Escena de la novela La Pola protagonizada por Carolina Ramírez.

Policarpa revisitada

Los académicos alzaron las cejas ante la ficción histórica de La Pola, convertida en telenovela en horario Triple A. Pero el público ha quedado prendado. ¿Quién tiene la razón?

2010/12/15

Por Claudia Bautista

Por increíble que parezca, en Colombia, a finales de la primera década del siglo XXI, en la fila del supermercado, la sala de espera del consultorio odontológico o las incómodas sillas del transporte público, se escuchan airadas conversaciones sobre las injusticias que se cometieron contra Antonio Nariño por atreverse a traducir e imprimir los derechos del hombre, se hacen sinceras declaraciones de apoyo a la causa de los comuneros, se habla con propiedad de la inclemencia de los virreyes y se critica con indignación la mentalidad de los esclavistas.

 

Todas las noches, con estricta puntualidad, millones de colombianos se acomodan frente a una pantalla para seguir las tramas de ficción que tejió el libretista Juan Carlos Pérez y que el director Sergio Cabrera convirtió en un sólido relato audiovisual que ha logrado mantener enganchados a los televidentes con un clásico melodrama ambientado en la época de la Independencia de la Nueva Granada e inspirado en la historia de Policarpa Salavarrieta.

 

Fueron necesarios cerca de cinco años de investigación sobre una mujer cuya vida previa a una célebre ejecución pública fue escasamente reseñada en documentos oficiales y posteriormente reconstruida en múltiples textos de toda clase —comenzando por una obra de teatro encargada por Francisco de Paula Santander en 1820—, varias negociaciones para convencer a un grupo de ejecutivos de un canal de televisión de asignar el doble del presupuesto acostumbrado a una telenovela nacional emitida en horario Triple-A, dos unidades de producción con cerca de 250 personas trabajando simultáneamente en municipios como Barichara, Guane, Monguí y Villa de Leyva, dos años de trabajo consagrados al diseño de una dirección de arte impecable y una puesta en escena completamente realizada en exteriores, que supera ampliamente el nivel de cualquiera de sus competidoras del “prime time”. El resultado es la telenovela con mayor “rating” de la televisión colombiana: La Pola, amar la hizo libre.

 

Tal como ocurrió con otros éxitos de audiencia basados en temas históricos como The Tudors —serie canadiense fundamentada en el reinado de Enrique VIII en Gran Bretaña, estrenada en 2007—, y Espartacus, blood and sand —adaptación para la televisión norteamericana de la vida del célebre gladiador Tracio que lideró la rebelión contra los romanos alrededor del 70 a.C., estrenada en enero de 2010—, esta historia de ficción sobre Apolonia Salavarrieta ha suscitado discusiones de todos los niveles: desde las que han devuelto temas trascendentales —como los ideales de igualdad y libertad, el racismo o el rol femenino en la sociedad—, a la conversación cotidiana de oficinistas, universitarios y vendedores ambulantes, hasta serios pronunciamientos de prestigiosos grupos de académicos contra este producto televisivo.

 

En medio de la aceptación general de esta versión de un cuento mil veces contado, muchos de los reparos giran en torno a las libertades del guión frente a la Historia que con tanto esfuerzo y detalle han construido varias generaciones de estudiosos alrededor de la primera mujer que fue fusilada en la capital colombiana por su compromiso activo con la causa patriota. Buena parte de la crítica se concentra en la construcción del personaje central de la telenovela, que va forjando su carácter mientras espía las actividades revolucionarias de su padre —existe una profusa documentación en torno a la temprana orfandad de la niña Salavarrieta, cuyos padres, Don Joaquín y Doña Mariana, fallecieron en medio de una epidemia de viruela que azotó a Santa Fe en 1802, dejándola al cuidado de su hermana Catarina y su esposo Domingo a la edad de 6 años—. También produjo una profunda indignación entre algunos admiradores de la heroína ver que en la pieza introductoria de todos los capítulos se incluyen tres planos en que Apolonia, La Pola de la telenovela, empuña las armas y se enfrenta al ejército realista —imagen que riñe abiertamente con la de una mujer letrada, considerada por muchos como toda una estratega de las luchas independentistas—.

 

Con el fin de intensificar el conflicto dramático y construir un melodrama con todas las de la ley, en esta adaptación el personaje de Alejo Sabaraín es un chico de “sangre pura”, hijo de españoles impedido por su linaje para contraer matrimonio con La Pola, condición que dista de la del joven nacido en Honda, hijo de una mujer de Mariquita y un recaudador de impuestos venido de España que se registra en algunos libros de Historia. Pero, tal vez, la más dura de todas las críticas es la que se le hace a la trama de ficción en que se ven envueltos Antonio Nariño, su esposa, Doña Magdalena Ortega, y el joven Jorge Tadeo Lozano, un telenovelesco triángulo amoroso que desdibuja por completo un elaborado ideal de mujer devota hacia su esposo aun en las condiciones más adversas.

 

También son “ligerezas”, la vinculación del padre de La Pola de la telenovela con el movimiento comunero de Antonio Galán —inspirada en una creencia popular muy difundida que llegó a ojos y oídos del libretista en múltiples ocasiones—, o las clases de lectura y escritura que Apolonia dicta a los esclavos en algunos capítulos —que no es otra cosa que la adaptación para la ficción de la imagen de mujer ilustrada y educadora que tienen de la joven Salavarrieta varias generaciones de colombianos—. Imagen que se potencia sin que nadie proteste cuando La Pola adolescente prefiere leer en voz alta los versos de Sor Juana Inés de la Cruz que hablan de una América bella que vive tan miserable entre las riquezas mismas y manifiesta abiertamente su disgusto cuando se ve obligada a leer una obra de Fray Luis de León en la que se le recuerda que a la mujer buena y honesta la naturaleza no la hizo para el estudio de las ciencias.

 

La escena en que dos enamorados mueren fusilados en una plaza pública, condenados por enfrentar a un enemigo prácticamente invencible y apoyar a la causa libertadora de un pueblo oprimido, fue una revelación para Juan Carlos Pérez, libretista de La Pola, amar la hizo libre. La contundencia dramática de esa situación lo llevó a buscar más detalles del pasado de esa valiente mujer que incluso en la hora de su muerte se atrevió a desafiar la autoridad, para descubrir que sólo el final de su vida está rigurosamente documentado. Él, que en sus épocas de estudiante tuvo serios problemas con la clase de historia porque no retuvo fechas, cifras, ni nombres con suficiente eficacia, devoró entonces las publicaciones de Indalecio Liévano, José María Espinosa, José Hilario López y José María Caballero entre otros autores que fueron revelando toda una época digna de ser contada en televisión, en la franja de mayor audiencia y con un lenguaje comprensible para cualquiera.

 

En el camino descubrió que la vida de Antonio Nariño se parece asombrosamente a la historia del Conde de Montecristo y se encontró con el polémico y criticado libro de Carmen Ortega Ricaurte, El enigma del medallón, en el que se construye una interpretación de la vida de Doña Magdalena Ortega de Nariño a partir de la restauración de un retrato suyo que reposa en el Museo del 20 de Julio. Durante este proceso se reveló que el pañolón que cubrió por más de cien años el pecho de la distinguida dama santafereña había sido pintado con posterioridad y cubría un retrato en miniatura de un caballero que resultó ser Jorge Tadeo Lozano. También, claro, conoció la historia de doña Carmen: indignados, los nariñistas publicaron dos libros llenos de pruebas irrefutables contra su teoría y amenazaron con denunciarla por “calumnia histórica” en una elegante disputa que se prolongó por casi una década.

 

Convencido de que la Historia es cuestión de interpretaciones, e inspirado en películas como Amadeus de Milos Forman y series como Roma de HBO, se dio a la tarea de revivir a La Pola con un lenguaje que se adaptara a los gustos de las mayorías, moviéndose en la esfera de los sentimientos y las emociones para acercar a los televidentes de este siglo a un mundo que ya no existe y humanizar para ellos, una serie de personajes que sólo habían visto en monumentos, museos y libros de texto.

 

En ese proceso fueron definitivos el rigor y minuciosidad con que Rosario Lozano diseñó y ejecutó la dirección de arte, cualidades que llevaron al equipo a discutir, por ejemplo, la posibilidad de evitar algunos árboles en los planos porque no era posible que hubieran sido sembrados en América en esa época; y la visión de Fabio Zambrano, su asesor histórico, con respecto al riesgo de pretender construir una sola verdad sobre el pasado y la única seguridad de contar con varias versiones de lo ocurrido.

 

Estrenada en septiembre de 2010, esta telenovela registra un promedio de 43 puntos de “rating” y en los foros de su sitio en la web se pueden leer comentarios de televidentes aliviados: “Ya estábamos cansados de tanta apología a los narcos y prepagos”, exaltados patriotas: “Vive Antonio Nariño por siempre en las memorias y en los corazones de todos los colombianos”, personas interesadas en profundizar sobre el tema: “Me gustaría que pusieran alguna referencia del año que está transcurriendo para ubicarme un poco más en el contexto” y espectadores que invitan a la reflexión sobre nuestro presente: “Deberíamos preguntarnos ¿cuánto costó nuestra libertad? ¿Y de qué manera la estamos usando? Matándonos y odiándonos unos a otros, ¿para eso es la libertad”. Palabras que, en ese espacio virtual, se convierten en conmovedoras pruebas del efecto contagioso que tuvo el interés de un libretista en la vida de una mujer excepcional para su época.

 

Envueltos en el éxito de audiencia y leyendo entre líneas en esos mismos espacios, se encuentran buenos motivos para validar la preocupación de los círculos académicos por la veracidad del relato: “Por favor, pásenla más temprano, porque tengo que entregar un resumen del capítulo para la clase de historia”, “una excelente producción, sobre todo para que los jóvenes aprendan nuestra historia”, “por fin algo de historia patria que eduque a nuestros hijos”, frases sinceras, escritas con muy buena intención, que revelan la negligencia de padres y educadores cuando delegan en una telenovela la enseñanza de cualquier tema. En este caso particular, cabe preguntarse, ¿se puede exigir a un libretista y sus asesores que se responsabilicen por la educación histórica? ¿Es preferible que no se hiciera este tipo de telenovela? ¿No sería mejor explotar su impacto masivo y ampliar la discusión en torno a sus contenidos en hogares y salones de clase

 

La Pola, amar la hizo libre —al igual que la tragedia en cinco actos escrita por José María Domínguez Roche en 1820 para honrar la memoria de su protagonista—, es una mirada de ficción sobre un momento histórico. Se trata de uno de los pocos productos comerciales que explora temas importantes para el país, una obra coherente con su género y respetuosa con el espectador, a la que no se le puede exigir que deje de ser lo que es: una telenovela de horario Triple-A. Así lo afirma su creador: “Estoy muy orgulloso de que la gente la utilice como un punto de partida, pero no quisiera que la asuman como La Verdad sobre ese momento y esos personajes, así como creo que ningún texto de historia contiene la verdad absoluta”.

 

Ante la pobreza y uniformidad de la oferta en la televisión colombiana, plagada de acentos neutros, producciones carentes de identidad, personajes estereotipados, temas insulsos y tratamientos frívolos, sería una verdadera torpeza desperdiciar el interés que esta telenovela ha despertado. Lejos de ser un atentado contra los mitos fundacionales de este país, se trata de una prueba de que es posible construir nuevos relatos con pulcritud en el lenguaje y capacidad de impactar en públicos diversos, dándole un significado más amplio a nuestro pasado. Con un poco de suerte, La Pola puede dejar la puerta abierta para nuevas producciones de buena calidad, que den un respiro a los televidentes en medio de un océano de culebrones mal contados. 

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