Imagen del programa Saturday Night Live, en la que Tina Fey interpreta a la candidata Sara Palin.

La cicatriz de Tina Fey

Que Tina Fey, actriz y libretista de la exitosa serie 30 Rock, sea la primera mujer que recibe el Premio Mark Twain, dado por la Biblioteca del Congreso a los mejores humoristas norteamericanos, es una de las cosas más justas que le ha ocurrrido a la televisión gringa. La entrega del premio se hará hoy, 9 de noviembre.

2010/09/21

Por Ricardo Silva Romero

Tina Fey debe tener un lado oscuro: cualquier curtido lector de revistas de chismes, que haya oído que el comediante Robin Williams ha bordeado el suicidio y que sepa que el payaso Jim Carrey ha sobreaguado sus depresiones a punta de Prozac, dará por descontado que una humorista de semejante talento (“me gusta repetir los chistes una y otra vez, pero es sólo porque nunca fui buena en matemáticas”) tiene que ser una persona profundamente triste, haber sido un patito feo que no encajaba en ningún rincón de su colegio o cargar con una cruz gigantesca desde los peores días de la infancia: un trauma ambulante a punto de estallar. Y sin embargo, en contravía del cliché, cuesta mucho encontrar en la biografía de Fey ese punto de giro en el que los más sensibles se ponen el disfraz de la risa para que los demás no se den cuenta de su angustia.

Acaba de cumplir cuarenta años. Por cuenta de su brillante trabajo como actriz y escritora, en especial por sus contribuciones a la comedia de situaciones 30 Rock y al programa de variedades Saturday Night Live, tiene en las repisas de su casa todos los reconocimientos que puede recibir un comediante. Todos. Pero el próximo 9 de noviembre “la mujer con la cicatriz en la barbilla” se convertirá, además, en la primera mujer en recibir el respetado Premio Mark Twain que la Biblioteca del Congreso les concede a los grandes humoristas norteamericanos para celebrar toda su obra: “Asumo que Betty White fue descalificada por uso de esteroides”, dijo apenas se enteró de la noticia. No, no dio señales de quebrarse. En el momento justo en el que John Belushi murió de una sobredosis o Phil Hartman fue asesinado por su esposa, mejor dicho, en el punto más alto de su fama (la revista People, por ejemplo, ha llegado a llamarla “una de las cincuenta personas más hermosas del mundo”), parece con los pies aún más sobre la tierra.

“Inteligente, chistosa, bella. Si solo trabajara en su postura…”, escribió en abril de 2009 Alec Baldwin, su coprotagonista en 30 Rock, cuando la revista Time la llamó “una de las cien personas más influyentes del planeta”.

Tina Fey nació en Upper Darby, un pueblo a las afueras de Pensilvania, en una familia mitad griega, mitad escocesa que, en vez de ir a misa a reafirmar su fe, iba a cine o encendía el televisor para morirse de la risa: sus pastores eran comediantes como Mel Brooks, Monty Python, los hermanos Marx, el grupo del programa de humor canadiense Second City o los primeros elencos de Saturday Night Live. Y Fey, una niña segura de sí misma y “más que todo feliz” que muy pronto, “porque desarrollarse a los diez y tener piel grasosa fortalece a cualquiera”, se convirtió en una adolescente querida por sus compañeros de clase, admirada en los clubes más populares del colegio, respetada como editora del periódico del bachillerato, aprendió todo lo que sabe de los humoristas más absurdos. Estudió drama en la Universidad de Virginia. Trabajó durísimo en espectáculos de improvisación, en academias y grupos de Chicago, hasta que entendió que actuar era “concentrarse en el que uno tiene enfrente”. Y tomó todos los cursos de escritura que se encontró por el camino.

“Todas las comediantes que conozco son muy serias”, le dijo a Time hace algunos años. “Estudiamos duro en buenas escuelas y fuimos obedientes”.

Entonces, hacia 1997, envió sus libretos de prueba al productor de Saturday Night Live. Y unos meses después se convirtió en jefa de libretistas del programa. Y, apenas decidió bajar los quince kilos de sobra que la hacían ver “como una extra con cierta belleza de Rubens”, pasó a presentar la sección más emblemática del show: ese noticiero falso titulado Weekend Update: “El nombramiento de una mujer en la cartera de Asuntos femeninos, en Afganistán, produjo la pregunta: ‘¿A quién le habrá mostrado los tobillos para conseguir el puesto?’”. Sólo había un paso de ahí a transformarse en la guionista de la sátira cinematográfica Chicas pesadas (2004), la protagonista de la que quizá sea la mejor comedia de la televisión hoy en día, 30 Rock (2006), y la impecable imitadora de la candidata republicana a la vicepresidencia Sarah Palin.

La asombrosa personificación de Palin en Saturday Night Live, en medio de la campaña presidencial de 2008, no sólo rompió récords en internet, la llevó a ganar uno de sus siete premios Emmy y la convirtió en una de las grandes de la década según Entertainment Weekly: en enero de 2009 la revista Vanity Fair la puso en su portada, fotografiada por Annie Leibovitz, detrás de las palabras “¡Un nuevo presidente de América!, ¡una nueva novia de América!: Tina Fey”.

Durante la entrevista con el magazín, días antes de aquella sesión fotográfica, comió varios pastelitos “porque Annie va a fotografiar mi alma, ¿no es cierto?”. Y su esposo, Jeff Richmond, con quien tiene una hija a punto de cumplir cinco años, dejó caer la bomba de “cómo llegó esa cicatriz a la cara de Tina Fey”. Pensó que era el momento de deshacerse de semejante historia. Contó que, cuando Fey acababa de cumplir cinco, un maniático la atacó “porque sí” mientras ella jugaba en el jardín de la casa: “Tina sintió un rayón de lápiz en la cara pero la verdad es que la habían cortado violentamente”, dijo. Y así fue. Fey logró ser una niña valiente, una estudiante de primera y una libretista exitosa, pero el día en que se vio en televisión, con aquella marca bajo la boca, recordó esa pesadilla que “no me gusta mencionar porque el sólo hecho de hacerlo es glorificarla”.

Su terapeuta le ha advertido que quizás estalle cuando, en diciembre, su hija cumpla cinco. Le ha dicho que no es común que una comediante de humor negro haya llegado sana, impune, hasta donde ha llegado ella. Que pronto entrará en la fila de Williams, de Carrey, de Belushi.

Pero lo más probable es que no ocurra. Todo parece indicar que ha venido al mundo oscuro de los humoristas como una excepción llega a una regla.

 

 

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