El cine experimental de Luis Ernesto Arocha

Una invitación de Enrique Grau a Nueva York en 1964 lo introdujo al cine experimental de Andy Warhol y Stan Brakhage. Desde entonces, el barranquillero se ha dedicado a hacer películas y pronto estrenará una en la que Van Helsing conoce a Drácula en el Carnaval de Barranquilla. Perfil.

2015/12/11

Por Christopher Tibble* Barranquilla

"¡Qué belleza! —dice Luis Ernesto Arocha, sus ojos de frente al cielo—: tú sabes, yo vivo maravillado con todo esto”. El sol apenas empieza a descolgarse sobre las playas del Hotel Pradomar, en Puerto Colombia, donde una veintena de personas vestida de celebración baila y canta y come a orillas del mar. Mientras tanto, tendido sobre un mueble de mampostería, el cineasta experimental más prolífico del país parece sumido en un estupor general. Por momentos se percata de mi presencia y suelta una frase. Pero luego calla y cierra los ojos. Su cuerpo de 83 años, inmóvil, como ausente. Entre sus cortas locuciones se queda aletargado hasta que un conocido pasa y lo saluda, suscitando una pequeña reacción que no tarda en apagarse. “Hace un año y medio empecé a sufrir de vértigo. Es terrible. Por eso aprieto tanto los ojos”, me dice.

Las pocas nubes, de repente arreboladas, avisan el final de la tarde. Pero Luis Ernesto no se inmuta. No tiene que regresar a Barranquilla. Su residencia, me explica, queda a pocas cuadras, en la casa de unos de sus cinco ahijados, a unos minutos en moto-taxi. Allí vive desde hace un año. Hay niños. También perros, incluido uno que rescató en un basurero. “Hace mucho no estaba así de contento”, dice. Por las noches pasan en televisión una serie sobre alienígenas, una de sus favoritas. Anoche, por alguna razón, el canal transmitió un documental sobre Jesús. “Pero, ¿sabes?, me gustó —ríe antes de volver a su habitual silencio—: yo soy muy espiritual. Rezo todas las mañanas. ¿A qué? Al azar. Para mí el azar es una entidad. Mi cine también existe en función del azar”.

La pasión y muerte de Marguerite Gautier (1964)
Fotograma deLa pasión y muerte de Marguerite Gautier (1964)

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Hace seis meses, Luis Ernesto terminó de editar El extraño caso del vampiro vegetariano, una película de 30 minutos protagonizada por Carlos Serrato y Germán Quintero. La cinta, codirigida con David Covo, sigue las andanzas de un Drácula temeroso que solo se alimenta de las flores de los cementerios. Durante el Carnaval de Barranquilla, mientras busca una víctima para saciar el hambre de su madre, el vampiro se topa con Van Helsing, quien se encuentra en la ciudad asistiendo a un congreso de psiquiatría. Los dos personajes creados por Bram Stoker entablan amistad y se encierran en un baño a fumar marihuana y a oler cocaína.

—Me interesa tu caso, es complejo, pero empezaremos por analizar tus sueños —dice Van Helsing.

—Los vampiros no soñamos: esa es nuestra maldición. Dentro de nuestros ataúdes dormimos despiertos. Es de eso que quiero escapar, yo quiero soñar, quiero ser humano —responde Drácula.

—El proceso podría ser doloroso. Por lo que vi, el señor de Saturno es el regente de la ceremonia, y Saturno es el planeta del dolor y del conflicto. Además, perderías la inmortalidad.

—¿Y para qué quiero la inmortalidad, si no puedo soñar? Quiero ser humano, quiero soñar… aunque me muera.

El extraño caso del vampiro vegetariano, hoy en posproducción, parece una anomalía en la hoja de vida de Arocha. La película no solo marca un nuevo rumbo en su cine, que siempre había oscilado entre el corto experimental y el documental, sino que se trata del primer guion largo que logra filmar en décadas. “El estímulo que nos dio el Fondo para el Desarrollo Cinematográfico en 2012 no estaba contemplado entre los premios regulares —dice Covo—: fue un homenaje a la vida y obra de Luis Ernesto”. El reconocimiento, además, corresponde a un lustro en el que su trabajo ha empezado a ser reevaluado. El año pasado la Fundación de Patrimonio Fílmico le rindió tributo y este año la galería bogotana Instituto de Visión lo acogió como uno de sus artistas y el Festival de Cine de Barranquilla homenajeó su carrera.

“El maestro Arocha es pionero en muchos campos, por ejemplo, en el uso de herramientas cinematográficas en lo conceptual, o el uso del stop motion en piezas de arte plástico. También fue un cronista de su tiempo, y su obra registra el transcurro del arte desde la modernidad hasta ahora. Queremos que su trabajo sea reconocido local e internacionalmente”, afirma Beatriz López, del Instituto de Visión. Pero entre todos los homenajes recientes, ninguno pesa tanto como El extraño caso del vampiro vegetariano, pues se trata del remake del tercer corto de Luis Ernesto, Motherlove, grabado en los años sesenta. Una reedición que, además, carga una connotación nostálgica: entre mudanzas y viajes, casi todas las películas que filmó durante esa primera época, incluida Motherlove, han desaparecido.

La ópera del mondongo (1973)
Fotograma de La ópera del mondongo(1973)

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Luis Ernesto conoció el cine de niño. Su abuelo había construido el Teatro Apolo, en Barranquilla, y toda la familia tenía pases para ir a ver las películas. “Que me acuerde, la primera que vi fue El ladrón de Bagdad, buenísima, inglesa, en tecnicolor, una de las pioneras en el uso de efectos especiales”, afirma. En su casa había un proyector de 35 milímetros y una bodega con latas de cine mudo, a la fecha su cine favorito. Las comedias de Chaplin, Buster Keaton y los hermanos Marx, así como algunos clásicos de la época, lo impactaron de joven: “Cuando vi las películas de D.W. Griffith, en especial El nacimiento de una nación, sentí que estaba viendo cómo se inventó el cine. Pues Griffith inventó casi todo”.

Luego de terminar el colegio, Luis Ernesto viajó a Milwaukee, Wisconsin, donde vivía su hermano, a estudiar Ingeniería Química. Al poco tiempo se desencantó de la carrera e, inspirado en el edificio de Johnson Wax que había construido Frank Lloyd Wright, en Racine, cerca de Chicago, cogió rumbo a Nueva Orleans, a la Universidad de Tulane, y decidió convertirse en arquitecto. Allí, su relación con el cine se profundizó, gracias a los ciclos de cine mudo que proyectaba el museo de la ciudad. Pero el encuentro definitivo, el que lo impulsó a dejar la Arquitectura y convertirse en cineasta, ocurrió cuando en 1964, después de haber trabajado un tiempo en Barranquilla, visitó al pintor Enrique Grau en Nueva York y entró en contacto con las películas de Andy Warhol, Stan Brakhage y Kenneth Anger.

En ese entonces, Nueva York protagonizaba el renacimiento del cine experimental, que había nacido en los años veinte de la mano de surrealistas y dadaístas franceses como Jean Cocteau, Man Ray y Marcel Duchamp. Al igual que en esa época, una nueva generación iconoclasta buscaba desentenderse de las fórmulas narrativas convencionales para crear un cine en el que primara la estética y la exploración de un mensaje personal. De nuevo, los artistas se habían puesto en la tarea de rayar, quemar y colorear el celuloide, entre otras técnicas, para crear experiencias crudas y desafiantes. “Me gustó muchísimo —recuerda Luis Ernesto—, porque era hecho por personas como uno, que no habían estudiado cine, era muy espontáneo. Todo ese verano lo pasamos viendo cintas experimentales que pasaban a escondidas en galerías porque la policía las perseguía”.

Poco después, avivado por la experiencia, consiguió una Yashica de 8 milímetros con zoom eléctrico, y llamó a Grau: “Compré la cámara, cómprate la peluca para filmar a la Garbo”. Así, entre los dos grabaron el corto La pasión y muerte de Marguerite Gautier, en el que el artista se vestía como Greta Garbo y recreaba la escena de muerte de La dama de las camelias (1937). En Estados Unidos, Luis Ernesto realizó otras comedias, como Motherlove, antes de instalarse en Bogotá, donde enseñó Arquitectura en la Universidad Nacional y entró en contacto con los artistas del momento. “La capital era pequeña, todo ocurría en la séptima, en el centro, uno se reunía en el café El Cisne. Mi formación como cineasta viene de esos años en Bogotá. Con el cineasta Diego León Giraldo hice cuñas, cine comercial, documentales, aunque también trabajé con Cepeda Samudio en el Noticiero del Caribe”.

Entre los cortos y documentales de esa época, Arocha creó dos pequeñas joyas experimentales: Las ventanas de Salcedo (1966), inspirada en la obra del artista conceptual Bernardo Salcedo, y Azilef (1971), una extraña ópera espacial de ocho minutos en la que convirtió el estudio de la escultora Feliza Bursztyn en un planeta donde retazos de máquinas de escribir circulan como satélites. La fama, sin embargo, le llegó vía el documental con La ópera del mondongo (1973), una pieza que a modo de noticiero examina desde el humor las dinámicas sociales del Carnaval de Barranquilla.

Las ventanas de salcedo (1966)
Fotograma deLas ventanas de Salcedo(1966)

Estas tres piezas fueron restauradas en los años noventa gracias a los esfuerzos de la entonces directora de la Cinemateca del Caribe, la cineasta Sara Harb. “Las encontramos por ahí guardadas entre los archivos de un amigo suyo. Lo que pasa es que Luis Ernesto está más allá del bien y del mal —dice Harb—: tiene una práctica espiritual con el desapego, y los reconocimientos no le interesan. Él hace cine por vivir ese momento, pero no se preocupa por quedarse ahí. Cuando lo conocí en 1989, entré a su casa y me encontré que en el balcón había amarrado un palo de maracuyá, ¡con los rollos de sus películas!”.

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Nos volvemos a encontrar en la entrada del Hotel Pradomar. Luis Ernesto viste la misma ropa de ayer y se vuelve a estirar sobre el mismo mueble de mampostería. Su silencio persiste. También su distancia. A los pocos minutos se levanta y a un paso lentísimo se dirige hacía el taxi que se encuentra en el parqueadero: “Te voy a mostrar algunas de las casas que construí”. A finales de los años setenta, después de la muerte de su madre, Luis Ernesto compró una casa en Puerto Colombia y se dedicó, durante las siguientes tres décadas, a diseñar y hacer viviendas. Siguió vinculado al cine, sobre todo escribiendo guiones de aventuras que trabajaba cuando un sentimiento de fatiga extrema se apoderaba de su cuerpo y lo obligaba a permanecer postrado en su cama. También, desde entonces, hace unas lámparas de resina inspiradas en la naturaleza.

“Quiero que me invites a un café en Juan Valdez”, me dice hacia el final de la tarde. En el taxi de regreso a Barranquilla, Luis Ernesto se empieza a emocionar hablando de los guiones que ha escrito y que, en más de una ocasión, han sido rechazados en las convocatorias de estímulos por ser “demasiado extraños”. Uno, que tardó décadas en terminar, reúne una plétora de referencias dispares: clones de Hitler, islas volcánicas, el arca de Noé, espías en Santa Marta y el Canal de Panamá. Otro, más sencillo, cuenta la historia de un hotel durante el Bogotazo.

En el café, Luis Ernesto engulle en silencio un ponqué de agraz y un capuchino. Cuando acaba, vuelve a hablar de cine. Confiesa que su película colombiana favorita es La gente de la Universal, de Felipe Aljure, y que también le agradan las de Víctor Gaviria. El boom de ahorita lo tiene sin cuidado. “La tierra y la sombra se me hizo una lata, al igual que El abrazo de la serpiente, una película muy pretenciosa”. Le pregunto si le hubiera gustado tener más reconocimiento. “Claro —responde de inmediato—, así hubiera podido hacer mucho más. Pero acá no les interesa la comedia ni la imaginación. Solo la cotidianidad y la tragedia”.

Luego, a unas cuadras, se baja de otro taxi. Camina despacio y sube unos escalones, apoyándose en la pared mientras se acerca a la entrada de una caja de compensación social, donde queda la Cinemateca del Caribe. “¿Qué vas a ver?”, le había preguntado segundos antes. “No sé —había reído—: lo que haya”.

El taxista da reversa y desaparece antes de que Luis Ernesto entre al edificio.

Azilef (1971)
Fotograma deAzilef (1971)

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