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En la vieja abadía de un persistente

Una edificación medieval es el lugar que ha escogido el escritor Alberto Manguel para atesorar, leer y releer los más de 35.000 libros de su biblioteca. Arcadia lo visitó en el oeste de Francia.

2010/07/28

Por Carolina Ethel

Huele a óleo, a papel, a madera de roble y a campo. Eso, cuando los 35.000 libros que componen la biblioteca de Alberto Manguel permanecen cerrados. Si el visitante se apura a abrir Las mil y una noches en el estante de Oriente es probable que se impregne de olor a inciensos y flores de azahar. En 2001 el escritor, crítico y traductor argentino, autor de la ya clásica Una historia de la lectura (Norma, 1999), hubo de encontrar amplias habitaciones con plácidas vistas para la peculiar y numerosa familia que ha ido atesorando desde que tenía cinco años. La aldea de Mondion, en el oeste de Francia, acariciada por el Loira, se ha convertido en hogar y refugio de este apasionado de la lectura que por motivos de salud no pudo asistir al Hay Festival de Cartagena.

No es fácil ir de visita a casa de Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948). Pero el largo peregrinaje en tren —tres transbordos, más de 17 horas desde Madrid y otras tantas en carro— se agradece, si de camino ya ha empezado uno a conversar con él a través de sus libros. El lugar elegido por este bonaerense con pasaporte de Canadá, es Le Presbytère. En la otrora abadía de la pequeña iglesia del siglo XIII, a unos 60 kilómetros de la ciudad francesa de Poitiers, Manguel encontró hogar para él y sus más de 35.000 libros. “El proyecto de toda mi vida era tener mi biblioteca. Cuando vi que los chicos eran grandes (tiene tres hijos) decidí que quería un lugar propio en el que vivir con mis libros. Casualmente vine a Poitiers a visitar a una amiga y apareció esta oportunidad”, comenta apenas de camino hacia el salón de su casa. Ha sido él quien ha abierto la enorme puerta de dos hojas, ataviado con una tupida bufanda y sandalias de franciscano, que nada tienen que ver con el pasado sacro de su casa-biblioteca. Hace tan solo dos días ha caído una nevada como no se veía en años en la región de Poitou-Charentes. La temperatura se mantiene a unos tres grados, por momentos bajo cero, y el paisaje es blanco, blanco, blanco. Manguel va directo a la cocina a poner la tetera en la vieja estufa. Olfatea con los ojos cerrados las bolsitas de té de canela y otras hierbas —“un regalo reciente de Navidad”, dice— y prepara la bandeja con las tazas.

Ahora, recostado en uno de sus sillones preferidos, le pide a Lucy, su perra bouvier bernois, que se quede tranquila sentada junto a él. Le habla a Lucy en inglés, aunque durante la entrevista se dirigirá a ella también en francés y en español —la perra es casi tan políglota como su dueño, que habla y escribe perfectamente en inglés, francés, alemán, italiano, español y portugués—. Justamente uno de los primerísimos y más curiosos recuerdos de Manguel tiene que ver con las lenguas, las palabras y los libros. “Nací en Argentina pero cuando tenía apenas un año, mi padre fue nombrado embajador en Israel, el primero en el recién nacido país, y allí me cuidaba una nodriza checa. Ella me enseñaba inglés y alemán, que fueron mis primeras lenguas —recuerda Manguel—, yo estaba siempre con ella. No jugaba con otros niños, ni siquiera con mis hermanos. Viajaba con ella, vivía con ella en otra parte de la casa. No hablaba ni con mis padres, porque ellos hablaban español y francés”. Una dura afirmación que arranca un ¿Por qué? inmediato, al que Manguel contesta resignado: “Esa es una pregunta para la cual no tengo respuesta”.

La biografía de este erudito consagrado a los libros, que no posee ningún título universitario —“tomé los cursos introductorios de Filosofía y Letras y hubiese podido aprender sistemáticamente, pero me aburrí”—, bien podría inspirar un singular personaje de novela. “Empecé a leer a los tres años. La experiencia y el mundo para mí eran los libros —confiesa este autor que a finales de enero participará por primera vez en el Hay Festival de Cartagena—, y como viajábamos tanto, al lugar al cual yo volvía cada noche, como quien vuelve a casa, eran mis libros. Volvía a la misma página, con la misma ilustración y eso me hacía sentir seguro, en casa”.

De esos primeros años de lecturas conserva la que fue su primera compra editorial, un ejemplar de Los cuentos de los hermanos Grimm. En adelante, Manguel se dedicaría a buscar y coleccionar los libros a partir de los cuales han surgido sus más profundas reflexiones sobre la lectura, de la que sin querer, o decididamente queriendo, se ha convertido en un apóstol. ¿“Don Quijote está loco, sí o no?”, recuerda sonriendo Manguel que le preguntan desesperadamente los jóvenes durante sus charlas, “pero terminan casi siempre disfrutando del hecho de que la respuesta está siempre en suspenso, no es que no exista. Borges tiene la mejor definición que se ha dado de esto: pone al final de un textito que se llama La muralla y los libros: ‘La inminencia de una revelación que no se produce es tal vez el hecho estético’. Algo está por ser dicho —explica Manguel—, algo está por explicarse y ahí nos quedamos”.

Otro capítulo de la novela sobre Manguel tendría que dedicarse a los tres años que pasó como lector de textos en inglés para Borges hacia 1965, cuando apenas llegaba a la mayoría de edad. “Yo trabajaba en la librería Pygmalion de Buenos Aires y por entonces Borges iba allí a comprar sus libros. Me pidió que le leyera porque ya se había quedado ciego hacía diez años y su madre se cansaba mucho. Durante tres años fui casi todas las noches a lo de Borges, entonces leíamos y después íbamos a comer al hotel frente a su casa o a lo de Bioy Casares —recuerda—. De Borges aprendí esa falta de respeto por lo oficial y su resistencia a los dogmas”.

Para Manguel, autor de la colosal Una historia de la lectura (Norma, 1999), leer es una llave maestra hacia la libertad, pero no la garantiza. “El libro no es responsable de lo que hacemos pero da la posibilidad de que ejercites tu imaginación y tu inteligencia y crea una suerte de simbolismo social en el cual se le da prestigio al acto intelectual, porque vivimos en una sociedad en la cual el acto intelectual no tiene prestigio. La tarea humana más difícil es la de tener confianza en la imaginación, porque lo contrario es por ejemplo lo que le pasa al personaje de Pinocho en el País de los juguetes, donde nada cuesta esfuerzo y todo está claramente definido. En el mundo de la imaginación intelectual nada está definido porque el lenguaje, que es la base sobre la cual este mundo está construido —yo lo llamo La sociedad de las palabras y es un libro que saldrá en septiembre en español— es un instrumento ineficaz y débil, pero el único que tenemos y para ser útil necesita ser ineficaz y débil, porque cuando no lo es se convierte en dogma”.

Barba blanca, una pronunciación exquisita, mezcla de lord inglés y gourmet francés, poseedor de una antiquísima casa en el campo que bien podría ser el viejo hogar de los abuelos, Manguel es un subversivo de las letras y confía en ellas para comprender y cuestionar el mundo. “La literatura te fuerza a ser creativo, a que cuando leas participes, completes los espacios en blanco, comprendas lo que está entre líneas. Al catequismo no le puedes inventar otra respuesta. Repites lo que está ahí, la trinidad, el evangelio y ya está. Que es todo lo contrario de la literatura, pero es más difícil, es más trabajoso, requiere un esfuerzo constante que es otra forma de decir que requiere que estemos vivos”. Y vivo está este joven de 60 años que en 1998 reivindicó la lectura a través de un minucioso recorrido por el nacimiento de la escritura, la aparición de las primeras bibliotecas, los códices, la imprenta y la evolución del mundo editorial. En Una historia de la lectura, Manguel definió el papel de los lectores, que es “hacer visible aquello que la escritura sugiere con pistas y sombras”.

Pero el libro que encauzaría su carrera como autor —desde los 18 años se había dedicado a la edición y a la crítica literaria alrededor del mundo— es el Diccionario de lugares imaginarios (Alianza Editorial). Escrito a cuatro manos con Gianni Guadalupe, este diccionario editado por primera vez en español en 1992 y reeditado con el nombre —menos pretencioso— de Breve guía de lugares imaginarios en 2002, es una especie de guía turística, cultural y fantástica de una geografía que va de Laputa de Los viajes de Gulliver a Las crónicas de Narnia, de C.S. Lewis, pasando por La isla del Aburrimiento, de Roumier, Los acantilados de mármol, de Ernst Jünger, La Arcadia, de Jacopo Sannazaro, o La isla del Doctor Moreau, de H. G. Wells. Y es que cuando se conversa con Manguel, Montaigne, Pinocho, Alicia o el Castillo de Drácula son personajes y lugares a los que acude de la misma manera como tira de Borges o del Madrid de los setenta para explicar el mundo real.

Manguel, lector por genética y autor consecuente, tiene tantas anécdotas del universo literario como de su vida real. “En El ensayo de la amistad, de Montaigne, hay una frase famosísima con relación a su amistad con De La Boétie —comenta cuando se le pregunta si utiliza el computador para escribir—, que era muy amigo de él y que murió muy joven. Montaigne dice en la primera edición, ‘si me preguntan por qué lo amaba, no sabría decirlo’. Pero en la biblioteca municipal de Bordeaux tienen el ejemplar que Montaigne usaba para corregir y en esa frase tú puedes ver que le agregó con una tinta ‘salvo para decir que él era él’. Y luego, seguramente tiempo después, en otra tinta, agregó ‘y yo era yo’. La frase al final se lee ‘Si me preguntan por qué lo amaba, no podría decir por qué, salvo para decir que él era él y yo era yo’. Saber que esa frase se construyó en tres etapas, que primero tuvo la revelación de decir no sé por qué uno ama a una persona… y luego saber que reflexionó sobre el tema a lo largo de su vida y la completó, eso en un ordenador ya no lo tenemos, no podríamos saber que se construyó así”, comenta extasiado por el descubrimiento. Pero sí, Manguel se ha pasado al computador, aunque asegura que suele imprimir versiones que va corrigiendo y atesorando “porque todo texto es también su propia historia, es también los elementos que hacen que el texto sea lo que es cuando se publica. Alfonso Reyes decía que se publica para dejar de corregir”.

Su más reciente libro Todos los hombres son mentirosos (RBA, 2008) es también un ejercicio de yuxtaposición de versiones en busca de una verdad esquiva. Y lo tiene muy orgulloso. “Lo considero la mejor ficción que he escrito —comenta—, mi intención era retratar la imposibilidad de contar una historia, siempre me sorprendió ese efecto que se produce al recordar un momento en presencia de otros testigos. Uno siempre termina dudando de su propia realidad y de su propia memoria”. El lector/escritor que por estos días relee a Dante por la mañana y se acuesta con un Dickens entre las manos, duda de la mentira como acto absoluto, “me parece mucho más interesante verla como la imposibilidad de la verdad —reflexiona—, no la mentira deliberada, sino esa mentira de la cual no somos culpables, es la mentira que simplemente se debe a nuestros propios límites de ver el mundo”.

Lucy lo ha seguido en el recorrido por la biblioteca, que Manguel muestra con una mezcla de pudor y orgullo. “La he organizado por idiomas pero ya no me cabe un libro más, he tenido que subir algunos a casa”, bromea. Una bellísima nave de dos plantas construida en piedra arenisca, guarda libros y fotografías de familia y amigos. “Aquí están Borges, Bioy Casares, Alejandra Pizarnik, Silvina Ocampo… esta es una manito de santo que encontré en un pulguero de Bogotá precisamente”, dice contemplándola como si la viera por primera vez. Al fondo, una pared de lo que él llama “libros de referencia”, biblias, diccionarios, bitácoras de viaje. Y atravesando toda la sala, un mueble diseñado por él mismo en el que exhibe una Biblia enorme, traducida por Copérnico y que acaba en un escritorio con una lámpara, “es para trabajar con los libros que son más grandes”, explica. No necesita nada más. Manguel ha conseguido hacer realidad su propio lugar imaginario. Un hogar alejado del mundo, en el que se escucha el silencio, apenas interrumpido por el repique de campanas de la iglesia vecina. Un rincón alejado que comparte con su compañero Craig y con sus libros, que son su vida. Y desde cuyas ventanas, con rejas medievales, se adivinan en el horizonte próximo las tumbas de Leonor de Aquitania y de Ricardo Corazón de León.

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