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Las cosas que hay que oír

El Festival Internacional de Música de Cartagena tiene una vida más allá de los conciertos y un propósito mayor que el del simple disfrute para el oído.

2010/07/28

Por Jorge Patiño Medina*

Los 28 grados centígrados de Cartagena y su 79% de humedad impidieron que el violinista Robert McDuffie trajera su violín Guarneri al Festival Internacional de Música, tal como lo explicó en una rueda de prensa en el hotel Santa Teresa. Al otro lado de la ciudad amurallada, en la plaza de San Diego, había en cambio un nutrido grupo de jovencitos felices por poder traer sus instrumentos a la ciudad a pesar de los efectos del clima tropical en la madera. Ellos, por supuesto, no son los propietarios de un instrumento de 1735 avaluado en cinco millones de dólares para cuyo transporte se debe contar con la autorización de los 16 inversionistas que patrocinan el violín de McDuffie.

Si el violinista no trajo su tesoro para evitar daños, los muchachos del taller de luthería de la Institución Universitaria de Bellas Artes y Ciencias de Bolívar estaban en Cartagena con el propósito contrario, pues aprenderían cómo reparar sus instrumentos de cuerda de la mano de Christian Valencia y Jorge López, dos expertos luthiers. En una esquina del salón se apilaban los estuches de instrumentos que esperaban ser revisados. La mayoría eran violines, pero también había violas, un par de violonchelos y un contrabajo. En el Caribe colombiano no hay luthiers. Por eso, cada vez que un instrumento se daña, tiene que enviarse a Bogotá o Medellín con los gastos de tiempo y dinero del caso. Diez días de festival son insuficientes para aprender el trabajo del luthier, pero alcanzar perfectamente para aprender primeros auxilios musicales: enderezar un puente torcido, cubrir con barniz un raspón, reparar un clavijero o alinear el alma.

Por los pasillos de Bellas Artes, a veces es difícil saber quién es un estudiante y quién es un maestro. Muchas de las personas que caminan por ahí son jóvenes músicos —algunos de ellos ni siquiera tienen 20 años— que ya tienen estudiantes a su cargo. Los hay, literalmente, de todas las esquinas del país. Desde Leticia hasta la misma Cartagena, los contrastes de varios de los asistentes con la ciudad para postales donde se casan los famosos son evidentes. Algunos de los cartageneros nunca habían caminado por los pasillos de los mejores hoteles de la ciudad, mientras que no pocos de los visitantes nunca habían viajado en avión o visto el mar. Pero ¿qué importa el mar cuando un par de niños que pueden tocar a Piazzolla en el arpa tiene una clase magistral con Emmanuel Ceysson, cuando José Franch-Ballester discute sobre el fraseo en el clarinete o Scott Yoo —director de la City of London Sinfonia— aconseja, empapado en sudor, a un grupo de niñas de 17 años sobre lo mucho que hacen sonar un stacatto?

Afuera de los conciertos del Teatro Heredia o de las capillas de los hoteles, el festival es otra cosa. No hay gente en guayabera, ni fotógrafos de sociales. Solo un montón de jovencitos por los que algún día, ojalá, la gente de las guayaberas pague una boleta por oír. Más allá de la ciudad amurallada, los conciertos en los barrios acercan la música clásica a la Cartagena que no vive el cuento de hadas de la arquitectura colonial y los balcones floridos. En la iglesia de María Auxiliadora, en la comuna 9, más allá del mercado de Bazurto, la gente empieza a llegar temprano para oír al cuarteto St. Lawrence tocar un movimiento de Mendelsohn, a José Franch-Ballester interpretar a Mozart y a Emmanuel Ceysson tocar algo de música impresionista en el arpa.

Muchos niños de las orquestas Batuta de Cartagena están presentes con sus profesores, pero otros llegan acompañados por tutores de diferentes fundaciones que trabajan en los barrios marginales de la ciudad y de sus afueras. Un arpa con pedales es una novedad que no esperaban y el instrumento, mucho más grande y aparatoso que las arpas llaneras, activa la curiosidad de un grupito que viene en bus desde La Boquilla.

Tampoco faltaron las voces que cuestionaban al festival como algo elitista. Si uno se queda en lo que ve al entrar en los teatros, es fácil darles la razón. Pero más allá de lo que ocurre minutos antes de las presentaciones (las fotos para las páginas sociales, los “tenemos que almorzar” que vienen y van entre muchos asistentes que, claramente, se conocen) basta con mirar hacia el gallinero del Teatro Heredia, para ver a Scott Yoo, sin sacoleva y con la camisa remangada, recargado junto a la baranda al lado de los estudiantes que compraron las boletas más baratas. No hace falta entrar en muchos análisis para ver que si no hubiera festival, no habría talleres, clases magistrales y conferencias y que, en caso de que hubiera todas esas actividades pero sin conciertos, sería un festival cojo, sin presentaciones y sin aplausos.

En cuanto se vayan los músicos, a Cartagena llegarán los escritores del Hay Festival. Quizá ellos no tengan que preocuparse por el efecto de la humedad en los libros que van a autografiar pero, con seguridad, no faltará quien les pregunte, entre sorbos de limonada de coco: “¿Sabes quién estuvo tocando aquí?”.

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