Luis Carlos Guevara, protagonista de La Playa D.C

El mapa es el territorio

Una película de bajo presupuesto, con actores naturales, fue la elegida este año par a representar al país en los premios Oscar. ¿Qué tiene La Playa que tanto cautiva?

2013/11/14

Por Daniel Bonilla. Bogotá.

Disponible en Retina Latina

A poco más de un año de su estreno, la ópera prima del director Juan Andrés Arango no para de dar de qué hablar. Luego de su candidatura a mejor película iberoamericana en la más reciente edición de los Premios Goya en España, La Playa D.C. fue escogida por la Academia Colombiana de Artes y Ciencias Cinematográficas como la carta nacional en la carrera por una de las cinco nominaciones en la categoría de Mejor Película de Habla no Inglesa para los premios Oscar.

La Playa D.C. retrata una familia afrodescendiente disgregada, tres hermanos y una madre, que han llegado a Bogotá huyendo de la violencia y se han asentado en uno de los cinturones de miseria de la ciudad. A ellos se suman Roel, la nueva pareja de la madre, y un bebé. Chaco, el mayor, que viene deportado de Estados Unidos, encarna el fracaso del sueño americano pero siempre tiene en mente volver, huir de Colombia sin importar que en el norte las condiciones puedan ser peores. Jairo, el menor, está preso del bazuco y los recuerdos de un pasado idílico en su Buenaventura natal, pero también preso de la ambivalencia porque de allí tuvo que salir corriendo con su familia luego de ver morir a su padre.

Pero es Tomás, interpretado por el joven actor natural Luis Carlos Guevara, el que sostiene la historia sobre sus hombros. Gracias a él somos testigos de las consecuencias del éxodo de comunidades afrodescendientes y de su territorialidad al llegar a la gran ciudad. La película privilegia dos de sus principales asentamientos, a su vez, referencias reconocibles. El primero es La Playa, zona comprendida entre la avenida Caracas y la carrera 24 y las calles Primera y Trece, famosa por ser sitio de “desvare” de carros y por congregar uno de los mayores comercios (legal e ilegal) de autopartes de la ciudad. Desde hace varios años se ha convertido en territorio de trabajo de colonias afro provenientes de Buenaventura y Puerto Tejada, principalmente. El otro territorio es Galaxcentro 18, un viejo edificio de locales ubicado en la calle 18 con carrera Décima, abandonado cuando las elites de comerciantes bogotanos emigraron al norte de la ciudad buscando lugares más seguros, y “colonizado” por grupos afro que hicieron de él uno de sus principales puntos de encuentro.

Es justo en este último donde Tomás emprende su camino personal de cambio. Allí conoce el amor y tiene la posibilidad de trabajar en una peluquería especializada en cortes afro donde la cabeza es como un lienzo para desplegar el arte del dibujo. Esto le permitirá a Tomás reencontrarse con su origen, varias veces relatado en la película a través de ensoñaciones en las que su madre teje trenzas en el pelo de los hijos, a la vez recuerdo de la memoria ancestral de los negros esclavos que utilizaban las cabezas de los menores para trazar allí los mapas de escape, las rutas hacia la libertad.

La película usa este motivo visual para marcar momentos cruciales en la evolución de Tomás. Inicialmente, él lleva trenzas, esas que simbolizan el enlace con la infancia antes de la huida y los relatos de emancipación en boca de la madre, para luego reconocer en una fiesta que uno de su etnia lleva una silueta de la ciudad de Nueva York dibujada en la cabeza. Esa visión quedará fijada en Tomás como el reconocimiento de su destino y señal de aceptación a la oferta que su hermano Chaco le ha hecho para que se vayan como ilegales hacia los Estados Unidos.

Pero la travesía real de Tomás se da en la búsqueda del pequeño Jairo por los agujeros de la droga en Bogotá, mientras Chaco insiste en irse. De esa forma, Tomás se debate entre quedarse o huir, a la vez que intenta encontrar algo de su identidad extraviada. El momento revelador tendrá lugar cuando adopte un nuevo peinado en el que no hay ningún dibujo reconocible. Una cabeza en “blanco” en la que, suponemos, se escribirá una nueva historia, la suya propia, una donde pueda hacer contrapeso al rechazo de los demás y a su condición inevitable de habitante del gueto.

La crisis de la promesa de bienestar y progreso que ofrece el sistema capitalista es uno de los temas de fondo en esta película. De cómo, a la par del crecimiento de los conglomerados urbanos, pululan los asentamientos irregulares producto de las migraciones, y cuyos protagonistas adquieren la condición de extranjeros para luego ser vistos como amenaza. En esa lógica, La Playa D.C. pertenece a la estirpe de películas como Haz lo correcto, de Spike Lee, y El odio, de Mathieu Kassovitz, que relatan, cada una a su manera, el conflicto de la extranjería, de cómo las grandes ciudades han elaborado históricamente un discurso de inclusión pero en la práctica se convierten en epicentros de una violencia silenciosa que en sus momentos más críticos puede estallar.

Y aunque estos conflictos sean el motor de La Playa D.C., en esta película también se propone una mirada esperanzadora donde la migración y la coexistencia de grupos humanos disímiles pueden devenir sincretismos culturales y nuevas formas de expresión, reduciendo con ello mucho de la violencia generada. Muestra de ello es su banda sonora, conformada por tonadas que remiten a lo más tradicional y enraizado de las tradiciones musicales del Pacífico colombiano, mezcladas con el hip hop y otros sonidos caribeños como la salsa, algo solamente posible en un escenario urbano.

Imposible predecir cómo le irá a La Playa D.C. en su camino hacia los Oscar. En el listado que integra tendrá que competir con unas setenta películas preseleccionadas entre las que figuran pesos pesados como Thomas Vinterberg, Wong Kar-wai o Andrzej Wajda, pero esta postulación se suma a las opiniones favorables que ha despertado alrededor del mundo en festivales tan importantes como Cannes o San Sebastián, además de todos los estímulos nacionales e internacionales que recibió en su fase de desarrollo. Es, sobre todo, una muestra de que a veces las apuestas más sencillas son la mejor forma para contar historias de extrema complejidad.

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