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Reír cuando todos lloran

Comedias y musicales inundaron las pantallas en una época en la que se desinflaron las ilusiones de millones de personas por cuenta del derrumbe de Wall Street. ¿Típico de Hollywood?

2010/07/28

Por Manuel Kalmanovitz G.

Primero está la cuestión de cómo actuar cuando las cosas se ponen difíciles. Depende, claro, del temperamento que le haya tocado a cada cual. Están los que lloran y se rasgan las vestiduras ante tanta desgracia y, al otro extremo, los que se quedan mirando al vacío, rumiando ensoñaciones agradables y sonriendo sin motivo aparente, ignorando la catástrofe que los rodea.

Y Hollywood, creador de sueños para el país más optimista de todos, donde cualquier cosa es posible, donde las calles están pavimentadas de oro, se fue por el lado soñador durante la Gran Depresión (que en Estados Unidos duró más o menos entre 1929 y 1939). No hay nada muy raro en ello: ese es su temperamento. ¡Pero qué sueños los que produjo! De bailarinas haciendo figuras geométricas y mutantes bajo cascadas cubiertas. Del encanto arrollador de Clark Gable flirteando con Claudette Colbert. De Cary Grant siendo, simplemente, Cary Grant.

Aunque también hubo, del otro lado, pesadillas. Como el monstruo de Frankenstein de Boris Karloff, una combinación imposible de ternura y brutalidad. O la elegancia fría del Drácula de Bela Lugosi. O los enanos, mujeres barbudas y hombres fortachos de Freaks. Y estas pesadillas eran otra clase de escape. Una visita guiada por las partes oscuras de la psiquis, desligadas de la historia, del presente, pero inquietantes, igual.

Tenían algo de particular estos sueños de Hollywood. Eran escapismos, claro. Pero ante una realidad tan difícil ahora se ven también especialmente cercanas a su tiempo, como si las dificultades de entonces pudieran utilizarse como un trampolín para alejarse aún más lejos, para llegar a paisajes más raros. Antes de que las chicas hicieran sus formaciones de baile en las coreografías de Busby Berkley, hablaban de las dificultades que las rodeaban, de la miseria diaria.

Así, en contraste con la dura realidad, los número musicales extravagantes y maravillosos se veían aún más irreales, más hermosos, más ensoñados. El escape se hace aún más brillante cuando se contrasta, así sea ligeramente, con los problemas reales, con el desempleo, la pobreza y el sufrimiento.

Es como si en épocas difíciles se hiciera aún más fácil —o más necesario, quién sabe— encontrar lo extraordinario, lo hermoso, lo maravilloso. Una canción de Irving Berlin de la época resume dulcemente esta actitud: Los problemas son sólo burbujas / Y las nubes pronto pasarán / Así que tomémonos otra taza de café / Y otro pedazo de pastel.

Como si fuera solo cuestión de tiempo para que los problemas se desvanecieran como burbujas, dejando la realidad de pura felicidad ahí, visible para quien quiera y pueda verla.

Los dos grandes géneros escapistas se consolidaron durante la Gran Depresión: el musical y la comedia alocada (en inglés screwball comedy). Ambos aprovechaban el sonido que Hollywood había comenzado a utilizar en 1927, unas para los números musicales y las otras para los diálogos fulminantes entre enamorados a regañadientes.

Para ver claramente lo optimista que resulta el Hollywood de la época basta contrastarlo con las grandes películas europeas de ese entonces: oscuras, angustiadas, desesperanzadas. Está M, la primera película de asesinos seriales. O La caja de Pandora, donde la icónica Louise Brooks es un imán de destrucción para quien se le acerque. O el temible Doctor Mabuse, de Fritz Lang, un cerebro criminal imparable con una red de ayudantes que no parece tener fin.

Son criminales que parecen llevar dentro de sí una maldad metafísica, insuperable, que los consume (a veces literalmente). Es casi como si fueran fuerzas destructivas de la naturaleza misma, tan inentendibles y ajenas como tornados, terremotos o volcanes en erupción.

En cambio los criminales del Hollywood de la depresión resultan relativamente comprensibles. El Scarface, de Paul Muni. El enemigo público, de James Cagney. Es la necesidad que Hollywood ha sentido siempre de explicar a sus protagonistas con psicologismos. Y esta negación de las corrientes misteriosas de la vida es también, al fin y al cabo, otra manifestación de su optimismo.

Entre los otros tesoros que dejó la Gran Depresión están algunos de los grandes íconos de Hollywood: el humor anárquico de los hermanos Marx, las indirectas directas de Mae West, y la gracia imposible de los bailes de Fred Astaire ensayados hasta el cansancio para verse naturales y frescos, sin esfuerzo.

Pero todo tiene su momento. El optimismo fulgurante se fue perdiendo hasta que, con el cine noir de los años cuarenta, Hollywood por fin se contagió de la desazón europea (la migración alemana tras la caída de la República de Weimar fue fundamental visual y temáticamente) y, tardíamente, empezó a retratar un mundo de perdedores irredimibles.

Es como si el entretenimiento tuviera la tendencia a ser, para usar un término de economistas, ‘contracíclico’: en épocas duras se vuelve más optimista. Y pesimista en tiempos menos difíciles.

Ahora cabe preguntarse qué nos traerá el Hollywood del presente para entretenernos durante la crisis económica mundial que se avecina. ¿Volveremos a ver musicales? ¿Gente que baila como si flotara? ¿Parejas que subliman su amor con abstinencia? ¿O será que esas formas de entretenimiento ya no entretienen? ¿O que no hay quién sepa hacerlas?

De pronto ahora el entretenimiento es, simplemente, ver gente torturada hasta morir como sucede en la serie El juego de la muerte. Que es, a su manera, otro remedio contra la depresión. Acá, el alivio no viene de ver las preocupaciones como burbujas a punto de desaparecer, como en la canción de Irving Berlin, sino de ver que hay gente con burbujas peores, más mortales y dolorosas que las propias. La desgracia ajena también es tristemente reconfortante.

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