Mark Ruffalo y Taylor Kitsch en una de las escenas de The Normal Heart.
  • Larry Kramer, además de escritor, ha sido uno de los abanderados de las causas gay en Estados Unidos.

El desprecio y la muerte

Este mes se estrenó por la cadena HBO la película The Normal Heart, adaptación de la obra del escritor Larry Kramer sobre los primeros años del sida en Nueva York. ¿Cómo un grupo político venció el miedo y logró hacer visible la enfermedad después de padecer miles de muertes y el maltrato de toda la sociedad?

2014/06/20

Por Gloria Esquivel* Bogotá

Somos bombas de tiempo ambulantes”, grita desesperado Ned Weeks ante un grupo de políticos neoyorquinos que se muestran indiferentes ante sus ruegos. Weeks es el protagonista de la obra autobiográfica The Normal Heart, escrita en 1985 por el dramaturgo y activista norteamericano Larry Kramer. “Los hombres gay no tienen futuro sobre la tierra”, continúa con sus súplicas mientras un grupo de guardias lo apartan con violencia hasta sacarlo de la alcaldía de la ciudad. Weeks quiere hacerse oír, es necesario que se haga algo. Es una cuestión de vida o muerte. Para mediados de la década de los ochenta el sida era la principal causa de muerte entre hombres menores de 44 años en Nueva York. “El gobierno norteamericano está ignorando esta epidemia”, grita iracundo. Veintinueve años después del estreno de la obra, el reconocido actor Mark Ruffalo encarna a Weeks en la adaptación para la cadena hbo dirigida por Ryan Murphy, ojo creativo detrás de proyectos como Glee y American Horror Story.

The Normal Heart narra los primeros años de la epidemia del sida en Nueva York, que para 1981 había reportado 159 casos en los Estados Unidos y que para finales de la década había aumentado exponencialmente a 117.508 casos y 89.343 muertes causadas por el virus del VIH, según cifras de la Organización Mundial de la Salud. La información sobre la enfermedad, que en un principio era conocida como el “cáncer gay” porque al parecer solo afectaba a la población homosexual, era escasa. Ningún medio de comunicación se atrevía a hacer un cubrimiento serio sobre el tema y el gobierno de George Bush ignoraba la emergencia sanitaria. Además, la homofobia invadía el ambiente y cualquier preocupación o pregunta sobre la enfermedad automáticamente se convertía en un juicio moral sobre preferencias sexuales. Dentro de este ambiente, Kramer y un pequeño grupo de amigos y vecinos del Greenwich Village de Nueva York comenzaron a organizarse para difundir información sobre el virus por medio de panfletos y de columnas de opinión en la prensa gay. Como narra el propio Kramer en el documental de 2012 How to Survive a Plague, que cuenta la manera en la que se conformó este grupo que posteriormente se llamó act up: “Una vez por semana nos reuníamos. Todos estábamos aterrados. Pensábamos que no íbamos a estar vivos la próxima semana”.

Los años del miedo

Peter Staley, líder de act up y compañero de militancia de Kramer, afirma en una entrevista para el portal DemocracyNow.com: “era una época de mucho miedo. Pensaba que tenía máximo dos años de vida y nadie podía saberlo en el trabajo. Mientras tanto, mi jefe y mis compañeros decían todo el tiempo que pensaban que merecíamos morir por dejarnos follar por el culo”. Esta opinión la comparte el escritor barranquillero Jaime Manrique, que en la década de los ochenta llegó a una Nueva York sucia e insegura, en donde el ambiente de liberación sexual y promiscuidad de los setenta había sido reemplazado por el fantasma del contagio: “Miedo. El ambiente era el del miedo. Cuando llegó el sida hubo un cambio profundo en nuestra manera de vivir. Recuerdo que muchos amigos hasta se casaron con mujeres por el miedo que sentían. Nadie sabía muy bien cómo se transmitía, si era por medio de los estornudos o de la saliva. Nos llevó tiempo entender que estábamos frente a la plaga. Como en la Edad Media. Con un rechazo social fuertísimo. Así de extremo, porque en ese entonces la gente le temía a los homosexuales”.

Mensajes furiosos

El 25 de julio de 1985 el galán Rock Hudson anunció que tenía sida. Fue entonces que la enfermedad dejó de ser un tema exclusivo de las publicaciones gay y se convirtió en un asunto de primera página alrededor del mundo. Esta visibilidad fue la que impulsó a Kramer y a sus compañeros a realizar varias acciones políticas por toda Nueva York que incluían besatones, protestas y plantones para llamar la atención del gobierno sobre la crisis que hasta ese año ya había reportado 15.000 contagiados y había causado 12.500 muertes en los ee.uu. “Queríamos mandar un mensaje a los oficiales públicos que estaban en el clóset y decirles que la comunidad estaba furiosa”, recuerda el dramaturgo, quien fue tildado de fascista por el alcalde Ed Koch. “Realmente estábamos desesperados. Necesitábamos dinero del gobierno para encontrar formas de tratarnos y salvar nuestras vidas. Era una carrera contra el reloj”.

Además, los centros de salud no sabían cómo hacerse cargo de los enfermos que llenaban los hospitales. Testimonios de esta época, llevados a la ficción por Kramer en The Normal Heart, denuncian la manera en la que los centros de salud disponían de los cadáveres en bolsas de basura y cómo muchas funerarias, al enterarse de la causa de la muerte, se negaban a oficiar los servicios por temor al contagio. Los enfermos no solo eran soldados en una lucha contra un enemigo terrorífico y desconocido, sino que también se habían convertido en parias. Sin ir más lejos, el presidente George Bush, en unas desafortunadas declaraciones sobre las medidas que su gobierno estaba tomando frente a la epidemia, manifestó: “Estoy muy preocupado por el sida. Es una de las pocas enfermedades en las que el comportamiento importa. Por favor, cambien su comportamiento”.

Conejillos de Indias en el campo de batalla

La doctora Barbara Starrett, médica general que trabajó en Nueva York vinculada a grupos de activismo durante esta época, explica el clima que circundaba: “Eran hombres jóvenes, vibrantes, entusiastas, y de repente nos los estaban arrebatando”. En palabras de Staley: “Sentía que estaba en medio de una guerra en donde mis amigos y mis amantes se estaban muriendo uno por uno”. Entre las miles de muertes que el virus causó dentro de la ciudad se puede contar al escritor cubano Reinaldo Arenas y los artistas plásticos Félix González-Torres y Keith Haring. Se trataba de una guerra en donde cualquier información, tratamiento o respuesta significaba alargar un poco más la vida, y en donde el cuerpo de quienes estaban infectados se había convertido en el campo de batalla.

En 1987 la fda (Administración de Drogas y Alimentos) aprobó en ee.uu. el azt, un fuerte retroviral que parecía ralentizar el progreso del virus. La droga, que para el momento era la más cara de la historia con un costo por tratamiento de $10.000 dólares el año, comenzó a usarse en ensayos clínicos en donde los contagiados se ofrecían como conejillos de Indias. El resultado: pequeños progresos que extendían por cortos periodos de tiempo la vida de los enfermos, pero con efectos secundarios gravísimos, como desórdenes musculares o pérdida total de la visión. Mientras tanto, quienes no clasificaban para estos ensayos se aventuraban a salir del país a buscar y probar retrovirales de venta libre en México o Japón. En 1990, la epidemia contaba con 160.969 contagios y 120.453 muertos en toda Norteamérica. Esto hizo que muchos de los enfermos se organizaran en torno a grupos de contrabando que comercializaban estas drogas en el mercado negro, como lo retrató el reportaje de 1992 del periodista Bill Minutaglio, Dallas Buyers Club, que fue llevado al cine el año pasado y que le mereció el Óscar al Mejor Actor a Matthew McConaughey.

Sin embargo, para Kramer y sus compañeros de act up en Nueva York, esto no era suficiente. En palabras del dramaturgo: “Nuestra lucha en ese momento no era por tener la posibilidad de acceder a un mercado negro, sino la de tener un mercado que funcionara”. A ojos de los activistas, la fda no hacía ningún esfuerzo por aprobar cualquiera de las 144 drogas que se vendían en ese momento libremente en otros países y demostraban ser mucho menos tóxicas que el costoso azt. Como lo explica Staley: “La FDA tenía el mismo procedimiento para probar y sacar al mercado un spray nasal que cualquiera de estos medicamentos. Eran procesos que tardaban de siete a diez años y nosotros teníamos cuando mucho un año de vida”. Por esta razón, el grupo conformado por escritores, abogados, bailarines y corredores de bolsa, entre muchas otras profesiones, se volcó a estudiar la información disponible sobre esos medicamentos para difundirla y presionar a la fda para que hiciera estudios clínicos que tuvieran en cuenta las necesidades de los pacientes.

Tal vez una de las acciones políticas más impresionantes que organizó el grupo fue el 11 de octubre de 1992. Una multitudinaria marcha llegó hasta Washington y allí los asistentes regaron sobre los jardines de la Casa Blanca las cenizas de seres queridos que habían muerto a causa del virus. Un mensaje claro y fuerte para que George Bush se pronunciara sobre la crisis. Al respecto de estas manifestaciones, Manrique recuerda: “Esto fue muy valioso e importante. Precipitaron el sentimiento de pandemia y esto fue muy positivo pues hizo que los homosexuales se volvieran visibles. Antes de esto el New York Times nunca había mencionado siquiera la palabra gay. Ahora no se podía ocultar. Estaba en las primeras páginas”.

En la última escena de The Normal Heart, Ned Weeks les dice a sus amigos activistas: “solo quiero ser recordado como uno de los hombres que ganó la guerra”. En 1996 Larry Kramer y los demás miembros de act up propusieron y diseñaron un estudio que combinaba algunas de estas drogas. La industria farmacéutica probó esta alternativa en ensayos clínicos que arrojaron los primeros resultados que en menos de treinta días clasificaban al virus como indetectable. El milagro había ocurrido. La pandemia se había detenido. El panorama del sida había cambiado por completo. Frente a la indiferencia del gobierno, los medios de comunicación y los entes de salud, este grupo político organizó sus tropas en una batalla por la supervivencia. Y resultaron vencedores.

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