La comediante norteamericana Fran Lebowitz

Las mujeres sí son chistosas

Estados Unidos se llena de mujeres humoristas que aprendieron de la estupenda Fran Lebowitz a hacer llorar, pero de risa.

Una espectadora le pregunta a la humorista Fran Lebowitz, al final de una conferencia en Nueva York que parece un stand up comedy, si en la literatura satírica puede hablarse de una diferencia entre la voz femenina y la voz masculina. Lebowitz, ronca de tanto fumar, entrenada para decir la frase más ingeniosa posible en apenas un par de segundos, responde de inmediato que “incluso por teléfono hay una gran diferencia entre las dos voces”. El auditorio mira extasiado a aquella mujer de 61 años que quizás sea la más chistosa de todas las ensayistas de hoy, aquella columnista de pantalones, cargada de ironía, que la revista Interview de Andy Warhol puso en el mapa de los años setenta. Y ella, mientras se desvanecen las risas en el auditorio, da entonces un paso más allá: “pero lo verdaderamente importante es que cada humorista tenga una voz propia —dice— porque en el mundo hay cada vez más libros mudos”.?Sucede en el estupendo documental que Martin Scorsese hizo el año pasado sobre ella, Public Speaking, unas escenas antes de que los interrogantes de fondo se tomen por completo la pantalla. Por cada uno de los sorprendentes momentos del largometraje, toda una declaración de principios de una de las primeras mujeres que alcanzaron, con sus propias reglas, la libertad de los que se dedican al oficio de hacer reír, flotarán preguntas como “¿en qué momento los hombres tomaron la ventaja?”, “¿por qué ha habido tan pocas humoristas en el mundo?”, “¿cómo se llega, si se es mujer, a tener una voz propia?”.

 

“Todo es cuestión de suerte”, dice Lebowitz sentada, frente a su mesa de siempre, en un icónico restaurante de Manhattan llamado Waverly Inn. “Si los bebés tuvieran algo de sentido común, lo primero que harían al nacer, después de respirar, sería darse cuenta de la buena o la mala fortuna con la que han nacido: no es buena suerte, por ejemplo, ser mujer”. “Porque el hombre tiene una gran ventaja: la testosterona que le da la voluntad, la agresividad necesaria para el humor”, explica detrás de un pequeño podio en una conferencia reciente que alguien ha puesto a la mano en YouTube. “Si una mujer tiene un hijo —su gran desventaja en la vida— más temprano que tarde estará completamente interesada en él. Tendrá toda su atención centrada en su bebé cuando, por ejemplo, se encuentren en la misma habitación. Y no es esa persona a la que quieres como tu abogado. Y no existe la menor posibilidad de que te haga reír”.

 

Los hombres siempre han dicho, con cierto brillito en los ojos, que las mujeres no son chistosas: “como las mujeres ya tienen ese otro poder, el de tener hijos, los hombres no están dispuestos a reconocerles el humor: significaría, por supuesto, que son iguales, que tienen los mismos derechos, que son libres”, piensa en voz alta Lebowitz. Así que, salvo en un par de honrosas excepciones, de la Biblia hasta Shakespeare, en las que se menciona a una que otra señora irónica, en muy pocos volúmenes de la historia se encontrarán referencias a mujeres que tengan el don del humor. Y sólo hasta mediados del XIX, después de siglos y siglos en los que las autoras con nombre y apellido podían contarse con los dedos, hicieron su aparición las primeras escritoras satíricas. En los Estados Unidos —pues se trata de ver el camino que va y viene de Fran Lebowitz— fueron Marietta Holley, Frances Miriam Whitcher y Ann S. Stephens las primeras mujeres que se atrevieron a escribir con humor sobre las taras norteamericanas: sus críticas sardónicas, redactadas en las mismas décadas en las que la mujer fue conquistando su derecho a votar, y recibidas, por el ego herido de ciertos analistas, como “meros embelecos”, dieron el primer paso.

 

Dice Alessandra Stanley de Vanity Fair, en su respuesta a aquel texto de Christopher Hitchens titulado ¿Por qué las mujeres no son chistosas? (publicado por Arcadia en su edición de mujeres de hace un año), que vale la pena leer un ensayo de 1885, La ironía de las mujeres, en el que la educadora norteamericana Kate Sanborn se atreve a sugerir que las mujeres contuvieron durante siglos su extraordinario sentido del humor “porque es claro que los hombres se sienten amenazados cuando los ingeniosos labios femeninos pronuncian su historia: lo peor que puede pasarle a una mujer, en un mundo en el que a los hombres cada vez les quedan menos privilegios exclusivos, es ser llamada sarcástica”. Y sin embargo, hacia los primeros años del siglo veinte, cuando las primeras batallas por la liberación femenina comenzaron a ganarse, entraron en la escena las comediantes de los shows de vodevil. Algunos las miraron de reojo como si fueran prostitutas, sí, pero otros se rindieron a su juego.

 

Y así, superadas las dos guerras mundiales, la televisión recibió a intérpretes cómicas como Lucille Ball, Phyllis Diller, Mary Tyler Moore, Goldie Hawn o Joan Rivers, con los brazos abiertos. Y, por cuenta de las popularidades que alcanzaron, las condujo a escenarios que solían ser ocupados por los hombres.

 

Pasarían por las pantallas, con el paso del siglo veinte, actrices cómicas tan brillantes como Katharine Hepburn, Doris Day o Diane Keaton. Elaine May recorrería detrás de Mike Nichols los mismos clubes del Greenwich Village en los que, a principios de los años sesenta, se presentaba Woody Allen y cantaba Bob Dylan. Vendrían, desde mediados de los setenta, las comediantes despiadadas de aquel programa de televisión de sketches humorísticos titulado Saturday Night Live: Jane Curtin, Gilda Radner, Lily Tomlin. Pero para hallar en Norteamérica a una humorista que pudiera considerarse autora de su propio personaje, para encontrarse, entre las estrellas gringas, con una mujer que pusiera en escena sus propios libretos, el camino más corto era leer a Fran Lebowitz: la mujer que se había escrito a sí misma. Y que sobrevivió, en los tiempos fugaces de Warhol, gracias a una serie de “columnas ensayísticas” para Interview y Mademoiselle que darían lugar a un par de bestsellers insólitos: los estupendos Metropolitan Life (1979) y Social Studies (1981).

 

Lebowitz se convirtió muy pronto, sin duda alguna, en una inspiración para las humoristas gringas. Su humor seco, hastiado, sabio, que funcionaba tan bien tanto en sus ensayos absurdos como en sus conferencias con cara de espectáculo de stand up, resultaba incomparable. Y probaba que, por más graciosas que fueran sus predecesoras, no pasaban de ser buenas intérpretes de textos escritos por hombres.

 

Todo cambió en los inciertos años noventa: “Los nuevos canales de cable se vieron obligados a recibir ideas de mujeres —dice Joan Rivers— porque tenían demasiados espacios vacíos en sus programaciones”. Personajes como Sandra ?Bernhard, Paula Poundstone, Lisa Lampanelli, Whoopi Goldberg, Roseanne Barr y Ellen DeGeneres, que venían trabajando desde hacía varios años, resultaron ser humoristas capaces de producir, poner en escena e interpretar monólogos verdaderamente originales. Y, un año antes de que se acabara el siglo, la brillante Tina Fey no sólo se convirtió en la primera mujer jefe de escritores de Saturday Night Live, sino que, como si se tratara de dejar atrás el estereotipo de la fea chistosa, se transformó en una de sus intérpretes más deseadas. Pronto, por cuenta de 30 Rock, la exitosísima comedia de televisión que escribe, produce y protagoniza, Fey sería declarada por las carátulas de las revistas un nuevo icono del humor de su país.

 

“No es que estas chicas sean mucho mejores que las que las precedieron”, respondió Fran Lebowitz a Vanity Fair, hace un par de años, cuando se le preguntó por qué estaban empezando a aparecer las autoras cómicas en este nuevo siglo. “Es que tienen más suerte: llegaron en una época en la que los chicos les permiten que hagan estas cosas porque ya descubrieron lo rentable que resulta”.

 

Actualmente, en los decadentes Estados Unidos, hay una explosión de humoristas mujeres con “la testosterona” suficiente para interpretar sus propios textos en vivo: autoras de sí mismas poseídas por su propia voz, alejadas del estereotipo de “la fea graciosa”, capaces de encarar los tabúes, de poner el dedo en la llaga, de jugar con las innumerables incorrecciones políticas de esta época. Habría que sumar, a las comediantes ya mencionadas, y a las que han rondado el elenco de Saturday Night Live en los últimos años (Amy Poehler, Maya Rudolph, Kristen Wiig: las tres tan brillantes como atractivas), a la esforzada Sarah Silverman, a la hipercrítica Margaret Cho, a la rápida Chelsea Handler: sus ácidos monólogos en vivo que producen enemigos por minuto, que siempre corren riesgos, triunfan o fracasan en sus propios términos.

 

Y entonces habría que decir que, aunque sean escritoras brutalmente sarcásticas que no de-sentonan al lado de las estrellas de Hollywood en las portadas de las revistas, son todas hijas putativas de Fran Lebowitz. Todas fueron testigos de su estrategia: dar la batalla como si ya estuviera ganada. Desde la sofisticada Nueva York de sus veintitantos años, como le dijo hace poco a The Paris Review, la rebelde Lebowitz se dio cuenta de que “se pueden aprender ciertos trucos, pero ser chistoso es como ser alto: no se enseña ni se aprende porque es un reflejo, una reacción a las cosas que pasan, el hallazgo de una voz. Pero el mundo ha estado cambiando para eso —agrega—: para que cada cual tenga la culpa de su falta de sentido del humor”.

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