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Modernidad precolombina

Tras un año de cierre, una inversión de más de 40.000 millones de pesos y un trabajo museológico y arquitectónico de casi una década a cargo del arqueólogo Roberto Lleras, el principal museo de Colombia dedicado al arte prehispánico abre de nuevo sus puertas. Breve historia de un espacio deslumbrante.

2010/06/30

Por Santiago Naranjo

El Museo del Oro es al mismo tiempo un símbolo de la modernidad en Colombia y un custodio de su memoria nativa. Su exhibición permanente, compuesta por 50.000 creaciones prehispánicas que datan del 500 a. C. al 1600 d. C., constituye tanto un testimonio material de nuestro pasado remoto como una mirada retrospectiva en busca de una elusiva identidad nacional. Sin duda, el museo es, al igual que esta, una paradoja.

En 1939, el Banco de la República adquirió el Poporo quimbaya para adornar su sala de juntas. A lo largo de las siguientes tres décadas, otras piezas de oro se sumaron, conformando lentamente una colección excepcional —que cuenta no solo con orfebrería, sino también con textiles, trabajos en madera, piedra, hueso y momias— y que hasta finales de los años 60 era vista únicamente por invitados especiales. Aquello que luego se convertiría en una carta de presentación de Colombia ante el mundo comenzó siendo poco menos que un secreto de Estado.

En 1968 se inauguró la sede del Museo del Oro, ese edificio sobrio, claro y horizontal ubicado en la calle 14 con carrera 6 en Bogotá, que ganó el Premio Nacional de Arquitectura en 1970 y fue declarado Bien de Interés Cultural e Icono de la Arquitectura Moderna en Colombia. Al igual que las Torres del Parque, el Museo de Arte Moderno la Tertulia, en Cali, el edificio Coltejer, en Medellín, y tantos otros, esta obra inolvidable de Germán Samper fue protagonista de la que quizás haya sido la más radical transformación de la vida urbana en Colombia. Sin embargo, a diferencia de esos otros iconos, los interiores del mueso estaban forrados de vitrinas con la riqueza de nuestros orígenes. Sus visitantes cruzaban un umbral de acero, vidrio y concreto, para ver de cerca los tesoros de las antiguas ciudades pobladas por severas momias grises y sembradas de deslumbrantes adornos, armas y figurillas sobrenaturales.

Nadie desconocía este mundo enterrado. La mayoría de los colombianos había visto las luces nocturnas que delataban su presencia y cientos de ellos habían descendido a él con picos, palas y sogas esperando traer de vuelta alguna cosa de valor. Tan solo el diseño del Museo del Oro representaba alguna novedad para un país que cargaba con una obsesión de 500 años por tesoros aborígenes perdidos.

El magnetismo particular de este primer museo estribaba en la suntuosidad de sus piezas, celosamente encerradas en bóvedas de acero y dispuestas en vitrinas de joyero sobre terciopelo azul. Más que notables exponentes de la cultura material de sociedades pasadas, han sido, para muchas personas y por mucho tiempo, decoraciones para el hogar o accesorios personales. No pocos de los que visitamos de niños el museo confundimos en algún momento al Museo del Oro con la Galería Cano.

Si bien el museo jamás ha dejado de ser reconocido como un importante centro de divulgación y estudio arqueológico, aún hoy se lo describe como la guaca moderna del orgullo patrio, hogar de la famosísima Balsa muisca. Justamente, el proyecto de renovación del Museo del Oro, que culminó con su reapertura este 2 de noviembre, es un esfuerzo museológico pionero que busca presentar su colección como una selección admirable de muestras de inmenso valor artístico; de complejas y diversas formas de vida humana que abarcan actividades tan diferentes como la manufactura de objetos de primera necesidad o la realización de elaborados rituales.

El nuevo Museo del Oro es el resultado de una década de trabajo de un grupo de arquitectos, curadores, museógrafos, arqueólogos y antropólogos. Su proceso de renovación es una iniciativa líder a nivel mundial (sus obras han sido motivo de visita de varios delegados de algunos de los más notorios museos del mundo; muchos de estos museos los visitaron a su vez por delegados del Museo del Oro en busca de ideas). No obstante, el Museo del Oro se las ha arreglado para convertirse, de nuevo y como nunca, en un lugar profundamente colombiano.

La remodelación del espacio arquitectónico del museo ha consistido en una intervención a gran escala que no compromete el trazado original de Germán Samper. Su primera etapa, iniciada en 1998 y finalizada en 2004, fue destinada a la construcción, bajo la dirección del propio Samper, de un segundo edificio para el Museo del Oro. Posteriormente, un pelotón de arquitectos comandado por Efraín Riaño emprendió la labor de empalmar ambos edificios.

El recinto es el producto de un ejercicio de vaciado y compartimentación mediante el cual se divide el área total del museo en dos grandes secciones. La primera se integra al centro de Bogotá, permitiendo el libre acceso de personas al auditorio, el almacén, el restaurante, el café, la tienda de souvenirs y las áreas de información. Consta de dos pisos amplios y anchos, inundados de luz natural y que se comunican entre sí por espaciosos tramos de escaleras; su creación dependió, en principio, de la eliminación de interrupciones (paredes y ornamentos) para darle continuidad al espacio.

La segunda mitad del museo es una sucesión vertical de recintos temáticos independientes en los cuales se exponen las distintas etapas de los ciclos de la metalurgia ancestral colombiana de 13 regiones arqueológicas, hilo conductor de su nuevo guión. Así, sus visitantes tendrán la oportunidad de recorrer cuatro salas de exposición permanente: El trabajo de los metales, La gente y el oro en la Colombia prehispánica, Cosmología y simbolismo y La ofrenda. También tendrán la posibilidad de acceder a una sala de exposición temporal.

Coronando el edificio se encuentra el Exploratorio, una sala de aprendizaje que introduce a sus visitantes, de una manera amigable y clara, en las tareas propias de la investigación arqueológica. Este cuenta con un video interactivo de una excavación científica y una animación interactiva de un antiguo sacerdote muisca que permite comprender los fundamentos de la clasificación de vestigios materiales, entre otros.

La puesta en escena es respetuosa. De hecho, el techo de la penúltima sala está sostenido por cuatro pilares, igual que el de una maloca, en los cuales están insertos objetos de considerable valor simbólico. Asimismo, el espectáculo de luces con el que se termina la visita a La ofrenda está acompañado de un canto kogui de purificación. Algunas de las vitrinas del museo esconden poderosos objetos ofrendados por mamos en el transcurso de rituales vedados a su público habitual.

El cuidado de las piezas exhibidas es minucioso: sus vitrinas están acondicionadas con un sistema de aire con presión positiva, conectadas a un software de control de temperatura y humedad e iluminadas con multitudes de pequeños bombillos leds cuya luz está calibrada de tal manera que sus volúmenes y ciertos detalles sean perfectamente visibles.

Adicionalmente, casi todos los objetos exhibidos se apoyan en soportes de metal ensamblados y ajustados a sus particularidades. Dado que estos son invisibles para el visitante, las piezas parecen estar suspendidas en el aire. Asimismo, la total ausencia de maniquíes y dioramas, que fueron reemplazados por siluetas negras y por representaciones esquemáticas de la disposición de los objetos encontrados en una excavación arqueológica, consolida el espíritu de dejar que las cosas hablen por sí mismas.

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