¿Es Zero Dark Thirty una apología de la tortura?

¿Es Zero Dark Thirty una apología de la tortura?

Entre el esquivo patriotismo de Kathryn Bigelow, la descarnada crudeza de Michael Haneke y el delicado caso Clara Rojas, los espectadores se enfrentan a tres películas complejas. Y deben tomar posiciones.

2013/02/20

Por Francisco Barrios* Bogotá

El pasado 9 de enero, en las afueras del Newseum, en Washington DC, un grupo de manifestantes encapuchados protestó a las puertas de la sala donde se presentó la película Zero Dark Thirty (que se estrenará en Colombia el próximo 15 de febrero con el pedestre título Operación: Bin Laden, con el que alude a una película bélica más que dramática, y así soslaya la controversia). Unos días antes, David Clennon, un miembro de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood, declaró a través del sitio web Truthout.org que no votará “por una película que presenta como héroes a unos americanos que cometieron el crimen de la tortura” y animó a los demás miembros a boicotear la cinta. Con sus declaraciones, Clennon se refería a las brutales sesiones de tortura de las que fueron víctimas muchos detenidos después de los ataques a las Torres Gemelas, y que Kathryn Bigelow recrea en tiempo real en Zero Dark Thirty. Después de las declaraciones de Clennon, Amy Pascal, la presidenta de Sony, distribuidora de la película, salió en defensa de Bigelow y de su guionista, Mark Boal, y manifestó estar “indignada” por el boicot de Clennon.

Antes del operativo que llevó a la ejecución de Osama Bin Laden en Abbottabad, Pakistán, Bigelow y Boal estaban a punto de empezar a rodar una historia enfocada en el fracaso de la captura del terrorista en las cuevas de Tora Bora, en Afganistán. Cuando el presidente Barack Obama anunció la muerte de Bin Laden, el 2 mayo de 2011, la directora y el guionista le dieron un giro a su proyecto y se concentraron en la historia de los agentes de la CIA involucrados en el ahora exitoso operativo y, en concreto, en la historia de la agente Maya –al parecer llamada Jen en la vida real–, quien estuvo obsesionada durante diez años con dar de baja a Bin Laden (“Es una asesina”, dice uno de sus jefes en la película). La agente, interpretada por Jessica Chastain, asiste a varias sesiones de tortura hasta llegar a dirigir una ella misma: “Si me mientes, voy a hacerte hacer daño”, le dice a un detenido, y esta parece ser la frase de cajón de los torturadores de las agencias de seguridad, un entorno del que Bigelow sabía poco antes de Zero Dark Thirty.

Kathryn Bigelow nació en 1951 en San Carlos, California, y desde niña mostró interés por las artes plásticas. Al terminar la secundaria entró al Instituto de las Artes de San Francisco, y, poco antes de graduarse, uno de sus profesores envió, sin su consentimiento, unas muestras de su trabajo al Programa de Estudios Independientes del Whitney Museum. Esta institución le ofreció una beca y la dotó de un precario estudio en una antigua bóveda de un banco en el sector de Tribeca, en Nueva York. En esta ciudad, Bigelow se dedicó a la escultura y al arte conceptual. También se hizo amiga del músico Philip Glass, con quien remodelaba lofts para subarrendar, y conoció a Robert Mapplethorpe y a Andy Warhol, quien, según afirmó para Time, fue quien la hizo pensar en pasar de la plástica al cine: “Creo que tuve una conversación con Andy Warhol en algún momento durante estos años. Andy decía que había algo mucho más populista en el cine que en el arte, que el arte era muy elitista y excluía a un gran público”.

Mientras Bigelow hacía parte del programa del Whitney, entabló amistad con Susan Sontag, profesora del programa, se unió a un colectivo llamado Arte & Lenguaje y empezó a interesarse por el cine. De nuevo, un profesor suyo vio una muestra de su trabajo, esta vez un corto inacabado, y se lo envió al director Milos Forman, entonces profesor de la Universidad de Columbia. El director de Amadeus le ofreció una beca a Bigelow en el programa de cine de esta universidad.

En 1978 Bigelow dirigió su primer largometraje The Loveless, en el que debutó Willem Dafoe. A este le seguirían Near Dark (1987), Blue Steel (1989), Point Break (1991) y Strange Days (1995), todas películas caracterizadas por una taquilla pobre, una crítica ambivalente y el culto de miles (que es muy poco para el cine). La carrera de Bigelow dio un giro cuando conoció a Mark Boal, que había cubierto como cronista la guerra de Irak, y con quien trabajó en el guion de The Hurt Locker, la introspectiva película que narra la vida del sargento William James, especialista en desactivar bombas en Irak. Pero el éxito de esta película traería también críticas para Bigelow porque, si bien obtuvo seis premios Oscar, incluyendo el de Mejor Director (por primera vez concedido a una mujer), su discurso de aceptación fue muy decepcionante para la opinión pública liberal. Bigelow les dedicó su premio a los “hombres y mujeres en las Fuerzas Militares que arriesgan su vida a diario en Irak, Afganistán y alrededor del mundo”. Los sectores progresistas esperaban una declaración antibélica contundente, más que un agradecimiento patriótico.

En cuanto al debate alrededor de Zero Dark Thirty en los Estados Unidos, este no solo se ha centrado en si se debieron mostrar o no escenas de tortura. Leon Panneta, exdirector de la CIA, afirmó que la pista decisiva para dar con Bin Laden vino de un prisionero que no estaba bajo custodia de la CIA, es decir, que no fue torturado, y la película muestra que la tortura fue efectiva para dar con esta pista. El otro punto en discusión es si Bigelow y su equipo tuvieron acceso a información clasificada de la CIA.

“Mostrar no es endosar”, afirmó la directora en una carta que publicó en Los Angeles Times, pero tal vez ahí está el problema: una cosa es mostrar la adicción a la adrenalina de un hombre que desactiva bombas y otra muy distinta la adicción a la adrenalina de unos agentes secretos que torturan.

La semana pasada, después de las declaraciones de Bigelow, el crítico y filósofo esloveno Slavoj Žižek escribió para The Guardian: “Me gustaría vivir en una sociedad en la que la violación es simplemente considerada como inaceptable, de tal manera que cualquiera que argumente al respecto, aparezca como un idiota excéntrico, no en una sociedad en la que uno tiene que argumentar en contra de la violación. Lo mismo se aplica a la tortura: una señal de progreso ético es el hecho de que la tortura sea rechazada de plano como algo repugnante, sin necesidad de argumentos. La regularización de la tortura en Zero Dark Thirty es una señal del vacío moral al que nos aproximamos”. Los medios de comunicación colombianos, tan proclives a replicar los peores productos masivos gringos, harían bien en replicar también este debate fundamental que desató Kathryn Bigelow.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.