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Preguntas a quemarropa

El Mapfre Hay Festival aterriza una vez más en la Ciudad Amurallada, del 29 de enero al 1 de febrero. Y la nómina de escritores invitados es deslumbrante. Arcadia formuló una pregunta a algunos de ellos. Sus respuestas se convierten en brevísimos bocetos a lápiz de su personalidad.

2010/07/28

El poeta suicida John Berryman decía que para un escritor cualquier experiencia terrible que no lo mata es magnífica, ¿qué opina de ello?

Pablo Ramos, escritor argentino.- Me parece un planteo poco profundo. Una de estas frases que aparentan tener más jugo del que realmente tienen. Me refiero a una naranja perfecta por fuera pero seca por dentro.

¿Qué sentido tiene plantearse tener o no tener una experiencia terrible?, (digo, porque plantearse si es bueno o malo tenerla es lo mismo que plantearse si tenerla o no tenerla), es absurdo, las experiencias, justamente, se tienen o no se tienen y solo si se tienen pasan a ser experiencias.

Y si una experiencia fue terrible (por ejemplo, en mi caso, la cárcel) y uno sale vivo: ¡más vale que mejor! ¿Conocen a alguien que no se haya suicidado que prefiera salir muerto de algún lugar?

Creo que con estas palabras termino, y me sobran unas cuantas, la verdad. Hay veces que pienso en mi vida, en las cosas que viví y las que no pude vivir como otros han vivido. Hubiese preferido más ensaladas de pulpo a la orilla del mar, más mujeres tranquilas y fieles a mi lado y no tanta puta, una madre, un padre, un poco más normales.

Creo que hubiese escrito mejor y, tal vez, lo que sería perfecto, creo que no hubiese escrito nada.

 

¿El lenguaje es el único instrumento que tenemos para entender el mundo?

Alan Pauls, escritor argentino. - No me gustan los mimos. El mimo más virtuoso, el mimo que con su encantador y rústico glosario de gestos y muecas logra figurar la realidad más sofisticada —una plancha de vidrio, la tristeza, una flor que brota del ojal de una solapa y salpica, traidora, al que la hizo brotar, por mencionar solo algunos clásicos inmortales de la tradición mímica— siempre me parecerá infinitamente más insulso, más unidimensional y menos estimulante que el idiota incurable que balbucea frases agujereadas en una lengua materna a cuyos secretos nunca accederá.

En otras palabras: encuentro siempre más potencia, misterio e interrogación en el tropiezo más ridículo del lenguaje que en las proezas más consumadas de todos los “códigos” que desde siempre —generalmente en nombre de una “vuelta a la inocencia”, y siempre arrogándose sospechosamente el nombre de “lenguajes”— se proponen reemplazarlo. Pero no canto victoria: mi fe ciega en el lenguaje es inversamente proporcional a su capacidad de comprensión. No creo que el lenguaje sirva para entender el mundo; no más, en todo caso, que a malentenderlo, cosa que hace con enigmática pasión. Quiero decir: si el lenguaje garantiza algo, no es sin duda inteligibilidad, ni comprensión, ni verdad, ni siquiera comunicación. Garantiza un espejismo frágil, esquivo, ínfimo y al mismo tiempo extraordinariamente regocijante: sentido. No garantiza que “haya” sentido, y mucho menos que el sentido sea “uno”. Garantiza una relación posible con el sentido; señala el sentido como camino, horizonte, posibilidad.

No es difícil imaginar la quimera de una sociedad “mimificada”. Entalcados, vestidos de blanco y calzando esos zapatitos de baile que aseguran un traslado mudo y baldosas intactas, emitimos mensajes y nos comunicamos y contamos historias e intercambiamos cosas poniendo caras y haciendo revolotear nuestras manitos en el aire. No es difícil imaginar que la cosa funcione, y que hasta funcione muy bien; es decir: con eficacia, “dando en el blanco”. La pregunta más bien es: ¿cómo se sigue después de dar en el blanco? ¿Hay algún más allá de la eficacia? ¿Qué interés puede tener seguir, pasar a otra cosa, si lo que sucedió ha sido plenamente satisfactorio? El lenguaje, en cambio, en sus hazañas más deslumbrantes (Siglo mío, bestia mía, ¿quién sabrá/ hundir los ojos en tus pupilas/ y pegar con su sangre/ las vértebras de las dos épocas?) como en sus defecciones (pretendo escribir “un mundo mejor” y me sale “un mundo mujer”), nunca termina de decirlo todo; nos compromete a seguir, a desear seguir, pero solo porque garantiza ese desperfecto pasmoso del que la jerga mímica (como el esperanto, o el idioma de “las sensaciones”, o el de “las almas”, o el de “la intuición”, o cualquiera de las “alternativas“ que el universalismo humanista o la new age o la tenaz profesora de sensopercepción de la otra cuadra fraguan periódicamente para curarnos de la corrupción, el exceso de racionalidad o las jactancias del lenguaje) pretende absolvernos: la insatisfacción. Es decir: la vacilación, la grieta, el traspié perpetuos en los que todo mundo posible encuentra su Big Bang. 

 

¿Bajo qué circunstancias comenzó usted a escribir?

Eduardo Lago, escritor español.- La primera lectura pública de algo escrito por mí tuvo lugar cuando tenía ocho años. Me encontraba en un campamento de verano y la maestra decidió leer en voz alta a todo el grupo una carta que le había escrito a mis padres, alegando que estaba muy bien redactada. Experimenté una vergüenza insoportable, lo cual quiere decir que aún distaba mucho de padecer la sed de halago que caracteriza a la profesión literaria. Tampoco afectó gran cosa a mi vanidad cuando, un año después, otra maestra me puso un 25 (técnicamente la calificación máxima era un 10) porque le había gustado mucho una semblanza sobre el Cid Campeador escrita por mí (el tema lo había sugerido ella). A los diez años obtuve mi primer premio literario, a pesar de lo cual seguí (al menos de momento) sin perder la inocencia. Me encontraba sentado en el auditorio del colegio dispuesto a ver una película (no recuerdo cuál) junto con unos doscientos compañeros cuando un profesor nos explicó que tras la proyección todos teníamos que comentarla por escrito. Fui declarado ganador. Como sucedió cuando obtuve mi segundo galardón literario (el Premio Nadal, cuarenta años después), lo importante no era la dotación (una bolsa de caramelos en aquella remota ocasión), sino el prestigio.

No creo que los caramelos tuvieran mucho que ver, pero lo cierto es que durante los años que siguieron escribí profusamente. A los 14 años, en un alarde de autocrítica un tanto precoz, destruí cuanto había escrito hasta la fecha. A los 16 años escribí una obra de teatro de impronta beckettiana que, sufriendo la misma suerte que mis escritos primerizos, fue condenada a ser leída en público por mi profesor ante mis sufridos compañeros de clase, a quienes no se les dio opción de protestar. Antes de cumplir los 18 años (edad que he puesto como límite para contestar a la pregunta que me plantean los amigos de Arcadia), tras una lectura de La muralla china, escribí un puñado de cuentos sumamente extraños (la culpa era de Kafka, después de leerlo nadie, ni mis conocidos ni el resto de la humanidad volvieron a ser lo que habían sido antes). En pleno proceso creativo cayó en mis manos Cien años de soledad y, presa de un fervor incontenible, abandoné momentáneamente el género breve, para escribir mi primera novela, cuya característica más sobresaliente era que sus innumerables personajes (unos cincuenta y tantos en el cómputo final), se llamaban todos igual: Horacio Martínez McPherson. Tanto los cuentos como la novela fueron muy del agrado de mi profesor de literatura, gran abogado de toda forma de irracionalismo vanguardista, aunque de todos modos, desaconsejó su publicación. Cuando le pregunté si creía que debía destruirlos, me dijo que con guardarlos en un cajón era suficiente. Una cosa es escribir y otra publicar, parecía ser su mensaje, o a lo mejor era mi propia voz quien se expresaba así. De un modo otro, lo cierto es que, aunque jamás he dejado de escribir, no publiqué nada hasta que en 2006, con 50 años cumplidos, presenté el manuscrito de Llámame Brooklyn al Premio Nadal.

 

¿Qué opina de esa frase que dice que la patria es la lengua?

Saša Stanišic, escritor bosnio.- Creo que una lengua se puede entender como una nación y que esta evoque un hogar. No puedo estar en desacuerdo con las personas que así lo han sentido, ya que no hay nada de reprochable en tratar de encontrar un lugar para uno si se han perdido todos los otros lugares de confianza. Pero yo nunca lo he sentido y una lengua siempre ha sido la que vive en mí y no lo contrario. En este momento estoy escribiendo en mi “nueva” lengua (el alemán), que adquirí después de escapar de la guerra. Esta fue una decisión que tomé por motivos prácticos, ya que el alemán se había convertido en mi mejor y más conveniente herramienta para escribir. Y aunque quiero y respeto mucho mis orígenes, he escogido contar historias, en lugar de buscar patrias filológicas o semánticas. El lenguaje es una bestiecilla inquieta. Aprender a domarlo al mismo tiempo que se deja libre, experimentar con él y hasta combinar distintas lenguas para conseguir mejores, más originales e inesperados sentidos e imágenes es el trabajo de toda una vida. Tener dos o tres lenguas vivas en mí es una mina de la que cavaré mis futuras historias.

 

¿Usted cree que existe algo llamado literatura fantástica?

Cristina Fernandez Cubas, escritora española.- Creo que fue Borges quien dijo “Toda la literatura es fantástica. Hablar de literatura fantástica es una tautología”. Pero bien, para hilar fino y ceñirme a su pregunta, aclararé que sí, que existe un tipo de literatura que puede —y debe— ser considerada “fantástica”, aunque quizás a la hora de aplicar el adjetivo no todos nos mostremos siempre de acuerdo.

No soy una perita en la materia. Aquí, como en los toros, me considero más aficionada que entendida. De las teorías de lo fantástico, de su separación de lo maravilloso, de divisiones y subdivisiones, los estudiosos del género han dado ya buena cuenta desde Todorov y su famosa Introducción a la literatura que nos ocupa. A ellos me remito. Disfruto leyendo ensayos y trabajos. Aunque —ya lo he adelantado— no soy ni una teórica ni una experta. Y dado que, siguiendo a Gracián, “el primer paso de la ignorancia es presumir de saber”, voy a referirme a lo que conozco, a mi mundo, mi habitat o, mejor, al lugar de sonde surgen mis novelas o mis cuentos que, más que a menudo, han sido recibidos como “fantásticos”.

Durante mucho tiempo me mostré reacia a aceptar esta etiqueta. Tal vez excesiva, terca y estúpidamente reacia. Tenía, supongo, más de una razón y un montón de prevenciones. Alguna de ellas las captó perfectamente David Roas en un trabajo publicado en “Cuadernos de Narrativa del Grand Séminaire de Neuchâtel”. Estaba escamada. Las etiquetas siempre me han molestado. Y, sobre todo, me admiraba —me admira aún— la pasmosa ligereza con la que todo lo que no sea una fotografía de la realidad (una realidad plana, simple y sin fisuras) entre, con sospechosa frecuencia, a engrosar las filas de una supuesta literatura fantástica. Porque entre las narraciones que sí merecerían con todo derecho ese digno nombre y otras a las que a nadie se le ocurriría adjudicárselo, existe una zona intermedia. Un territorio. Una frontera. Un habitat en el que, sin proponérmelo, suelo instalarme a la hora de pergeñar una historia. En los límites entre lo conocido (o la razón) y lo desconocido (o lo que no tiene aun nombre). Frontera que día tras día atravesamos en sueños. Y los sueños, se quiera aceptar o no, forman parte de la realidad. De nuestra realidad, al menos.

Tal vez todo se reduzca a una mera cuestión de “manga ancha”. De considerar que la vida está llena de recovecos, de agujeros negros y de sucesos aparentemente inexplicables. O de una mirada. La mirada del cuentista que no se conforma con lo tangible intenta ver más allá y alguna que otra vez, con razón o no, cree haberlo conseguido.

 

¿Por qué es tan crítico con La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa, en su novela?

Junot Díaz, escritor dominicano radicado en Estados Unidos. - ¿Muy crítico? Nunca lo había pensado, pero es cierto que como autor yo no soy exactamente el más calificado para juzgar mi trabajo de manera útil. Estoy demasiado cerca al material. El narrador de mi novela y la familia de la que habla son unos antitrujillistas y antibalagueristas convencidos (siendo Balaguer el animal corrupto que se quedó con el poder de República Dominicana tras la ocupación de los Estados Unidos en 1965). De hecho, me parece que la novela de Vargas Llosa es excelente, aunque está un poco fuera de lugar en sus puntos de vista sobre República Dominicana. A mi narrador no le gusta (por sus afinidades políticas), pero a mí me gusta mucho. El propósito de hacer que mi narrador desaprobara La fiesta del Chivo no era repetir cierta gresca intergeneracional que tanto ha abatido a las letras latinoamericanas. Véase: todo el debate de McOndo/Macondo. Lo que quiero (en términos freudianos) no es “reemplazar al padre”. Todo lo contrario. Esta novela mía se desvía de su camino para mencionar todos los libros y tradiciones que sea posible, a unos los condona y otros los condena, pero lo que realmente importa aquí no es lo que él opina. Lo que importa es que cualquier lector ahora puede consultar los títulos por su cuenta. No para decidir cuál es mejor o cuál es peor, sino para entender que en cualquier país, con cualquier tipo de experiencia, nunca va a haber una opinión dominante. La única opinión: un solo texto autorizado: esa es la fantasía de los dictadores. Pero la vida real es demasiado compleja para que eso ocurra. Puede que mi novela no esté de acuerdo con Vargas Llosa, pero en tanto estrategia para hacer que la gente de este lado del mundo que no conoce el libro también lo lea. Después de todo mi novela no pretende ser el texto autorizado sobre Trujillo y la República Dominicana. Mi novela no puede lograr su propósito en el vacío. De hecho, mi libro funciona mejor si un lector también lee La fiesta del Chivo, En el tiempo de las mariposas y hasta El otoño del patriarca y Yo, el supremo. Desaprobar es una táctica sensacional que obliga a leer los otros libros que toman la decisión que yo intento mostrar de una manera más completa y más interesante y, sí, más bella.

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