Un fotograma de Venimos como amigos
  • Hubert Sauper/Foto: Inga Kjer

'Venimos como amigos', el nuevo colonialismo en África

En 'Venimos como amigos', su tercera película en África, el documentalista austriaco viaja en una avioneta casera a Sudán de Sur, el país más joven del mundo, para explorar cómo funcionan las dinámicas coloniales en pleno siglo XXI. ¿Ha cambiado la intervención occidental en África?

2016/03/23

Por Salym Fayad*, Johannesburgo

"¿Sabías que la luna le pertenece al hombre blanco?”. La primera referencia al espacio exterior se escucha en la voz pausada de un anciano sursudanés en la secuencia inicial de la película. La segunda, instantes después, en la voz de Hubert Sauper, un alien descendiendo en su nave en “el planeta África”.

El más reciente documental de Sauper, sin embargo, transcurre muy aterrizado en la Tierra y justo en el corazón de una de sus nuevas divisiones políticas: Sudán del Sur. Su vehículo: el ‘Sputnik’, una avioneta casera que fabricó él mismo con un motor de podadora y que voló desde el centro de Francia hasta el centro de África. Su objetivo: observar a otros aliens operar en una tierra ajena, “esclavizada, desposeída y colonizada”.

Venimos como amigos, el tercer documental de Sauper rodado en África —después de Kisangani Diary (1997) y La pesadilla de Darwin (2005)—, y que estuvo en la lista de preseleccionados a mejor documental para los premios Óscar este año, se presenta como una especie de road movie —en ocasiones caricaturesca o surreal—, en la que el cineasta explora las huellas del colonialismo en África a través de encuentros episódicos con comunidades locales y con miembros de entidades extranjeras en Sudán del Sur. En la película, ingenieros petroleros chinos, misioneros cristianos, embajadores, líderes políticos, trabajadores humanitarios, son parte de la perversa relación que Occidente ha mantenido con África por cientos de años: “Los europeos han logrado dominar otras civilizaciones y pueblos, pero también han reinventado su propia narrativa sobre el papel que tienen como salvadores y portadores de la iluminación”.

“Es un discurso hipócrita; el impacto de estas intervenciones es enorme —dice Sauper—, pero también lo es la desconexión que existe sobre el terreno”. En su visita a un campo petrolero, Sauper conversa con un grupo de ingenieros chinos que ven un capítulo de Viaje a las estrellas en la televisión. “Es muy fácil tomarse este país —dice uno—. Es como llegar a un lugar y destruir a los que viven allí, y luego explotarlo. No es colonización, es solo para extraer la energía”.

En la pantalla, el capitán Kirk apunta un arma a un extraterrestre: “Venimos en paz”.

Las rimas de la historia

Sudán del Sur es el escenario que le permite a Sauper examinar desde la subjetividad de su propio viaje como cineasta “las ventanas que evidencian los patrones de la historia”.

Sauper aterrizó en Sudán del Sur para documentar el referendo que le daría la independencia a Sudán en 2011. Se esperaba que la división de uno de los países más grandes de África y con importantes reservas petroleras pusiera fin a un conflicto de casi tres décadas entre el norte y el sur, y trajera al sur la autonomía económica y el desarrollo social que necesita con urgencia. Pero la nación más joven del mundo nació lisiada, con instituciones débiles y una infraestructura insuficiente, y cinco años después de su nacimiento está sumida en una guerra civil con dimensiones políticas, económicas y étnicas que detonó en 2013 la rivalidad entre el presidente Salva Kiir y su exvicepresidente Riek Machar. Mientras tanto, por las calles rotas de Yuba, la capital, desfilan cientos de camionetas 4x4 transportando trabajadores humanitarios y miembros de compañías occidentales de naciones amigas con intereses e inversiones en el país.

“Hay una cita que me sirve como base conceptual de la película: ‘La historia no se repite, pero rima’”, dice Sauper refiriéndose a la frase atribuida a Mark Twain, y a que la historia reciente de África se ha basado en un legado de división, desde que, en 1885, fuerzas europeas —personas que nunca habían estado en África— cortaron el continente en tajadas, en la Conferencia de Berlín. “El eco de esos actos y la creación arbitraria de fronteras aún está matando a millones de personas. El referendo de Sudán del Sur en 2011 iniciaba un nuevo ciclo. El mundo acordó que sería grandioso dividir un país y repetir la historia: hacer una nueva frontera de 2.000 kilómetros de largo que atravesara los campos de petróleo. Por supuesto que esto iba a explotar, como sucede cuando hay un poder que busca beneficiarse —dice—. Empecé filmando la esperanza y luego, claramente, vi el abismo”.

Sauper explica que con Venimos como amigos se proponía examinar la psicología del colonialismo. Y en este contexto, Sudán del Sur, como nuevo país, como nueva tierra de oportunidades que los poderes occidentales exploran y explotan, le servía para mirar de cerca algo más amplio: cómo se manifiesta hoy la narrativa de la conquista en la era posespacial. “‘Venimos como amigos’ podría ser la frase pronunciada en Viaje a las estrellas cuando los personajes llegan a un nuevo planeta. También la frase de los vaqueros que llegan a una aldea de indios, o la que pronunciaron los españoles al llegar a las Américas. Es también la frase que resume la actitud de los europeos que llegan a intervenir en África”. Es el saludo del poder, del que se impone. “Y seguimos perpetuando el engaño. ‘Venimos como a amigos’ es quizá la mentira más grande de nuestro tiempo”.


Hubert Sauper/Foto: Inga Kjer

Un demonio de 500 años

Tres ejes temáticos atraviesan los documentales de Hubert Sauper en África: el comercio de esclavos, el colonialismo y la globalización, que según él son tres caras similares de la historia. Su anterior película, La pesadilla de Darwin, es un documental sobre la introducción de la perca del Nilo en el Lago Victoria, en los años sesenta: un experimento con consecuencias ecológicas desastrosas, dado que el pez arrasó con las otras especies del lago, pero que aún representa uno de los mayores productos de exportación en la región a pesar de que las comunidades que habitan sus alrededores siguen viviendo bajo la línea de pobreza. Su denuncia le costó un largo y penoso proceso judicial después de que el gobierno de Tanzania lo demandó por “terrorismo intelectual” contra el país.

La pesadilla de Darwin es sobre la globalización —dice—. Traté de entender la complejidad de los mecanismos subyacentes de este fenómeno, y como cineasta estaba tratando de enfocar esto en un ejemplo muy pequeño, en un micromundo de un contexto global, que en este caso es el comercio de cierto tipo de pez, aunque bien podría estar hablando de bananos o de cualquier otra cosa”.

“En Venimos como amigos intento algo similar —explica—, pero, ¿cómo hacer para captar a un demonio de 500 años?”. A pesar de la preparación previa a la realización de la película, Sauper cuenta que durante el rodaje se presentaron circunstancias casi poéticas que como cineasta pudo utilizar para ilustrar el sistema que trata de describir.

La situación es moneda corriente en áreas rurales africanas: un representante del gobierno de un país desarrollado entrega a una comunidad local una donación de alimentos o inaugura una obra de infraestructura. En Venimos como amigos, el embajador estadounidense inaugura en una población una planta de energía. El viento lo despeina y hace que su bandera se sacuda con fuerza. Los locales lo miran sin parecer entender lo que dice. Al final de su discurso, la cámara hace un zoom sobre su rostro cuando dice: “Hoy estamos, en sentido literal y figurado, trayendo la luz”.

“Captar ese momento es como ganarse la lotería narrativamente hablando —dice Sauper—: la metáfora del primer mundo que trae la luz, como una referencia al ‘corazón de las tinieblas’, es el resumen de toda esa narrativa occidental, una muestra de su patología, como si fuera un ejercicio freudiano a nivel global”.

Hay otra escena en la que un exlíder miliciano, ahora miembro del gobierno del país, intenta —solemne pero sin éxito— cantar en la radio su propio himno nacional. El mismo hombre que momentos antes dice que hay que darles la tierra del país a los inversionistas extranjeros para que exploten sus recursos. “Es un momento doloroso —dice Sauper recordando la escena—, pero para mí como documentalista es importante que eso se haya puesto sobre la mesa de esa manera. Ese hombre es la voz del legado colonial, y pone en evidencia un increíble conjunto de contradicciones”.

Con esos amigos…

Sauper sabe que su propia presencia en Sudán del Sur no deja de ser problemática. A la larga, él también viene como amigo. Y caer del cielo en su Sputnik no es un método menos paradójico.

“El avión es el objeto que cristaliza la era industrial, el desarrollo técnico, la máquina superior que desafía el espacio y el tiempo. Es también un símbolo colonial, que suelta bombas y que destruye y que a la vez deja caer alimentos, trae médicos y ayuda humanitaria”, reflexiona.

Sputnik, la avioneta casera que es protagonista en el documental y que se llama como el primer satélite soviético en orbitar la Tierra, es una parodia a la máquina colonizadora. “Éramos como payasos voladores, unos tipos ridículos que llegaban a los pueblos en un avión diminuto. Pero creaba empatía, la gente se burlaba, lo trataba como un juguete”, cuenta Sauper recordando la escena en la que un burro remolca el avión por un camino de tierra, seguido por una estela de niños.

Pero el avión le garantizaba también el acceso a áreas donde no habría podido llegar de otra manera, por el estado de las carreteras o por la intensidad de la guerra. Garantizaba también el respeto de las autoridades, que lo trataban como a un capitán de la fuerza aérea cada vez que aterrizaba en un aeropuerto o se topaba con un ejército. Y le permitía hacer las tomas aéreas a las que alude con frecuencia: “Desde el aire podía ver la forma orgánica de las aldeas, su estructura como un panal, y contraponer esa imagen a la de los campamentos de Naciones Unidas, donde todo es cuadriculado y recto; estaba tratando de filmar la historia, a través de la geografía, desde el espacio”.

El avión, además, le daba visibilidad. Si su proyecto consistía en cuestionar la presencia de los extranjeros en Sudán del Sur, tenía que empezar por la suya, poniéndola en evidencia. “No puedo ir a África pretendiendo que no soy un hombre blanco. Como europeo, también tengo que justificar mi papel como visitante, como observador, como documentalista”.

En una de las escenas emblemáticas del documental, un anciano que parece desvariar se pasea por un terreno baldío con un cuaderno en la mano y vestido con un uniforme blanco raído, como un astronauta extraviado hace tiempo. Cuando Sauper lo aborda, el anciano lo confronta, y lo interroga con la misma perspicacia con que Sauper entrevista a los demás sujetos en su película: “¿Qué pasa cuando un presidente comete crímenes contra su propia gente? ¿El proceso colonial es pacífico o es violento?”. Sauper, fuera de cámara, calla desorientado; luego responde: “No sé, soy extranjero”. El anciano se ríe con sorna. “Usted viene de Francia, y los franceses tienen raíces aquí en Sudán del Sur”. “¿Por qué?”, pregunta Sauper. “Fíjese en todas las armas que hay aquí y que dicen ‘Hecho en Francia’. ¿Cómo llegaron? ¿Acaso se las robó nuestra gente? ¿O es que hay soldados franceses enterrados aquí? ¿Cómo es eso?”.

El interrogatorio pone de manifiesto el papel de Sauper como intruso en ese espacio explotado. “Como los demás, creo que realmente vengo como amigo —comenta—, pero es lo que dicen todos. Los petroleros, los misioneros, los que vienen a dejar dinero al gobierno para construir carreteras y comprar aviones. Todos tenemos nuestro propio discurso, y la verdad es que no sabemos si estamos en el lado correcto de la historia”.

*Periodista.

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