La nueva novela de Tomás González, una de las más hermosas de la literatura colombiana.

La redención humana

La luz difícil entrará a la historia de la literatura colombiana por la puerta grande. Una novela tan conmovedora y profunda que nos reconcilia a la vez con la vida y con la literatura. Luis Fernando Afanador visitó al escritor en su finca en Cachipay.

2011/08/22

Por Luis Fernando Afanador

Termino de leer La luz difícil. Me he devorado esa historia sobre el dolor y la redención humana. Todavía resuena en mi mente la luminosa palabra final. Cierro el libro. Me quedo en silencio. Tengo una sensación de plenitud que no quiero que se vaya. No hay nada que decir, nada que agregar. Pienso: eso es. Solo hay que dejarse habitar por la presencia de ese libro extraordinario.

 

Soy en este momento el lector ideal: me identifico plenamente con el texto. Quisiera abrazar a sus personajes. No me interesa interpretarlo sino leerlo en voz alta, recitarlo como un poema. Y el símil no es forzado: la narrativa de Tomás González es muy poética. Construye imágenes, busca la totalidad del mundo, le interesa la armonía sonora, la cadencia: “A veces se da rápido, a veces hay que esperar a que vuelva el sonido apropiado, así uno sepa lo que va a pasar”.

 

Pero el lector ideal se desvanece muy pronto en la contingencia y empiezan las preguntas: ¿por qué me ha conmovido tanto esta historia, ¿por qué me parece tan buena? De inmediato empiezan a llegarme las respuestas en catarata, se agolpan, me atropellan. Trato de ordenarlas. Pasó al otro extremo: del silencio a la necesidad urgente de dialogar con esta obra. Me gustaría escribir sobre ella, hablar con su autor así resulte redundante. Me pongo en contacto con él pese a su fama de ermitaño, de escritor fuera del circuito literario y mediático. A pesar de las advertencias que he encontrado en la misma novela: “Me gustaría que en alguna entrevista me preguntaran sobre ese tema, para poder decir por fin lo que pienso respecto a la diferencia entre el Canis zumbi familiari neoyorkino y el Canis lupus familiaris colombiano o latinoamericano en general. Pero nada que lo hacen. Me desesperan, en cambio, con preguntas tediosas y difíciles de contestar sobre el post-esto y el post-aquello o sobre neo-esto y el neo-de lo de más allá”.

 

Voy rumbo a una finca en el municipio de Cachipay, a dos horas de Bogotá, donde vive Tomás Gonzalez. La voz amistosa y cálida del teléfono para concertar la cita no me ha quitado cierta inquietud. Voy a entrevistar al admirado autor de Primero estaba el mar, La historia de Horacio, Los caballitos del diablo, Manglares (su único libro de poesía) y, por supuesto, La luz difícil, la novela suya que más me ha gustado.

 

No es fácil llegar a su refugio. Después de Zipacón hay que desviarse a la izquierda y tomar una carretera destapada. En ese punto lo llamo para recibir nuevas instrucciones. La señal del celular se corta. Lo llamo de nuevo. Sigo descendiendo según sus instrucciones. El paisaje deja de ser sabanero y percibo el olor inconfundible de la tierra caliente: la tierra del café y del plátano, de las heliconias. Bien lejos ha venido a encontrar este antioqueño errante el paisaje de su infancia. Sin árboles, sin animales, no pueden vivir sus personajes. Me acuerdo de David, el pintor protagonista de La luz difícil. Recién llegado a Nueva York, se estaba muriendo de tristeza en un estrecho y bulloso apartamento de la calle 101 West, en Manhattan. Había dejado de pintar. Hasta que encontró otro destartalado en la Segunda con Segunda, pero con ventanas al Marble Cementery, donde podía ver los árboles. Eso lo salvó. Tomás González está esperándome en la puerta de la finca, al lado de la carretera. Una pequeña parcela con una casa campesina que remodeló.

 

Nos instalamos en una terraza desde la cual se alcanza a divisar Cachipay, a lo lejos, y se escucha el torrente del río Apulo. En esta zona ocurre la novela. David, luego de vivir muchos años en Nueva York, luego de la tragedia y de la muerte de su esposa, se vino a vivir a las afueras de La Mesa, donde, ya viejo y casi ciego, escribe la historia de su vida. De Nueva York a la Mesa, de 1999 al 2018, es el contrapunto que marca el ritmo de la narración. Dos tiempos y dos espacios distintos y un mismo personaje cambiante. “A mis 60 años escribir la historia de un señor de 78 que a su vez cuenta la historia de un señor de 60”, me dice. Llegó a esta zona porque le interesaba el Zen y supo que allí había una fundación que practicaba la corriente sazen. El camino que recorre David en compañía de Ángela —la campesina que lo ayuda en las labores domésticas— al borde del río Apulo, es el mismo que él recorría para ir a meditar. Un momento epifánico de la novela que, naturalmente, solo puede expresarse mediante un poema: “Este es el fondo. A cada una de las piedras la / golpea el agua, / y cada una, piedra y agua, fluyen juntas y / forman esa forma que no tiene nombre, / pues es justo ahí donde se acaban las palabras”.

 

Llegó al Zen a través de sus poetas y filósofos, y por los taoístas. Empezó a sentarse en flor de loto un buen rato casi todos los días por allá en 1990 y desde entonces no ha dejado de hacerlo. Le pregunto qué le ha aportado el Zen a su trabajo de escritor: “La práctica de la meditación Zen me ha ayudado a desintelectualizar mi escritura, a mantenerla en la realidad (o irrealidad) de los hechos, y evitar que se convierta en ejercicio mental. Con la práctica del zen se empieza a ver con claridad cómo uno tiende a vivir enfrascado en una narrativa mental, en una especie de sueño, mientras que la realidad real va por otro lado. El Zen ayuda a bajarse de esa narrativa, de ese sueño, y a acercarse más a la realidad que es. De esa forma ha contribuido, creo yo, a que mi literatura sea más sensorial, directa, concreta. ‘El ruido del agua dice lo que pienso’, dijo uno de esos poetas hace ya miles de años”.

 

La superación del dolor tiene mucho sentido en esta novela porque la historia de Nueva York, la de David más joven (o menos viejo), es una experiencia de dolor profundo. Jacobo, el hijo mayor de David y Sara, sufre un accidente —un junkie borracho estrella el taxi en que iba— que lo deja cuadripléjico. Y padece unos dolores insoportables. “Son dolores fantasmas. El organismo le anuncia al cerebro que algo malo está pasando y se queda fijado, la mente se queda fijada en ese anuncio doloroso que no es real y sin embargo es horrible”, me explica Tomás González. Dolores que ningún medicamento puede quitar y que en la desesperación, llevan a la familia a caer en manos de curanderos. El doctor Shu, un acupunturista de Chinatown que les cobra 300 dólares por sesión, no le sirve de nada. Jacobo, en venganza, le pone un sobrenombre, Doctor zapato, porque su apellido se pronuncia igual que shoe. Jacobo opta por la eutanasia (“era un crimen seguir sufriendo tanto”). Como en el Estado de Nueva York no es permitido, viaja a Portland con el otro hermano, Pablo, un fortachón que ha asumido el papel de enfermero. De un lado, las llamadas de Pablo y Jacobo desde que parten hasta la hora señalada que está prevista para las seis de la mañana del día siguiente (hora del Este); de otra, el resto de la familia —David, Sara, Arturo, el hijo menor— que esperan en el apartamento de Nueva York en compañía de James y Debrah (amigos de la familia), Venus (novia de Jacobo), Ámbar (novia de Arturo), Michael (un muchacho cuadripléjico amigo de Jacobo que espera seguir sus pasos) y Preet, el taxista indio que conducía el taxi y salió ileso (son una maravilla sus monosílabos, parodiados por Arturo). Un largo día de verano y una noche eterna: “Doce y doce de la noche. Yo no podía parar de mirar el reloj. El tiempo chirriaba y nos atormentaba con sus piñones y sus púas”. El tiempo como una tortura, el peso de la muerte cuando tiene fecha fija, las dudas sobre la decisión de Jacobo. La narración se intensifica porque ante la muerte cercana todo se vuelve decisivo. La amistad, el amor filial, la ternura, se notan más. En esos momentos el humor es un bálsamo precioso. Los personajes brillan en su humanidad. David, para exorcizar, para entender, intenta infructuosamente terminar un cuadro que capte la luz de la espuma que deja la hélice del Ferry que va a Staten Island. “Pero únicamente la luz, siempre inasible, es eterna. Y a la que había en el agua junto a los borbollones de la hélice del barco, por más que la miraba y la retocaba, no lograba yo encontrar la manera de plasmarla completa, es decir, la luz que contiene a las tinieblas, a la muerte, y también es contenida por ellas”.

 

En Primero estaba el mar habla de la muerte de su hermano; en La historia de Horacio, de su familia (aparece su tío, el escritor Fernando González); al protagonista de Los caballitos del diablo, al igual que a él, “le gusta desaparecer en el abigarramiento de sus jardines y cafetales” y el de Abraham entre bandidos está inspirado en un pariente suyo que fue secuestrado durante unas horas por el famoso bandolero Chispas. Su literatura tiene un arraigo muy fuerte en la experiencia personal. Desde luego, esto podría decirse de cualquier novelista. La diferencia es que Tomás González no busca ocultarse del todo en la ficción —el famoso “striptease al revés”, del que habla Juan Villoro—, al contrario, quiere que siempre se vea esa conexión con la vida que tiene la literatura. “No me gusta hacer literatura sobre literatura, las citas, los libros que hablan de otros libros. De Fernando González, más que su biblioteca, me marcó su forma directa, no libresca, de relacionarse con el mundo”. De esa serie de novelas personales, La luz difícil me parece la más personal, la más autobiográfica. Allí aparece lo que es su vida actual y lo que visualiza irá a ser su vida futura. Y el balance de veinte años de estadía en Nueva York, el apartamento junto al cementerio —una bendición después de la dura llegada—, los paseos semanales a Staten Island y a Coney Island, a Brighton Beach en busca de horizonte; su hijo, que le dio para tres personajes; su esposa, que padece una severa esclerosis múltiple y también cayó en manos de charlatanes, de doctores “zapato”. Ella ahora vive en Cali, postrada en una silla de ruedas, sin poder hablar, al cuidado de una hermana. “Doce años de enfermería, de calvario. No fui capaz de cuidarla más”. Está mejor que con él, en un apartamento amplio donde va a visitarla. La novela está dedicada a ella. David le dice a Sara las palabras más bellas que se le puedan decir a una esposa. Tomás González me confiesa: “Es casi que extrapolada la anécdota de la eutanasia a mis vivencias personales”.

 

Tengo una curiosidad. ¿Por qué el protagonista es un pintor? “Me hubiera gustado ser pintor. No es la primera vez que lo utilizo. En “Verdor”, uno de los cuentos de Honka Monka, aparece uno. La pintura es muy cercana a la poesía. Mis pintores preferidos son Bacon, Rembrandt y Goya, porque se acercan tanto a la muerte que logran expresar la vida. Ese contraste de la vitalidad de la muerte, de lo oscuro. Me interesa eso que Bacon llama ‘la sorda brutalidad del hecho’ y que significa captar la realidad a través de los hechos mismos; una frase de la que me apropio en algún momento de la novela. David intenta plasmar la luminosidad y la oscuridad abisal del agua en una misma expresión artística. Es lo que yo he buscado a lo largo de mis escritos. Miro mis libros hacia atrás y me doy cuenta de que se repite ese impulso por acercar horror y belleza”. Y es cierto, en Primero estaba el mar, la vida de los protagonistas es una tragedia y el paisaje que los rodea es un paraíso; en La historia de Horacio el intenso amor a la vida provoca una muerte angustiosa; en Abraham entre bandidos, Abraham camina con la muerte en los talones.

 

¿Va más allá La luz difícil? Creo que sí porque sintetiza de una mejor manera el horror y la belleza, el dolor y la superación del dolor. Dice David: “Mi vida hasta ahora ha sido buena. Conocí el otro lado del dolor, su otra orilla, y con insectos y pigmentos creí a veces tocar el infinito. ¿Qué más puede esperar un ser humano?

 

Son las cinco y treinta. La tarde se acaba. Debo irme. Nos tomamos el último café. Hemos conversado casi tres horas. “Fue agradable tenerte por estos lados. Pegamos una conversada ‘ni la berrionda’, como dirían en Envigado”. El regreso siempre es más rápido y menos ansioso. A la subida, contemplo con más cuidado el hermoso paisaje donde se ven unas montañas magníficas al fondo. Voy hacia la ciudad que a Tomás González no le gusta porque le parece que “es muy dura y la gente vive como muy aporreada”.

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