Plinio Apuleyo en su juventud. Foto: El Tiempo.

¿Por qué Plinio que era tan bueno se volvió tan malo?

Terminada la pasada legislatura, es hora de hacer examen de los intelectuales de derecha que defendieron el gobierno de Álvaro Uribe. Y como en realidad solo hay uno, Plinio Apuleyo Mendoza, que encaje con justicia en la categoría de intelectual, Arcadia pasa revista a la curiosa transformación ideológica de un hombre que en su juventud prometía convertirse en uno de los grandes escritores del boom latinoamericano.

2010/09/11

Por Francisco Barrios

Tres noticias encabezaron los titulares de prensa en las últimas dos semanas: Jorge Alberto Lagos, ex jefe de contrainteligencia del DAS, leyó ante una jueza una declaración pública en la que reconocía que las ‘chuzadas’ de este organismo de inteligencia a opositores y periodistas, durante la administración pasada, sí habían tenido lugar. Unos días después, el ministro de Agricultura, Juan Camilo Restrepo, declaró ante la prensa que de los dineros del programa Agro Ingreso Seguro —el escándalo que rodeó a su antecesor, Andrés Felipe Arias— no se había devuelto un centavo. Al día siguiente de las declaraciones de Restrepo, la fiscal cuarta delegada ante la Corte Suprema de Justicia, Ángela María Buitrago, quien adelantó el proceso en contra del coronel (r) Luis Alfonso Plazas Vega por el caso de los desaparecidos del Palacio de Justicia, fue removida de su cargo en lo que, para una parte de la opinión pública, podría interpretarse como una retaliación por la sentencia condenatoria en dicho proceso. Lo que llama la atención de estos tres casos es que en cada uno de ellos los acusados fueron defendidos, en su momento, por Plinio Apuleyo Mendoza en su columna del diario El Tiempo.

 

Sobre el caso de las interceptaciones telefónicas, el columnista afirmó que “un detective anónimo, sin pruebas en mano, decide referir a Semana las supuestas ‘chuzadas’ del DAS”. En cuanto al escándalo de Agro Ingreso Seguro sostuvo: “No creo en los cargos de corrupción que se le hacen a Arias por el llamado escándalo de Agro Ingreso Seguro”. Y en lo que respecta al caso Plazas Vega, ya es bien conocida su enconada defensa del ex militar “que, con heroísmo, liberó el Palacio de Justicia”. ?Si bien las declaraciones de Restrepo y de Buitrago no constituyen de por sí una evidencia de nada, por lo menos siembran dudas sobre la probidad de las causas que ha defendido Plinio en los últimos años. Esto, por supuesto, no tendría mayor interés por fuera del ámbito político si no fuera porque este mismo columnista es también uno de los grandes periodistas narrativos del siglo XX en América Latina.

 

Plinio Apuleyo Mendoza nació en Tunja en 1932 y es hijo del político liberal Plinio Mendoza Neira, amigo de Jorge Eliécer Gaitán, y quien fue, como ya es fama, testigo de excepción de su asesinato. En la tarde del 9 de abril de 1948 Plinio Mendoza despidió a su hijo en la puerta del edificio Agustín Nieto, donde quedaba la oficina del caudillo. Plinio Apuleyo cruzó la calle para almorzar con su hermana Soledad en la cafetería Monteblanco y cuando se sentaban a la mesa, oyó los disparos y los primeros gritos de los transeúntes. Bajó entonces a la Carrera Séptima y vio el cadáver de Gaitán.

 

Nueve años más tarde, en 1958, encontramos a Plinio junto a su gran amigo Gabriel García Márquez en la terraza de un edificio en Caracas presenciando el bombardeo al Palacio de Miraflores, en lo que sería el evento desencadenante del derrocamiento del dictador venezolano Marcos Pérez Jiménez. Y un año después, en 1959, aparece de nuevo Plinio como periodista invitado a Cuba por la revolución. En el juicio público al coronel Sosa Blanco, oficial del régimen de Batista, será la mano del periodista, por cosas del azar, la encargada de pasarle el micrófono al condenado para que pronuncie sus últimas palabras antes de morir (versión que confirma Gerald Martin en la biografía García Márquez. Una vida).

 

Unos meses después de Cuba, Plinio oficiará como padrino de bautizo del hoy reputado director de cine Rodrigo García Barcha por petición de los padres de éste y a pesar de las reticencias del sacerdote oficiante, Camilo Torres Restrepo, el cura guerrillero, que estaba entonces al tanto del ateísmo y la irreverencia de Mendoza, y lo reprobaba. Y un par de años después, en abril de 1961, Plinio burlará desde Bogotá a la CIA y a la inteligencia militar colombiana al recibir del corresponsal de la agencia cubana de noticias Prensa Latina en Nueva York, Gabriel García Márquez, los télex que transmitían la información sobre la invasión de Bahía Cochinos.

 

Ya en 1967, Mendoza será uno de los primeros en leer el manuscrito de Cien años de soledad, y su aprobación, a juzgar por las cartas que le dirigió García Márquez entonces, sería crucial para el futuro ganador del Premio Nobel: “El problema con Cien años de soledad no era escribirla, sino tener que pasar por el trago amargo de que la lean los amigos que a uno le interesan (…)” “Me da gran alegría lo que me dices del capítulo de Cien años de soledad. Por eso publiqué”.

 

Finalmente, en 1971, y por recomendación del mismo García Márquez, Plinio será nombrado como director de la revista Libre, en París, cuyos colaboradores serán sus amigos Gabriel García Márquez, Juan Goytisolo, Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa, entre otros, lo cual hace a Plinio, en justicia, parte del boom latinoamericano. Pero antes de que saliera el primer número de Libre, el poeta cubano Heberto Padilla fue encarcelado en la isla por sus críticas permanentes a los excesos del régimen de Castro, en lo que se conoce hoy como ‘el caso Padilla’. Por iniciativa de Juan Goytisolo y de Julio Cortázar, los miembros de Libre decidieron publicar en el diario Le Monde una carta a Fidel Castro en la que protestaban por la detención del poeta. Bajo la coordinación de Plinio y de Goytisolo, el texto final fue firmado por los escritores latinoamericanos —y también por Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Alberto Moravia y Susan Sontag—, pero no por García Márquez, quien no se encontraba en París en ese momento. Mendoza firmó por él y aunque después la firma de García Márquez fue retirada ante la desaprobación del escritor, el caso Padilla dividió en dos bandos a los escritores del boom. De un lado quedaron García Márquez y Cortázar, quienes siguieron apoyando a Castro, y del otro, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes y Goytisolo. Para Plinio, el caso Padilla marcaría su primer distanciamiento de la izquierda latinoamericana, pero dicho alejamiento, con el paso del tiempo, se convertiría en un acercamiento a la derecha que llegaría a su punto culminante veinticinco años después, cuando junto a Álvaro Vargas Llosa y Carlos Alberto Montaner escribiría esos dos pasquines casi ilegibles: el Manual del perfecto idiota latinoamericano (1996) y Fabricantes de miseria (1998), en los cuales, en pocas palabras, los autores pretenden demostrar, en clave humorística, cómo el atraso de América Latina se debe a no haber abrazado a tiempo la economía de libre mercado.

 

A partir de estas dos publicaciones Plinio asumirá plenamente el rol de ideólogo de la derecha. Lo que vendrá después serán sus columnas de prensa en las que defiende a ultranza a los militares colombianos y ataca a la izquierda. En su columna de El Tiempo del 22 de febrero de 2008 critica la invitación del editorial de El Espectador a la marcha del 6 de marzo del mismo año, que buscaba protestar contra de los crímenes de los paramilitares. Plinio se pregunta retóricamente: “¿Quién lo escribió?” Y a renglón seguido se responde a sí mismo: “Me niego a creer que haya sido Fidel Cano ¿Qué pensará de semejante página Julio Mario Santo Domingo?” Pero el magnate, cabeza del grupo propietario del diario y ante quien Plinio parece acusar al director con su respuesta retórica, aparece así en su perfil de 1984 Álvaro Cepeda Samudio: Réquiem por un escritor: “Su narcisismo irá acentuándose con el tiempo. Al entrar en un salón, tendrá una mirada igual a la de las modelos en un desfile, que resbala por las caras sin detenerse en ninguna, hastiado de adulación, de tanto tipo que se le aproxima batiéndole la cola, pensando con cansado desdén ‘qué sapos son’ ”. Ignoro si Julio Mario Santodomingo es así, y no me interesa averiguarlo. Así me gusta imaginármelo y creo que esta descripción de Plinio, como el resto del libro La llama y el hielo, es excepcional. Al final de esta misma crónica, el autor describe a los amigos costeños de Cepeda Samudio: “Puedo imaginarlos bajándose de los autos, perplejos de pronto con todo aquel silencio y el duro olor que viene del mar y de las ciénagas, antes de echarse a andar, tambaleantes, entre las tumbas. Saben dónde está la de Álvaro y la de Eduardo Vilá. Se ponen en cuclillas junto a la de Álvaro y lo llaman golpeando la lápida con una botella, suavemente y con el sigilo con que se golpea una ventana en la noche: —Despierta, mano. Despierta. Pero solo se oye el rumor del viento que sopla desde el río. Entonces, ya coléricos, sin entender tanto silencio, tanta soledad de trupillos, de aguas y de estrellas inmóviles, lo llaman a gritos: —¡Despierta, hijo de puta! ¡Ven a beber ron con nosotros!?—Tienen miedo —dice Gabo”.

 

Antonio Caballero, columnista y contradictor ideológico de Plinio, concuerda en que La llama y el hielo “vale mucho más de lo que ha sido valorado en Colombia” y reconoce la calidad de Mendoza como cronista y como “gran chismoso”. “Pero no en un sentido despectivo —aclara—, sino a la altura de un Saint-Simon”, aquel cortesano que nos dejó las mejores descripciones de la corte de Luis XIV.

 

Pero, ¿qué le pasó a este hombre que, después de haber revelado con una maestría comparable a la de Truman Capote las intimidades de sus amigos famosos (los escritores y pintores que pusieron a América Latina en el mapa del arte universal) se convierte en esa especie de caricatura de un ideólogo de ultraderecha? Plinio, quien en 1977 escribió el cuento “El día que enterramos las armas”, el cual, de alguna manera, presagia las voces narrativas de muchas de las crónicas de Alfredo Molano; el mismo autor de El olor de la guayaba, ese libro de conversaciones con García Márquez, de 1982, cuya estructura prefigura la de las memorias del novelista Vivir para contarla (2002). Mendoza, quien nos dejó unos retratos memorables de sus amigos, los pintores Luis Caballero y Darío Morales, en Nuestros pintores en París (1990).

 

Tal vez la explicación a ese cambio la da el mismo Plinio en La llama y el hielo. Y se trata de algo más personal, más íntimo; relacionado con su verdadera vocación: la de escritor: “Si usted, sólo porque es activo y con iniciativas llega a ganar todo el dinero que necesita, sin problemas, y además está casado con una mujer bella que usted ama, y tiene con ella dos hijas pequeñas y encantadoras, acaba dejándose llevar por la fácil corriente, feliz de vivir en mangas de camisa, de respirar aquel eterno olor de la guayaba, dejando para luego, para más tarde, funestamente, su aspiración de escribir”. Y más adelante agrega, refiriéndose a sí mismo: “Su vida estaba en saldo rojo, no olvidarlo. O daba un viraje o se rompía el alma”.

 

Quizá Plinio dio el viraje equivocado y se rompió el alma, pero ahora que el mercado editorial colombiano está plagado de mediocres libros de memorias y testimonios, una reedición de La llama y el hielo tal vez nos permitiría olvidarnos del columnista que usa el sarcasmo fácil para criticar a sus contradictores (“Caballero, a quien todos los colombianos, en cambio, lo comparamos con una inocente paloma incapaz de escupir veneno por su pico”) y recuperar al gran cronista. Porque tal vez, como afirma el mismo Caballero: “Plinio no ha perdido el talento literario, pero perdió la voluntad literaria.”

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