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Un ejército de sordos

El walkman cumple treinta años. Semblanza personal de un aparato que cambió para siempre la forma de oír música en el mundo.

2010/06/29

Por Lorenzo Morales* Bogotá

Tengo casi la misma edad del walkman, ese invento que inauguró la era de la música portátil. Empecé a usarlo cuando entré al bachillerato; era un walkman rojo que me trajo mi papá de un viaje a Cartagena. En los recreos traficábamos con casetes que nos grabábamos unos a otros y que luego oíamos a escondidas en clase.

Engañar al profesor era un juego de impostores. Cuando él empezaba su charla, nosotros recostábamos la cabeza contra la mano, donde ya teníamos el audífono que habíamos camuflado por entre la manga del saco. Hacíamos play y mirábamos al profesor a los ojos sin asomo de vergüenza. Lo que para él era quizás una mirada contemplativa, una hipnosis intelectual producto de su cátedra, en realidad era la mirada hueca de adolescentes en trance de rock. Ya habíamos cometido la fuga. Estábamos en las tierras de Pink Floyd, Sui Generis, The Doors y Pixies, lejos del salón y del tablero.

Ese uso antipedagógico del walkman habría dejado perplejo al señor Akio Morita, presidente de Sony en Tokio, pues toda la sal de su maravilloso invento consistía en prometerle a quien lo comprara la posibilidad de moverse con libertad con su música a todos lados. Nosotros lo usábamos para todo lo contrario: el walkman nos servía para fingir la quietud de las esfinges cuando en realidad gozábamos de una locomoción espiritual que nos sacudía el alma como si estuviéramos saltando en un concierto de Café Tacuba, mientras permanecíamos inmóviles, recostados sobre nuestros pupitres de madera.

Hagamos un rewind. El primer walkman —una marca registrada de Sony— salió a la venta el 22 de junio de 1979 y muy rápidamente se convirtió en un fenómeno mundial. A finales de 1980, la empresa japonesa había vendido más de dos millones de unidades, y otras compañías habían comenzado a sacar sus propias versiones. En 1995, más de 150 millones de personas en todo el planeta tenían un walkman y la palabra ya aparecía en el diccionario Oxford de inglés.

La revolución del walkman fue ante todo la revolución de los audífonos. Las grabadoras para periodistas, casi idénticas a los primeros walkman, existían hacía más de diez años pero los audífonos disponibles eran grandes y pesados. Por más pasión por la música, tenía poco encanto salir a trotar con una pesa de una libra amarrada a la cabeza y dos orejeras que parecían cacerolas.

Al éxito del walkman contribuyó también la miniaturización de otros componentes. De las pesadas pilas tipo C para radios de celadores nocturnos, pasamos a la AA del pequeño control remoto de la tele. De los carretes del tamaño de una rodaja de piña saltamos a los casetes (un inventó de Phillips en 1965) que redujo a la mitad el grosor (y el peso) de las cintas. El casete, que ahora cabía en un bolsillo, aprisionó la cinta entre una caja de plástico sellada, lo que evitaba que, como antes, las cintas magnéticas se salieran del carrete como serpentinas en una piñata.

Además de ciencia, detrás de todo invento revolucionario siempre hay una leyenda mundana. La creación del walkman tiene dos. Unos dicen que fue un encargo de Morita, que quería oír ópera durante sus interminables jornadas a bordo de un avión. Otros dicen que necesitaba un antídoto contra la estridente música que sus dos hijos ponían a todo volumen en la casa.

Es difícil saber cuál de las historias es la cierta, pero juntas ilustran una cualidad del walkman que, me parece, tienen pocos inventos recientes: sirve para dos cosas opuestas. En este caso, sirve para oír y no oír al mismo tiempo. La maravilla de los reproductores portátiles de música como el walkman y sus subsecuentes adaptaciones (Discman y ahora iPod) es que le alegran la existencia tanto al que quiere oír su música sin perturbar al resto del planeta, como al resto del planeta que no tiene el menor interés en oír su música.

La popularidad del walkman, diría yo, dio origen a una nueva especie urbana. Me refiero a esos ejércitos de sordos que caminan por las calles del mundo, imperturbables y abstraídos, con dos cables que les escurren de cada oreja y que le indican al resto del mundo que esa persona no está disponible.

Aunque con frecuencia he hecho parte de esas hordas de zombies, también he descubierto que la música portátil no siempre nos aísla del mundo. Al contrario, a veces llevar la música encerrada entre los tímpanos genera conexiones casi místicas con el entorno. Algunos recuerdos los tengo grabados con banda sonora, que no fue otra que la canción de turno en el walkman (a diferencia del iPod, en el walkman no se podía escoger la canción ¡ni había shuffle!). Ben Harper es atravesar los Pirineos en un tren; Coltrane, la vista al cañón del río Magdalena entre Puerto Bogotá y Honda.

A quien le parezca una exageración que un par de audífonos puedan sublimar una escena cotidiana, lo invito a que una tarde soleada de domingo vaya a Fontibón y se pare junto a la reja de una de las pistas del aeropuerto El Dorado, ponga en su walkman el Spem in Alium, de Thomas Tallis, y vea pasar, uno tras otro, los aviones sobre su cabeza. Stop.

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