Metamorfosis en honor a Kafka (detalle) - Paula Rego - (2002)

Fábulas siniestras

La obra de la artista británica Paula Rego es una suma de perturbadores retratos del mundo femenino. Cada cuadro cuenta una historia, pero es el espectador el que debe inventarla. Y los finales no parecen un asunto feliz.

2011/10/20

Por Juan Darío Restrepo Figueroa

Paula Rego ha hecho de su obra una galería de los fantasmas que caminan por el universo femenino: sus collages y sus pinturas registran, como si se tratara de espectros que se pasean por un mundo masculino, el deseo, las relaciones familiares, los nacimientos, los abortos, las violaciones y la ambivalencia entre dominar o ser dominada que cargan las mujeres desde el comienzo de sus vidas.

 

Nacida en Lisboa, en 1935, en una familia de clase media donde descubrió su talento para dibujar, Rego se mudó a Londres a los diecisiete años para estudiar en la escuela de arte contemporáneo Slade. Desde aquel 1952, tras ir y venir por cuenta del trabajo de su padre, tras la batalla para mantener la empresa familiar, se fue quedando en la capital de Gran Bretaña. Sin embargo, Portugal ha seguido siendo, desde entonces, fuente permanente de su inspiración. Se ha pasado la vida con un pie en cada país. Y su obra desinhibida y desafiante vuelve, todo el tiempo, a esos primeros años de su vida en los que le producía asco la dictadura de Salazar, sentía aún “algo de culpa católica” y creía seriamente en el demonio. Pero, si le preguntan, dirá que es una artista inglesa.

 

Su hoja de vida registra varias exposiciones colectivas y varias individuales desde 1965. Sus collages espeluznantes llenos de excrementos, sangre y vómitos se pasearon, en los sesenta y los setenta, por las ciudades europeas que vienen primero a la mente. Aunque el mecenazgo de su padre la tuvo siempre a salvo entre los artistas de primera línea de sus dos países, el gran reconocimiento como artista llegó a su vida relativamente tarde. Cuando cumplió los cuarenta años realizó su primera gran exposición individual; diez años más tarde, fue nominada al premio Turner; y hace apenas seis, a los setenta, no obstante la distancia entre su provocadora propuesta artística y el conservador gusto artístico de la Reina Isabel II (la prensa inglesa se llenó, por esos días, de comentarios irónicos), le fue conferido el título de Dama por la Corona británica como premio a sus grandes aportes en las artes.

 

Para completar su triunfo, el 18 de septiembre de 2009 se inauguró, en Lisboa, la Casa de las historias Paula Rego. Se trata de una institución cultural que promueve, divulga y estudia la obra de la artista a partir de su propia colección: 683 grados y dibujos donados por ella y 63 pinturas cedidas en comodato por un período de diez años. Cabe aclarar que la propia Paula Rego ha impedido que el espacio se convierta en un mausoleo egocéntrico dedicado a engrandecer su memoria: a través de un programa de exposiciones temporales, otros artistas confrontan y nutren el universo artístico propuesto por Rego.

 

Cada imagen cuenta una historia

 

Paula Rego ha explorado inquietantes narrativas desde que la muerte de su padre, en 1966, la llevó a pasar definitivamente del collage tremebundo a la pintura paródica que cuenta una historia. Cada una de sus telas de grandes dimensiones, a menudo inspiradas en cuentos de hadas, a medio camino entre las peores tragedias políticas y los peores miedos infantiles, es un relato que viene desde el centro de su naturaleza: desde el fondo de su propia experiencia en el mundo. “Para pintar, Paula Rego siempre debe tener una historia y su manera favorita de contar historias es pintando”, asegura el teórico John McEwen. “Pinto para darle una cara al miedo”, ha dicho ella. Y, para comprender sus palabras, basta con quedarse un rato frente a aquella serie, La niña y el perro, que, como se hunde del todo en la narrativa, representa el punto de giro de su obra: la figura femenina se despliega por todos sus arquetipos, de la madre a la puta, para describir la tensión entre la seducción y el dominio que conviven en el alma de la mujer.

 

Lo narrativo, decíamos, ha sido fundamental en su obra: el juego entre lo que se cuenta y lo que significa. Y todo porque su vida, vista por arriba, podría definirse como la historia convencional de una niña solitaria, una joven bella a la que le cuesta acomodarse en la vida adulta, una esposa con ciertos privilegios que ya querría el resto de la humanidad y una madre que, con el amor de rigor, comparte con sus hijos sus increíbles aptitudes para el dibujo. Pero, vista desde abajo, resulta claro que algo extraño ha sucedido a lo largo de su biografía, mientras tanto, dentro de ella: “el problema más grande de toda mi vida ha sido mi incapacidad para decir lo que pienso, para hablar con la verdad”, reconoce. “Cuando era una niña, los adultos siempre estaban en lo cierto y nunca respondían a mis preguntas y yo me sentía profundamente equivocada de mundo”.

 

Desde esa infancia silenciosa en la que hablar servía para muy poco y las palabras se quedan volando, Rego se dio cuenta de que estaba más interesada en “narrar dibujando”, en perderse en lo concreto: la inmediatez asociada a la técnica del dibujo es, de hecho, lo que prima en la mayoría de su trabajo. Sus obras más destacadas han sido calificadas como pinturas, por su escala y ambición, pero son en realidad enormes pasteles narrativos que conservan la intensidad del trazo: dibujos precisos que se salen del cuadro. En su proceso de creación, aún hoy, Rego realiza numerosos dibujos preparatorios en varios medios, y que, por lo general, derivan en otras obras con autonomía e importancia: el dibujo está, en fin, en el corazón de su arte.

 

Y cada historia tiene un protagonista

 

Pero cada imagen, decíamos, cuenta una historia. Y cada historia tiene un protagonista. Y las protagonistas de los relatos de Paula Rego son mujeres con rasgos andrógenos, por lo general figuras solitarias que parecen oscilar entre la desesperanza desgarradora y los artilugios de sangrientas venganzas en escenarios de la vida cotidiana que, si miramos de cerca, están abigarrados de simbolismos religiosos y políticos. Lo más sencillo sería etiquetar a Rego como “otra feminista” u otra “trasnochada seguidora del realismo mágico”, pero todas esas taxonomías son simples pretextos para distraer los contenidos perturbadores de sus imágenes sonámbulas.

 

Su adaptación pictórica de Jane Eyre, la novela con cara de autobiografía escrita por Charlotte Brönte, es un buen ejemplo de su tendencia a convertir a los buenos personajes en seres monstruosos semejantes a los que aparecen en algunas obras de Goya. Su creciente interés, de obra madura, por revisar a fondo los arquetipos femeninos que vienen de los cuentos de hadas a las escenas de la vida cotidiana de estos años, se ve más clara que nunca en un tríptico de 1999 titulado Marta, María y Magdalena: en el centro de aquella composición, basada en la pintura renacentista religiosa, podemos observar una pietà en la que el cuerpo sin vida de Jesús descansa sobre el regazo materno, pero, como se trata de una obra de Rego, la alongada figura de Jesús muerto que yace sobre la mujer resulta demasiado vieja, y la mujer comienza a parecérsenos a su hija.

 

La serie titulada El jardín del interrogatorio, realizada exprofeso para una fundación de víctimas de la tortura, no solo nos impide olvidar todos los horrores que trajeron los conflictos políticos de la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial, sino que resulta, de paso, un comentario contundente sobre la absurda tragedia que viven las mujeres torturadas por razones políticas. La imagen más popular de esta serie muestra a un hombre de bigote uniformado cuyas características botas militares resaltan más de la cuenta gracias a unos ridículos pantalones cortos que dejan al desnudo sus piernas.

 

Entre 1997 y 1998, enmarcada en esta etapa de su obra que la ha obligado a encarar aquella realidad que los adultos siempre le hicieron inalcanzable, e indignada por el referendo que condujo a que el gobierno de Portugal continuara con la criminalización del aborto, Rego llevó a cabo una aclamada serie dedicada a la interrupción del embarazo: en ella, retratadas al pastel en formatos de gran escala, se encuentran mujeres en posiciones de agonía y extremo dolor. Cada uno de esos cuadros, como todos de Rego desde 1966, cuenta un drama. Y cada uno de esos dramas tiene la misma protagonista del comienzo: una niña muerta de miedo que para sobrevivir debe convertirse en personaje.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.