Ilustración de Eva Giraldo.

“La confianza en los medios está en un bajo histórico"

Abogado, bloguero, cerebro de una de las filtraciones más relevantes de la historia reciente, el estadounidense Glenn Greenwald, ganador del Premio Pulitzer en 2014 por su trabajo con Edward Snowden, aboga por dar la batalla más importante de nuestros tiempos: la de la libertad de la red.

2016/09/26

Por Camilo Jiménez Santofimio* Bogotá

La vida del periodista estadounidense Glenn Greenwald cambió quizá para siempre a comienzos de 2013, cuando entró a un cuarto de un hotel en Hong Kong y apretó la mano de un desconocido que le había prometido “una historia enorme”. Ese día, tras recibir del excontratista de la National Security Agency de Estados Unidos (NSA) Edward Snowden la filtración más grande de información sobre espionaje masivo en internet, Greenwald se convirtió en dos hombres: un héroe de la lucha por la defensa de la democracia, la privacidad y la libertad de la red, y un villano que, según sus enemigos, entorpeció quizá para siempre los esfuerzos de Estados Unidos y Gran Bretaña por detener la ola del terrorismo internacional.

Tres años ha vivido Greenwald debatiéndose en ese doble papel. Ha recibido el Premio Pulitzer y, junto a la documentalista Laura Poitras, obtuvo en 2015 el premio Óscar por Citizen Four, un documental sobre la filtración de Snowden. Pero también ha debido conocer la furia de los estados y los dirigentes políticos que su labor le ha granjeado: lo han amenazado, lo han perseguido, lo han espiado y, hasta hoy, lo tienen bajo la mira, incluso en Brasil, donde vive desde hace algunos años. Desde la sede de The Intercept en Rio de Janeiro, la plataforma de periodismo investigativo en línea que fundó en 2014 con el apoyo del multimillonario Pierre Omidyar, Greenwald habló con Arcadia sobre control y vigilancia y sobre las utopías vivas de la red.

¿Qué significa para usted hoy internet?

Internet es una capacidad humana, que hemos desarrollado para conectarnos de forma directa e inmediata y por muy bajo costo. Desde lo técnico, solo es un sistema de cables para retransmitir información. Pero es más que eso. Internet es poder.

Hace algunos años, muchos veían a la red como un oasis de la libertad. ¿Terminó esa idea siendo una utopía?

No lo creo. Internet todavía tiene el potencial de procurar la libertad. De hecho, en algunas partes del mundo ya lo cumple. Hace diez años, cuando Israel bombardeaba a Gaza la única fuente de información era el ejército israelita. Hoy en Gaza la gente puede seguir siendo pobre, pero tiene un celular y una conexión, y cuando una bomba destruye una escuela, la información circula de inmediato. Esto ha cambiado nuestra forma de entender el conflicto y les ha dado voz a los habitantes de Gaza. Es algo extraordinario que muestra que la red ha estado a la altura de esa promesa inicial. Pero, a la vez, sé que hoy cunde el pesimismo sobre internet.

Un pesimismo fortalecido por las investigaciones que usted mismo ha hecho sobre cómo el mundo digital ha sido usado para espiar la vida privada de millones de personas…

Lo que han dejado claro los últimos años es que internet tiene un lado oscuro y que puede ser convertido en la herramienta quizá más perversa de vigilancia, monitoreo y control que haya conocido la humanidad. Por eso, desde mi punto de vista, la libertad de la red es una de las luchas más importantes de nuestros tiempos.

 ¿Todo esfuerzo de vigilancia y control es equivocado?

Casi nadie disputaría que un Estado deba vigilar a algunas personas si hay una justificación y un aval de una corte independiente. Pero, si ese fuera el control que ejercen los estados, nadie habría filtrado información y hoy no tendríamos un debate. Lo realidad es otra. Muchos estados someten hoy por hoy a su población a una vigilancia masiva, e internet ha sido una herramienta perfecta para hacerlo en dimensiones inéditas. 

¿Por qué las personas están dispuestas a sacrificar su libertad por las promesas estatales de seguridad?

Hay quienes pensaron que, con revelarse algunos documentos clasificados, la NSA iba a cerrar y las autoridades iban a dejar de espiar. Obviamente, no fue así. Los estados son buenos a la hora de crear miedos, y estos hacen que la gente busque protección porque es su instinto. Además, las circunstancias están dadas. Desde que empezamos a informar sobre espionaje masivo, han venido el surgimiento de Estado Islámico y la ola de atentados en ciudades europeas y estadounidenses. Esta es una imaginería poderosa. Yo aquí veo una guerra constante entre quienes buscamos apelar a lo mejor del ser humano mediante nociones abstractas sobre lo que importa para el mundo, y quienes permanentemente intentan inflamar el miedo. Una pelea nada fácil. 

Usted ha dicho en varias ocasiones que todo periodista es un activista. ¿Por qué?

Intento ser devoto a un conjunto de valores, entre los cuales hay algunos por los cuales todo periodista debería ser un activista, si quiere ser un buen periodista. Me refiero a la transparencia, al deber de exigirles responsabilidad a quienes tienen poder y a la defensa de los principios más básicos de la democracia.

Este debate usted lo ha dado incluso con el exdirector de The New York Times Bill Keller. ¿No va su idea del activismo contra el principio de la neutralidad del periodismo?

Hay que distinguir entre las causas particulares de una persona y las de un periodista. Soy, también, un activista de causas políticas como la de reducir el imperialismo estadounidense y la de luchar contra la islamofobia y contra quienes limitan las libertades y los derechos civiles. Pero esto es cosa mía. No son valores periodísticos. En cambio, me parece inconcebible que un periodista no crea que debe luchar por la transparencia y la democracia.

¿Entonces cree que el periodismo ha estado equivocado siempre al percibirse como lo contrario: como un bastión de la objetividad?

Este es un debate irresuelto, pero tengo una opinión sólida. Recuerde la historia de la prensa libre. La Ilustración fijó la idea de que cualquier ciudadano podía siempre utilizar el periodismo con fines políticos: para luchar contra una injusticia, para organizarse en torno a una causa o para llamar la atención sobre cosas importantes, pero ocultas. 

Cualquier director de un medio serio le diría que esos principios se mantienen hasta hoy.

Puede decirlo, pero no siempre es así. Cuando el periodismo surgió, las obligaciones corporativas no existían, y tampoco todas esas famosas reglas de la neutralidad. En un sentido estricto, no había nada llamado periodismo. Lo que había era, sencillamente, una lucha por el derecho a la libre expresión y por salvaguardar a la población contra la injusticia. Visto así, el periodismo, desde su inicio, ha sido activismo, no una forma profesionalizada de estar por encima de las controversias. Es todo lo contrario: es estar en el centro de estas.

¿Cuándo cambiaron las cosas?

A más tardar en los años sesenta, cuando grandes compañías empezaron a comprar medios. Antes de eso, los medios eran independientes, y los dirigían periodistas devotos. Pero llegaron otros intereses y se tomaron la televisión y los periódicos, y así nació la idea de una prensa neutral, no activista. Las empresas siempre quieren evitar las posiciones políticas y las controversias, y desde los medios la fórmula fue no entrar en conflicto con el poder, privado o estatal. Así surgió el cuento de la objetividad y la neutralidad.

Pero dejar de ser mensajeros y convertirse en protagonistas expone a los periodistas. A usted mismo lo atacaron duramente por las revelaciones de Edward Snowden.

Es verdad que así estamos más expuestos. Pero justo ahí está la nuez de este asunto. El poder no necesita mensajeros distintos a los que ya tiene: sus voceros, sus firmas de relaciones públicas y su propaganda. El periodismo solo tiene valor si pone al poder bajo presión, si está en una constante tensión con este. Y la consecuencia lógica es que, si el poder siente tu presión, actúa contra ti. Entonces sí, esta es una postura más peligrosa que la de servir al poder. Pero así es el periodismo. 

Esa es la postura de su portal The Intercept, que usted lanzó en 2014 con fondos del multimillonario fundador de eBay, Pierre Omidyar. ¿No teme perder credibilidad al hacer periodismo en internet con una actitud tan parcializada?

Dele un vistazo al estado de la opinión pública en Estados Unidos y Europa en los últimos 30 años y verá que la confianza en los medios se ha precipitado hasta llegar al bajo histórico de hoy. Esto ha ocurrido durante el mismo tiempo en que los medios han intentado demostrar que son neutrales y objetivos. Entonces hay que reflexionar sobre algo fundamental. No hay seres humanos libres de opiniones o capaces de ser objetivos y neutrales. Si usted constantemente trata de convencer a la gente de que es algo que claramente no es, pues esta empieza a desconfiar porque se siente engañada. El público sabe que un periodista tiene una visión de las cosas. Hay que ser honesto con la gente. 

Usted vive en Brasil desde hace varios años. ¿Cómo le ha ido allá haciendo ese tipo de periodismo?

Aquí la historia de los medios ha sido bastante desagradable. Siempre han sido propiedad de un manojo de familias extremadamente ricas. En 1964, Brasil, que era una democracia, sufrió un golpe, y el ejército impuso una dictadura de derecha bastante brutal que duró 21 años. Todos los medios le hicieron hurras al golpe. Lo presentaron como una restauración de la democracia y como un golpe contra la corrupción. Ahora adelantemos la película a 2016. Cincuenta y dos años después del golpe y 30 después de la dictadura, las mismas familias siguen siendo dueñas de los medios dominantes, y de nuevo se han unido a favor de remover un gobierno democráticamente electo como el de Dilma Rousseff. Por esto, la organización Reporteros Sin Fronteras dejó caer a Brasil en sus escalafones de libertad de prensa al puesto 104. Entonces, para responder a la pregunta, el trabajo que hemos venido haciendo aquí desde nuestra recién inaugurada sede de The Intercept en Brasil ha estado orientado a contrarrestar esta maquinaria.

¿Y eso no le ha acarreado problemas?                      

La historia es interesante porque, durante 2013 y 2014, propicié todo el cubrimiento que hubo en Brasil sobre los archivos de Snowden. Y eso me hizo famoso acá. Trabajé junto a grandes medios del país, incluida la cadena Globo, y logramos mostrar que Estados Unidos y Gran Bretaña estaban espiando las comunicaciones privadas del gobierno brasileño y sus ciudadanos. Hasta nos ganamos un premio por eso. Pero pronto todo terminó, y me convertí en uno de los principales enemigos de los mismos medios con que había trabajado. El periódico Estadão publicó incluso un editorial insinuando que yo debía ser expulsado del país.  

*Editor de la revista Semana

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