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“Éramos una especie de realeza”

Antes del crack del 29, varios escritores ya anunciaban un porvenir en la economía más fuerte del mundo. Después del jueves negro, el tiempo les dio la razón.

2010/07/28

Por Jorge Iván Salazar

Es sabido que en octubre de 1929 el sistema financiero norteamericano colapsó, arrastrando consigo prácticamente a toda la economía mundial; es igualmente sabido que los efectos de la crisis financiera se prolongaron por años y que, en consecuencia, en Europa el modelo nazi floreció a la sombra del desasosiego económico. La literatura no fue inmune al gran colapso, especialmente en Estados Unidos. Ya desde mediados de la década del veinte, varios autores habían arrojado nubarrones de duda sobre la aparente prosperidad del modo de vida americano; habían denunciado el hecho de que detrás del consumismo, de la industrialización y del optimismo nacional galopante se escondían procesos económicos insidiosos y una sociedad que mostraba una enorme estrechez de miras. Algunos escritores, como Sinclair Lewis, fueron puestos en la picota pública y denunciados como pesimistas y antiamericanos. El tiempo les daría la razón.

Tal vez ningún escritor representó mejor el estado mental de la época previa al “jueves negro” que Francis Scott Fitzgerald. Su más famosa novela, El gran Gatsby, refleja la vida de la alta sociedad, frívola y alocada, que vive el momento con total despreocupación y gasta a manos llenas. Pero, como alguna vez sugirió el filósofo rumano Émile Cioran, Fitzgerald encubría una profunda lucidez debajo de la aparente superficialidad. Una lucidez que le permitió observar los signos de tiempos malos que vendrían. La economía americana tras la primera guerra daba señales de desarrollo, especialmente en el comercio y la industria. Difícilmente podría preverse una caída y el optimismo fue un lugar común. Sin embargo, ya en las últimas escenas de Gatsby el narrador —un joven corredor de bolsa— contempla el ocaso de su ídolo y deja un sabor amargo en torno al vacío universo de los opulentos. En varios de sus cuentos, Fitzgerald volvió sobre el mundo de las clases pudientes, pero tal vez ninguno tan incisivo como el breve relato Regreso a Babilonia, publicado en 1931. Aquí la escena se traslada a París en los años siguientes al crack. El protagonista, Charlie Wales, regresa a París en busca del mundo impetuoso que había dejado años atrás. No encuentra la fiesta de la que había hablado Ernest Hemingway en su libro París era una fiesta. Encuentra en su lugar una ciudad adolorida y silenciosa. Los norteamericanos que habían llenado hoteles y avenidas, gastando con locura, ya no están. Charlie recuerda los buenos tiempos idos: “Éramos una especie de realeza”, piensa, y esta reflexión bien puede ejemplificar la manera como la literatura vio el antes y el después del gran crack. El ascenso y caída de toda una generación.

Publicada en 1925, Manhattan Transfer, de John Dos Passos, se concentra en la vida neoyorquina en todos sus posibles ámbitos. La novela logró además un notable empleo de técnicas narrativas diversas: superposición de tiempo y espacio, monólogos internos, bruscos cambios de escena, que de algún modo ejemplifican la vida acelerada y caótica de Nueva York. Por sus páginas desfila una amplísima gama de personajes, que van desde el emigrante hasta el artista de éxito, desde la prostituta y el vagabundo hasta los magnates de la gran industria. Hay especuladores inmobiliarios, corredores de bolsa, actrices y periodistas, todos obsesionados con la adquisición de dinero fácil y con el rápido ascenso social. Un par de personajes merecen una mención especial: Joe Harland, un antiguo y exitoso corredor de bolsa en Wall Street, quien lo pierde todo en la especulación y cae en los abismos del alcohol y la miseria; y Jimmy Herf, un joven y prometedor periodista, que a lo largo de la novela clama por huir de la decadencia de la ciudad y que representa mejor que nadie el tipo de vaga desesperanza que corre a lo largo de la obra. En un diálogo con su amigo Stan, Jimmy llega a decir que se sentiría más a gusto en la lejana y desconocida Bogotá que en la rica Nueva York.

Mencioné arriba a Sinclair Lewis, primer premio Nobel norteamericano. Su obra, irregular desde el punto de vista literario, pero fundamental como testimonio de una época, ha encontrado un curioso destino. Vituperada en un principio por críticos que vieron en ella una especie de herejía nacional que denigraba de la ascendente clase media, fue luego olvidada para ser finalmente reestablecida en el sitial de las voces críticas de su generación. La palabra “babbitt”, proveniente del nombre del protagonista de una de sus grandes novelas, terminó por aplicarse a un tipo humano especial: el hombre de clase media, de carácter conservador, quien se deja arrastrar por las prácticas sociales de su entorno sin siquiera cuestionarlas. George F. Babbitt, el héroe de la novela del mismo nombre, tiene una crisis de edad madura que lo lleva a enfrentarse con el pequeño mundo de su ciudad; desafía a banqueros y pastores en una rebelión tímida e infructuosa. Es una suerte de Homero Simpson un tanto ridículo y no lejano al patetismo. Su derrota, como la de Gatsby, representa también la llegada a un callejón sin salida social y moral. Es como si estos personajes, al estrellarse abruptamente contra sus propias contradicciones, tipificaran el lento declive de una era que, para colmo de males, se niega a reconocer los problemas que la corroen por dentro. También Teodor Dreiser en Una tragedia americana (1926) lleva a sus últimas consecuencias el afán de lucro y de posición social. Su novela relata la historia de un muchacho de clase baja y de poco carácter, quien se ve empujado al crimen con el único objetivo de lograr el reconocimiento social. La condena de Clyde Griffiths no es la condena a un criminal, sino a un modo de vida que hace posible a ese criminal. En una terrible reducción al absurdo, Dreiser convierte el sueño americano en tragedia.

Y mientras que Fitzgerald, Dreiser, Dos Passos y Lewis trazaban el gran fresco la sociedad pudiente de las ciudades, el poeta Edgar Lee Masters ponía en verso la vida de los pueblos pequeños del territorio central de Estados Unidos. Spoon River, un pueblo ficticio que recuerda a Macondo y a Comala, cuenta su historia a través de las lápidas de sus moradores. Pero Spoon River, como alguien ha notado, es un microcosmos que refleja el provincianismo y la estrechez mental de su época. Los pobladores viven y mueren en un universo cerrado, claustrofóbico. Lo que ocurría en las grandes urbes también ocurría, a escala, en todos los pueblos de América.

Las novelas escritas con posterioridad al colapso de Wall Street agudizan y complican el panorama. John Steinbeck, en Las uvas de la ira (1939), muestra el extremo de desesperación al que llegaron los campesinos norteamericanos tras la gran crisis. Posiblemente este fue el sector de la población más afectado por la caída de los precios y la presión de bancos y de grandes empresarios por recuperar rentabilidad a toda costa. La novela relata la saga de la familia Joad, agricultores de Oklahoma, expulsados de sus tierras y obligados a marchar como nómadas por los fértiles campos de California en busca de subsistencia. La integridad de la familia, que se concentra en las figuras de la madre y del hijo Tom, contrasta con el frío cinismo de los terratenientes. Un logro de esta obra es simbolizar la desesperación con fuertes imágenes tomadas de la naturaleza: desiertos, chaparrales impracticables, lluvias y calor sirven como señales casi apocalípticas del final de los tiempos. Una novela densa y terrible, pero también conmovedoramente humana.

He citado una serie de obras que dan cuenta del estado anímico de la sociedad norteamericana antes y después del crack. Queda la impresión de que todas estas obras giran en torno al tema con sentimientos mezclados de desesperación y angustia; queda la impresión de que el cinismo sería la única salida razonable, porque en los textos anteriormente citados, son justamente los cínicos los que mejor parecen medrar. Y sin embargo y a despecho de las apariencias, todos los autores mencionados dejan abierta la puerta a la redención. Una redención que a veces tendrá la forma de una toma de conciencia personal, pero que otras veces se insinúa bajo la forma de un cambio social radical. Quiero mencionar dos ejemplos: en Babbitt el protagonista, incapaz de enfrentar la maquinaria social que lo aplasta, apuesta sin embargo por el futuro en la forma de su hijo adolescente Ted. En una conmovedora escena final, padre e hijo entran tomados del brazo a darle la cara a una familia enfurecida. Mi segundo ejemplo proviene de Las uvas de la ira y es también la escena final; la familia Joad lo ha perdido todo. Las últimas pertenencias han desaparecido bajo la inundación y la hija mayor, Rose, ha dado a luz prematuramente a un niño muerto. Despavoridos, se refugian en un viejo granero y allí encuentran a un hombre y a su hijo. El hombre está agonizando como consecuencia de la desnutrición. Rose se tiende a su lado y ofrece su pecho al moribundo, en un gesto de esperanza. La ira de la que habla Steinbeck, termina siendo un acicate y una justificación para vivir; quien está dispuesto a luchar no muere. Y esto parece ser cierto, tanto si se habla de individuos como si se habla de pueblos. En palabras de Steinbeck, un pueblo con ira es un pueblo al que la derrota aún no ha alcanzado.

En estos días en los que la economía mundial vuelve a hacer crisis, tal vez resulte oportuno releer estos textos que tratan a la vez de la miseria y la grandeza de los seres humanos. Tal vez en un futuro, las generaciones venideras lean Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago, Pastoral Americana, de Philip Roth o Matadero 5, de Kurt Vonnegut como premoniciones de un tiempo por venir.

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