Marleyda Soto en un fotograma de la película.

'Oscuro animal': El eco de los golpes

En Colombia, más de tres millones de mujeres han sido desplazadas de sus hogares y casi medio millón, asesinadas en el conflicto armado. Miles más son víctimas de delitos sexuales, amenazas, secuestro y desaparición forzada. Una película capaz de decir todo esto, sin usar palabras, se estrena el 29 de septiembre en salas alrededor de Colombia.

2016/09/29

Por Marta Orrantia* Bogotá

Un monstruo acechante. Un depredador sediento de sangre. Así ve el director colombiano Felipe Guerrero al conflicto colombiano, y de ahí el título de su película, Oscuro animal.

La cinta, que se estrenó en Róterdam a comienzos de este año y que acaba de aparecer en Colombia, narra las historias paralelas de tres mujeres víctimas de grupos armados desconocidos. “Hace diez años, cuando empecé la investigación, la violencia en Colombia era radical y sanguinaria. Lo que yo buscaba era hacer sentir en la pantalla esa conmoción traumática que queda reverberando en los cuerpos de las víctimas”, dice Guerrero.

No es gratuito que el director haya escogido a las mujeres como protagonistas de su historia. Ahora se habla mucho de ellas como víctimas de la violencia, pero hace diez años no se encontraban en el centro del debate, a pesar de que son probablemente las más afectadas por el conflicto. Las cifras son aterradoras. Según los datos de violencia de la Unidad de Víctimas, más de tres millones de mujeres han sido desplazadas de sus hogares y casi medio millón, asesinadas. Miles más son víctimas de delitos sexuales, amenazas, secuestro y desaparición forzada. Dentro de ese catálogo de horrores, las mujeres pertenecientes a minorías raciales (raizales, afrocolombianas e indígenas) son las más afectadas.

La propuesta de Oscuro animal es contar esta historia, pero no narrar las masacres o las amenazas. Quiere mostrar lo que ocurre después, cuando esas vidas se han roto en pedazos. Narra entonces los desplazamientos, la huida, el miedo. El silencio. Sobre todo, el silencio. Esa incapacidad de hablar, de explicar su dolor, se vuelve aquella fiera agazapada que las destruye por dentro y, paradójicamente, también las hace cómplices en su condición de víctimas.

Según Guerrero, “la búsqueda del dispositivo narrativo se centró en la aprehensión de esa sensación específica que permanece en las víctimas después del impacto violento, buscando una forma diferente de contarla a través de imágenes y sonidos. La omisión se conecta con la necesidad de mostrar la resonancia, el fuera de campo: no el golpe sino el eco. El silencio, como imposibilidad de comunicación, otorgaba para mí una carga expresiva todavía más potente que la palabra”. Es por esto que durante los 107 minutos que dura Oscuro animal no se escucha que ellas hablen. Sin embargo, lo que callan resulta tan doloroso que el espectador lo siente como un grito.

Una campesina cuya familia es asesinada y su aldea se convierte en un pueblo fantasma luego de una incursión armada. Una afrocolombiana que termina sirviendo como esclava de un combatiente. Otra que huye del grupo armado al que pertenece, en el que hizo el papel de víctima y victimaria. El camino de estas tres mujeres —que probablemente nunca se conocerán— termina por unirlas en el mismo drama existencial. Necesitan comenzar una nueva vida, desprenderse de los recuerdos, pero no tienen nada sino el silencio y la mirada perdida. Las actrices Marleyda Soto, Jocelyn Meneses y Luisa Vides son las encargadas de mostrarnos todo un universo de tristeza y valentía. “Cuando buscaba las actrices —recuerda Guerrero— tenía claro que quería trabajar con actores de formación. Me interesaba trabajar, sobretodo, la expresión corporal porque era a través del cuerpo que tenían que comunicar las emociones propuestas, ya que el proyecto proponía una película sin diálogos. Necesitaba actrices profesionales porque confiaba en su capacidad de construir el carácter justo de cada personaje, también porque necesitaba apoyarme en ellas, ya que se trataba de mi primera experiencia dirigiendo actores”.

Guerrero ha tenido una carrera que, si bien ha sido corta, lo ha llenado de premios y reconocimientos. Nacido en 1975, estudió Montaje Cinematográfico en el Centro Sperimentale di Cinematografia di Roma y dirigió producciones como Paraíso (2006), considerado el mejor documental experimental en Docúpolis en Barcelona, y Corta (2012), que tuvo un amplísimo recorrido por festivales mundiales y ganó —entre otros— el premio honorífico en Alucine, en Canadá.

Oscuro animal, su ópera prima, no se queda atrás. “La película se empezó a gestar en 2005 —cuenta Guerrero—. Luego, en 2012 retomé el proyecto y empezamos la financiación, a la que muchos países sumaron sus aportes. El rodaje y la finalización fueron en 2015. La película se estrenó en Róterdam, en enero de 2016, y a partir de entonces ha tenido un recorrido amplio y prestigioso por festivales, alzándose con premios muy importantes. La cinta tiene ya una imagen de película galardonada que yo quisiera tratar de matizar, porque lo que quise buscar fue un diálogo nuevo con el espectador común, un puente hacia emociones que el cine como lenguaje puede ofrecerle”.

Gracias a esa narrativa aparentemente sencilla, hecha para el “espectador común”, es que Oscuro animal no es una película densa o confusa. Cada segundo, el espectador siente que está viendo una cinta de suspenso, dolorosa pero bella, tierna y voluptuosa. Estos contrastes visuales y emocionales resultan difíciles de lograr.

Lo estético es sencillo de explicar, porque las locaciones son hermosas. De la niebla a la selva, con la amplitud de verdes, aguas, aves y sonidos de un país tropical. “La escogencia de las locaciones estuvo supeditada a las facilidades productivas para la movilización de todo un equipo de filmación. Como apuesta fotográfica, en su aspecto cromático, buscábamos la evolución de un color brillante (selva) a un color más opaco (ciudad), un recorrido de tonos cálidos a fríos”, explica el director.

Pero lo emocional, que es lo más duro, se logra porque Guerrero evita las trampas que puede tenderle un tema como el de la violencia en Colombia. Para empezar, no hay muerte. Durante la película se siente, en efecto, como un animal que acecha, pero se esconde. Es el director quien no nos deja ver la sangre, nos libra de ella pero al tiempo esa ausencia logra el efecto contrario: la exhibe, la delata, la pone en evidencia. No vemos un solo muerto pero sí somos conscientes de su rastro. Un zapato aquí, unas sábanas blancas allá, unas mujeres que huyen, unos disparos que retumban en las montañas.

Tampoco sabemos quiénes son los combatientes. Hay unas letras pintadas en las casas, unas letras rojas, una A que aún está húmeda, pero que puede ser de cualquier grupo armado, un poco a la manera de Los ejércitos, la obra del escritor Evelio Rosero, que equipara a todos los combatientes en su barbarie y no distingue ideologías o institucionalidad.

Para el espectador colombiano, “la imagen del paramilitar o del guerrillero posee un peso histórico que yo quería desmontar, replanteando nuevos códigos visuales que lo pusieran a observar con otra atención e interés. Mi cuestionamiento se dirigía fundamentalmente hacia cómo representar la violencia en un país donde existe un aturdimiento por el exceso de imágenes sobre este tema. Una guerra que ha perdido hasta la misma posibilidad de nombrarse. Lo que me interesaba era entonces filmar la tensión latente que queda cuando la violencia arremete, sin que importe identificar el grupo de pertenencia del agresor; esa tierra quemada donde las víctimas, que somos todos, respiramos un aire espeso y enfermo”, sostiene el director.

Es ese aire espeso del que habla Guerrero el que se mantiene a lo largo de Oscuro animal. El espectador se siente asfixiado a pesar de las montañas lejanas, del sol, de los ríos. Y es aún peor su agobio cuando ve la ciudad y se confronta con la periferia, con la pobreza y la supervivencia. Esa angustia permanente la refuerzan los recorridos lentos y difíciles de las mujeres en fuga, en un éxodo que parece interminable. “Considero que el ritmo es la respiración en la enunciación —explica—. La manera que tiene cada actor de pausar sus palabras, lo que dice. Yo hablo así, necesito ese tiempo para hablar de ciertas cosas. Es mi propia respiración. Me tomo ese tiempo para decir lo que para mí es fundamental a la hora de hablar de las víctimas. La película respeta eso, y creo que allí es donde el cuerpo y espíritu de las protagonistas encuentra su refugio, en esa pausa delicada que la cámara les otorga; en medio de la agitación por su sobrevivencia, el cine les ofrece pacificación, silencios que son su único amparo, espacios para su fortaleza”.

Y, curiosamente, la fortaleza viene de adentro de cada una de las protagonistas, pero también de un pequeño entorno de manos femeninas. No del Estado, que está abiertamente ausente. Ni de los hombres, que son en su mayoría figuras que violentan el orden y la cotidianidad. “Pienso que las víctimas son vulnerables en su propia condición de víctimas porque se plantea frente a ellas una otredad: la guerra sacude su identidad y las convierte en parte de otra comunidad. La de los despojados, los violentados. Allí, el Estado hace sus esfuerzos por tejer nuevamente un cuerpo social, pero considero que es un planteamiento que debemos hacernos como sociedad: cómo hacernos todos parte de un dolor común”, explica. Pero esa sanación no viene de nadie distinto a ellas mismas. Son las otras mujeres las que comprenden el silencio porque también lo han vivido, y que están dispuestas a rescatarse. Dice Guerrero: “El universo femenino se construyó tocando fibras personales de mi relación con ello. Traté de escribir zambulléndome en mis emociones, pensando en esas mujeres, acercándome a ellas, oliéndolas, tocándolas, arrinconándolas, protegiéndolas”.

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