Foto: Jason Kempin / AFP.

Crisis de identidad: de '¿Quieres ser John Malkovich?' a 'Anomalisa'

Anomalisa es el segundo intento como director de uno de los guionistas más arriesgados del cine contemporáneo. La película ganó en la Mostra de Venecia el año pasado y es candidata en la categoría de animación en la edición de los Óscar, este 28 de febrero.

2016/02/28

Por Janina Pérez Arias* San Sebastián

Charlie Kaufman escribió en seis meses ¿Quieres ser John Malkovich? Era 1999 y Kaufman se ganaba la vida como guionista de comedias como The Edge o Get a Life. Charles Stuart Kaufman había nacido en Nueva York, en 1958, en una familia judía. Era un hombre tímido, acostumbrado a la soledad de la escritura. Cuando la película, dirigida por Spike Jonze, se estrenó en la Mostra de Venecia, ni siquiera fue invitado a las pompas oficiales. A él, de todos modos, poco le importó.

De repente su nombre comenzó a repetirse en circuitos internacionales. Kaufman se mostraba escurridizo con la prensa. Evadía entrevistas, no quería que lo fotografiaran, y pocos conocían su rostro en el mundo del entretenimiento, a menos que se tratara del director Spike Jonze, de la actriz Cameron Díaz, o de John Malkovich.

¿Quieres ser John Malkovich? significaría el paso definitivo al cine tanto para Kaufman como para Spike Jonze. “Original, arriesgada, rara, surrealista, desbordante”, aunque también “petulante”, se aventuraron a adjetivar algunos críticos de medios de peso sobre esta hilarante película protagonizada por John Cusack, Cameron Díaz, Catherine Keener y el mismo Malkovich (“el mejor actor del siglo XX”, tal como se lo elogia en la cinta).

Lo kaufmanesque de Kaufman

En septiembre pasado, en el Festival de San Sebastián, Kaufman presentó Anomalisa, su segunda película como director tras Synecdoche, New York. Barbado, con pelo largo y desordenado, mira atentamente a su interlocutor detrás de sus lentes. Con casi 60 años –que no aparenta–, se sienta parsimonioso en una mesa redonda demasiado grande para los que la presiden y, sin dejar de sonreír, da la sensación de que se siente a gusto.

Al escarbar en el pasado de Kaufman, se descubre a un muchacho apasionado por el teatro y el cine. A un adolescente fascinado por la actuación y, después, a un estudiante de Cine en la Universidad de Nueva York. En los inicios de la adultez, mientras seguía creando historias, monólogos y sketches, pasó por el periodismo, así como por un call center. En los albores de la década de los noventa, decidido a hacerse camino en la televisión, aterrizó en Los Ángeles en donde comenzó a escribir para otros (o más bien, tal como lo ha dicho, “con voz de otros”).

A Kaufman lo mueven las historias que hablan de la búsqueda y de la crisis de identidad. Suele apelar a estructuras complejas, pero su narración fluye en un tono cotidiano que da la sensación de proximidad. Es un experto en contar historias con una ligereza engañosa, y por eso los críticos han bautizado como kaufmanesque a un estilo tragicómico algo oscuro.

“Existen temas que me interesan, y hay otros que creo sería divertido explorar”, se toma su tiempo para reflexionar. “Cuando pienso en mi trabajo, tal vez haya cosas que la gente puede identificar como mías, pero no lo digo yo. Al escribir siento que me puedo alejar del naturalismo porque me divierte y muchas veces me gustaría ver eso en otras películas. Tal vez por ese hecho he creado una especie de personalidad consistente en mi trabajo, pero no ha sido intencional”.

Sus personajes son por lo general antihéroes, personas que se enfrentan a fracasos, a miserias variopintas, a la soledad, a crisis de todo tipo. Son caracteres con los que tal vez se simpatiza de inmediato pues nos acercan al infortunio con cierta ironía de por medio, como si en últimas se tratara de señalar cuán humanos somos todos, así algunos se crean superiores a otros.

La complejidad de sus historias es inversamente proporcional a lo que Kaufman está dispuesto a hablar sobre ellas. De nada vale insistir o reformular una pregunta, porque siempre reiterará, cortésmente, que no se espere de él ninguna explicación.

“Muchos filmes fueron diseñados para que tengan una sola reacción del público –argumenta–, pero yo más bien intento permitirle a la gente que interactúe con mis historias. Sería muy autoritario de mi parte si me pusiera a decir de lo que en realidad se tratan o del significado que tienen para mí”.

Sobre su proceso de escritura tampoco está dispuesto a dar muchas pistas. Sonríe cuando escucha la palabra “inspiración”, pues asegura no tener mucha. “La mayor parte del tiempo lo que hago es sentarme y empezar a preocuparme por no tenerla –se permite bromear–, y con frecuencia no logro escribir nada”.

Los cómplices de Kaufman

Cuenta la leyenda que después de tanto peregrinar, Charlie Kaufman le envió el manuscrito de Being John Malkovich a Francis Ford Coppola. El director de Apocalypse Now se lo dio a leer a Spike Jonze, su yerno en aquel entonces, director de decenas de videos musicales de grupos claves de la escena alternativa de los años ochenta y noventa como Sonic Youth o Breeders.

“Nunca he escrito para nadie”, ha dicho Charlie Kaufman en varias oportunidades refiriéndose específicamente a su trabajo cinematográfico, pero no deja de reconocer que en el paso a la gran pantalla, se encontró con dos realizadores que estaban en su misma línea de pensamiento, y que se convirtieron en sus cómplices: Spike Jonze y el francés Michel Gondry. “Mis colaboraciones con Jonze y Gondry fueron muy reales, se caracterizaron por ser procesos de colaboración, los respeto y ellos a mí”, rememora.

La última vez que se repitió la dupla Jonze-Kaufman fue en 2002 con Adaptation (Nicolas Cage, Meryl Streep, Chris Cooper), la historia de los escritores gemelos originada en una experiencia personal. Y en dos oportunidades se juntó con Gondry: en Human Nature (2001, con Tim Robbins y Patricia Arquette) y Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (2004, protagonizada por Kate Winslet y Jim Carrey), una historia sobre el amor, la [pérdida de la] memoria con la que ganó el Premio Óscar al mejor guion original.

Todos estos fueron proyectos que le proporcionarían reconocimientos, pero ante todo le darían la completa y absoluta certeza de que quería tomar la batuta para contar sus propias historias. “Definitivamente dirigir me da más control sobre todo el proceso”, admite quizá pensando en lo poco que le satisfizo el resultado de Confesiones de una mente peligrosa (el debut como director de George Clooney, 2002), “además me gusta mucho el trabajo de dirección, lo disfruto plenamente. Escribir es un proceso muy difícil, pero sobre todo solitario, que requiere una enorme autodisciplina, y eso representa un gran esfuerzo. De la dirección, me gusta el trabajo con los actores y el aspecto social que implica, porque es un cambio a mi rutina como escritor, lo cual agradezco mucho”.

La primera vez que se aventuró a la realización total (guion, dirección y producción) fue con Synecdoche, New York (2008, con Philip Seymour Hoffman y Catherine Keener), cinta en la que se palpa el kaufmanesque más puro.

La historia se centra en el atormentado Caden Cotard (Seymour Hoffman), un director de teatro que en medio de una crisis personal emprende un ambicioso proyecto teatral, que incluye la construcción de una réplica de Nueva York dentro de un almacén.

Con una estructura poco convencional, debido a los diferentes hilos dramáticos, las simbologías y las metáforas que tejen la historia, este debut en la dirección fue amado por gran parte de la crítica, pero resultó un rotundo fracaso de taquilla. Es innegable que fue un duro golpe para Kaufman.

De ahí en adelante hubo cancelaciones de proyectos, algunos rechazos pues sus historias no dejaban de ser consideradas excéntricas. Pero Kaufman nunca abandonó la escritura ni la idea de volver a la dirección. Poco le ha valido su estatus de guionista icónico, pues jamás se ha doblegado a los valores de la industria de Hollywood.

Con Anomalisa (codirigida con Duke Johnson, experto en animación), su séptimo guion para el cine y segundo intento como director, tampoco se había hecho muchas ilusiones, y aunque razones le sobraban, esta vez se equivocó.

Anomalisa se centra en Michael Stone (David Thewlis), un experto en atención al cliente, depresivo por demás, cuya incapacidad de conectar con sus prójimos le hace percibir en todas las personas la misma voz (la de Tom Noonan), hasta que conoce a Lisa (Jennifer Jason Leigh), en quien logra distinguir una voz diferente a los demás.

Originalmente, Francis Fregoli (seudónimo de Kaufman) la escribió en 2005 como obra de teatro sonoro para el Theater of the New Ear (liderado por el compositor Carter Burwell). En su segunda vida, Anomalisa sería en stop motion, “la opción perfecta”, admite quien era un completo iletrado en el campo de la animación, hasta que su antiguo amigo y colega Dino Stamatopoulos (uno de los propietarios de Starburns Industries, productora especialista en animación) logró convencerlo para llevarla a la gran pantalla.

“Muchos de los temas e ideas que tuvimos con Duke están expresados en esa desconexión entre lo animado y lo real –dice Kaufman–, es de ensueño ver los sentimientos que pueden surgir viendo a los muñecos, es algo surreal”.

El camino fue largo para poder concluir esta meticulosa y original producción. “En realidad ni sabíamos si algún día vería la luz, ni mucho menos si lo terminaríamos porque se nos acabó el dinero más de una vez. Fue una pesadilla”, sentencia.

La película terminó por financiarse a través de crowdfounding. Anomalisa viene a ser, además, uno de los claros ejemplos de lo que significa hoy en día hacer cine independiente: atreverse a jugar con reglas muy diferentes a las de antaño, porque ya no se va, de puerta en puerta, a los grandes estudios a presentar proyectos para obtener recursos.

El trabajo a cuatro manos representó una gran enseñanza para Kaufman, quien confiesa que Johnson fue su guía en esta aventura: “Hablamos mucho sobre aspectos que nos interesaban, y obviamente él era el que tenía la experiencia práctica para implementar las ideas que iban surgiendo”.

Como un torrente, Kaufman ahonda en la gran importancia que le dieron a cada uno de los detalles, “y más tratándose de una pequeña historia, así que para hacerla relevante, queríamos que los movimientos y expresiones de los muñecos fueran muy delicados”. A pesar de los tres años que se prolongó la realización, aún se siente maravillado de lo que significa trabajar con figuras de apenas 30 centímetros de alto.

Desde que ganó el Gran Premio del Jurado en la Mostra de Venecia de 2015 (a donde esta vez sí lo invitaron), Anomalisa está figurando en listas de superlativos, así como en nominaciones a relevantes premios (incluido el Óscar); y además de haber sido catalogada “obra de arte”, ha pasado a engrosar el catálogo de adquisiciones de un estudio de postín, Paramount Pictures. Toda una sorpresa para el dúo Kaufman-Johnson.

En estos 16 años que separan Being John Malkovich de Anomalisa, definitivamente es un buen momento para recordar que, como pocos, Charlie Kaufman sigue siendo un realizador auténtico y arriesgado. Solo cabe preguntarse si de una vez por todas se le dará el valor que realmente se merece.

*Periodista venezolana

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