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La segunda expedición botánica

Mucho se habló en las pasadas semanas de la conmemoración de los doscientos años de la Expedición Botánica. Sin embargo, después de los bombos y platillos, lo que queda de Mutis en el que fue su centro de operaciones es un puñado de esfuerzos independientes que luchan por conservar su memoria. Reportaje desde el departamento del Tolima.

2010/06/30

Por María Alejandra Pautassi

“Esta es una plisantera gigantea que Mutis encontró recién llegado a estas tierras. Este otro, una aristolocha mariquitensis, un guaco, ¿sí ve las hojas?”. Aunque son las dos de la tarde y el calor en Mariquita no baja de los 30 grados, Orlando Velásquez recorre sus calles con una gruesa camisa de dril azul, pantalones caqui y botas pantaneras. Con sus manos ennegrecidas por el sol y la tierra, señala los árboles y plantas que encuentra, como si caminara por un sendero del bosque junto a Mariquita, de donde no ha salido —salvo para dormir en la casa de su mujer— desde hace más de tres años. No por nada en su pueblo lo conocen como el Guardabosques. Con un marcado acento tolimense, entre nombres científicos, vulgares y descripciones de plantas, saluda a los paisanos que lo reconocen. Y no son pocos. Su fama se extiende por toda la región. De Guaduas hasta Ambalema, los que han hablado con él dicen que es quien más sabe de la Real Expedición Botánica y de la vida de José Celestino Mutis. Hasta los que no lo conocen han oído hablar de él. En Mariquita los taxistas saben en dónde vive (y lo difícil que es encontrarlo) y los niños del pueblo lo buscan en su casa para que los ayude con las tareas de historia y de ciencia.

En 1762 José Celestino Mutis, un científico y humanista nacido en Cádiz, pasó por Mariquita de camino a Bogotá donde debía cumplir como médico del Virrey. Venía de España con la idea de clasificar la fauna y la flora de la que tanto hablaba Linneo, el taxonomista más importante de la época. Solo 26 años después, ya retirado de sus deberes reales, Mutis regresaría al pueblo a cumplir su sueño. Según cuentan sus habitantes hoy, el científico, ya anciano, prefirió Mariquita sobre La Mesa y Honda porque tenía buen clima (al sabio no le gustaba el calor, explican, y por esa época Mariquita debía ser mucho más fresco), además de estar cerca de un bosque húmedo tropical tan escaso en el interior del país. Rápidamente, el científico se instaló en una casita con techo de palmicha en el límite del bosque, organizó un vivero en el patio trasero (para muchos, el primer Jardín Botánico en Colombia), y junto a un grupo de herbarios y pintores, emprendió la más grande empresa científica que hasta entonces se hubiera llevado a cabo en nuestro país: la Real Expedición Botánica. De su expedición hoy se conservan 1.500 ilustraciones de plantas, y se dice que con su curiosidad científica y su sed de conocimiento formó a la “Generación de la Independencia”. Hay quienes incluso afirman que fue nuestro Rousseau, que si no hubiera traído consigo un pensamiento moderno y democrático a estas tierras, Bolívar hubiera encontrado oídos sordos a su grito de Independencia.

“¿La Ruta Mutis? —pregunta Velásquez aparentemente sorprendido—. Eso es algo que se inventaron. En Mariquita, de Mutis y la Real Expedición Botánica no queda nada, los 40 tomos de ilustraciones los mandaron para España (hoy, las que vemos en Colombia son reproducciones de las originales) y el bosque está invadido”. El pasado 11 de septiembre, un día antes de que conversáramos, el presidente Álvaro Uribe, su esposa Lina, el ex presidente Belisario Betancur, la alcaldesa de Cádiz, de cientos invitados de Bogotá y los municipios vecinos, y unos 40 periodistas —en total, unas 900 personas— se reunieron en la Plaza de Mariquita para conmemorar los 200 años de la muerte del Sabio e inaugurar la Ruta Mutis que cubre los municipios de Guaduas, Honda, Ambalema y Mariquita, región que fue centro de operaciones de la Real Expedición Botánica. Una celebración grande, pues esta no solo es la primera ruta cultural en Colombia, sino pionera de lo que el Ministerio de Cultura y el Viceministerio de Turismo tienen proyectado sean las rutas de la Independencia —que incluirán en Santander, la Ruta Nariño, por ejemplo, y la Ruta Bolívar en Boyacá— que deberán estar listas para el 2010, cuando se celebrará el bicentenario de la Independencia.

Orlando Velásquez, el Guardabosques, es una de las personas que más han trabajado en la tras escena de las celebraciones del bicentenario de Mutis. Sus palabras son fuertes —después de todo, no lo dejaron entrar a la inauguración de la ruta, cosa que él tomó como afrenta personal—, pero no están del todo erradas.

Doscientos años después de la muerte del Sabio, con 20.000 pesos en el bolsillo y una cámara Nikon, Velásquez emprendió la segunda Expedición Botánica. De la misma manera como lo hicieron José Celestino Mutis y sus herbarios en su época, desde el 2005, él y un grupo de escritores, historiadores, fotógrafos y estudiantes, recorren el bosque de Mariquita desde las seis de la mañana y hasta la tarde regresan con muestras de plantas para clasificar. A diferencia de Mutis, sin embargo, lo hacen solo los fines de semana. La mayoría tiene un trabajo fijo o estudia, y lo hacen por iniciativa propia, sin recursos de la corona —o del Estado.

En el patio de su casa, Velásquez cuenta que muchas veces le tarda meses encontrar una planta y fotografiarla. No todas florecen el mismo día o se marchitan pronto. Por eso, Francisco Javier Matiz (“el mejor pintor de flores en el mundo”, según Humboldt) y los demás pintores de la expedición de Mutis, pasaban las noches en vela dibujando las plantas que los herbarios traían durante el día. Si encontraban la planta con flor, le arrancaban el bulbo, dejaban el espacio en blanco, y podían esperar tres meses o más para dibujar el fruto. Para efectos de exactitud, lo hacían solo si lo tenían a la vista, in situ. Pablo Kuaspud, el fotógrafo de la expedición de Velásquez, tuvo que emplear trucos similares y esperar la misma cantidad de tiempo si perdía una toma. En cada una de las imágenes de su herbario fotográfico se nota la misma intención que en las ilustraciones de la primera expedición: el mismo encuadre, la misma disposición de la hojas, la luz que resalta los colores. Muchas incluso, vistas de lejos, parecen ilustraciones. Y cada una está acompañada de su nombre científico, el vulgar, su localización y sus usos. Tal y como las ilustraciones de la expedición de Mutis.

Pero más que emular la primera Expedición Botánica, la segunda tiene un objetivo ambiental: evaluar qué queda de la fauna y la flora que encontró Mutis hace 200 años en la región. Y sus resultados no son halagadores. Dice Velásquez que del árbol de las bolas, que Mutis registró en su Diario de observaciones, no queda sino uno en toda la reserva de Mariquita, y que las pasifloras, cuya abundancia y diversidad de especies han puesto a Mariquita en los mapas de biodiversidad de las más importantes universidades del mundo, son quizá las más amenazadas dentro de la reserva. Julia Esther Cárdenas Cáceres, directora de la Asociación Ambiental de Mariquita, confirma sus palabras. Si en los tiempos de Mutis el bosque abarcaba más de 3.000 hectáreas, la reserva hoy no pasa de 130. Desde finales de 1970 unas 350 familias lo han invadido con el negligente auspicio de las alcaldías de turno. Según los cálculos de la directora si las cosas siguen como van, al bosque no le quedan más de cinco años de vida —en 30 años han desaparecido 500 hectáreas.

Al igual que ‘El guardabosques’, Hernando Ávila lleva años siguiendo el rastro de Mutis. A sus 70 años y como director del Centro de Historia de Mariquita, habla de una maldición que se cierne sobre la memoria de Mutis en el pueblo. Lo dice por los muchos intentos —todos fallidos— de hacer uno de los sueños del sabio realidad: plantar un bosque de canelos en el municipio. Mutis, después de batallar muchos años por sus derechos de descubridor único de la quina y de querer hacer del té bogotano una marca registrada que compitiera con el chino, plantó doce arbolitos de canela en el jardín de su casa con la idea de convertirla en otro de los productos estrella del monopolio español. Su sueño, sin embargo, era que esos doce canelos llegaran a vivir más de cien años y murieran como verdaderos próceres. Cuenta Ávila que en la Guerra de los Mil Días, un general de la República que no encontró a qué más echarle bala en el pueblo, los mandó fusilar. Otro grupo de canelos, plantados por el señor Moisés Pacheco a principio del siglo XX, tuvieron la misma suerte. En 1934 fueron destruidos por orden del alcalde de turno. De no ser porque Ricardo Galvis, que a comienzos del siglo xx recogió cuanta semilla de canelo se encontró, la estirpe de los arbolitos de Mutis habría desaparecido sin dejar rastro. Las semillas de Galvis son las que Francisco Ávila, el padre de Hernando, sembró en su casa cuando él era apenas un niño, y son las mismas, también, que 120 niños mariquitenses apadrinaron hace unos meses para conmemorar los 200 años de la muerte de Mutis, bajo la iniciativa de Ávila hijo.

“Es importante hacer algo que perdure —dice el anciano—,

porque lo de ayer (la inauguración de la Ruta) ya pasó”. Lo importante es guardar la memoria de Mutis. El Centro de Historia que dirige es solo uno de los intentos de independientes de organizarse en torno a la cultura en el pueblo. Además, está el Museo Paleontológico de Mariquita, el Herbario Fotográfico de Orlando Velásquez y la Fundación Cabildo Verde, en la que trabajó doña Julia Ester, y que se encarga desde hace más de diez años de cuidar la reserva del bosque. “Cada quien hace lo que puede —dice Ávila sin resignación—, en este pueblo las instituciones no apoyan la cultura”. La casa de la cultura, que funciona con recursos del municipio, no tiene programación regular, (incluso hay quienes dicen que allí funciona una miniteca), el centro cultural Humatepa, cuyo objetivo es la investigación ambiental, funciona como una especie de club, y la casa de la segunda expedición botánica, fundada en 1983 por Belisario Betancur, no ha cumplido sus objetivos después de que cerró la Caja Agraria, entidad que la manejaba.

El Ministerio de Cultura espera que para finales de este año 200 turistas visiten la Ruta Mutis. Que para el 2009 sean 2.000, y en el 2010, año del bicentenario de la Independencia, el recorrido se haya consolidado y unas 10.000 personas lo conozcan. Un proyecto ambicioso, sin duda. Aunque Guaduas, Honda, Amabalema y Mariquita tienen un gran potencial turístico —las cuatro han sido declaradas Monumentos Nacionales— aún tienen una infraestructura turística débil (un informe reciente en Honda, por ejemplo, indica que hay alrededor de 300 camas para huéspedes en la ciudad) y su patrimonio cultural olvidado por parte de las autoridades locales. Con todo, se respira optimismo. Juan Carlos Otero, alcalde de Mariquita desde principios de año, es consciente de las dificultades que tiene por delante, pero se alegra del desarrollo económico que traerán los turistas al municipio. Ya inició un programa educativo para que los taxistas de Mariquita sean guías, acaba de llegar de Bogotá donde concretó varios proyectos para la recuperación del Bosque y el desalojo de las 350 familias que ahora viven en él, y ya está en camino un proyecto de capacitación de 150 niños Vigías de la Cultura. Su trabajo y el del Ministerio de Cultura, sin embargo, no tiene futuro sin la ayuda de la población, sin las iniciativas independientes. Por ahora, está la memoria de sus habitantes, un gran sentido histórico y de pertenencia, y la conciencia de haber heredado un legado y la necesidad de conservarlo. Pero todo aún está por verse. Falta mucho por hacer.

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