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Divas de despedida

El cine condena a los actores y actrices a ser siempre jóvenes, pero el tiempo es implacable enemigo. Este mes llegan a los 80 años de vida dos de las sex symbols más deseadas de este arte.

2014/09/23

Por Juan Carlos González A.* Medellín

 

En 1978, Billy Wilder (¿quién más?) dirigió una película llamada Fedora, sobre una diva del Hollywood clásico enclaustrada en una isla griega, acorralada ahí por su avanzada edad que la ha convertido en una reliquia viva del pasado y en una fuente de curiosidad para la prensa. Con Fedora, Wilder estaba haciendo una metáfora sobre el cine que él representaba –caduco para los estándares del Nuevo Hollywood–, pero a la vez estaba siendo solidario con el triste destino de las actrices en el otoño de sus vidas, condenadas a mirarse en un espejo cruel, representado por las películas que hicieron en su juventud, en cuyo reflejo serán siempre hermosas y deseables.

Algo similar sigue pasando actualmente. Las muy longevas actrices del pasado se debaten entre la imagen que dejaron en la retina del público hace cinco o seis décadas, y los rezagos de una edad que suele ser muy poco benévola con ellas. Por eso prefieren salir de la luz pública y dedicarse a sus familias y a sus asuntos privados, lo más lejos posible de luminarias y paparazzis. Lauren Bacall estaba a punto de cumplir 90 años cuando falleció el pasado 12 de agosto. Ella se labró una carrera independiente de la de su marido, el gran Humphrey Bogart, pero es innegable que las cuatro películas que hizo con él están entre lo mejor de su filmografía, sobre todo las dos que dirigió Howard Hawks: Tener y no tener (1944) y El sueño eterno (1946). Lauren Bacall, vigente hasta muy avanzada edad, representaba un tipo de mujer independiente, segura y sofisticada, que simbolizaba una amenaza para la masculinidad norteamericana, que en la década siguiente optó mejor por las caderas anchas y la voz de niña consentida de Marilyn Monroe, un prototipo de mujer sensual y poco inteligente que no era tan difícil de conquistar y que se convertiría en el sueño vivo de cada hombre, soltero o casado, como vimos en La comezón del séptimo año (1955). Marilyn murió a los 36 años, de ahí que siempre será una diva en perpetuo estado de gracia, intocada por el tiempo. 

Ese tipo de mujer rotunda y muy sensual no era tan común en Hollywood (Jane Russell y Jane Mansfield son dos buenos y escasos ejemplos) probablemente por la censura imperante en esos años. Europa iba a ser el lugar donde florecerían con más naturalidad tal tipo de actrices, lejanas del incomodo corsé de la doble moral norteamericana. Curiosamente, este mes cumplen 80 años de vida dos de esas divas del cine europeo que entre los años cincuenta y sesenta rompieron paradigmas y se volvieron la encarnación de las fantasías eróticas de los espectadores de cine. No se vayan a caer de la silla: las octogenarias son –así parezca difícil asumirlo- Sophia Loren y Brigitte Bardot.

“Creo que las mujeres más interesantes sexualmente hablando son las británicas. Creo que las mujeres inglesas, las suecas, las alemanas de norte y las escandinavas son más interesantes que las latinas, las italianas y las francesas. El sexo no debe ostentarse”, pontificaba Alfred Hitchcock en la famosa entrevista que le hizo François Truffaut en los años sesenta. Cuando Hitchcock mencionaba a las mujeres de las dos últimas nacionalidades es probable que estuviera pensando en Sophia Loren y Brigitte Bardot que, sin duda, estaban lejos del prototipo de belleza glacial y sensualidad latente que él prefería. Hitchcock nos invitaba a soñar con damas etéreas como Grace Kelly, Doris Day, Shirley MacLaine (que por cierto en abril también cumplió 80 años) o Vera Miles. Pero en esa época todos en realidad querían llevarse a la cama a Sophia y a Brigitte.

Sin embargo, las dos representan formas muy distintas de asumir su carrera, la fama y la vejez. El escritor Jean Cocteau escribió que Brigitte Bardot “posee algo desconocido que atrae a los idólatras en un tiempo sin dioses”. Eso desconocido para Cocteau parecía demasiado evidente para el público francés que en 1956 vio Y dios creó a la mujer y no podía creer que existiera una chica tan asombrosamente sensual como B.B. Ya llevaba cuatro años actuando en el cine, pero fue con esta película, dirigida por su primer esposo, Roger Vadim, con la que se convirtió en un ícono. No era allí una rubia tonta, era una caprichosa joven absolutamente consciente de lo que su cuerpo producía en los hombres que la rodeaban. En la revista Arts, Truffaut escribe que la película es “un documental sobre una mujer de su generación”. Fresca, desinhibida, con su melena rubia desordenada y sexualmente dueña de sí, B.B. rompió en esta película no pocos paradigmas y se anticipó a la “gamina” de la Nueva Ola del cine francés que encarnarían Anna Karina, Bernadette Lafont o Jeanne Moreau.

Pese a su actitud de gatita en celo, B.B. no quería ser tratada como un juguete y se reveló siempre contra su imagen de objeto sexual. Geneviève Sellier en su texto Masculine Singular: French New Wave Cinema explica que “entre 1955 y 1960 Bardot ocupó un terreno que hasta entonces había estado prohibido a las mujeres: el terreno de la autonomía sexual y moral”. La actriz y cantante se retiraría voluntariamente del cine a los 39 años a vivir en su refugios de La Madrague y La Garrigue, en St. Tropez, desde donde se ha dedicado activamente a la lucha por la protección de los derechos de los animales. Sus múltiples matrimonios, sus ideas de derecha, sus declaraciones políticamente incorrectas, su negativa a conceder entrevistas y su decisión de envejecer lejos de las cámaras y de los quirófanos han sido muy consecuentes con su rebelde actitud juvenil. 

En el otro lado del espectro está Sophia Loren, que este año se paseó, asombrosamente bella, en el Festival de Cannes de la mano de su hijo menor Edoardo Ponti para presentar su más reciente cinta, La voce umana (2014), dirigida por él. Además dio una nutrida y tumultuosa conferencia, una charla en realidad, donde hizo un nostálgico recorrido por su vida y su trayectoria. Amable, cercana y elegante, continúa siendo una diva por todos los poros. Su imagen pública, perfectamente cuidada, le impide envejecer, so pena de arruinar el recuerdo glorioso que todos los espectadores tienen de ella. Este mes publicó además su autobiografía, Ieri, oggi, domani, con ocasión de su cumpleaños.

Finalista en el concurso de belleza de Miss Italia en 1950, Sophia venía de soportar todo tipo de necesidades y carencias en una infancia y una adolescencia trazadas por el abandono de su padre, la guerra y la pobreza. Aún adolescente y con una incipiente carrera como extra en el cine conoció al productor Carlo Ponti, 22 años mayor que ella. Impresionado por su belleza, él se encargaría de orientar su carrera y convertirla en su esposa tras un difícil divorcio de su primera mujer. Más exótica y más lejana que B.B., Sophia jamás pasaba inadvertida, gracias a la contundencia de su cuerpo. Vittorio De Sica fue el director con el que se sentiría más a gusto, desde ese inicial El oro de Nápoles (1954) hasta obras de enorme recordación como Dos mujeres (La ciociara, 1960), con la que ganó el Óscar a mejor actriz, y Matrimonio a la italiana (1964) donde actuó junto a su querido Marcello Mastroianni, su pareja en la pantalla por antonomasia. Es junto a él que hace una obra maestra de Ettore Scola, Un día muy especial (Una giornata particolare, 1977), donde se despoja de su actitud sensual para mostrarnos sus reales cualidades interpretativas. La proyección internacional de Sophia Loren ha sido siempre enorme y se enfrentó con éxito a directores como Mann, Chaplin, Risi, Donen y Robert Altman. Lo suyo ha sido una mezcla de exuberancia con sofisticación, dosificadas en una trayectoria muy bien planeada.

Pero tanto con Brigitte como con Sophia, diferencias aparte, fantaseó el mundo cinéfilo. Y es difícil saber con quién quedarse. Quizá sea mejor contar aún con ambas, tal como lo cantó Bob Dylan en 1963 en I Shall Be Free, en una de cuyas estrofas dice:

“Bien, mi teléfono sonaba sin parar.
Es el presidente Kennedy llamándome.
Él dijo, Bob, mi amigo, ¿qué necesitamos para hacer que el país crezca?
Yo dije, John, amigo, Brigitte Bardot, Anita Ekberg, Sophia Loren.
El país crecerá
”.

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