Gunter Walraff

Un periodista visceral

En estos tiempos de estigmatizaciones y difíciles debates sobre la ética periodística, Arcadia habló con Wallraff, el reconocido periodista alemán que cambia de identidad para vivir en carne propia las injusticias del sistema, y poder denunciarlas. A pesar de que su método es cuestionado, sus reportajes han sacudido a Alemania y él se ha convertido en una leyenda del periodismo de suplantación.

2010/07/30

Por Felipe Restrepo Pombo

Günter Wallraff tiene la curiosa cualidad de pasar desapercibido. Después de tantas décadas de disfrazarse, su personalidad real parece haberse diluido y ahora es un hombre sin señas particulares, capaz de mimetizarse en cualquier ambiente. Lo compruebo cuando entro a un salón de la Casa Colef —una institución que trabaja a favor de inmigrantes mexicanos en Estados Unidos—, situada en el barrio Coyoacán, en el sur de la Ciudad de México, donde el alemán dictará un taller y dará algunas entrevistas. Hay un grupo de treinta personas que charlan y toman café mientras esperan la llegada del reportero. Pero Wallraff ya está en el lugar, casi escondido en una esquina. La gente pasa frente a él sin reconocerlo. Se ha logrado camuflar entre la multitud. Como lo ha hecho tantas veces durante su vida.

Más tarde, cuando me siento frente a él, compruebo que es un hombre ni muy alto ni muy bajo, con el pelo gris y corto, ni blanco ni moreno, con ojos claros que observan detrás de unos lentes sin marco. Tiene bigote y toda su ropa es negra. Lo único que me llama la atención son las cicatrices que tiene en las manos y los brazos: quemaduras profundas que sufrió en su último trabajo. A principios de 2008, se disfrazó de obrero y entró a trabajar a una fábrica en Hunsrück, que produce pan y galletas en masa para la cadena de supermercados Lidl. Durante varios meses documentó, con una cámara miniatura escondida entre su uniforme, la manera como los obreros eran obligados a trabajar en condiciones riesgosas. Soportó las jornadas de trabajo sin descanso, las horribles condiciones de higiene y las riesgosas maniobras en hornos hirviendo sin protección alguna. Toda la experiencia quedó registrada en un reportaje que escribió para la revista Zeitmagazin y en un documental que transmitió el canal ard. Unas semanas después de la aparición de los testimonios, los dueños de Lidl fueron multados y obligados a mejorar las condiciones de trabajo de sus empleados.

Además de las quemaduras, sufrió una lesión en la columna y quedó agotado. Sin embargo, nada de esto lo detuvo y ya está preparando nuevos reportajes. “Mi idea es abrirle los ojos a la gente, movilizarla. Enseñarles a los pueblos sus monstruosidades y poner en evidencia la argumentación retorcida de algunos sistemas”, dice con una convicción que, por un momento, podría parecer fanatismo.

Wallraff nació en Burscheid, cerca a Colonia, en octubre de 1942. Creció en una Alemania dividida y destruida después de la Segunda Guerra Mundial. Y en medio de una sociedad traumatizada por los horrores del nazismo. Gracias a ese contexto, fue consciente de las injusticias sociales y raciales desde muy joven: “Cuando los westerns estaban de moda, todos los niños querían ser como los vaqueros. Pero yo siempre me identificaba más con los indios”.

En su juventud quiso ser poeta, pero tuvo que trabajar un largo periodo en diferentes fábricas de la República Federal Alemana para pagar sus estudios de Letras. Ahí nació su interés por documentar la vida de los trabajadores: publicó los primeros textos al respecto en el periódico sindical Metal. En 1965 empezó a colaborar en las revistas Hamburguer Morgenpost, Pardon y Konkret. Sus artículos eran relatos de los años en que trabajó en fábricas y luego fueron reunidos en su primer libro, Reportajes industriales (Industriereportagen). Los años siguientes los dedicó a sumergirse en submundos: se hizo pasar por alcohólico, esquizofrénico, indigente, estudiante extranjero y fabricante de armas en diferentes lugares de Alemania. De ahí surgió su segundo libro, El periodista indeseable (13 unerwünschte Reportagen).

En 1974, cuando ya era uno de los reporteros más influyentes de su país, viajó a Grecia para protestar por la situación de los presos políticos. El 10 de mayo de ese año llegó a Atenas y se encadenó a un poste. Fue arrestado y pasó varios meses en una cárcel en Korydallos, donde fue golpeado y torturado. Luego narró esta experiencia en su libro Nuestro fascismo de al lado (Unser Faschismus nebenan). Un año después viajó a Portugal en donde se hizo pasar por traficante de armas. Allí se reunió varias veces con algunos militares, entre ellos Antonio de Spínola, que querían llevar a cabo un golpe de estado. Wallraff dio a conocer los detalles del encuentro en una conferencia de prensa en Bonn y publicó artículos al respecto en las revistas Stern y Konkret. Los planes de los militares se frustraron. Ni siquiera entonces sintió miedo de tener enemigos tan poderosos. “Es imposible no ganarse ciertos adversarios. Lo importante es tener los adversarios correctos”, dice en broma.

A los 35 años se transformó en Hans Esser: consiguió identificaciones falsas, se puso una peluca, se maquilló y se fue a vivir a Hannover, en donde empezó a trabajar en el diario sensacionalista Bild. Con esa nueva identidad se infiltró en la redacción del diario amarillista, que vendía entonces más de cuatro millones de ejemplares. Durante meses fue testigo de los métodos de investigación irresponsables, de la manipulación de la información y de cómo los editores dañaban, sin ningún escrúpulo, la reputación de la gente. Incluso escribió varios artículos en los que estaba obligado a inventar cosas. “Fue una experiencia abominable. Casi no podía dormir”, dice. Después de su paso por el diario, publicó Primera Plana. (Der Aufmacher). El libro causó un escándalo que casi conduce al cierre del diario.

El grupo editorial Axel Springer, poderoso propietario del periódico, demandó a Wallraff de inmediato. Ahí empezó un agotador proceso judicial que tardó varios años. Pero Wallraff, en lugar de doblar las manos, atacó de nuevo. Publicó dos libros más sobre el diario: en Testigos de la acusación (Zeugen der Anklage), de 1979, y en La caída de Bild (Das Bild Handbuch), de 1981, recogió los testimonios de varias víctimas del diario. Y no solo eso: fundó una organización que brindaba ayuda a los afectados por la publicación. Las demandas en su contra continuaron hasta que, en 1981, la Corte Suprema de Alemania falló a favor del periodista. Bild intentó entonces destruir su reputación. Interceptaron su teléfono y lo acusaron de haber sido espía. Pero nunca lograron afectarlo. Wallraff dice que esa experiencia le enseñó que “cada palabra que escribo tiene que estar justificada y cada hecho comprobado. Todo se tiene que poder defender en los tribunales”.

“Me disfrazo para encontrarme a mí mismo. Creo que cuando uno asume diferentes identidades empieza a entender mejor el mundo que lo rodea. Después de unos meses de estar encubierto, empiezo a confundirme. Ya no sé quién soy. Incluso en mis sueños me veo con mi nueva identidad”, dice sobre su método de trabajo.

Por supuesto, su metodología ha sido muy criticada. Algunos creen que no es imparcial y tergiversa los hechos. También critican que se convierta en el protagonista de sus historias. La prestigiosa revista Der Spiegel, por ejemplo, ha criticado varias veces sus libros, por tendenciosos. Eso sí, casi nadie duda de que su trabajo ha enriquecido los métodos de investigación y que, aunque es extremo, le ha aportado mucho al periodismo.

Él dice que no se inventó nada nuevo. Cuenta que en su juventud leyó The Jungle, del escritor estadounidense Upton Sinclair, y que ese fue su primer modelo. En efecto, Sinclair trabajó en los mataderos de Chicago en 1904 y escribió sobre la falta de higiene en la producción de carne. Wallraff explica que ese libro le demostró que la infiltración era un método válido y no un engaño. También habla de Wolfe y Capote para refutar la supuesta imparcialidad del periodista. “Tengo mis propios límites y reglas. Un periodista no puede ser realmente independiente si no tiene eso claro. Una de mis reglas, por ejemplo, es que nunca se debe penetrar la intimidad de la gente que se está investigando. Ni entrar en las esferas privadas de los enemigos”, dice. Y también defiende la posibilidad de que cada reportero pueda innovar en su oficio: “Hay que cuestionarse sobre la labor periodística en esta época de crisis. Es un buen momento para replantearse de qué se trata el oficio y preguntarse cuáles son los temas fundamentales y qué debe hacer un periodista en un momento en el que el sistema se está desmoronando”.

Cuando aún no había pasado el escándalo de la “trilogía anti-Bild”, Wallraff comenzó a planear un nuevo experimento. Con la ayuda de maquilladores profesionales cambió completamente su apariencia y se transformó en el ciudadano turco Ali Levent Sinirlioglu. En ese nuevo papel comenzó a vivir el infierno de un inmigrante ilegal en Alemania. Trabajó en varias empresas que buscaban mano de obra ilegal: en un McDonald’s, en una granja, en varias construcciones e incluso en empresas farmacéuticas que le pagaban para probar nuevos medicamentos. Durante dos años vivió toda clase de abusos y también sufrió el racismo de su país.

Cabeza de turco (Ganz unten), el libro que surgió de esa experiencia, fue publicado en 1985 y conmocionó a Alemania. En pocos meses se vendieron más de dos millones de ejemplares. El libro ponía en evidencia un tema incómodo del que apenas se empezaba a hablar en Europa: la explotación de los inmigrantes. Fue tal la trascendencia de su investigación, que varias de las multimillonarias empresas que mencionaba fueron investigadas y multadas. “Antes de Cabeza de turco pensaba que era un reportero neutral. Como una cámara que iba registrando los hechos sin tocarlos. Pero me di cuenta de que podía participar en la historia y provocar algunos hechos. Me involucré emocionalmente y no creo que tenga nada de malo”, dice Wallraff. En efecto, se involucró tanto en el tema que con las ganancias que recibió abrió un fondo de apoyo para los inmigrantes ilegales.

Empezó a viajar por el mundo para apoyar causas humanitarias en diferentes países. Después de la caída del muro de Berlín regresó a Alemania y se convirtió en uno de los principales defensores de Salman Rushdie. Fue editor y traductor de la edición alemana de Los versos satánicos y organizó un boicot contra Lufthansa cuando la aerolínea se negó a transportar a Rushdie por seguridad.

En 2007, se las arregló de nuevo para engañar a varios call-centers de Colonia y logró que lo contrataran como empleado. En esta ocasión se hizo pasar por alguien mucho más joven —gracias a un convincente maquillaje— y descubrió cómo la única finalidad de estas empresas era obtener la información bancaria de sus clientes para estafarlos. “Durante el día tenía que hacer cientos de llamadas para engañar gente. Luego, cuando llegaba a mi casa en la noche, volvía a llamarlos para advertirles del asunto”, cuenta. En un call-center uno de sus colegas lo reconoció. Pero, en lugar de delatarlo, se unió a él y lo ayudó a filmar el documental, que salió al aire al poco tiempo en el canal público ZDF. A pesar de la gravedad de las denuncias, los call-centers siguen funcionando: “Los poderosos siempre tienen herramientas para escapar a la justicia. Lo ilegal siempre se encuentra la forma de sobrevivir”, se lamenta Wallraff.

Sin embargo, parece estar decidido a llevar sus investigaciones hasta el último límite. Tal vez esa sea la única forma de encontrar su verdadera identidad.

Este contenido hace parte de la edición impresa. Para leerlo, debe iniciar sesión:

Revista Arcadia anuncia a sus lectores que nuestra versión impresa comenzará a pedirles que se registren en nuestra página web.

Queremos conocerlo un poco,
cuéntenos acerca de usted:

Maria,

Gracias por registrarse en ARCADIA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com