Varios fotogramas de 'Taxi', prohibida en Irán. Foto: Jafar Panahi Film Productions / The Kobal Collection / AFP
  • Jafar Panahi ha dirigido películas notables como El círculo (2000) y El globo blanco (1995). Foto: Atta Kenare / AFP.
  • Hana es la sobrina de Jafar Panahi y participa en la película como pasajera del taxi. Fue la encargada de recoger el Oso de Oro en Berlín que recibió la película. Foto: Tobias Schwarz / AFP

'Taxi': un recorrido por la vida de Teherán

Después de pasar un año en la cárcel y ahora confinado a permanecer en su país, el cineasta iraní, Jafar Panahi, ha tenido que recurrir a la punta más experimental del espectro cinematográfico para hacer películas. El 28 de abril se estrena en Colombia 'Taxi' (2015), que ganó el Oso de Oro en Berlín, en la que aborda la vida en Teherán.

2016/04/17

Por Catalina Gómez Ángel* Teherán

Al otro lado del parabrisas la vida transcurre tranquilamente, con una pasividad que no es habitual en Teherán. Tal vez a la espera de la luz verde, tal vez en un ejercicio de contemplación, el conductor se toma su tiempo para observar cómo pasa el tiempo en una ciudad que se ve ajena desde el interior del carro: mujeres jóvenes cubiertas con el obligatorio mahnaeh camino hacia un destino desconocido, otras vestidas con el tradicional –o revolucionario– chador negro, hombres trabajadores que se ganan la vida yendo de un lado a otro, y los típicos y endebles coches blancos que se han apoderado del parque automotor local gracias a las sanciones económicas y al aislamiento del país.

Como telón de fondo, las construcciones cenizas por momentos hacen ver triste a la ciudad. Solo los carteles, los árboles y sobre todo los parques rompen la monotonía monocromática. Pero una vez arranca el carro, y comienza su recorrido sin pausa por Teherán, la ciudad empieza a tomar sentido gracias a la cámara secreta que colocó el taxista –y cineasta– Jafar Panahi, y que algunos pasajeros –o más bien “actores”– interpretan como una medida de vigilancia.

En una sociedad policial, donde los ojos y oídos de las autoridades logran escudriñar la vida de las personas hasta en los momentos más íntimos, no es extraño toparse con cámaras secretas en los lugares más extraños, incluido un taxi. Así lo interpreta el primer pasajero que recoge Panahi. Este joven, que podría ser uno de los cientos de miles de jóvenes universitarios desempleados que intentan ganarse la vida en el rebusque diario, cree que el conductor la ha instalado para evitar uno de esos grandes robos que, según él, se dan en Teherán. Robos que parecen más fantasía si el observador soy yo, o usted, personas que hemos crecido en ambientes donde la delincuencia común es un verdadero problema.

Pero la preocupación de Panahi, el director reconvertido en un atento conductor de taxi, va más allá de la inseguridad. ¿Qué pasa con los castigos a quienes cometen “faltas” en una sociedad donde la ley islámica, la sharia, prevalece? ¿Qué pasa cuando todas las acciones se toman basadas en la religión? ¿Cuál es la doble moral a la que se enfrenta la realidad iraní? ¿Quién es el verdadero enemigo de la sociedad? El taxi de Panahi se convierte así en el medio ideal para hablar de los problemas de esa sociedad, los mismos que el director ha trabajado sistemáticamente desde sus comienzos como cineasta: la extendida prostitución en Irán en The Circle  (El círculo) o la prohibición a las mujeres para asistir a los estadios en Offside (Fuera de juego).

Pero si hasta hace poco Panahi era un director convencional, que reconstruía aquellas problemáticas con actores y narrativas clásicas, desde su paso por prisión entre 2010 y 2011 se ha convertido en uno que experimenta, que intenta reconstruir con palabras lo que no puede escenificar dramáticamente, y que ahora se sitúa, no en el margen, sino en el centro de sus películas. En Teherán hay una leyenda urbana que dice que la gente no cambia por gusto, sino por obligación. Fotoperiodistas convertidos en artistas conceptuales, jóvenes actores convertidos en empresarios, expresidentes convertidos en activistas –o prisioneros políticos– o directores clásicos haciendo cine experimental, como Panahi. Todo esto como consecuencia de la presión que se ejerce sobre algunos sectores políticos, académicos, intelectuales o artísticos y que aumentó después de las controvertidas elecciones de 2009 cuando millones de iraníes protestaron por la victoria, según la versión oficial, de Mahmud Ahmadineyad.

Si bien la situación en el país ha cambiado desde la llegada del presidente Hasán Rouhaní al poder en 2013, la presión contra algunos sectores sigue vigente. Panahi, quien por ahora no puede salir del país, podría volver a la cárcel si así lo deciden algunos cuerpos de inteligencia pertenecientes al sector más radical del complejo sistema estatal de la república islámica que se oponen a los cambios –impulsados algunas veces por el mismo gobierno– y que temen a las aceleradas transformaciones sociales que vive el país.


Jafar Panahi ha dirigido películas notables como El círculo (2000) y El globo blanco (1995). Foto: Atta Kenare / AFP.

Taxi, ganadora del Oso de Oro en la Berlinale de 2015, es el tercer largometraje que realiza Panahi desde que fue condenado por razones políticas a seis años en prisión –aunque la compleja justicia iraní permite cumplir esas penas en casa, al menos hasta que decida lo contrario– y por 20 años tiene prohibido hacer películas, escribir guiones y dar entrevistas a medios extranjeros. Ninguna de las dos penas las ha cumplido a rajatabla, pero como bien lo plantea uno de los pasajeros de la película: en Irán “hay realidades que no se quieren mostrar, pero que ellos mismos llevan a cabo”.

Así que Panahi, a pesar de que puede salir de casa, ha bajado su perfil, evita aparecer en público y solo en contadas ocasiones habla con la prensa. Para este reportaje no quiso hacer comentario alguno. “No está hablando con nadie por estos días”, me dijeron desde su círculo más cercano. Sus películas, y no le queda otra opción, las hace a escondidas. O, para seguir la línea narrativa de la república islámica: las tres películas que ha hecho en su nueva condición de director silenciado las ha realizado en el ámbito de lo privado. En This is not a Film (Esta no es una película) (2011), Panahi habla frente a la cámara desde la intimidad de su casa sobre las películas que quiere hacer pero no puede por las imposiciones de la república islámica. El largometraje fue sacado de Irán en una memoria usb que un amigo escondió en un pastel.

Closed Curtain (2013), que también salió del país clandestinamente, se lleva a cabo en otra casa, esta vez en el mar Caspio, donde muchos iraníes tienen sus residencias de veraneo. La película, una mezcla entre ficción y documental, trata sobre los dilemas de escribir un guion y de grabar películas. Y es que Panahi, además de cambiar su estilo, también ha terminado por convertirse en un director cuyo tema reiterativo son los problemas de hacer cine en Irán.

Taxi, aunque toca otras problemáticas, también sigue esa línea. Pero también es la primera película de la trilogía en la que el director logra salir de esos espacios privados donde, en teoría, nadie lo observa. En esta ocasión Panahi se monta en un taxi, convierte a las calles de Teherán en una protagonista silenciosa y a sus pasajeros en los narradores de aquello que sucede en la sociedad. A pesar de que parezca paradójico, los taxis en Irán hacen parte del espacio de lo privado. Encerrados, los pasajeros tocan todo tipo de temas, incluidas críticas al Líder Supremo y a los gobernantes de turno, y muchas veces las cabinas se convierten en uno de los pocos espacios sociales donde gente que no se conoce tiene el espacio para expresar lo que piensa.

El primer tópico que trae a la luz la película es la pena capital. Irán, después de China, es el país que más ejecuciones realiza al año, y los motivos para recibir este castigo van desde el tráfico de drogas hasta asesinatos o grandes robos. Mientras que el joven desempleado, quien vive de bienes ajenos, apoya la pena de muerte, la mujer que entra en el taxi minutos después la desaprueba. “¿Cuáles son los cánones para decidir que esto debe hacerse?”, se pregunta haciendo eco al cuestionamiento de los defensores de derechos humanos.

“Señor Panahi, estos son actores. Usted está haciendo una película”, le señala otro de los pasajeros que se monta a continuación y quien descubre la cámara secreta. El hombre lo ha identificado. ¿Cómo no? Panahi es una figura pública no solo por sus películas sino porque su activismo lo ha llevado en los últimos años a tener gran reconocimiento entre el quienes piden reformas, en especial los jóvenes. Se suma, además, que la profesión del pasajero no es otra que la de vendedor clandestino de películas extranjeras, prohibidas en Irán.

Él le recuerda que le ha vendido películas en el pasado: “Érase una vez en Anatolia y Medianoche en Manhattan, ¿se acuerda?”. El vendedor pertenece a ese inmenso grupo de personas que, aunque rompen la ley, son aceptados por el gobierno mientras mantengan un perfil bajo. Está prohibido ver televisión por satélite pero el mercado está inundado de módems. Se prohíbe el cine extranjero pero en las calles se consiguen las últimas producciones de Hollywood. “Incluso las que se están filmando”, dice el vendedor. Quien esto escribe no hubiera podido obtener una copia de Taxi, al menos dentro de Irán, si no existieran hombres como él.

Y sin esos vendedores clandestinos, que aparecen incluso en las calles más vigiladas, la educación cinéfila de los iraníes se limitaría a la propaganda o a películas cómicas sin calidad que a veces promueve el Estado. Las salas de cine solo presentan escasísimas películas extranjeras y durante muchos años las de directores reconocidos como Abbas Kiarostami, o Panahi en su momento, o no recibían permiso de exhibición o las destinaban a escasas salas.

“He visto todas las películas pero todavía no encuentro el tema sobre el cual trabajar”, le dice un estudiante a un descorazonado Panahi que sin duda sí tiene temáticas pero que, al contrario del joven, no puede trabajar. Y es que frente a la prohibición a la que se enfrenta Panahi después de la sentencia, las demás restricciones para hacer cine en Irán parecen sencillas. Los directores tienen que lidiar con las reglas implícitas como las mujeres perfectamente tapadas, nada de violencia extrema, abolir los espacios oscuros, que el protagonista no lleve corbata ni nombre persa –para los clérigos los símbolos occidentales son tan restantes como muchas veces lo son las tradiciones persas antiguas, muchas de ellas descendientes del zoroastrismo–, y no tocar narrativas que vayan en contra de la moral islámica.

Hana, la sobrina de Panahi, de 11 años, recuerda esas reglas en la película cuando lo convoca para pedirle su consejo: la profesora les ha encargado hacer una película pero tiene que seguir las reglas. La niña ha hecho un corto sobre una joven que se enamora de un afgano pero la relación no es aceptada por el padre de ella. Ahora tiene un problema: la temática no se atañe a las reglas de la república islámica y nunca recibiría permiso para mostrarla en la sesión de padres de familia. Por eso ha pensado que nadie más que su tío, al que va siguiendo con su pequeña cámara mientras conduce el carro por la ciudad, puede ayudarle. “Pero no entiendo –le pregunta cuando el último pasajero se baja–. ¿Cuáles son esos personajes que causan controversia?”.

*Corresponsal de Semana

Trailer de Taxi (2015)

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