Mr. Kaplan

Una cacería improbable

En 2005, el escritor barranquillero consiguió el Premio Norma de Novela con El salmo de Kaplan, una novela sobre un judío en la costa que persigue obsesivamente a un alemán a quien acusa de nazi. El director uruguayo Álvaro Brechner ha logrado una buena adaptación, que se estrena este 23 de abril.

2015/04/17

Por Samuel Castro* Medellín

Pasa con las adaptaciones al cine de novelas como con las traducciones: se les juzga con demasiada facilidad de traiciones, olvidando que los códigos de la narración cinematográfica no pueden compararse con las vastas herramientas con las que cuenta un novelista. Lo explicó mejor el guionista inglés Michael Hastings: “Una película es brevedad visual. Si la novela es un poema, la película es un telegrama”.

Felizmente hay casos como Mr. Kaplan, la cinta que Uruguay envió como su candidata al Óscar este año y que ganó el premio a mejor película latinoamericana en el Festival de Cine de Mar del Plata, que adapta con mucho acierto El salmo de Kaplan, la historia con la que el escritor barranquillero Marco Schwartz ganó en 2005 el Premio Norma de Novela.

Cuando la película se estrene en Colombia los lectores de la novela seguramente se preguntarán cómo podemos decir que es una buena adaptación, si lo que en la historia escrita es un territorio puramente costeño y colombiano, Santa María, se traslada sin miramientos a una melancólica perspectiva porteña. Los que lo hagan son del mismo bando de quienes creen que El señor de los anillos, de Peter Jackson, fue una mala adaptación de la obra de Tolkien solo porque nunca aparece Tom Bombadil, aquel personaje que ya era estrambótico en el texto literario y que Jackson, con sagacidad, desecha del guion de la cinta. En el caso de Mr. Kaplan, como el mismo autor le dijo a esta revista: “El espíritu de la novela está ahí”.

Dos autores y un espíritu

Jaime Brechner no estuvo nunca dispuesto a rendirse, ni en la vida ni en una discusión trivial. Era el único de su familia que había sobrevivido al exterminio nazi en Polonia y esa fortaleza de carácter impedía que diera su brazo a torcer al defender su punto de vista. Así que cuando sus amigos le dijeron que no era cierto lo que él pensaba, que no se necesitaba aprender a nadar porque cualquier hombre lo haría por pura supervivencia llegado el caso, no vio mejor camino para llevarse el punto que tirarse a una piscina cercana. Por supuesto, después de un minuto bajo el agua, su esposa tuvo que lanzarse a rescatarlo y acompañarlo en los días que pasó en el hospital como consecuencia de su temeridad.

Esa anécdota que cuentan entre risas en las reuniones de la familia Brechner es justo la secuencia que vemos al comienzo de Mr. Kaplan pues cuando su director, Álvaro Brechner, leyó la novela de Schwartz, su abuelo se le pareció a Jacobo, el personaje principal, un viejo inmigrante judío que ante la perspectiva del final de su vida y la decepción porque esta no ha sido lo que esperaba, decide emprender una aventura delirante: secuestrar y llevar a Israel, de la misma manera que hizo el Mossad con Adolf Eichmann en 1960, a un hombre misterioso que regenta un restaurante de playa, en quien Kaplan ve al líder de una organización terrorista nazi.

El compromiso personal de Brechner con la historia se nota en el cuidado que tiene su guion de no quedarse solo en la tragicómica historia del acecho y la persecución al nazi que realiza Kaplan e incluir con paciencia y buen tino las tristes reflexiones sobre la vejez y sobre llegar al final del camino, que eran ingrediente fundamental en la historia de Schwartz. Algunos diálogos, los que mejor funcionan en la novela en lo cómico, se trasladan textualmente a la pantalla y eso permite que los personajes conserven gran parte de las sensaciones que transmitían originalmente, lo que es muy bien logrado sobre todo con los hijos de Kaplan, pues con bastantes menos apariciones que en el texto, se asemejan muchísimo a la idea que el lector podría haberse formado de ellos. Incluso el casting de la película profundiza en la conexión que la novela tenía con el Quijote, pues aquí Contreras deja de ser un policía dicharachero y soñador para convertirse en un verdadero Sancho Panza: un gordo expolicía abrumado por la separación de su esposa, que lentamente va involucrándose con el mundo imaginario de Kaplan, hasta que al final se resiste a salir de la ilusión.

Aunque la secuencia de un velorio es el único momento de la película que no le satisfizo del todo al verla, Schwartz acepta que en la cinta era necesario para que el espectador solo descubra si Kaplan tenía razón o no en su suposición de que su perseguido es nazi al final. Y hace bien en aceptarlo porque se desprende así de esa patética muchedumbre de autores quejumbrosos, que reniegan de la adaptación fílmica de sus historias olvidando que la película es una obra artística en sí misma y como tal debe juzgarse sin que la fidelidad al texto original sea componente vital de la evaluación.

Ver Mr. Kaplan después de leer El salmo de Kaplan solo prueba una cosa que los cineastas latinoamericanos parecen haber olvidado. Hay un montón de buenas historias en América Latina que nos son comunes y que serían exitosas como películas, incluso adaptándolas al contexto particular de cada país. Para encontrarlas bastaría con que se animaran a leer más.

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