Salman Rushdie nació el 19 de junio de 1947.

Una prodigiosa imaginación

El editor de la revista Granta, edición de Estados Unidos, conoce bien a Salman Rushdie. En este texto nos descubre por qué el autor de Los versos satánicos ha decidido sumergirse en la fantasía como en sus viejos libros para dejar de ser un comentarista del presente.

2010/07/28

Por John Freeman

Cuando se es un novelista tan célebre y prolífico como Salman Rushdie, nunca se deja de ser protagonista. Desde cuando el ayatolá Jomeini dictó su sentencia de muerte en 1989 por presuntas blasfemias en Los versos satánicos, Rushdie, de 61 años, oriundo de Bombay, ha sido unos de los más respetables símbolos de el Escritor, así, con mayúscula: el escriba que le canta sus verdades al poder, sin importar las consecuencias.

Y Rushdie en efecto pagó las consecuencias de estar en ese pedestal: sobrevivió a un atentado en contra de su vida, renunció a su libertad de movimiento durante casi una década. Durante un período de nueve años ocupó al menos treinta residencias a lo largo y ancho de Inglaterra. A los editores interesados en su obra se les daban instrucciones para encontrarse con él en esquinas de calles específicas donde el autor asomaría llevando una gorra de béisbol. La gira para su libro El último suspiro del moro fue una de las más costosas jamás realizadas dadas las medidas de seguridad para que pudiera aparecer en público.

Afortunadamente, sin embargo, aquellos días ya son cosa del pasado y ahora Rushdie con frecuencia bromea diciendo que toda esa notoriedad no deseada ahora solo le sirve para que le ofrezcan una buena mesa en los restaurantes. Con todo, las secuelas de esa notoriedad continúan y Rushdie, durante la última década, la ha utilizado para algo más que meras razones gastronómicas.

Tras mudarse a Nueva York en 2000, volvió a encender el Congreso Mundial de Escritores PEN invitando a la ciudad a autores como José Saramago y Nadine Gordimer, arengando así a la anglo-céntrica industria editorial neoyorquina para que ampliara sus fronteras.

El año pasado apareció en programas satíricos de televisión como The Colbert Report y Real Time With Bill Maher haciendo campaña en favor de las reseñas de libros y del viejo y elemental sentido común. Con frecuencia se presenta en clases de redacción y escritura y este año se encargó de la edición de Best American Short Stories.

Fuera de todo lo anterior, tras su divorcio de la modelo, autora de libros de cocina y presentadora de televisión Padma Lakshmi, ha quedado soltero por cuarta vez en tres décadas provocando un revuelo más en las crónicas de sociedad. Porque en efecto, hay que decirlo, las actividades extracurriculares de Rushdie son tan variadas y conspicuas, que resulta fácil olvidar que, además de ser el Escritor, también es un escritor: un hombre cuya tarea primordial es sentarse solo en una habitación, lejos del ruido, y allí soñar espacios que inviten a la gente a esa calma y silencio interior que es el acto de leer.

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Rushdie no es ajeno a este dilema y así, durante un festival literario en Gales a comienzos del año pasado, habló de que quería cambiar “el tipo de escritor que la gente ha llegado a creer que soy”. “Empezaron a pensar en mí como se piensa de un escritor de no-ficción —dijo en una entrevista con la presentadora de la BBC Mariella Frostrup—. La gente me pedía que comentara asuntos de actualidad, y caí en esa trampa durante un tiempo… como si mi deber fuera convertirme en un productor de citas a discreción del público. De manera que resolví volver a aquello que me llevó a escribir para empezar”.

La encantadora de Florencia, su última novela y primera obra auténticamente fantástica desde Harún y el mar de las historias, es el resultado de este volver a insistir en el relato y la fantasía. “Todos nos iniciamos como lectores guardando una relación muy cariñosa con la imaginación —dijo Rushdie en Gales—, pero ocurre que, a medida que crecemos, empezamos a pensar que tal cosa es infantil. Bueno, yo jamás he pensado así”.

La novela empieza como una gran fábula. Muchos siglos atrás, un hombre alto y rubio cabalga hasta el corazón del Imperio mogol ataviado con un extraño abrigo y portador de una carta de la reina de Inglaterra. El hombre, que se llama a sí mismo Magor dell’Amore, alega tener una historia que contar… una historia que solo el emperador Akbar podrá escuchar. El menor paso en falso, y Magor morirá. Sin embargo, por el mero hecho de haberse encontrado con este forastero, Akbar también pone en peligro su vida. Quizá este extranjero traiga, antes que un relato, un maleficio.

Como tantas de las obras de ficción de Rushdie, La encantadora de Florencia relata un encuentro oriente-occidente… solo que en este caso para contar una inspiradora historia de cómo las ideas humanistas florecieron de manera simultánea en India y la Florencia del siglo XVI. El puente entre estos dos mundos lo constituye la hechicera que le da título al libro, una princesa India tan hermosa y cautivadora, que Rushdie la mantiene oculta al lector hasta la mitad del libro.

Para empezar nos enteramos de ella a través de cuentos y leyendas, descripciones de pinturas que de ella encarga Akbar. Con no poca hilaridad, el artista que la corte contrata para hacer su semblanza termina tan perdidamente enamorado de la mujer, que él mismo se pinta en el lienzo y desaparece. “Si es posible cruzar la frontera entre los dos mundos en una dirección ­—piensa Akbar cavilando sobre su desaparecido artista—, entonces tiene que ser posible cruzarla en sentido contrario. Así, un soñador podría convertirse en su propio sueño”.

Quizá Rushdie tenga en la mira al público de J.K. Rowling ahora que la escritora parece estar en semirretiro… así, fuera de tales momentos de magia como el que acabo de mencionar, le suma a La encantadora de Florencia hadas malignas, dragones imaginarios, ogros, brujos, hechiceras, maleficios y pociones de amor. Sin embargo, mientras que los poderes mágicos que se le atribuían a los personajes de su novela ganadora del Premio Booker en 1981, Hijos de la medianoche, eran francamente ficticios, lo mismo no puede decirse necesariamente en este caso: como indican con claridad las ocho páginas de bibliografía al final de la novela, buena parte de este relato, de esta historia, se atiene a hechos reales… y no necesariamente las partes que uno podría imaginar.

“A la gente en aquellos tiempos le interesaba más la magia que la religión precisamente porque creía que era real”, dijo Rushdie. En otras palabras, no había frontera entre lo que se imaginaba y lo que se consideraba verdad. Y está, además, la historia misma, la historia fáctica: “En un momento dado tuve que investigar qué se proponían los turcos —dijo Rushdie hablando sobre la elaboración de La encantadora de Florencia—, ¡y descubrí que preparaban una guerra contra Drácula!”.

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De alguna manera es un alivio ver a Rushdie de vuelta en este reino. Su obra, durante la década pasada, aunque no necesariamente en detrimento suyo, ha estado demasiado instalada en el tiempo presente. Desde Step Across This Line, una recopilación de sus artículos de opinión, hasta las novelas El suelo bajo sus pies, Furia y Shalimar el payaso, la mirada vertical recae de manera muy directa sobre las páginas de noticias, las crónicas de sociedad y el comentario cultural… y así, por supuesto, esta parte de su obra ha sido con frecuencia reseñada a través de esos prismas y criterios.

“Lamento un poco ese tipo de simplificación —dijo Rushdie en una entrevista en 2004, aludiendo a Shalimar el payaso, a que el libro pueda leerse como un manual sobre la gestación de un asesino suicida—. Quiero decir, tenemos aquí al personaje que le da título al libro, que se convierte en un hombre violento, pero sobre lo que yo creí que estaba escribiendo cuando empecé a hacerlo era sobre la importancia de distintos tipos de relaciones afectuosas y la manera cómo, cuando estas relaciones son fuertes, sólidas, las diferencias pueden salvarse”.

La encantadora de Florencia casi con seguridad hará más difícil ese tipo de transposición al ámbito del acontecer contemporáneo, incluso si, como en efecto ocurre de muchas maneras, el libro incorpora y expresa las creencias de Rushdie respecto a la libertad de expresión, la tolerancia y la necesidad de que Oriente y Occidente se mezclen entre sí. Por lo menos en la mayoría de sus recientes conversaciones, Rushdie parecía interesado en restarle importancia a todo esto para beneficio, más bien, de asuntos relativos al arte y la fabulación.

Las costumbres de Akbar (1542 – 1605), el rey filósofo indio, y uno de los principales personajes del libro, compendia bellamente esta noción. Como explicó Rushdie, el joven rey reclutó casi 200 de los mejores artistas de toda la India y los puso a trabajar en proyectos en los que debían colaborar unos con otros. “El tipo que era bueno para pintar edificaciones pintaba edificaciones y el que era bueno para pintar árboles pintaba árboles”.

“Dicho proyecto tenía todos los ingredientes para resultar en un desastre —continuó Rushdie—, pero no fue así: el estudio colectivo creó algo mejor que la suma de sus partes. Además, de alguna manera, era una metáfora de lo que Akbar intentaba hacer con su país. Y más o menos funcionó. Nunca antes nadie había gobernado sobre tanto territorio como lo hizo él”.

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Me parece fascinante ver a Rushdie acometiendo de nuevo el universo de la fantasía y el mito ya que, la verdad sea dicha, aún las más politizadas de su ficciones han girado en torno al poder de la fantasía y de la narración de historias y de cómo ellas terminan por imponerse a su manera sobre la idea de las naciones. Los versos satánicos retoman la estructura de Las mil y una noches, y así como El último suspiro del moro, que a su vez también fue retirado de las librerías en 1995 y prohibida su divulgación por orden del gobierno de India debido a ciertas chanzas a expensas del primer ministro indio.

Rushdie no es el único entre los escritores nativos o residentes en Estados Unidos que intenta sacar provecho de este poder. Los últimos dos ganadores del Premio Pulitzer, Junot Díaz y Cormac McCarthy, también beben de la fuente de la fantasía en The Brief Wondrous Life of Oscar Wao (La maravillosa vida breve de Óscar Wao) y The Road (La carretera) respectivamente, dos novelas que examinan los detalles de los Estados Unidos con desconfianza: la una, imagina el viaje de un niño de República Dominicana a Estados Unidos; la otra, el viaje en busca de refugio de un padre y un hijo tras un Apocalipsis nuclear.

Rushdie ha escrito y hablado extensamente sobre la necesidad de desdibujar las fronteras entre los géneros, de utilizar el poder de contar historias, de narrar, para iluminar la más cruda y también más prosaica realidad de la verdad. “Creo que la novela alcanza su mejor forma cuando combina muchos tipos distintos de voces —dijo—, de manera que, en medio de la más elevada tragedia sea posible encontrarnos con alguien echándose pedos pantagruélicos… eso no rebaja la tragedia. Siempre me gustaron los libros en los que tragedia, comedia y vulgaridad se mezclan”.

Las expectativas de un premio fueron muy altas cuando se publicó La encantadora de Florencia en Inglaterra… el crítico John Sutherland prometió hacer un curry con el libro si no recibía el Man/Booker Prize. Cosa que no ocurrió, así como tampoco Sutherland llevó a cabo su experimento culinario que, igual, no era más que una metáfora. Y Rushdie tampoco ha aflojado el paso ni se ha dejado amilanar por eso. Ya está trabajando en un proyecto nuevo y, entretanto, valga decir que me parece un alivio aquello de ponerle un poco más de magia, un poco menos de realismo a la con frecuencia polémica historia del encuentro entre Oriente y Occidente que sigue en curso.

Traducción Juan Manuel Pombo

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