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La mata que no mata

Activismo utópico, tráfico de imágenes, resistencia ecológica, crítica comprometida o un simple señalamiento de la violencia del consumo. ¿Qué están diciendo los artistas colombianos a través de la planta de coca?

2010/07/30

Por Rodrigo Restrepo Ángel

E l pasado septiembre, en el Festival urbano de artes vivas, audiovisuales y plásticas FU.2008.D.C., el joven artista Marcelo Verástegui expuso una interesante obra titulada Hojas de coca procesadas en Cartagena del Chairá. Verástegui envió varios rollos a un laboratorio fotográfico de este municipio, que hizo parte de la zona de distensión, para ser revelados allí. En los rollos había imágenes tomadas por él a plantas de coca que su familia siembra de manera doméstica desde que tiene memoria. De Cartagena le mandaron las fotos, que luego convirtió en postales y empacó en “panelas”, las bolsas en las que se acostumbra vender la base procesada de la cocaína.

Verástegui vende cada panela a 144 dólares, que es más o menos el valor de una panela de base de coca real. El comprador, a su vez, vende o regala las postales. Marcelo lleva buena cuenta de quiénes son sus dealers en el mundo, y hasta tiene un mapamundi con su ‘red de tráfico de coca’. “Juego a ser un narcotraficante de la cultura: trafico con una imagen”, comenta Verástegui. Pronto el proyecto se convertirá en una página web que albergará no solo la red de tráfico, sino también información sobre el papel de la coca para los pueblos indígenas.

Este es solo el más reciente ejemplo de una tendencia que viene tomando forma desde hace más de una década en el arte plástico colombiano: usar la planta de coca como soporte para expresar una idea. Artistas como Miguel Ángel Rojas, Wilson Díaz, Leonardo Herrera o Milena Bonilla son sus representantes más activos. Tras la diversidad de sus obras parece esbozarse una misma reflexión: la mata de coca funciona como un símbolo muy poderoso de la situación social y política colombiana. En efecto, la coca anuda el narcotráfico y el lavado, la guerrilla y los paras, la corrupción y el dinero fácil, la mala distribución de la tierra y la falsa economía, las fumigaciones, el problema indígena, el consumo de estupefacientes o la explotación de la biodiversidad. La planta de coca —sugieren sus obras— se ha consolidado como un fuerte tabú en el inconsciente colectivo, un ícono perfecto para escarbar y criticar el discurso socialmente aceptado.

Wilson Díaz se dio cuenta del conflicto que tenía la gente con la mata de coca cuando observó que mientras era sembrada en los antejardines de las casas, era a la vez satanizada por el gobierno y los medios. Decidió sacar esa contradicción a la luz en su instalación Fallas de origen, premio del Salón Nacional de Artistas de 1998. La obra plantea una reflexión sobre el imaginario de la propiedad, la economía doméstica y la interferencia del dinero del narcotráfico. Consistía en una ‘casita roja’, en cuyo interior un televisor mostraba imágenes de personas hablando sobre tener casa propia. En el antejardín había sembradas 100 plantas de coca.

En el 2000 Díaz fue un poco más allá con Vientre alquilado, trabajo que preparó para una muestra en Curazao. El ejercicio consistía en tragar treinta semillas de coca en Cali, viajar con ellas el trayecto en avión y defecarlas allí. La obra, por supuesto, fue problemática para los organizadores, entre otras porque Curazao es la vía de entrada de mulas a Holanda, y Díaz tuvo que destruir fotos, videos y todo el material relacionado con ella. Luego de varios trabajos fotográficos sobre la planta y de una serie de dibujos con la pulpa de su semilla, en 2004 fue invitado a la Bienal de Liverpool. Allí construyó un invernadero con un semillero de coca, que acompañó de instrucciones detalladas para la siembra y la poda de la planta. Su objetivo: ironizar una grave situación tratándola como un simple asunto de jardinería. En esa misma línea, en Cuarentena (2008), Díaz construyó una vitrina muy atractiva visualmente, compuesta de arbustos de coca enfermos, en medio de un centro comercial con tiendas de diseño en Cali. “En Colombia se ha instaurado una guerra contra una planta y esa planta representa muchas contradicciones —explica Díaz—. Mi lógica es un poco activista: hay que salvar la planta. Es un trabajo utópico, pero es un motivo para transformar las costumbres sociales”.

Leonardo Herrera, por su parte, ha trabajado la crítica frontal al discurso de la ‘guerra contra las drogas’. Herrera, testigo de primera mano del deterioro social de Cali desde la época del cartel, expuso en 2002 Atlas, una escultura de un cocalero hecha en papel maché procesado con hojas de coca. En 2004 presentó White Lady, un libro de arte hecho con hojas de coca delicadamente tejidas, que recopila cientos de testimonios, notas de periódico y documentos relativos al problema de la erradicación. En 2005 exhibió Descolonización, un mapa en pequeño formato elaborado en papel reciclado de hojas de coca, que compara los territorios donde los indígenas sembraban la planta 370 años a.C. con las zonas utilizadas para los cultivos ilícitos en la actualidad. Esos territorios —da la casualidad— son los mismos. “Mi posición es de resistencia a la persecución que el Estado le ha impuesto a la planta de coca. Es una resistencia ecológica. La coca es un alimento divino para los indígenas, y si bien yo no puedo ponerme en la posición de defender su sacralidad, sí puedo plantear otras posibilidades socioculturales para su utilización”, argumenta Herrera.

Herrera recuerda que, en las décadas de los sesenta y setenta, en los jardines de las pequeñas ciudades de Colombia era perfectamente normal cultivar matas de coca para usos medicinales y domésticos. Había matas incluso en los parques públicos. Además, explica que la coca tiene cerca de ochenta propiedades nutricionales, y que puede ser una interesante solución para la crisis alimentaria colombiana y la que se pronostica a nivel mundial. Actualmente Herrera está conformando un grupo en Cali sobre “la mata que mata”, la nueva cruzada mediática de la Dirección Nacional de Estupefacientes (DNE).

La campaña de la DNE, lanzada en agosto pasado, consiste en una serie de efectistas imágenes televisivas —armas, helicópteros, cultivos de coca— en horario triple A, así como de incisivas cuñas radiales en estaciones populares, con el fin de disuadir a cultivadores, traficantes y consumidores. El tema, en efecto, parece estar más vivo que nunca en el imaginario colombiano, como si se estuviera procesando algún trauma.

El recién terminado Salón Nacional de Artistas dedicó buena parte de su espacio al narcotráfico. Entre ellas estaba la clásica Medellín-New York, de Miguel Ángel Rojas. En ella se muestran los nombres de estas ciudades escritos con las letras de molde típicas de los aeropuertos. La diferencia es que mientras Medellín está hecha con trozos de dólar, New York lo está con fragmentos de hoja de coca, dos materiales irónicamente muy similares, que se intercambian fácilmente en un trayecto internacional. Rojas es sin duda el artista que más ha trabajado el tema del narcotráfico y quien más ha utilizado la hoja de coca en su extensa obra. Desde Broadway (1996), un camino de hormigas transportando hojas de coca como alegoría del narcotráfico, hasta Economía intervenida (2008), un video de un directorio telefónico en el que hojas de coca podridas se han adherido a los avisos de las empresas, son trece, mal contadas, las obras de Rojas que usan la planta. “No me interesa la perspectiva romántica. Utilizo la materia simbólica de la hoja de coca para hablar de la realidad del país. Uso la coca como símbolo de la cocaína para hacer una crítica comprometida con una época y un lugar”, explica Rojas.

En la retrospectiva que le organizó el Museo de Arte del Banco de la República en 2007, Rojas expuso Gringos, un gran mural de hojas de coca carcomidas por unos insectos a los que los campesinos dieron este nombre. También presentó La visita, una instalación en la que dispuso un tapete de hojas de coca que sugiere una vista aérea de la selva. Sobre el tapete hay un sofá de diseño, representando la comodidad del primer mundo. Bajo el sofá se ven los destellos de un televisor y se oyen las detonaciones de las bombas y los disparos de la toma del cerro Tokio por las Farc. “La situación con la droga es parecida a estar sentado sobre un polvorín. El confort del primer mundo se apoya en la guerra en un territorio salvaje. Critico el consumismo y trato la base del problema, que es un problema moral”, comenta.

Es justamente el problema del consumo lo que exploró la joven artista Milena Bonilla en Consumo legal. Coca y maíz. Boceto para cultivo en América (Salón Regional de Bogotá, 2006). Bonilla sembró las plantas —quizá los dos insumos más representativos de América— en los empaques de dos gigantes multinacionales: maíz en cajas de Corn Flakes y coca en botellas de Coca-Cola. Milena expone la transformación simbólica de un producto natural en una marca de consumo, y señala con su obra que ese consumo no es más que un medio de colonización por vía de la seducción, que es una forma de violencia simbólica. Su objetivo era, además, trabajar con las dos plantas históricamente más estigmatizadas de la historia de Colombia: el maíz por la chicha y la coca por la cocaína. “Uno se da cuenta de que la coca es una planta estigmatizada, una planta maldita. Es como si el halo sagrado que tiene para los indígenas hubiera continuado en nosotros, pero de un modo negativo”, dice Bonilla.

Quizá no por casualidad, en la misma década en que los artistas comenzaron a usar la hoja de coca, varias iniciativas indígenas pusieron en el mercado productos como té, galletas, harina, vino y hasta una gaseosa de coca llamada Coca Sek. Su lema era: “La coca no es cocaína”. Todo parecía ir por buen camino —los productos tuvieron gran acogida e incluso la Presidencia de la República aplaudió la iniciativa— hasta que en 2006 Coca-Cola Company demandó a los indígenas por el uso de la palabra ‘coca’.

Los indígenas ganaron la demanda, pero pocos meses después, sin razón aparente, el Invima retiró el permiso para comercializar cualquier producto derivado de la hoja de coca en supermercados y tiendas por fuera de los resguardos indígenas. La noticia pasó casi desapercibida. Los otros usos de la coca quedaron de nuevo excluidos del imaginario social. Mientras tanto, los medios siguen ocupados fumigando al consumidor incauto con propagandas de Coca-Cola y de “la mata que mata”.

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