El poeta español Gil de Biedma.

A vueltas con Gil de Biedma

Han pasado veinte años desde la muerte de uno de los grandes poetas españoles del siglo pasado: Jaime Gil de Biedma. Vivió en tiempos totalitarios, pero fue parte de la brisa de la rebeldía intelectual de los 60. Ah, los tiempos de la izquierda divina…

2010/09/21

Por Albert Mauri

El pasado enero se cumplieron veinte años de la muerte de Jaime Gil de Biedma, y este aniversario coincidió con el estreno del film El cónsul de Sodoma, basado en la biografía del poeta que había escrito un par de años antes el novelista Miguel Dalmau. La película, realizada por Sigfrid Monleón sobre un guión del propio Dalmau y protagonizada por Jordi Mollà, recreaba una parte mínima de la personalidad de Gil de Biedma —desde una óptica poco rigurosa—: su condición homosexual, y desataba una polémica entre los que consideraban el film como una mistificación insultante —casi todos los que habían conocido al poeta— y los que se sintieron atrapados, mal que bien, por la leyenda.

El acercamiento cinematográfico a Jaime Gil de Biedma aparece como la consecuencia lógica de una sociedad, la española, que todavía no mantiene una relación normalizada ni con la homosexualidad ni, por extensión, con la sexualidad. En El cónsul de Sodoma se presentaba una recreación nada rigurosa del poeta, de su condición y de su momento. Pero lo peor fue el ruido y los matices de ese ruido, especialmente porque lo que parecía interesar a los responsables del biopic era presentar a Jaime Gil de Biedma desde la óptica del escándalo y se aplicaron en la tarea.

Afortunadamente la realidad siempre ofrece alternativas y cuatro meses después del estreno de la película de Monleón, de un modo bastante festivo —creo que al poeta le habría gustado— Inés García Albí, sobrina de Jaime Gil de Biedma y excelente periodista, presentaba en petit comité su mirada sobre su tío. El documental, accesible en internet, reconstruye al poeta desde los testimonios de su familia y sus amigos, de los lectores de su obra, presentes y futuros, de algunos que le conocieron bien. Está claro que no es lo mismo. No es lo mismo la recreación que el testimonio... pero me quedo con el testimonio. El documental de Inés García Albi nos presenta a un personaje vital, cargado de sentido del humor, gozador, conversador, en ocasiones exagerado y a veces discreto.

Pero ¿y su homosexualidad? Los testimonios que se recogen en el documental van del “no, nunca, no lo sabíamos” que comentan dos de sus hermanas, hasta la intervención de un gran amigo de Jaime Gil de Biedma, Fabián Estapé, que relata cómo el Partido Comunista de España, por aquel entonces el gran aglutinador de la lucha antifranquista, le niega el ingreso por su homosexualidad. No debe sorprendernos esta circunstancia. La homofobia no era una exclusiva del fascismo; era un rasgo enquistado en el total de la sociedad española. La España del franquismo se caracterizó por su extrema crueldad social. La transgresión de la “moral” oficial —un coctel de prejuicios y oscurantismo sobre el que se construyó una legislación— resultaba extremadamente peligrosa, y no sólo porque comportaba penas de cárcel, también porque implicaba la muerte social del individuo. La homosexualidad, que durante la república había experimentado una tímida normalización, pasó a ser perseguida activamente durante el franquismo. La Ley de vagos y maleantes de 1954 contemplaba penas de cárcel para los homosexuales, que se cumplían en penales “especializados” donde los reclusos eran sometidos a terapias de aversión, a palizas y trabajos forzados. El germen de esa situación debemos buscarlo en una serie de actitudes históricamente enraizadas que el nacionalcatolicismo español hizo suyas, baste decir que Federico García Lorca fue asesinado por “rojo”, pero también por “maricón”, según confesó uno de sus verdugos.

Jaime Gil de Biedma tuvo problemas por su condición. No sólo fue considerado inaceptable por la izquierda organizada, al parecer también vio limitada su carrera profesional y truncado su acceso al cuerpo diplomático. A pesar de estos inconvenientes la homosexualidad de Jaime Gil de Biedma fue tolerada, quizá porque pertenecía a una familia prestigiosa, quizá porque se labró una trayectoria profesional impecable como ejecutivo de una gran empresa, quizá porque su notoriedad como poeta acabó por envolverlo en una burbuja de tolerancia.

La sociedad española se fue transformando progresivamente durante los últimos años del franquismo y algunos se aglutinaron no sólo en torno a los partidos políticos en la clandestinidad, también comenzaron a conquistar espacios de libertad que tenían más que ver con lo sociológico que con lo ideológico. En 1969, en un artículo en el periódico Telexpress, Joan de Sagarra empleó por primera vez el término gauche divine (izquierda divina) para denominar a un grupo de arquitectos, escritores, fotógrafos, cantantes, poetas, empresarios, editores... afines por su oposición al régimen y también por su interés por la cultura que se estaba desarrollando fuera de nuestras fronteras. La gauche divine, que las crónicas relacionan inevitablemente con la discoteca Bocaccio de Barcelona, no era un grupo organizado ni un movimiento con voluntad de notoriedad pública, era más un cenáculo, un club sin estatutos, que se ocupó activamente de acabar con el franquismo, sobre todo cultural y vitalmente. Gil de Biedma formaba parte de la gauche divine igual que muchos de sus amigos: Juan Marsé, Ana María Moix, Beatriz de Moura, Gabriel Ferrater, Colita... Alcohol y tertulia, dos elementos omnipresentes en ese reducidísimo espacio de libertad que, para unos pocos, supuso la gauche divine.

La gauche divine también reunió a los compañeros generacionales de Gil de Biedma en lo poético, la llamada Escuela de Barcelona que, aunque originalmente tenía que ver con lo cinematográfico, se acuñó como grupo poético gracias a la antología que realizó Josep Maria Castellet y al ensayo que analizaba esta generación firmado por Carme Riera. Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma y José Agustín Goytisolo formaban en núcleo barcelonés de la generación del 50 —la primera relevante tras la guerra civil— y mantuvieron una estrecha relación, poética y de amistad, con sus coetáneos de otros lugares de España. José Manuel Caballero Bonald, poeta y novelista gaditano integrado en la generación del 50, explicaba que las visitas de los poetas de la Escuela de Barcelona a Madrid creaban una expectativa especial: “Los veíamos como más europeos, más modernos, más conectados con todo lo que pasaba fuera de España...”. Este comentario merece que le prestemos atención, al menos en lo que se refiere a Jaime Gil de Biedma, porque a lo largo de su vida fue cultivando un cierto dandismo que no se limitaba a su indumentaria, también a sus lecturas y a su relación con otras culturas. El cosmopolitismo de Gil de Biedma era el resultado de sus viajes y de su fascinación por poetas como Paul Celan o T.S. Elliot; pero también del interés que suscitaba entre los miembros de su generación todo lo que sucedía al otro lado de los Pirineos.

En el prólogo a su primer poemario, Compañeros de viaje, Gil de Biedma escribe: “Al fin y al cabo, un libro de poemas no viene a ser otra cosa que la historia del hombre que es su autor...” Es una declaración de principios y un aviso para sus lectores: lo que leáis soy yo. En sus poemas están las claves de la personalidad de Gil de Biedma, y no de un modo aislado: leídos en conjunto nos muestran muchas de las facetas que ni la reconstrucción ni el testimonio son capaces de ofrecernos. Leyendo descubrimos el vértigo de la farra, el hastío, la fascinación por los clásicos, el amor de los cuerpos, de los amigos y los paisajes, la pulsión del deseo, el dolor por una España desgarrada. Pero sobre todo, tal como escribe en una nota biográfica de 1982, “mi poesía consistió —sin yo saberlo— en una tentativa de inventarme una identidad; inventada ya, y asumida, no me ocurre más aquello de apostarme entero en cada poema que me ponía a escribir, que era lo que me apasionaba”, y dejó de escribir. Su amigo Juan Marsé declaró que había abandonado la poesía porque, según le había confesado, le horrorizaban los “viejos poetas”. Quizá no se imaginaba así, como un viejo y solemne poeta, pero también deberíamos tener en cuenta la explicación que él mismo escribió como una de sus dos respuestas favoritas: “Yo creía que quería ser poeta, pero en el fondo quería ser poema”.

Y luego llegó la enfermedad, que para unos pocos fue de verdad el sida y para el resto del mundo una misteriosa enfermedad tropical. De eso hace veinte años... de casi todo hace veinte años.

 

De vita beata

En un viejo país ineficiente,

algo así como España entre dos guerras

civiles, en un pueblo junto al mar,

poseer una casa y poca hacienda

y memoria ninguna. No leer,

no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,

y vivir como un noble arruinado

entre las ruinas de mi inteligencia.

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