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  • Fotogramas de Aferim!, película del rumano Florin Lazarescu, quien consiguió el Oso de Plata en el Festival de Cine de Berlín.

¿El tiempo de los gitanos?

Aferim! La película rumana que ganó el Oso de Plata en el festival de Berlín, obliga a Francia y a Europa a cuestionarse sobre las raíces de una discriminación que perdura hasta la actualidad en medio de discutidas y duras medidas por parte de Manuel Valls, ministro del interior francés.

2015/03/27

Por Ricardo Abdahllah* París

Aferim! es una antigua palabra turca para decir “Bien hecho” o “Bravo” y los asistentes a la edición 2015 del Festival de Berlín no dejaron de aprovechar ese significado al momento de calificar la cinta con la que el rumano Radu Jude, de 37 años, se llevó el Oso de Plata como mejor director. La historia, cuyo guion es la tercera colaboración entre Rude y el novelista Florin Lazarescu, se sitúa en la región rumana de Valaquia. Es el año 1835 y en un país divido entre las simpatías hacia los imperios otomano y austrohúngaro, un terrateniente envía a un mercenario y a su ayudante a capturar un esclavo romaní que se ha fugado.

Los encuentros de la pareja a lo largo de la búsqueda y de regreso a casa tras la captura siguen el formato de las películas de carretera. Es decir, de Don Quijote, incluidos los diálogos ingeniosos llenos de referencias pastorales y sabiduría popular, aquí teñida por los prejuicios étnicos, la misoginia y el cinismo.

La fluidez de las conversaciones, el principio del esclavo en fuga y los guiños a la estética western, ayudaron a los asistentes a la Berlinale a imaginar comparaciones con Django Unchained, de Tarantino, y True Grit, de los hermanos Coen. El crítico Stephen Dalton, del Hollywood Reporter, llamó a Aferim! “la respuesta rumana a Twelve years as a Slave”.

La comparación ignora el hecho de que la preproducción de la película rumana ya estaba bien avanzada cuando la cinta de Steve McQueen arrasó en los óscares, pero sobre todo pasa por alto que mientras en Estados Unidos es difícil imaginar un revisionismo de la esclavitud, en Europa Oriental aún tienden a relativizarse tanto la magnitud de la esclavitud de los pueblos gitanos y el genocidio del que fueron víctimas durante la Segunda Guerra Mundial como la responsabilidad de los rumanos étnicos en los dos procesos.


Arqueología de los prejuicios

Privilegiado durante los años del comunismo, en los que directores como Serge Nicolaescu hicieron carrera recuperando los mitos nacionales al servicio de la propaganda estatal, el cine histórico ha suscitado la desconfianza de los jóvenes cineastas rumanos que se formaron tras la caída de Nicolae Ceaucescu en 1989. Las cintas de Cristi Puiu, Corneliu Porumboiu y Cristian Mungiu, entre otros directores ampliamente premiados en festivales y agrupados contra su voluntad como un movimiento al que niegan pertenecer, han abordado sobre todo de la Rumania contemporánea y de los últimos años de la dictadura. También es el caso de las dos colaboraciones anteriores de Jude y Lazarescu, los cortometrajes O umbra de nor y Lampa cu câciulâ.

“Primero escogimos la época. Queríamos hacer una historia que ocurriera a principios del siglo XIX en la que existieran personajes de etnia romaní. Cuando empezamos a documentarnos y a leer sobre la época, nos interesaron y atrajeron los dramas de los rrom de entonces y así llegamos a cambiar el centro de gravedad de la película”, explica el guionista, Florin Lazarescu, quien trabajó de la mano con la historiadora Constanta Vintil-Ghitulescu.

Es gracias al trabajo de Vintil-Ghitulescu, una catedrática que ha escrito cuatro libros sobre el peso de la Iglesia ortodoxa en las relaciones amorosas y de poder en la Rumania del siglo XIX, que la cinta logra separarse al mismo tiempo de la imagen romántica y folclórica de los gitanos presente en la filmografía de Emir Kusturica y del cinema abiertamente militante del realizador romaní Tony Gatlif. La decisión de filmar en 35 milímetros y en blanco y negro y de abordar una historia que se desarrolla a lo largo de varias semanas cumple con el objetivo de Jude: evitar el tono documental y dejar al espectador la tarea de reflexionar sobre la mentalidad rumana de la época.

“En nuestro país se ha vuelto costumbre achacarle al periodo comunista la culpa de todos nuestros males. Parte de lo que mostramos en Aferim! es que muchos de los problemas que tenemos como sociedad estaban presentes desde mucho antes”, afirma Jude. Para Lazarescu, “la cinta aborda la homofobia y la xenofobia y toda una galería de cosas políticamente incorrectas desde nuestro punto de vista actual. Por supuesto, Rumania y los rumanos han evolucionado desde entonces, pero hay rasgos que aún no se han borrado del todo y si queremos cambiar, es necesario tener un espejo en el cual mirarnos”.


Los gitanos, esa obsesión

Alexandra Hudson, de la agencia Reuters, tituló su crónica sobre la cinta “Aferim! desafía las raíces de los prejuicios contra los romaníes”. Así parecía confirmar el prejuicio de la crítica Iulia Blaga, del portal Hotnews.ro, para quien los extranjeros parecen obsesionados con “la discriminación étnica como tema principal”. “Hablando de Aferim! una periodista de Macedonia dijo que ‘Europa es hipócrita frente a los gitanos’; una canadiense encontró en la película similitudes con la situación de los indígenas”, señala.

Pero también los internautas rumanos parecen obsesionados por el tema. “Una película parecida a su director, igual de idiota, sin inspiración, sobre las minorías, hecha para recibir premios en los festivales occidentales” escribió en Hotnews.ro alguien bajo el seudónimo el Lobo Blanco. Entre los comentarios a una entrevista de Radu Jude al portal Gandul.info se le señala como “un director de dos centavos que no para de denigrar a su país” y se acusa a la cinta de ser “propaganda antirrumana que muestra a los gitanos como víctimas”. “Eso es lo que pide rRumania, películas con gitanos, simposios sobre la integración de los gitanos, noticias sobre los gitanos y música fácil con influencia gitana. Una gitanería total que hará que en el futuro rRumania sea conocida en el extranjero como la tierra de los gitanos” es el comentario de un internauta que firma como “Cotoi”. La irónica “rR” se refiere a la utilizada por los “rrom” para autodenominarse desde el primer congreso internacional de la etnia, celebrado en Londres en 1971.

“Es cómico y triste saber que hay personas que están comentando una película que ni siquiera han visto y eso prueba que la mentalidad de algunos rumanos no ha cambiado mucho desde el siglo XIX”, dice Lazarescu, quien destaca que la elección del presidente Klaus Iohannis, que pertenece a la minoría germanoparlante y no profesa la religión ortodoxa, es una clara señal de progreso contra las discriminaciones.

Coincidiendo con la semana del lanzamiento de la película, se organizó en el centro comercial Palace Cotroceni de Bucarest una exposición de algunos de los 2.000 trajes que un equipo de 30 personas dirigido por Dana Ppruz confeccionó para el rodaje. Según los medios rumanos, la fascinación por el cine de época parece permitir una reconciliación, al menos temporal, entre quienes visitan el centro comercial y una película que se estrena cargada con 200 años de prejuicios.

“Muchos más son los que nos han comentado que esperan ansiosos la salida de la película y se alegran del éxito que ha tenido. No creo que la mayoría de los rumanos sean unos reaccionarios y esos casos extremos lamentablemente también se encuentran en muchos países del más civilizado occidente” comenta Lazarescu. Su afirmación hace eco a varios llamados de atención formales que la Comisión Europea ha hecho a países como Francia, al que acusa de tratos discriminatorios tanto con sus propios gitanos como con los romaníes inmigrados de Rumania y Hungría, quienes como ciudadanos europeos tienen legalmente los mismos derechos que los nacionales.


De esclavos a víctimas de la discriminación

La presencia de las comunidades romaníes en Rumania data al menos del siglo XV, cuando gracias al apoyo de la Iglesia ortodoxa se establecieran las “robias”, grupos de trabajadores gitanos a medio camino entre la servidumbre feudal y la esclavitud que podían ser vendidos o intercambiados entre los terratenientes. Conforme continuaban su migración hacia el oeste, los romaníes fueron sistemáticamente condenados a las galeras en Francia y enfrentaron en España leyes que prohibían el matrimonio entre miembros de la etnia con el fin de “purificarla”.

Aunque la esclavitud fue formalmente abolida en Rumania en 1850, la facilidad con la que los gitanos fueron entregados a los nazis prueba que tanto la discriminación como las dificultades para organizarse políticamente seguían vigentes en el siglo xx. El porajmos, como ellos mismos denominan al genocidio, costó la vida a la cuarta parte de los gitanos de Europa, un porcentaje incluso mayor que el de los judíos masacrados durante la Shoah. El gobierno rumano no reconoció hasta el 2006 la participación activa de las autoridades nacionales en el proceso de deportación y exterminación.

Hoy en día, los romaníes constituyen entre el 15 y el 20 % de la población rumana y aún son víctimas de discriminaciones que van desde el rechazo a la hora de tomar un taxi, subir a un bus o sentarse a comer en un restaurante hasta la imposibilidad de encontrar un trabajo estable en un país en el que los oficios manuales han ido desapareciendo y que explica en parte el crecimiento de la emigración romaní hacia Europa Occidental en los últimos años. Repetidamente se han reportado casos de escuelas que se niegan a admitir niños romaníes por temor de que los padres de los rumanos étnicos retiren a sus propios hijos de las clases.

Para Andrei Gorzo, colaborador del semanario Dilema Veche y coautor de un ensayo en el que cataloga Aferim! como la mejor película en lo que va de la década “Jude y sus colaboradores fueron más allá del racismo cotidiano que se expresa en los insultos constantes a los gitanos, para explorar un racismo estructural” y lograron representar “un sistema económico y social basado en una cruel forma de violencia y explotación”.

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