In the crosswind, ópera prima del estonio Martin Heide.

Contra la guerra

En Grecia, en uno de los festivales europeos de la temporada, los aires parecen renovarse y varias de las películas incluidas en la muestra tienen mucho que decirles a los países que padecen la guerra, como Colombia.

2014/11/19

Por Hugo Chaparro Valderrama*

 

Los programadores del festival de cine de Tesalónica fueron infalibles de nuevo para demostrar su interés por un cine que reveló, desde el 31 de octubre hasta el 9 de noviembre, que la educación puede ser un antídoto contra la guerra –aunque ciertas escuelas parezcan campos de batalla.

La fragilidad del ser humano que aprende a conocer el mundo es comparable a la imagen de una gacela que corre en silencio por el desierto, hasta que oímos las voces de sus cazadores diciendo que solo quieren asustarla, disparándole como si jugaran con ella. La primera imagen de Timbuctú, dirigida por el mauritano Abderrahmane Sissako, es otra evidencia acerca de cómo la arrogancia de las armas vulnera la gracia de la belleza en movimiento. Cuando comprendemos la situación y la imagen de la gacela se abre con un plano general donde vemos a los asesinos que la persiguen, sabemos que la película es otra historia contemporánea sobre la barbarie.

El siguiente plano de Timbuctú muestra unas tallas en madera que son destrozadas con la ira implacable y caprichosa de los balazos. El transcurso de la historia nos enseña que los asesinos son paramilitares disfrazados de teóricos religiosos, imponiendo leyes tan absurdas al pueblo que dominan como obligar a las mujeres a que usen guantes de lana mientras venden pescado y a que se prohíban la música y el deporte –filmando Sissako un partido de fútbol en el que se describe otro tipo de belleza en movimiento cuando los muchachos juegan con un balón invisible, celebrando los goles fantasmagóricos que su fantasía les permite festejar.



Los extremos de la guerra y la educación demostraron en Tesalónica el carácter vigilante del cine para atestiguar el miedo y el caos –contemporáneo o pasado: hay que exhibir con urgencia el milagro excepcional de aquello que se define como una obra maestra, filmada con una elegancia formal inédita en la pantalla, In the Crosswind, ópera prima del estonio Marti Heide, que ya tiene un lugar en la historia del cine a través de su relato, basado en cartas de las víctimas, sobre el nazismo de Stalin cuando envió a la muerte en Siberia, a principios de los años cuarenta, a cerca de 600.000 personas originarias de Latvia, Lituania y Estonia, por considerarlas “elementos antisoviéticos”.

Cuando la guerra amenaza, el interés por la educación se enfatiza. Es una forma de prevenir a otras generaciones para que no se exterminen, aunque los estudiantes puedan ser tan confusos, violentos o desesperados como los protagonistas de La lección, dirigida por Kristina Grozeva y Petar Valchanov, acerca de la ética del ser humano vista en el salón de clases de un pueblo de Bélgica, o como los chicos de una historia no menos pedagógica y desconcertante como The Correction Class, de otro director debutante, Iván Tverdovsky, sabiamente precoz a sus 25 años de edad para describir los traumatismos que padecen los personajes doblegados ante la enfermedad, aislados del resto de la escuela, imponiéndoles sus directivas la diferencia del monstruo.

El derecho a la educación asumido sin fatiga por Malala Yousafzai, se replica en estas películas a favor del aprendizaje y el conocimiento; en contra de la guerra y del olvido que nos condenaría a la ignorancia. Las 200 niñas secuestradas en mayo de este año por los fundamentalistas islámicos de Boko Haram en Nigeria son evocadas por el espectador durante la proyección de Difret, realizada por otro director debutante, el etíope Zeresenay Berhane Mehari. La palabra “difret”, explica el catálogo de Tesalónica, tiene dos significados paradójicos en etíope: “valiente” y “violada”. La historia de Difret, que sucede en un pueblo a tres horas de Addis Abeba, es protagonizada por Hirut, una chica de 14 años de edad, enfrentada a la barbarie que les permite a los hombres secuestrar niñas, violarlas y casarse con ellas.



El cine como un arte que presenta sus historias masivamente, comunicándose con el público alrededor del mundo, representa de una manera elocuente a su época, otorgándoles una dinámica especial a las ideas y al movimiento que define sus imágenes en la conciencia del espectador. En su edición 55, el Festival de Tesalónica fue, una vez más, el lugar donde se exhibió el rastro del cine que permanece; un cine interesado en renovar la forma de sus narraciones y en dialogar con el público acerca de las virtudes y las miserias humanas.

Los tributos que organizó el festival a directores arriesgados como Kornél Mundruczó, Roy Anderson y Ramin Bahrani, además del homenaje a la actriz Hanna Schygulla, mitificada por Rainer Werner Fassbinder en una larga filmografía, ofrecieron una perspectiva novedosa sobre el testimonio íntimo de otro tipo de guerras, las guerras emocionales, que a nivel masivo y catastrófico se expresan con la manifestación neurótica de la muerte generalizada. Un equilibrio precario donde las certezas son nulas y permiten que un director como Anderson –tan mordaz como Jonathan Swift y surrealista como Luis Buñuel–, presente en su película Songs from the Second Floor (2000), una convención de vendedores de crucifijos en la que de repente se zafa el clavo de la mano de un Cristo para balancearse como si fuera un símbolo deteriorado del sacrificio, exclamando uno de los comerciantes hacia el final de la película, mientras tira a un basurero los Cristos que no pudo vender: “¡A quién le puede interesar un perdedor crucificado!”. Dicho de otra manera, en otra dimensión de la narración cinematográfica, mucho más tradicional, pero no menos fascinante por el repertorio de personajes excepcionales como el que enseña el turco Kutlug Ataman en The Lamb, cuando uno de sus protagonistas, al que le sirven carne de cordero pero lo engañan con humor monstruoso diciéndole cuando termina de comer que en realidad almorzó carne de niño, asegura sobresaltado, empeorando la situación: “La gente civilizada se puede matar entre sí, ¡pero no se puede comer entre sí!”.

Año tras año, Tesalónica presenta de esta manera un repertorio que estimula la inteligencia del público y le enseña el rumbo de directores situados al margen de las manipulaciones que ofrece el mercado.

Lea también:

¿El cine antioqueño superará el tema de la violencia?

Galería: La Violencia desde el arte.



Este contenido hace parte de la edición impresa. Para leerlo, debe iniciar sesión:

Revista Arcadia anuncia a sus lectores que nuestra versión impresa comenzará a pedirles que se registren en nuestra página web.

Queremos conocerlo un poco,
cuéntenos acerca de usted:

Maria,

Gracias por registrarse en ARCADIA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com