó la diferencia entre la memoria a preservar, pues rescata un pasado “ya hecho”, y la memoria a movilizar, que él ligaba al hacer memoria. La primera es la memoria del pasado a celebrar. Otra muy distinta es la que redime un pasado aún vivo, plural y a contratiempo, activándolo para desestabilizar los autismos del presente. Y como vivimos un tiempo en el que la memoria es un denso lugar de contradicciones y trampas, debemos aclarar de qué estamos hablando. Y lo es de una sociedad que está perdiendo aceleradamente la conciencia histórica por la acción combinada de un sistema de producción que condena la mayoría de lo que produce a que dure cada vez menos, y de un sistema de información cuyos medios se han convertido en “fábricas de presente”, un presente cada día más autista. El sistema de producción se retroalimenta de una obsolescencia planificada de los productos, pues se paralizaría si el consumo de los objetos no acompañara los ritmos de su producción. De modo que frente a la memoria que antes acumulaban los objetos y las viviendas, y mediante la cual conversaban diversas generaciones, hoy buena parte de los objetos con que vivimos son desechables y las viviendas ostentan la más completa asepsia temporal. La otra causa de la amnesia es la vivencia de un presente que, como dirían los tecnólogos, cada vez está más comprimido. Pues los medios encarnan una extraña economía de la información según la cual el presente convertido en actualidad dura también cada vez menos, dura apenas el instante en que coinciden el suceso y el micrófono. Y de esta manera el pasado en los medios o no cuenta o tiene la función de un adorno con el que colorear el presente siguiendo las modas de la nostalgia.

 

Pero la experiencia contemporánea del tiempo no está hecha solo de amnesias sino también de un boom de la memoria que, como Andreas Huyssens ha develado, se mueve a lo largo y lo ancho de la sociedad actual: crecimiento y expansión febril de los museos, restauración de los viejos centros urbanos, auge de la novela histórica y los relatos biográficos, moda retro en arquitectura y vestidos, entusiasmo por las conmemoraciones, auge de los anticuarios, e incluso el video como dispositivo de memorialización, de conversión del pasado del mundo en banco de datos. Como afirma Huyssens, “la cuestión de fondo es cómo explicar el éxito del pasado museológico en una época en la que permanentemente se constata la pérdida del sentido de la historia, el déficit de memoria, la amnesia generalizada. Pues la planificada obsolescencia de la sociedad de consumo ha encontrado su contrapunto en una implacable museomanía”.

 

Ante esa compleja ambigüedad de la memoria, lo vivido por nuestro Museo Nacional en los últimos diez años resulta muy injustamente tratado por la mirada de Beatriz González, por su relato de país convertido en el del Museo Nacional. Un relato que contrasta fuertemente con el que redescubro en un libro de Germán Colmenares titulado Las convenciones contra la cultura. Afirma Colmenares al sintetizar su análisis de las convenciones historiográficas del siglo XIX: “El presente en Hispanoamérica no es prisionero del pasado sino de las imágenes construidas de ese pasado [...]. El realismo histórico obedecía a unas formas de representación capaces de transformar la experiencia bruta, atomizada, de los hechos sociales, para hacer posible su transposición coherente en el relato [...]. La ordenación narrativa se convierte en un orden ritual [las cursivas son mías] cuando presume que hay una explicación en la continuidad cronológica de los eventos [...]. La utilización de una narrativa lineal despojaba los esfuerzos de investigación de su carácter original, argumentativo y provisorio”. Y para que entendamos cúal era la preocupación de fondo que guiaba el análisis de Colmenares, y su especialísima pertinencia para nuestro debate, aquí está explicitada: “La propia sociedad, en fin de cuentas, aparecía como un objeto extraño, en el que la historia transcurría solamente a merced de aquellos motivos que podían discernirse en una minoría”. Cambien la “propia sociedad” por el “propio museo nacional” y empezaremos a entendernos.

 

Pues ¿no es un orden ritual el que da fundamento y coherencia al relato propuesto por Beatriz González cuando —develándonos finalmente el mito fundacional de este país— lo halla entero en el “terriblemente simbólico” aerolito que “viene del Big Bang” [origen del cosmos] y cae sobre Colombia “un viernes santo” [origen sagrado del país] en “1810 año de la independencia” [originalidad cósmico-sagrada de nuestra historia política]. Y por si alguien no lo había entendido nuestra narradora añade: “Entonces, ahí está todo”. Y tiene razón porque lo que sigue, o sea el despliegue de esa coherencia originaria se halla explicitada en los siguientes términos. Primero, “el museo conservaba de Teresa Cuervo un orden escrito en letras de bronce” [las cursivas son mías]. Y no hay duda, el bronce resulta también terriblemente simbólico a la hora de hablar de una narración “que arrancaba con el aerolito y se iba desarrollando del tercero al primer piso verticalmente”. De bronce y vertical, el recorrido iba de “el hombre precolombino” (primer piso) al “altar de la patria” (segundo piso) y de allí a “la regeneración” y “los artistas de la modernidad” (tercer piso).

 

No puede entonces resultar extraño que la preciosista coherencia de este relato choque frontalmente con “la vulgaridad” de esa otra narrativa que, apoyándose en la Constitución que nos rige hoy, ha osado meter en el museo de la patria los hibridajes de los indígenas y los negros contemporáneos, y también a las mujeres sean feministas o telenoveleras de hoy, y hasta a los homosexuales. Pero también ese choque lo halló ya Colmenares, y así de claro: “Para intelectuales situados de entrada en una tradición revolucionaria no solo el pasado colonial resultaba extraño sino también la generalidad de una población que provenía de ese pasado que se aferraba a la síntesis cultural que se había operado en él [...]. El fastidio hacia lo rústico y elemental de las masas campesinas iletradas se convertía en franca repulsión cuando se trataba de indígenas, mulatos y mestizos” [...]. La ausencia de reconocimiento de la realidad era ausencia de vocabulario para nombrarla, de esquemas adecuados para su representación. El marasmo colonial en donde se había realizado una síntesis colonial era mudo en apariencia”.

 

El diagnóstico de Colmenares no puede ser más certero e iluminador de la experiencia actual pues también ahora la generalidad de la población está experimentando mezclas, hibridaciones culturales, que desafían tanto las categorías como los vocabularios que permitían pensar y nombrar lo nacional. De estas mezcolanzas se han hecho hasta hoy poco cargo las ciencias sociales, y es por ello más relevante que sea un historiador, Jorge Orlando Melo, quien —en una ponencia de 1989— se atreviera a afirmar: “La radio, luego la televisión, la prensa nacional, la migración acelerada, las empresas, los consumos y la publicidad, todo va creando por primera vez una unidad vivida y simbólica colombiana para toda la población, no solo para sectores más o menos elitistas. Por supuesto la cultura ‘colombiana’ incluye ya de todo: rancheras y tangos y hasta patos donalds [...]. Esta cultura de masas es problemática en la medida en que los mensajes que transmite alteran radicalmente las culturas populares y en la medida en que aparecen nuevos problemas para la definición de lo nacional”. Pues es en esa vulgar cultura de masas donde las distancias que separaban tajantemente la cultura de élite europeizante de la cultura popular tradicional y folclórica han sido convertidas en los extremos de un continuum cultural que halla hoy su más rica y compleja expresión en la creativa diversidad de las músicas colombianas contemporáneas.

 

La confusa y maniquea forma como Beatriz González se queja del “llenar el museo de gente” queda en evidencia cuando uno sabe que de lo que se intentó llenar el museo en los últimos años no fue de gente sino de todo el país que estaba y sigue estando fuera, mudo, ausente. Pues el verbo comunicar no se agotaba en las estratagemas del marketing sino que designaba otra cosa, hablaba y sigue hablando de una cuestión crucial: la de poner el museo a comunicar con el complejo y contradictorio país que es hoy Colombia. Un país no pensable ni entendible por fuera de las cada día más mestizas culturas urbanas, que es donde la identidad nacional sufre sus más grandes transformaciones empujada por la emergencia, primero, de nuevas identidades hechas de imaginerías nacionales, tradiciones locales y flujos de información e imágenes trasnacionales. Y segundo, de nuevos sujetos políticos, nuevas ciudadanías que dan forma a otros modos de estar juntos —tribus juveniles, comunidades pentecostales, agrupaciones sexuales— desde los que los habitantes de la ciudad responden a unos salvajes procesos de urbanización emparentados no solamente con la velocidad de los tráficos y los flujos informáticos sino con esos otros flujos sociales que sigue produciendo la pauperización del campo y el desplazamiento de millones de campesinos.

 

Es verdad que hay mucho que revisar pues en el proceso de abrir el Museo Nacional a este movido país se han cometido errores, banalizado temas complejos y blasfemado sobre imágenes sagradas. Pero este debate no debe conducirnos a más polarización sino a plantearnos seriamente el papel del Museo en la construcción de una memoria-relato de nación capaz de ser lugar de reconciliación de los muy diversas víctimas y victimarios, es decir, el Museo no puede construirse de espaldas a los mundos de la violencia que lo desgarran.

 

Jacques Derrida, en Los espectros de Marx, nos alerta: “El desarrollo de las tecnologías de la telecomunicación abre hoy el espacio a una realidad espectral. Creo que estas nuevas tecnologías en lugar de alejar el fantasma abren el campo a una experiencia de espectralidad en la que la imagen ya no es visible ni invisible. Y todo esto ocurre a través de una experiencia del duelo que siempre ligué a la espectralidad en la que nos enfrentamos con la huella, con lo desaparecido, con la no presencia. No hay sociedad que se pueda comprender hoy sin esa espectralidad de las tecnologías de la imagen, ni tampoco sin su referencia a los muertos, a las víctimas, a los desaparecidos que estructuran nuestro imaginario social”. Esa articulación entre imagen y huella, entre imagen y desaparecidos nos da una clave fundamental para pensar la relación de esa tecnología de las imágenes, que es también el museo, con la larga y extraviada memoria de violencias en este país de desplazados, desaparecidos, del espectro de los miles de muertos por enterrar. Los colombianos necesitamos un museo nacional en el que sea posible la experiencia del duelo colectivo sin el que este país no podrá tener paz.

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