Ilustración de Eva Giraldo.

Vida, muerte y resurrección en línea

Internet es la más grande obra colectiva de nuestro tiempo. Pero también es un territorio en disputa por los grandes capitales: como si se tratara de una ciudad que un creador nos cedió para que fuese habitada, hoy la guerra se libra en sus calles, aunque sus posibilidades de libertad siguen intactas.

2016/09/26

Por Catalina Holguín Jaramillo* Bogotá

Internet no es Facebook. Internet no es WhatsApp. Internet no es porno gratis. No es ninguna de estas cosas específicamente, pero sí es la suma de eso y mucho más. Internet es la infraestructura de telecomunicaciones que conecta terminales, dispositivos y servidores para el intercambio de información. Internet es también la capa de software, códigos y protocolos que permiten que todos esos aparatos, al parecer disímiles, se hablen y se conecten. Internet es la suma del contenido alojado en los 1.100 millones de páginas web existentes hoy día, los 350 millones de búsquedas diarias que ocurren en Google. Internet es la coladera invisible y perversa que recolecta nuestra información personal para el uso de otros. Internet es una arquitectura tecnológica inventada colectivamente para el libre intercambio de la información. Internet es un territorio en disputa. 

Un sueño infinito y desaforado

La historia del internet se remonta al año 1965 cuando se conectaron por primera vez dos computadores de universidades norteamericanas bajo el auspicio de Arpa, la agencia nacional de investigaciones avanzadas, creada en el contexto de la Guerra Fría con el expreso propósito de ganar la carrera tecnológica a los rusos. Arpanet, la primera red de computadores creada, para el año 1973 ya conectaba a 30 instituciones académicas, militares y de investigación de Estados Unidos. A medida que la red fue creciendo se delinearon estándares para que múltiples máquinas pudieran comunicarse (los llamados protocolos TCP/IP). Hacia el año 1987, el tráfico de información intercambiada en esta red se centraba, principalmente, en correos electrónicos y documentos, pero se necesitaba mucho conocimiento técnico para poder hacerlo. La popularización del internet y su explosión global ocurrió en 1989 cuando un científico inglés llamado Tim Berners-Lee, que trabajaba en la Organización Europea para la Investigación Nuclear (la misma que recientemente descubrió el bosón de Higgs o la partícula de dios), inventó la web. 

La web es la porción más visible del internet, la que más entendemos y con la que más interactuamos. Es, en breve, todo lo que vemos en el navegador del teléfono o el computador. Berners-Lee inventó el sistema que permite enlazar documentos, imágenes y archivos de distinta índole por medio de hipervínculos. Este sistema estructurado de información se consulta por medio de un navegador, o sea, el software que usamos cotidianamente para leer noticias o revisar el correo, llámese Explorer, Safari o Chrome. 

Desde el  inicio, Berners-Lee imaginó un sitio abierto, donde todos tuvieran a la mano los códigos y las instrucciones para crear “páginas web”. En vez de patentar un invento que lo habría convertido en un hombre fabulosamente rico (o en un inventor solitario al que nadie le prestó mucha atención), el científico inglés abrió la web al público y logró una explosión global, donde todos podían dar y recibir. “El sueño detrás de la web”, según Berners-Lee, “era crear un espacio común en el que nos pudiéramos comunicar compartiendo información”. “Si se quería que la web fuera un recurso universal —continúa Berners-Lee—, era necesario que pudiera crecer ilimitadamente. Técnicamente, si creábamos cualquier tipo de control centralizado, rápidamente se formarían cuellos de botella que impedirían el crecimiento de la web. Que estuviera ‘fuera de control’ era muy importante”.

El paraíso postergado 

Antes de que existiera el internet comercial, y que todos anduviéramos con un procesador de datos pegado a la cara, todo el día y toda la noche, antes de eso, existió la revolución de la computación. Era el comienzo de los años setenta, y Ted Nelson, filósofo y sociólogo norteamericano autodeclarado nerd de la computación, escribió un manifiesto en forma de fanzine, acerca de las posibilidades que ofrecían los computadores a la humanidad.

Su libro es un collage de texto y dibujos fotocopiado y vendido caseramente. Tiene dos partes, o dos caras: una se llama Computer Lib (algo como Liberación computacional, sin duda jugando con el nombre del movimiento de liberación femenina norteamericano) y la otra cara se titula Dream Machines, (o Máquinas para soñar). El libro de Nelson es alegre, hippie, punk, lúcido. La sección acerca de los computadores busca sentar una base común de información acerca de esos aparatos, bajar una jerga abstusa al lenguaje de los seres humanos comunes y corrientes. Esta sección es la base sobre la cual se erige Máquinas para soñar, donde Nelson, básicamente, predice con 15 años de antelación la web de Berners-Lee y algo de la actual revolución internetiana. 

A Nelson le preocupaba particularmente la creciente brecha entre “la gente de los computadores” y el resto de personas. Su preocupación nacía no solo del deseo, honesto y sencillo, de que todas las personas entendieran que a través de los computadores se podían lograr cosas maravillosas. Su preocupación también se nutría de la certeza de que en un futuro cercano los computadores dominarían todos los aspectos de la vida humana. Dice: “Simplemente, como un asunto de ciudadanía, es esencial entender el impacto y los usos de los computadores en el mundo del futuro, si es que habrá futuro, y de tener una noción de los temas que nos confrontan como seres humanos, especialmente en lo que se refiere a nuestra privacidad y los bancos de datos. […] Por lo tanto, les doy la bienvenida al mundo de los computadores, la cosa más loca y demente que haya ocurrido. Pero nosotros, la gente de los computadores, no estamos locos. Son ustedes quienes están locos dejando que solo nosotros tengamos tanto poder y nos divirtamos tanto”. 

Nelson es un hippie, un rebelde consumado, y su libro se trata de dar poder a aquellos que no hacen parte de la secta computacional, de insistir en lo hermosamente fascinantes que son los computadores, y cómo son, sobretodo, herramientas y no un fin en sí mismo. “Francamente —afirma—, creo que es un escándalo hacer creer que estas cosas (las cosas técnicas de los computadores) tienen un fundamento científico. Sí hay una base técnica pero, como los cimientos de una catedral, solo sirven para soportar lo que se eleva sobre ellos. Los tecnicismos son muy importantes, pero la visión unificadora importa mucho más”. Y en su visión, los computadores no son más que una base para construir un mundo donde “la educación sea emocionante, en vez de una prisión; donde los académicos tengan acceso completo a escritos y notas en un nuevo medio que permita la complejidad; donde la gente pueda jugar con su imaginación y se eleve la mente humana a niveles que ya debería haber alcanzado”. 

A lo largo de Máquinas para soñar, Nelson da forma imaginaria al sistema que permitiría realizar su visión. Sueña con poner el “humanismo renacentista dentro de una consola multidimensional interactiva”. Siendo filósofo y, sin duda, gran lector de literatura, su universo de ensueño es una gran fantasía textual y gráfica aptamente llamada Xanadú, como el paraíso que el poeta Coleridge soñó. Xanadú —ese lugar nunca completado, nunca alcanzado— sería una gran trama de textos interrelacionados profunda y superficialmente, donde el lector podía ir de un lado al otro, libre, leyendo y escarbando y creando conexiones. En Xanadú, gran paraíso virtual de las letras y la imaginación, los creadores recibirían automáticamente regalías generadas por su trabajo. 

Utopías 

El Xanadú que Nelson imaginó en 1974 se convirtió, más o menos a principios de los años noventa, en la “web” de Berners-Lee. Desde entonces, en todos los campos profesionales se han venido publicando numerosos manifiestos que declaran, desde distintos puntos de vista y contextos, proclamas acerca de lo que debe ser el internet, si es que este ha de cumplir la promesa de revolucionar positivamente la existencia humana. Los manifiestos surgen, usualmente, cuando una amenaza se cierne sobre la más reciente creación colectiva de la sociedad. Las amenazas son de todo tipo.

El primer manifiesto, el original, fue publicado por John Perry Barlow (poeta, escritor de canciones para The Grateful Dead  y defensor de los derechos digitales) en respuesta a una de las primeras leyes promulgada por el gobierno norteamericano para regular el internet. El texto titulado “Una declaración de independencia del ciberespacio” y expuesto en el foro de Davos, Suiza, en 1996, presenta el internet como “el nuevo hogar de la mente”, un gran paraíso del conocimiento donde no tienen cabida los grandes poderes ni los Estados. Dice Barlow: “No hemos elegido ningún gobierno, ni pretendemos tenerlo, así que me dirijo a ustedes sin más autoridad que aquella con la que la libertad siempre habla. Declaro el espacio social global que estamos construyendo independiente por naturaleza de las tiranías que buscan imponernos. No tienen ningún derecho moral a gobernarnos”. Este manifiesto, que aún permanece en la memoria original del internet, es la expresión más poética y rebelde de lo pudo haber sido el internet y ya no es, simplemente porque es una fuerza demasiado dúctil y poderosa. 

El texto de Barlow ha inspirado cantidades de textos similares, desde el manifiesto del periodismo al manifiesto hacker, en el que cada bando proclama la conducta que deben adoptar los suyos en internet. Para el periodista, internet es una puerta al periodismo de calidad, a la emancipación de los grandes medios y al desarrollo de nuevos métodos periodísticos. Para el hacker, internet es el camino de la resistencia. “Ustedes construyen bombas atómicas —proclaman loshackers—, libran guerras, asesinan, engañan y nos mienten, y tratan de hacernos creer que es por nuestro propio bien. Aún así, nosotros somos los criminales. Sí, soy un criminal. Mi crimen es la curiosidad. Mi crimen es juzgar a las personas por lo que dicen y piensan y no por cómo se ven. Mi crimen es ser más astuto que ustedes, algo que jamás me podrán perdonar”. 

Internet también ha sacudido los cimientos de las bibliotecas, antiguas guardianas oficiales de la información. El manifiesto de la Federación Internacional de Bibliotecas (Ifla), publicado en 2014, reconoce la misión paralela y complementaria que cumplen tanto el internet como la biblioteca. Se afirma que el internet, al igual que la biblioteca, permite “tener mayor equidad de acceso a la información para apoyar el desarrollo personal, la educación, el enriquecimiento cultural, la actividad económica, el acceso al gobierno y otros servicios, la participación informada en sociedades democráticas como ciudadanos activos”. Si bien por mucho tiempo las bibliotecas vieron amenazada su existencia con el surgimiento del internet, cada vez más lo han incorporado a sus servicios fundamentales. En algunos casos, las bibliotecas ofrecen recursos digitales remotos; en otros, brindan capacitación en el uso de herramientas que cada vez más determinan el acceso al mercado laboral a jóvenes y adultos; a veces, algunas bibliotecas usan herramientas tecnológicas para propiciar la creación y distribución de conocimiento creado localmente. Otras bibliotecas se han dedicado al activismo. No extraña que hayan sido miembros de la Biblioteca Nacional de Colombia quienes participaron activamente en los debates de la archivada Ley Lleras (un proyecto de ley de 2011 que buscaba regular la responsabilidad de los proveedores de servicios de internet frente a los derechos de autor de los usuarios), o que en Estados Unidos sea el gremio bibliotecario quien ocupe un rol fundamental en la defensa del derecho a la privacidad en internet.   

Finalmente, dentro de la institucionalidad y la formalidad más absoluta, está surgiendo en Europa otra suerte de utopía. Con el ánimo de dar un empujón político y económico de gran escala al mercado digital europeo, se inauguró en 2015 el Mercado Único Digital (Digital Single Market). Esta ambiciosa estrategia de gran escala busca facilitar el desarrollo de negocios digitales, eliminar barreras comerciales, incrementar la calidad de la conectividad, y fomentar la educación y la investigación en tecnología. En ese contexto incluso se promulgó el “Manifiesto de los jóvenes para un mejor internet”, en el que chicos y adolescentes de la comunidad europea reclaman un espacio libre, sin restricciones, que apoye su educación y el intercambio de ideas por medio de contenidos de calidad, donde se les respete su privacidad, donde prime la libertad de expresión. La iniciativa europea también apunta, muy concretamente, a frenar la arremetida digital norteamericana. Según la Comisión Europea, aunque 315 millones de europeos usan diariamente internet, el 54 % de los servicios consumidos digitalmente provienen de Estados Unidos. Algunas medidas apuntan a reformar leyes de derechos de autor que han impedido el acceso a los bienes y servicios culturales, por poner un ejemplo. Otras medidas, como el reciente anuncio de la cuenta pendiente de 13.000 millones de euros que Apple debe en impuestos, presagian el comienzo de una larga pelea por un territorio particularmente jugoso.   

Despertares

Internet se ha vuelto un sitio muy peligroso. El problema es que cada bando tiene su propia definición de “peligro”, y en esa definición se está jugando el futuro del internet. Por ejemplo, los riesgos obvios, a diario reportados en la prensa, suelen girar en torno a la pedofilia, el tráfico de drogas y la propaganda terrorista. Para quienes temen este tipo de amenazas, la censura es un buen remedio. 

Un ejemplo contundente ocurrió a principios de septiembre, cuando Facebook decidió censurar la publicación de la emblemática foto de la Guerra de Vietnam en la que una niña desnuda, ardiendo en napalm, corre con los brazos abiertos. Según Facebook, la foto violaba sus reglas en contra de la pedofilia. Según Espen Egil Hansen, editor general del periódico más importante de Noruega y responsable de la distribución de esta foto en su página de Facebook, la acción era una muestra más de poder desmesurado de la red social. En una carta abierta a Mark Zuckerberg, Hansen se pregunta por el futuro de la democracia y la libertad de información cuando existe un editor tan poderoso como Zuckerberg. Se calcula que el 62 % de los adultos americanos recibe sus noticias a través de las redes sociales. Las cifras en Europa se asemejan, y es muy posible que en Colombia el impacto de Facebook en la distribución de noticias sea igual. Hansen acusa a Zuckerberg de estar abusando de su poder y de no estar pensando seriamente en las consecuencias de su política editorial. El editor le dice al joven magnate: “En la misión de Facebook se afirma que su objetivo es ‘crear un mundo más abierto y conectado’. Realmente lo están haciendo de una forma completamente superficial. Si no son capaces de distinguir entre pornografía infantil y una fotografía que documenta una guerra, solo serán capaces de promover la estupidez y fracasarán en su intento de acercar a los seres humanos”. 

Entre los defensores más idealistas de internet, el peligro proviene de la creciente posibilidad de que unos cuantos actores comerciales, con el beneplácito de los gobiernos, erradiquen la algarabía democrática y frenética de la red. En un manifiesto publicado en enero de 2015, David Weinberger, codirector del Laboratorio de Innovación de Bibliotecas de Harvard e investigador del Centro Berkman para el Internet y la Sociedad, reafirma la condición pública del internet: “Sostenemos que internet es un bien común, sin dueño alguno. Por nosotros y gracias a lo que hemos construido, internet es un espacio valioso. La red es nuestra, hecha por nosotros y para nosotros”. Estas ideas sobre el valor público del internet reflejan la historia original de la web inventada por Berners-Lee, una historia que se basa en el mito fundacional de la generosidad intelectual,  la libertad y la colaboración. También reflejan el sentimiento que, al menos a mí, me mantiene lejos de Facebook, en lo posible paseando páginas distintas, leyendo cosas de todos los lugares y proveniencias, y haciendo proyectos digitales culturales por oficio pero también por gusto.

Pero, como bien lo señala Weinberger, un espacio que nació y se nutrió de valores esencialmente democráticos solo puede ser defendido por la gente. Y aunque los gobiernos y las grandes corporaciones están cercando un espacio creado colectivamente, somos nosotros quienes estamos cediéndoles todo el poder. “Si usted cree que Facebook es internet —nos recuerda Weinberger—, entonces se ha puesto unas gafas de una compañía interesada en que usted nunca se quite las gafas. El negocio de Google, Amazon, Facebook y Apple consiste en que siempre tengamos gafas puestas”. Quizá sea fácil alejarse de Facebook, pero, ¿cómo huir de Google? ¿Se han percatado de que buena parte de las cuentas de correo del gobierno nacional y distrital son administradas por Google? Y las suyas, las de su negocio, ¿también son de Google?

A este peligro latente se suma el ya conocido de la vigilancia. Por cortesía de Edward Snowden, el americano más ingrato para Washington, ya no podemos pretender que internet no es una máquina de vigilancia, ni siquiera estando en Colombia, pues buena parte del tráfico mundial de la red igual pasa por Estados Unidos y está sujeto a las políticas de uso de la información de ese país. Súmese a eso toda la información que estamos cediendo voluntariamente a las grandes empresas digitales, la mayoría de ellas norteamericanas. Como explica el programador y comentarista polaco Maciej Ceglowski, “no hay mucha distancia entre el establecimiento político de Estados Unidos y el establecimiento de internet”: mientras que Condoleezza Rice se sienta en la junta directiva de Dropbox, el antiguo jefe de seguridad de Facebook ahora trabaja en la NSA. Quizá la política y el internet están más cerca que nunca y aún no lo vemos. 

Por este motivo, precisamente, por la posible oscuridad que se cierne, y porque internet es y ha sido un espacio divertido, extraño, maravilloso e inagotable que ha desatado la creatividad global, vale la pena defenderlo. Ceglowski propone una solución sencilla al cansancio de “sentir miedo por cómo se verá la web el día de mañana”. Arreglémoslo, propone. Arreglemos el problema descentralizando y “desamericanizando” internet. Weinberger propone una solución práctica: “Defender a los negocios que nos respetan y evitar aquellos que solo quieren nuestros datos y nuestro dinero”. Y se atreve a soñar: “Podemos tratar de enseñarles a los más chicos cómo funciona internet y recordarles lo glorioso que este puede ser, para que ellos también puedan estar presentes en el momento de la Revelación”. 

*Literata, editora digital. Consejera editorial de esta edición. 

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