Julian Assange

De héroes, ladrones y nerds

El documental sobre el creador de WikiLeaks recientemente estrenado en Estados Unidos ha causado polémica. Deja muy mal parado a Julian Assange por haber pedido un millón de dólares por conceder una entrevista. El director se negó, y el resultado, si bien es un thriller trepidante, ha sido criticado por su postura moralista. Algunos creen que fue una revancha...

2013/07/18

Por Joaquín Botero. Nueva York

No hay documentalista activo en el mundo más trabajador, consistente y con la cámara mejor situada frente a temas y personajes de interés coyuntural que Alex Gibney. Con un Oscar en su currículum por Taxi to the Dark Side sobre la guerra en Irak, el nativo de Manhattan ha desenmarañado asuntos como el fraude corporativo de Enron, la corrupción de los lobistas en Washington y la caída del célebre gobernador de Nueva York Eliot Spitzer por un escándalo de prostitución.

 

En We Steal Secrets: The Story of WikiLeaks (trailer abajo), Gibney profundiza en el ascenso de la página web que en nombre de la transparencia ha revelado secretos de Estado. El documental describe los roles de los principales involucrados: Julian Assange, hacker reformado que se volvió activista; Brad-ley Manning, el soldado de la Armada, analista de sistemas, que le entregó a Assange miles de documentos secretos del gobierno que juró defender, y además, Adrian Lamo, el hacker con síndrome de Asperger que puso en contacto a los dos anteriores y luego denunció a Manning. Tres tipos medio genios, medio antisociales, que protagonizan uno de los dramas mediáticos más interesantes de los últimos años, y uno que no ha acabado debido a los líos legales que enfrentan.


Otra docena de personajes complementan los testimonios de este thriller de espionaje tecnológico de la vida real. El director narra lo mínimo con neutralidad y claridad. Su primera persona no va más allá de decir: “Intenté que Assange participara en este filme, pero no llegamos a un acuerdo por sus peticiones económicas”.

La frase “Nosotros robamos secretos” es dicha por el general retirado Michael Hayden, exdirector de la CIA, cuando explica cómo las actividades del gobierno que envuelven secretos, a su vez requieren secretismo. Pero una cosa ocurre cuando entre países y corporaciones se roban información y cómo negocian con las consecuencias si son descubiertos, y otra, cuando un individuo o un activista lo hacen. De boca de los analistas de Fox brotan las palabras “terrorista”, “conspirador”. De una manera se ha criticado a Assange por la información que consiguió, y de otra, a los medios importantes como The New York Times y The Guardian que sirvieron a WikiLeaks para amplificar las revelaciones. A Manning ahora se le sigue una corte marcial por filtrar los archivos, pero no se ha procesado a sus superiores que descuidaron sus bases de datos. El Pentágono argumenta que las revelaciones ponen en peligro la vida de estadounidenses. Un periodista observa: “La sangre especulativa se volvió peor que la sangre real”.


Héroes para unos y villanos para otros, el documental los presenta como individuos más multifacéticos que el nuevo Supermán. Assange tuvo una vida familiar con muchas mudanzas y desde la adolescencia encontró oficio escudriñando computadores ajenos. Más compleja la historia de Manning que se alistó a la Marina para enfrentar u ocultar su conflicto de identidad de género y la soledad de la vida de nerd. Su falta de destrezas para la acción bélica fue ignorada en tanto sirviera para analizar información. En sus chats confesaba sentirse como una mujer dentro del cuerpo de un hombre. Manning filtró el video de un operativo en el que desde un helicóptero se mataron civiles, incluidos un par de reporteros, mientras se escuchaba a los soldados comentar el asunto como si se tratara de videojuegos. ¿Qué buscaba Manning con su acción? ¿Denunciar los pecados de su gobierno o protagonismo, gritarle al mundo que existía?

El declive

Tras verse envuelto en una demanda de violación de dos mujeres en Suecia, Assange, el superhéroe defensor de la transparencia, se volvió extrañamente mudo. Para los analistas de las teorías de la conspiración resultó muy extraño que en pleno auge de WikiLeaks se viera envuelto en un lío sexual con consecuencias penales. Pero el documental revela un secreto que es mejor contar: como personaje bíblico, Assange reparte su simiente: tiene cuatro hijos con cuatro mujeres. Las dos suecas que aceptaron tener relaciones se quejaron de que se quitó el condón o lo rompió durante el acto. Le pidieron que se realizara una prueba del VIH, algo que no hizo. Por eso lo denunciaron. Él terminó por refugiarse en la Embajada de Ecuador en Londres porque decía temer que Suecia lo extraditara a Estados Unidos, país que no lo ha requerido. El lío personal descarriló la carrera de la estrella de rock del activismo. El perseguidor se convirtió en perseguido. El que quería que los gobiernos respondieran por sus actos se convirtió en el que no responde ante la ley ni los medios.

Y sigue la debacle para el hombre con pinta de villano intelectual: con los meses, algunos de sus benefactores y lugartenientes en WikiLeaks le han dado la espalda, aterrados por su manejo del caché de documentos todavía sin publicar como si fuera un botín para negociar su rescate. Y sobre todo, por no querer dar la cara a las autoridades suecas.

Nadie sabe para quién trabaja. Muchas de las imágenes que muestran a Assange antes de su reclusión parecen filmadas por gente muy cercana pues se nota la familiaridad con la que habla a la cámara. Viaja en tren alrededor de Europa, desempaca sus valijas o se queja de agotamiento. Se deduce que algunos de sus exaliados encontraron uso a los registros que a la larga sirvieron para retratar desfavorablemente al que intentaba protagonizar su propio reality show.

Hoy por hoy el rumbo de los personajes parece impredecible y complicado. El filme evidencia una paradoja: cuando denunciar las matanzas se considera peor que ejecutarlas. La aparición de Edward Snowden, el exempleado de la CIA que recientemente denunció el espionaje del gobierno a millones de usuarios de computador, va camino de convertirse en un nuevo y taquillero capítulo de esta serie sobre la incómoda frontera entre información privada y pública.

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