Alex Gibney nació en Nueva York en 1953.

Alex Gibney: el documentalista frente al poder

Con más de 30 años de carrera profesional, el director estadounidense se ha ganado un puesto entre los documentalistas más importantes del mundo. Su fascinación por el abuso de las multinacionales y los poderosos lo ha convertido en una referencia del documental como una herramienta de fiscalización y denuncia. Gibney habló con Arcadia en la Berlinale.

2016/05/24

Por Janina Pérez Arias* Berlín

Alex Gibney ha visto mucho. Quizá más que la mayoría de gente. Es uno de los gajes de su oficio: esclarecer la oscuridad, hablar cuando otros callan (o intentan silenciar), visibilizar lo que algunos prefieren que permanezca desapercibido. El documentalista estadounidense se adentra por completo en sus historias, por muy ruines y oscuras que sean. Mira a los lados sin perder el norte, se mete en cada callejuela aunque no le vea salida, sin vacilar a la hora de abrir otras puertas o saltar por las ventanas.

Su trabajo incluye documentales sobre los abusos a menores en la Iglesia católica (Mea Máxima Culpa, 2012), o la tortura que aplicaron el ejército estadounidense y los servicios secretos durante la administración de George W. Bush (Taxi to the Dark Side, 2007). Apenas dos ejemplos por los que Gibney ha coleccionado no solamente reconocimientos (incluso un Óscar por Taxi to…), sino también admiración, credibilidad y poca simpatía por parte de aquellos a quienes pone en evidencia.

Ya son 36 los años que lleva Gibney detrás de cámaras. Se describe como un realizador con bagaje periodístico, cuya formación tuvo lugar en Yale y en la Ucla Film School. Sin embargo, igual de importantes fueron su madre (“de espíritu salvaje con algo de escritora”, dice), su padre (periodista) y su padrastro (reverendo y activista). “Fueron ellos quienes me animaron a ser curioso, a hacer preguntas difíciles y a no arrodillarme ante la autoridad”, ha confesado en alguna oportunidad.

Alex Gibney es un hombre cordial. Sonríe con franqueza, mira directamente a los ojos del interlocutor sin hacerle sentirse incómodo. Da la sensación de que con él se puede hablar durante horas, incluso de las (desagradables) consecuencias que hasta hoy vive a causa de su excelente documental sobre (por decirlo de alguna forma) los desertores de las filas de la Cienciología (Going Clear: Scientology and the Prision of Belief, 2015), trabajo basado en el libro homónimo escrito por un antiguo y apreciado compañero de trabajo suyo, el periodista Lawrence Wright.

“Echa un vistazo en internet –dice animándome a hacerle un seguimiento a la campaña de descrédito–, hay cienciólogos que están haciendo una película sobre mí, y ¡por supuesto que soy el villano!”.

Gibney conoce la importancia de la audacia, pero también es consciente de los “daños colaterales” que pueden acarrear sus documentales. “Cuando te apuntas a este trabajo, asumes enfrentarte a fuerzas poderosas e instituciones –reflexiona sentado en un sillón apostado en la Berlinale Palast durante el Festival Internacional de Cine de Berlín–, mi cine tiene mucho que ver con esa larga tradición, y no soy el único. A veces la mejor defensa es un buen ataque”.

Zero Days (2016), su nuevo trabajo, no ha pasado desapercibido. En esta oportunidad se adentra en los avatares de la guerra cibernética, para hablar en específico sobre Stuxnet, un sofisticado “gusano” informático desarrollado por los servicios secretos de Estados Unidos e Israel con la finalidad de destruir las centrifugadoras de las plantas nucleares de Irán. Y eso es tan solo una parte de la operación secreta llevada a cabo por ambos países, cuyo nombre código era Juegos Olímpicos.

Las dimensiones de las guerras cibernéticas son inconmensurables e intangibles. “El hecho de que algo así afecte a todo el mundo fue la parte más escabrosa de este trabajo –comenta Gibney, quien al iniciar este proyecto desconocía todas sus implicaciones–. Más tarde, cuando encontramos gente que estuvo dispuesta a contarnos más detalles, fue cuando nos dimos cuenta de que ese escenario de una guerra cibernética sacada de la ciencia ficción está aquí y transcurre ahora. Y claro que es aterrador, justo de ahí sale mi motivación e impulso para hacer una película como esta”.

A pesar del peligro, Gibney no busca producir paranoia. “Cuando haces una película como Going Clear o Zero Days, esperas que no tenga un final como tal, sino que funja de agente provocador. En este momento el gran peligro radica en que todo es secreto, pero si todos hablamos y levantamos nuestras voces, tal vez las cosas cambien”, argumenta.

Las caras del poder

Movido por el abuso del poder y de la autoridad, así como por la corrupción, la vida profesional de Gibney siempre se ha relacionado de manera íntima con “meterse en problemas”.

Enron: The Smartest Guys in the Room (2005), película nominada a mejor documental en los Óscar, es un buen ejemplo. Basándose en el best seller escrito por los reporteros de la revista Fortune Bethany McLean y Peter Elkind, Gibney retrató con maestría la arrogancia y la corrupción corporativa gestada en las entrañas del coloso de la comercialización de energía, que concluyó con su estrepitoso colapso.

“Enron no es una excepción a la regla –escribió en las notas de producción del documental–, es más bien una exageración de cómo funcionan las cosas con demasiada frecuencia”.

El documentalista ha mostrado las diferentes caras que puede tener el poder, como la del líder de Apple, a quien explora en Steve Jobs: The Man in the Machine (2015), o como la de Julian Assange y Chelsea Manning, los rostros más visibles de WikiLeaks (We Steal Secrets: The Story of WikiLeaks, 2013); o la del político Eliot Spitzer, caído en desgracia tras un escándalo de prostitución y del que fue el máximo protagonista (Client 9: The Rise and Fall of Eliot Spitzer, 2010).

Pero la mentira y la corrupción, en sus formas más puras, solo las vio en una persona: en el múltiple ganador del Tour de France Lance Armstrong, quien lo había buscado para que documentara su espectacular regreso desde el infierno del cáncer hasta el ciclismo de más alto nivel, y que por poco pone en entredicho la reputación de Gibney. Acusado de doparse para conseguir los títulos, Armstrong lo negó una y otra vez hasta admitirlo en el programa de Oprah Winfrey frente a millones de estadounidenses atónitos, entre ellos Gibney. Sin embargo, hubo el tiempo para desandar lo avanzado y el resultado fue The Armstrong Lie (2013), a cuyo estreno no asistió el principal implicado.

Al frente de su compañía en Nueva York, Jigsaw Productions (antes Jigsaw Educational Productions, fundada en 1978), junto a un equipo de colaboradores, el estadounidense desarrolla tanto proyectos propios como de otros realizadores. Antes de convertirse en productor, guionista y director, un día descubrió que sus habilidades de periodista investigativo podían trascender el papel. Y todo fue gracias a Luis Buñuel.

“Una vez me preguntaron de dónde venía mi afición por la realización –narra la anécdota–. Recuerdo que una noche cuando estaba en la universidad vi El ángel exterminador (1962). Literalmente me noqueó, porque entendí que el cine tenía muchas posibilidades que no había considerado. De esa película me gustó en particular que era divertida, pero misteriosa, que no daba respuestas fáciles, y al mismo tiempo tenía sin duda una conciencia social. Había un sentimiento de ira, de indignación, que me atrapó: gente rica y poderosa, insensata y negligente en el trato hacia aquellos que no tenían ni poder ni dinero; pero de aquella rabia tan palpable salía mucho humor. Eso me pareció admirable”.

En la Berlinale, Zero Days tuvo su estreno mundial y competía por el Oso de Oro, una muestra más de la importancia otorgada en los últimos años a documentales en las principales citas cinematográficas como Berlín, Cannes, Venecia, Sundance o Tribeca. Sin embargo, Gibney no solo ha trabajado temas controvertidos. En ocasiones, se ha dedicado a asuntos más ligeros, por lo menos en apariencia, como la vida de algunos músicos: Frank Sinatra (la miniserie Sinatra: All or Nothing at All, 2015), Fela Kuti (Finding Fela, 2014) o James Brown (Mr. Dynamite: The Rise of James Brown, 2014). Pero siempre reincide, volviendo a aquello que le obsesiona.

“Hace poco hice un trabajo sobre cocina (Cooked, con el gurú de la alimentación Michael Pollan, para Netflix), mi esposa me insistió mucho que lo hiciera, me dijo: ‘Necesitas algo de aire fresco, tienes que salir un poco’ –dice riendo–. Lo que pasa es que a menudo me siento atraído por el lado oscuro, sin embargo en todas mis películas también termino encontrando haces de luz y gente dedicada a hacer de este mundo un lugar mejor para vivir”.

Puede que Alex Gibney haya visto mucho, tal vez demasiado, y que sepa más cosas turbadoras que la mayoría, pero nadie puede quitarle que lo hace con esperanza y actitud positiva. Como Buñuel.

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