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Hecho en Latinoamérica

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Un documental aguerrido

Circula por Internet un provocador documental que cuestiona seriamente el modelo educativo dominante. ¿Por qué una producción de bajo presupuesto sobre un tema impopular llegó a convertirse, en menos de tres meses, en un fenómeno en la red?

Por: Rodrigo Restrepo* Bogotá

Publicado el: 2012-11-27

Había una vez un jardinero que cuidaba mucho a sus plantas. O mejor, creía que las cuidaba. Pues no solo las regaba cada mañana y las podaba con cada luna. El ingenuo jardinero tenía la costumbre de halar del tallo a los brotes tiernos. Pensaba que estirándolos a su manera crecerían más rápido y mejor. Quizás el jardinero no gustaba de halar los tallos, y quizá tampoco pensaba mucho: simplemente estaba habituado a hacerlo. Desde luego, las plantas que no morían crecían deformes.

Como este necio jardinero es el paradigma educativo predominante. Al menos esa es la sensación que queda luego de ver La educación prohibida, un documental argentino que circula libremente por Internet desde su estreno mundial en agosto pasado, y que ya tomó dimensiones virales en la Web. De hecho, fue pensado para convertirse en un fenómeno internáutico, un poco como los ya clásicos Home (2009) y Zeitgeist (2007). En el momento de escribir este artículo (aún no se cumplen tres meses desde su lanzamiento), había sido descargada 4’716.983 veces en YouTube (lo que Zeitgeist logró en nueve meses), tenía más de 67.000 fans en Facebook y casi 6.500 seguidores en Twitter. Como estos otros dos largometrajes, La educación prohibida parece hablarle a un público de izquierda globalizado, conectado, ecologista y no muy capitalista. Pero a diferencia de ellos, La educación prohibida no fue realizado con grandes fondos privados. Es la primera película independiente en español apoyada en un modelo de financiación en masa: 704 personas sumaron cerca de sesenta mil dólares en menos de tres años. “Algunos dieron 1.000, otros 100, otros apenas 10. No fue vendida a ninguna distribuidora ni a ninguna sala de cine. No es un producto de entretenimiento sino una herramienta de transformación. Eso ha sido gran parte del éxito de la película”, le dijo a Arcadia Germán Doin, su director.

¿Por qué un documental sobre educación, de bajo presupuesto y de dos horas y media  de duración está captando la atención de millones de cibernautas? Es verdad que la película tuvo una larga y premeditada campaña de expectativa con tráilers provocadores al estilo Hollywood; que desde su título apela a una mentalidad libertaria un tanto adolescente –un llamado a lo prohibido, lo alternativo, lo que se rebela ante una autoridad ciega y represiva–; que presenta versiones simplificadas y poco matizadas de teorías pedagógicas –como el piagetismo– que son bastante más complejas en la realidad; que echa mano de estereotipos caricaturescos –el maestro con un rictus amargo y una neura crónica, o la familia bucólica e intemporal en la que un padre sonriente enseña un oficio a sus hijos–; que, en suma, por momentos parece más un manifiesto que un documental objetivo y balanceado. Sin embargo, a pesar de todos estos ganchos fáciles para captar público, La educación prohibida apunta a una intuición de muchos, o al menos a un vago sentimiento que reconocemos quienes transitamos el difícil territorio de la educación: hay algo en la base de nuestro paradigma pedagógico que no está funcionando bien. Como el tonto jardinero, algunos elementos del sistema parecen estar halando en la dirección equivocada.

La educación prohibida es ante todo una exploración en los planteamientos de las pedagogías alternativas, que nacieron a principios del siglo XX y que sobrevivieron a las grandes guerras y a las dictaduras de mitad del siglo de Europa y Latinoamérica. Estas pedagogías, a diferencia del modelo conductista que regiría durante el resto del siglo, desarrollaron experiencias educativas basadas en la acción, la libertad del niño y la construcción autónoma del aprendizaje. El documental está construido alrededor de entrevistas a profundidad con pedagogos argentinos, colombianos, españoles, mexicanos, chilenos y bolivianos, exponentes de propuestas que van desde las escuelas Waldorf, Montessori y de educación libre, hasta experiencias más recientes como la pedagogía sistémica, la educación holística, la logosófica o el movimiento de educación en casa, entre otros.

Además, hace una crítica de fondo a muchos elementos del paradigma actual: su sistema de recompensas y castigos –léase conductismo–, su compulsión de calificar, su imposición de currículos ajenos a las necesidades individuales de aprendizaje de los niños, su enseñanza orientada hacia la competitividad y el logro de objetivos y no hacia el acompañamiento de procesos, su costumbre de transmitir verdades  eternas –en lugar de construir colectivamente conocimientos en constante transformación–, su fragmentación del saber en áreas que no se relacionan entre sí ni con la vida, sus rígidas estructuras de poder en una era democrática…

Y de paso nos recuerda, por ejemplo, que nuestro modelo educativo  es hijo del despotismo ilustrado, y más remotamente del sistema militar espartano –no del ateniense, como frecuentemente nos venden–. O que se diseñó como una respuesta a la necesidad de trabajadores tras la Revolución Industrial. De hecho, La educación prohibida recalca que fueron los grandes empresarios industriales de los siglos XIX y XX –algunos de ellos creadores del sistema bancario que tiene hoy al primer mundo cayendo por el abismo– quienes financiaron la escolarización obligatoria y de masas. Palabras más, palabras menos, La educación prohibida busca mostrarnos cómo muchos elementos de la escuela actual obedecen al modelo de producción industrial y cadena de montaje: la educación como manufactura de un producto, como relación asimétrica, objetual e invasiva, y no como el proceso profundamente ético y humano que debería ser.

Lanzada con una licencia de tipo copyleft (cualquiera puede verla, descargarla, usarla y reeditarla), Doin propone a La educación prohibida como una obra abierta, por fuera de las lógicas típicas de la industria cultural. “Queremos que la gente se la apropie, la corte en pedazos, la reorganice”. En la web oficial se ofrecen las entrevistas completas que componen el documental, pues la idea es que haya una interacción completa entre los entrevistados y quienes ven la película. “No se trata de un objeto terminado en el que te quedas con la idea del director y ya”, explica. Se trata, desde luego, de que se discuta, se transforme y se replantee muchas veces, en un proceso lúdico de continuo aprendizaje.

La educación prohibida puede ser simplista y tendenciosa. Pero tiene la virtud de abrir la discusión, de manera clara y directa, sobre un tema que por lo general produce tedio. Un tema del cual todo el mundo reconoce la importancia, pero que pocos indagan seriamente. Le abre la puerta a una diversidad insospechada de propuestas que están allí para ser vistas, escuchadas y experimentadas. ¿Por qué, entonces, no darle la bienvenida a un debate de fondo?

 

 

 

*Periodista y Filósofo.