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Muukalainen mieluinen!*

Es posible que la próxima generación tenga que aprender mandarín para poder conseguir trabajo.

2010/07/28

Más o menos un tercio de la película británica Slumdog Millionaire (que se estrena este mes de febrero en Colombia y que se alza como una de las grandes contendoras en los premios Óscar) es hablada en hindi.

Más o menos una de cada cien palabras de The Brief and Wondrous Life of Oscar Wao, la fabulosa novela del escritor de origen dominicano Junot Díaz que ganó el prestigioso Premio Pulitzer del año pasado, es en español.

Más o menos la mitad de los diálogos del personaje de Penélope Cruz en la más reciente y deliciosa película de Woody Allen, Vicky Cristina Barcelona, también son en español.

El mundo en que vivimos es hoy transcultural, bilingüe, trilingüe... y hasta cunnilingüe, si estiramos un poco las cosas. Pero bromas aparte, es difícil que alguien pueda discutir esa apabullante realidad.

Los tres ejemplos citados corresponden a obras de inobjetable valor intelectual, literario o cinematográfico. Han sido vistas o leídas por cientos de miles de personas; no son obras de culto ni de minorías, pero son sin duda alguna obras de arte. Y como toda obra de arte auténtica, reflejan a la vez que reinventan el mundo en que vivimos. Y ese mundo que se prefigura en la ficción es un mundo en el que los viejos conceptos de soberanía han quedado completamente revaluados.

Somos un planeta migrante, virtual y mestizo. Un planeta híbrido. Somos un planeta que en breve será gobernado por Google y por Facebook. Pero en Colombia, muchos creen todavía que el vocablo mezcla es sinónimo de “degeneración”, como creía la Academia de la Lengua en el siglo XIX. O que apertura equivale a prostitución.

Pero es posible que en pocas décadas más de la mitad de Europa sea musulmana. Es posible que la próxima generación tenga que aprender mandarín para poder conseguir trabajo. O es posible, quién sabe, que todos acabemos bailando el kasachov.

Por eso, es absolutamente antediluviano y provinciano que se alcen en el país voces en contra de la misión de política exterior convocada por el canciller Jaime Bermúdez y conformada por nueve expertos, siete colombianos y —el gran pecado— dos “extranjeros”: el cubano Jorge Domínguez y el brasileño Luiz Felipe Lampreia. Más una ñapa en el podio de la supuesta vergüenza nacional: el documento final será supervisado por el ex primer ministro de Gran Bretaña Tony Blair.

¿Cómo es posible que se alcen voces contra lo que a todas luces constituye una apertura intelectual, revolucionaria para un país cuyas leyes han negado sistemáticamente, desde el siglo XIX, recibir extranjeros? La respuesta es obvia: precisamente por eso. Pero ese espíritu laureanista que les dio un portazo a los republicanos derrotados por la Guerra Civil española y a los refugiados de las Segunda Guerra Mundial, ese espíritu cerril del altiplano que para infortunio del país venció en la batalla contra ese otro espíritu, el del Caribe (del que no en vano vienen los genios como García Márquez), esa cerrazón capitalina ya no tiene espacio en el mundo moderno. Ya caducó.

Ni las ideas, ni la experiencia, ni la pasión académica, ni la inteligencia, ni el conocimiento tienen nacionalidad.

Y precisamente por ser Colombia un país que no ha sabido reconocer y aceptar (a diferencia de México, por ejemplo) su carácter mestizo, es que también cargamos con el absurdo lastre de que lo extranjero nos genera o bien sospecha o bien exagerada admiración (es lo mismo). En el siglo XIX era por miedo a los sindicalistas y al naciente espíritu comunista. Después, fue el miedo a otras razas (!), y se prohibió la entrada al país a “turcos, otomanos y chinos”. Y después, en el XX, nunca hubo una política amable para con los inmigrantes europeos. Todo lo contrario: siempre prevaleció el talante hostil y falangista de Laureano..., y Alzate Avendaño..., y Silvio Villegas..., y Fernando Gómez... La lista es larga.

Así como ningún idioma en el mundo ha permanecido puro tras su contacto con otro, (el inglés mismo es un hijo bastardo de otros idiomas), así también, en distintos ámbitos de la vida de las sociedades, hay que abrirse a los otros: a otras mentalidades, a otros enfoques, a otras lógicas.

Por eso hoy se dice que ningún indio podía haber hecho una película tan buena sobre la India como el inglés Dany Boyle con su Slumdog Millionaire. O que Woody Allen supo reflejar la pasión española mucho mejor que los cineastas peninsulares. O que una versión de la historia de Estados Unidos ha sido contada con maestría por un escritor dominicano. Bienvenidos sean los participantes extranjeros en la misión. Bienvenidos sean todos los invitados al Hay Festival, desde libaneses hasta keniatas, bienvenidos todos a opinar sobre Colombia. En estos tiempos de Obama, vamos a escucharlos sin miedo, sin complejos y sin falsos patrioterismos.

* Bienvenidos los extranjeros, en finlandés.

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