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Entrevista al director de Operación E: “Quienes no tienen la posibilidad de elegir siempre son inocentes”

El director de Operación E, Miguel Courtois

Entrevista - Cine

Miguel Courtois habla sobre el rodaje de su película, un homenaje a las víctimas.

Por: Ricardo Abdahllah* París

Publicado el: 2012-11-27

 

 

Cuando entrevisté a Martina García para hablar de La cara oculta en agosto del 2011 había un guion sobre la mesa de su estudio. “No puedo hablar de eso”, dijo escondiendo el manuscrito cuando vio que yo trataba de mirar de qué se trataba. Insistí toda la tarde y saqué dos pistas, que era el proyecto de un director francés y que se rodaría en Colombia. El director era Miguel Courtois. Operación E, la película sobre José Crisanto Gómez, el hombre a quienes las Farc encargaron el hijo de Clara Rojas, fue presentada el pasado septiembre en los festivales de cine de Biarritz y San Sebastián.

La cita es en un café barato de un barrio caro en París. Courtois pasó varios años trabajando en Madrid, donde su primer largometraje en español, El lobo, ganó dos premios Goya, pero ha terminado por instalarse de nuevo en la capital francesa: “En Madrid ya no se puede. La crisis está acabando la industria del cine”, dice.

Es también en Francia donde el estreno de Operación E está previsto para el 22 de noviembre, pero algunas proyecciones se han realizado ya en salas independientes. “Desde el principio teníamos una tesis –decía Courtois en una de esas presentaciones–: la inocencia de José Crisanto”.

Podría decirse que armó la película para defenderlo.

Al liberar sin cargos a José Crisanto, la justicia colombiana confirmó que este hombre era inocente. No solo en un sentido jurídico, sino, como tratamos de mostrarlo en la película, porque las personas que viven entre dos fuegos y no tienen la posibilidad de elegir son inocentes por definición.

Ese personaje víctima de las circunstancias lo encontramos en El lobo, su largometraje sobre un agente doble que al final fue traicionado por ETA y por el gobierno.

Siento mucha empatía con ese tipo de personajes. Hay otro punto en común entre El lobo y José Crisanto: el personaje es anónimo. Si no contamos sus historias nadie se entera de quiénes son, de que ellos hacen la historia así los que se pongan las medallas sean los otros.

Usted fue reportero gráfico y profesor de filosofía. ¿Cómo influyeron esas profesiones en su oficio como director?

Nunca dejé de reflexionar sobre la responsabilidad que uno tiene como artista de ayudar a construir la mirada del público. Cuando los tanques soviéticos entraron en Varsovia, los medios y los periodistas ya no podían hablar, solo Andrezj Wajda pudo seguir contando lo que pasaba. Si ves esta historia contada en los periódicos o en reportajes de televisión nunca vas a sentirte tan cercano al personaje, porque el cine le habla a la memoria.

El público colombiano tiene una idea de quiénes son los desplazados. ¿Cómo explicar este drama a los espectadores extranjeros?

El desplazamiento en Colombia tiene sus particularidades, pero es un fenómeno que existe en todas partes. Estuvimos hace poco presentando la película en un festival en Polonia, tuvimos debates al respecto, la gente comprendía lo que contábamos. En Afganistán vimos problemas similares, los mismos inocentes pagando la factura de la guerra.  

Los protagonistas siempre están huyendo aunque nadie los persiga de cerca. En eso Operación E se aleja de una película de acción.

La realidad fue así, la presión para huir no es de alguien que está a dos pasos. En las primeras versiones del guion de Operación E había más combates, más persecuciones, era una película más de género, pero me di cuenta de que eso iba a sonar mal en torno a la gravedad y seriedad de la historia de Crisanto. Si muestras demasiada acción, se va a perder el drama y nuestra historia es intimista aunque no lo parezca.

¿Tuvo en mente películas de otros directores?

No directamente, aunque pensé en algunas de las primeras películas de Oliver Stone. Yo me decía: “Vamos a hacer una película que sea verdad pero que parezca ficción, que haya momentos en que los espectadores no sepan si es real o si es un documental”. Por eso quise trabajar con Súper 16, que tiene más grano, que da una imagen un poco sucia. El problema de la selva y de todos estos paisajes en Colombia es que todo es tan bonito que si no lo sabes filmar, va a dar la impresión de que no es real, o de que no es posible que en un lugar así la gente sufra. Yo quería hacer una película real, pero no turística.

Antes de Operación E había filmado en Afganistán.

En Afganistán fue muy duro porque el país estaba en guerra total. En Colombia al menos tienes la ilusión de que en ciertos lugares puedes huir de los combates, pero al adentrarte en el Llano sientes la tensión, sientes que la gente sufre  y tiene miedo. Te dicen “por allí no se puede ir”, sin atreverse a explicar porque hablar es peligroso.

¿Los productores sugirieron trabajar en otro lugar para evitar ese tipo de tensiones?

Hubo un momento en el que se pensó hacer la película en México donde hay más industria de cine, pero Cristina Zumárraga, la productora española, y yo sabíamos que tenía que ser en Colombia, que no puedes contar esta historia si estás mintiendo al público desde el principio. Luego nos dimos cuenta de las dificultades, los mosquitos, la humedad, el clima que cambia cuatro veces al día, lo que dificulta mantener una continuidad en la fotografía, los ruidos de la selva y de la gente que nos obligaron a imaginar de una manera diferente todo el trabajo de sonido. Y claro, las dificultades propias del argumento, los animales, el trabajo con niños.

¿Qué tan complicado fue trabajar con niños en medio de la selva?

Fue delicado porque los niños son muy protegidos, no pueden trabajar sino en periodos limitados y deben responder por su trabajo escolar. Tenían prohibido cantar el himno de las Farc, como lo queríamos en una escena. En el caso de los niños que hacían el papel de los hijos de José Crisanto, tratamos de que pasaran mucho tiempo juntos para que su papel de hermanos fuera creíble.  

La coproducción parece la única manera de hacer cine de manera independiente.

No necesariamente, pero es la única manera de hacer cine internacional e incluso europeo. Francia tiene una industria muy fuerte y muchas ayudas. En mi caso tuve suerte porque el compromiso francés fue solo financiero. Además, como tengo la doble nacionalidad francesa y española, el montaje se realizó en Francia. Nunca hubiera encontrado la manera de meter actores franceses en mi película.

No me imagino que Gérard Depardieu hubiera hecho de “Mono Jojoy” mejor que Humberto Rivera.

No conocía a Humberto antes, pero me dijeron que ya lo había representado alguna vez, y además se parece físicamente. Los que no somos colombianos no lo conocemos, pero en Colombia sí, y varias personas en el set nos decían que si no fuera porque en ese momento ya estaba muerto, hubieran creído que era él.

Esa fue una excepción...

Lo más importante era tener excelentes actores. Imagínese lo que sería encontrar un actor como Luis Tosar y además pretender que se parezca a José Crisanto. Además, la narración lo permitía: si hubiéramos querido mostrar a Uribe o a Chávez, habríamos necesitado actores que se parecieran a ellos. La gente conoce sus rostros. La fuerza de toda la historia reposa sobre el hecho de que José Crisanto es un hombre anónimo.

Entre los elementos que separan la película de un documental está el hecho de que Crisanto sepa dibujar caricaturas. ¿Por qué añadir este elemento?

Fue un invento de Antonio Onetti, el guionista, que nos permite darle un carácter que el espectador puede percibir. Pudimos haberlo hecho músico, pero eso sería más difícil de mostrar. Además nos permitió ese momento cinematográficamente muy fuerte en el que él hace una caricatura de Uribe y Chávez en el asfalto; esa imagen muestra hasta qué punto él es solo una víctima de un juego que lo sobrepasa.

¿Cómo se reconstruyeron la historia y los hechos reales?

Fue al principio un trabajo de prensa. En Francia se habló muy poco de Emanuel, en España bastante más y en Colombia había mucho material. Onetti construyó una primera versión a través de todo lo que encontró. Cuando más tarde se publicó el libro de Crisanto, volvimos a revisar todo para verificar si lo que pensábamos era coherente con su historia.

En el resto del mundo, y en particular en Francia, la gente esperaba que la película hablara un poco sobre Ingrid Betancourt, que es un símbolo de los secuestrados.

Ingrid ha monopolizado la imagen de los rehenes del conflicto colombiano, y esta película no es sobre los rehenes sino sobre otro tipo de víctimas. El conflicto no puede reducirse a las Farc cuando hay cuatro millones de colombianos que han sido desplazados.

En ese sentido, imagino que lo sorprendió la reacción de Clara Rojas, quien ha dicho que no está de acuerdo con el proyecto.

Me sorprendió porque estábamos rodando y ella dijo que no quería que se hiciera e intentó parar el rodaje. Ese fue un tema que gestionaron los productores. Yo estaba trabajando, las condiciones eran duras y no quería desconcentrarme. Creo que ella tuvo miedo de que hiciéramos una película sobre ella, pero ni siquiera aparece. Y lo que se dice sobre ella son datos de dominio público, cosas que todo mundo sabe. Si ve la película ahora supongo que se sentiría más tranquila. Operación E no es una película polémica, nunca tuvo vocación de serlo. |