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Un tipo de la vieja guardia

En este ensayo personal, el editor de la revista Granta en Estados Unidos revela cómo nació su pasión por uno de los grandes escritores del siglo XX, fallecido el pasado 28 de enero.

2010/07/31

Por John Freeman

Mi primer apartamento en Nueva York estaba en una casa de piedra rojiza en Brooklyn que pertenecía a la editora de una revista y a su intelectual y silencioso esposo. Pasaba horas en frente de su biblioteca, extensa y polvorienta, que corría paralela a las escaleras de su casa. Para llegar a un libro de la sección “F” era necesario subir la mitad de la escalera e inclinarse sobre la baranda. Un día, el marido intelectual y silencioso me pilló asomado sobre el vacío de tres metros con La educación sentimental de Flaubert en mis manos. De repente, empezó a conversar. Habló de haber desaparecido entre Proust un verano de su adolescencia en la Isla de Fuego, de su amor pasajero con Tolstoi en la universidad. Siendo un lector tardío, envidié su biblioteca y sus apacibles veranos literarios. Le pregunté qué debía leer. Primero, tomó un volumen de cuentos cortos de John Cheever y luego me dio Corre, Conejo, de John Updike.

A Cheever lo dejé a medias: sus historias me parecieron quejumbrosas y predecibles, sus misterios poco misteriosos. Pero Updike era otra cosa. Me devoré Corre, Conejo en un par de días, leyéndolo de camino a la ciudad sumido en un trance sofocante. En la universidad me había enamorado de Jack Kerouac y de la historia de Sal Paradise y su pasión por las carreteras norteamericanas. Ahora, tenía ante mí la antítesis más exquisita de ese libro —la historia de un hombre que había hecho de su vida doméstica una prisión, un hombre cuyo gran acto de rebelión social y cultural no había sido esfumarse por una autopista, sino tomar su auto, manejar al otro extremo de su pequeño pueblo y acostarse con su amante.

Sentí una conexión instantánea con la ficción de Updike. De niño había vivido en Pennsilvania durante seis años, y mientras crecía sentía que la atmósfera de la región era como un tercer padre. Ahora que era adulto entendía cómo esa vida podía ser asfixiante. Pero en la prosa de Updike, era hermosamente asfixiante.

Un libro me llevó al siguiente, y poco tardé en convertir mi admiración por Updike en una obsesión. Lentamente amasé un juego completo de las primeras ediciones de todos sus libros —cincuenta en total— y mi novia, Leslie, entretenida mas nunca flechada por Updike, a menudo me acompañaba a las librerías para que me firmara los libros. Cuando decidí que yo también quería ser escritor, hice lo que Updike había hecho cuarenta años atrás. Dejé Nueva York y me mudé con mi compañera a una casa de madera blanca en Nueva Inglaterra. Leslie aceptó un empleo como investigadora en tecnologías y yo empecé a escribir. O no. En vez, me la pasaba leyendo a Updike, cada vez más consciente de que a mi edad él ya había publicado un pequeño volumen de poesía y una novela breve, pero aún más consciente de la magnífica tristeza de su obra —de las familias desgarradas y destruidas, de la imposibilidad que sufrían sus personajes para encontrar en el deseo carnal alivio a una claustrofobia amenazante—. A veces, en las noches, miraba las repisas de nuestra habitación y temía que colapsaran por el oscuro peso de su contenido, que nos ahogaran mientras dormíamos.

En el día, sin embargo, el aire se hacía más liviano y mis repisas cada vez más llenas de Updike se convertían, de nuevo, en un faro. Su laboriosidad y atención a cada detalle del mundo visible —tan prevalente incluso en la más confusa de sus novelas— fue mi escuela de escritura. Si el mismo Updike era mi modelo de cómo ser escritor, sus personajes —cuyas vidas se asemejaban cada vez más a la mía— eran los antimodelos de cómo ser una persona. Pensaba que de tanto releerlo evitaría la manera como sus personajes aniquilaban sus relaciones, una y otra y otra vez.

Bueno, eso pensaba. Tomé un trabajo abreviando Tarzán de los monos para una editorial infantil. Descubrí entonces que lo que venía haciendo con Updike era similar a este grotesco trabajito machetero, calcando mi vida sobre la de otro escritor. Mi vida personal también sufrió con mis fallidas mímicas. Al finalizar la jornada laboral, cuando el viento helado de Nueva Inglaterra se posaba en las vigas, Leslie y yo discutíamos cada vez con más frecuencia y encono. Yo era infeliz porque no escribía; ella era infeliz por razones que yo no entendía exactamente. Aunque aún teníamos menos de treinta años, un sentimiento de oportunidades perdidas se empezó a cernir sobre nosotros.

Después de vivir durante un año entre parejas que nos doblaban en edad, Leslie y yo decidimos que era suficiente. Volvimos a Nueva York. Lejos del destino trágico de la pantomima updikeana de nuestras vidas, sentimos renacer un sentimiento de esperanza. Decidí pedir su mano, o sea que necesitaba un anillo. Consulté a Updike por última vez. Periódicamente podaba mis estanterías, atacando mi bibliofilia como a una enredadera. Pero siempre crecía de nuevo, cada vez más frondosa y descontrolada. Esta vez, sin embargo, talé el árbol más grande de mi bosque: mi colección de Updike. Me tomó tres viajes en un taxi, hasta que en unas cuantas horas logré transportar los cincuenta y un libros a un marchante neoyorquino.

Una semana después, mientras bajaba en un taxi por Park Avenue con una cajita de cuero rojo anidada en mis piernas, me sentí purificado y absuelto. Toda la agonía y la sabiduría y la debilidad que había absorbido por medio de esos libros se había resumido en algo eterno y puro: un anillo de compromiso. Ya no me vigilarían mientras dormía, con su mirada enjuiciadora y depresiva, los lomos de esos libros. Era libre de convertirme en el esposo que quería ser, el escritor que debía ser, sin importar lo que eso significara. Me había tragado entero a Updike y ahora escupía los huesos.

Me sorprendió lo rápido que todo se deshizo. Un año después de nuestra boda, mi esposa se fue. Cuando pasaba momentos difíciles con Leslie, soñaba con vivir solo, como Updike cuando joven, escribiendo en mi buhardilla. Ahora tenía mi propio espacio y solo lo había llenado de colillas. Mientras fumaba y miraba por la ventana, pensaba a menudo en todos los libros de Updike que había leído en los últimos diez años y en lo poco que me había servido presenciar sus colapsos maritales ficticios. Estudiar sus libros me había convertido en mejor crítico y escritor, pero había cometido los mismos errores que sus personajes. Nos divorciamos en el otoño. Leslie se había mudado a California, y las leyes de Maine —el estado donde nos casamos— dictaban que uno de nosotros debía estar presente durante los últimos procedimientos del divorcio. Conduje solo desde Nueva York y pasé la noche con mis futuros ex suegros en su casa playera, cenando la langosta menos festiva que haya comido. A la mañana siguiente fui hasta la corte con la madre de Leslie, quien me esperó afuera de los recintos vacíos mientras yo cortaba el fino hilo que aún me unía a su hija.

No me fui a casa. Esa tarde, por una coincidencia de agendas, tenía una entrevista con John Updike en el Museo de Bellas Artes de Boston. Acababa de publicar una colección de ensayos titulada Still Looking, y el punto de la entrevista era caminar por entre las pinturas mientras él divagaba sobre arte. No era mi primera entrevista con él. Cuatro meses después de mi boda lo había entrevistado a propósito de su veinteava novela, Busca mi rostro. Me había deslumbrado su inteligencia colosal pero amable, y había sido un alivio poderlo entrevistar como a una persona y no como a la encarnación viviente de un sueño abandonado.

Me perdí de camino al museo y llegué tarde. Encontré a Updike esperando cerca del lobby, vestido con pantalón caqui y un saco informal. Apenas mayor de setenta años, tenía el pelo blanco y abundante y la presencia física de un hombre en forma. Caminamos por algunas galerías mientras Updike despachaba animados poemas en prosa sobre arte con muy buen humor —como si lo sorprendiera su facilidad para crear frases apropiadas—. No obstante, en algún momento empecé a flaquear, pues se volteó y me preguntó: “¿Quiere que me detenga? Digo, se le ve muy cansado. Tengo entendido que viene desde Vermont, ¿cierto?”. Le expliqué que no era Vermont sino Maine, y en respuesta a su pregunta por el motivo de mi viaje le contesté: “Me estaba divorciando”. La entrevista se frenó en seco. Updike me habló con sinceridad, dejando caer su pose irónica. “Lo siento mucho”, dijo. No me dejó menospreciar mi reciente divorcio, dijo que él también había vivido eso, cosa que yo ya sabía, y que era un infierno. Me dio otros pocos consejos, pero fue tan surrealista escucharlo hablar sobre su vida privada que hoy en día me cuesta recordar lo que dijo.

Él, sin embargo, sí parecía recordarlo. Cuando se acercaba la fecha para el lanzamiento de Terrorista, su más reciente novela, un periódico me pidió que volviera a entrevistar a John Updike. Llamé a su editorial y me dieron una cita en su apretada gira que aplazaron una y otra vez. Finalmente, logré comunicarme con su agente, quien quitó el altavoz y tomó el auricular. Recibimos de parte de John ciertos comentarios acerca de su última conversación, me dijo su agente. Quizá le había llamado la atención mis jeans rasgados y mi barba de dos días; a lo mejor la erupción de mi vida privada en plena entrevista —cosa que yo recordaba más bien como una discreta fuga— había incomodado a John. Tenía que entenderlo, John era de la vieja guardia.

No supe qué decir. Inicialmente me sentí herido, apenado, pero pronto me torné más circunspecto. Si no lo había descubierto antes, ahora ya lo sabía: es una violación de la privacidad de todos los involucrados cuando un lector busca en un escritor, o en las novelas de ese escritor, soluciones aprendidas en libros a problemas de la vida real. Esta es la falacia detrás de toda entrevista o pieza biográfica, el amarrar literalmente la vida del escritor a su obra, o el insistir que la novela sustituya la experiencia real de los errores que una persona debe experimentar para aprender a sobrevivir, si no felizmente, al menos apropiadamente.

Convencí a su agente de que me dejara llevar a cabo mi labor. La conversación salió bien. Nos sentamos en una sala de conferencias tan elevada sobre Manhattan que parecíamos volar en un helicóptero. En medio de bocados de sándwich de pavo, Updike describió lo que vio el 11 de septiembre. Me puse mi mejor traje, el mismo que usé en mi boda. No le mencioné esto a Updike, y solo interrumpí una vez la lluvia de sus poemas en prosa. Era el momento updikeano perfecto: potente, discreto y tan solo un poco surrealista. Él no tendría nada que ver la forma o el significado de mi ficción o de mi vida. Eso dependería de mí.

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