American Hustle

Fábulas y verdades

Aunque American Hustle no fue recibida con mucho entusiasmo por la crítica local, puede ganar varios Oscar por su recreación del escándalo Abscam. Esta es la historia que inspiró la película.

2014/02/28

Por Francisco Barrios* Bogotá

Si Peter Greenaway hubiera dirigido American Hustle en Colombia tal vez la habría titulado El pícaro, su esposa, la moza y el tombo. Y ese título tan vulgar quizás habría dado cuenta de la última película de David O. Russell, que me llevó también a imaginarme cómo pudieron ser los embrollos del Proceso 8000, porque mientras veía al timador Irving Rosenfeld, interpretado por Christian Bale y basado en el personaje real Mel Weinberg, no podía evitar pensar en Santiago Medina. En cuanto a su cómplice, Sydney Prosser, interpretada por Amy Adams, “retrechera” podría ser el epíteto que mejor la describe. Sin embargo, el público colombiano fue más bien reticente en su recepción de esta película, y creo que esto tiene que ver con que se trata de algo demasiado visto, porque si bien la crítica internacional ha estado claramente dividida, sus entusiastas y sus detractores no han sido pocos ni de poca monta. La Asociación de Críticos de Nueva York la escogió como la mejor la película del 2013. David Denby, uno de los críticos de The New Yorker, escribió en su reseña de American Hustle: “Sus actores, todos ellos corriendo grandes riesgos, forman un conjunto como el de cualquiera de las películas de la Edad de Oro de Hollywood”, y Peter Bradshaw, de The Guardian, no dudó en referirse a American Hustle como “una comedia negra desvergonzada, tintineante e irresistiblemente digna de ver” (lo que resulta un elogio descomunal si tenemos en cuenta que se trata de un crítico inglés). Además, la película está nominada en diez categorías para los Premios Oscar, entre ellas, la de Mejor Película, Mejor Director, Mejor Guion Original y Mejor Edición. Sus críticos, por su parte, han señalado cómo American Hustle acusa un gran vacío narrativo por cuenta de un guion mal escrito y mal estructurado, y esta opinión parece condensada por Spencer Hornhaber de The Atlantic, que señala cómo los personajes se acusan entre ellos de “hablar mierda” y concluye que, si bien la película tiene un final feliz, este “se siente, francamente, como habladera de mierda”. Creo que Hornhaber tiene razón, pero creo también que Russel y su coguionista, Eric Warren Singer, se propusieron inquietar a los espectadores con un guion que refleja esa “habladera de mierda” que es la corrupción.

 

American Hustle está basada en un caso real y los pormenores de este no son menos delirantes que los de la película. Para empezar, American Hustle –pedestremente traducida como Escándalo americano, como si no existieran las correctas “timo” y “estafa”– hace referencia a la operación Abscam, una contracción de “Abdula” y “Scam” (engaño), pero lo de Abdula fue una enmienda posterior que hizo el FBI cuando la comunidad árabe de los Estados Unidos protestó por el nombre original de la operación: “Arab Scam”. La película empieza con una escena en la que Irving Rosenfeld se pega un bisoñé y sale a sobornar a Carmine Polito (Jeremy Renner), el alcalde de Camden, Nueva Jersey, en una suite del Hotel Plaza de Nueva York. Pero desde un comienzo vemos que se trata de una estratagema para capturar a políticos venales. En la realidad, la operación Abscam, que empezó en 1978, solo pretendía destapar algunos escándalos menores en Long Island, pero el descubrimiento de un robo de certificados del Chemical Bank entusiasmó tanto a Weinberg y al FBI que fue el primero quien sugirió la idea de crear una empresa de fachada, Abdula Enterprises, supuestamente de propiedad de un jeque árabe. Ese año, el estado de Nueva Jersey había legalizado el juego en Atlantic City con la idea de revitalizar la economía del estado, y Weinberg hizo correr la voz de que el jeque Abdula estaba interesado en invertir millones de petrodólares en casinos a cambio de beneficios como licencias de juego y pasaportes americanos, para lo cual se necesitaba de funcionarios que pudieran agilizar los trámites a cambio de sobornos. Pero ¿a quién se le ocurre que un jeque petrolero va a sobornar a unos políticos de Nueva Jersey cuando podría recurrir fácilmente a canales oficiales de alto nivel? A un político. En cuanto al famoso jeque árabe, en la película este es un agente del FBI de origen mexicano; en la realidad, el jeque fue interpretado por un Bogotá agente federal de ascendencia libanesa, pero esto fue después de que el primer jeque falso pusiera en jaque la operación. En lo que respecta a la verdadera Sydney Prosser, Evelyn Knight en la vida real, esta no resulta tan mal librada: sí era de origen inglés, no estaba al tanto de toda la operación y no fue condenada por ningún delito, pero su rival sentimental, la esposa de Weinberg, interpretada espléndidamente por Jennifer Lawrence, sí parecía tan chiflada como en la película: en 1980 apareció en una entrevista televisiva afirmando entre lágrimas que su marido había recibido regalos y dinero, lo que resultó no ser cierto. Unos días después de la entrevista se suicidó.

 

Por cuenta de la operación Abscam fueron enjuiciados el senador demócrata Harrison Williams, seis miembros de la cámara de representantes, un senador del estado de Nueva Jersey, algunos miembros del consejo de Filadelfia, el alcalde de Camden, Angelo Erricheti, y un funcionario de Inmigración, pero la reacción del Senado estadounidense no fue la de aplaudir la detección de los corruptos, sino la de indignarse por los excesos del FBI y fijar nuevos parámetros para las operaciones encubiertas.

 

El escándalo Abscam resultó ser el final de una década que había empezado con Watergate, que les confirmó a los estadounidenses que sus políticos eran tan corruptos como los del resto del mundo y también que sus servicios de seguridad eran tan chambones como los de tantas naciones a los que esos mismos servicios asesoraban. Creo que es Andrew O. Hehir, periodista de Salon.com, quien apuntaló la ambigüedad de la película al afirmar: “No estoy seguro de que los detalles de la trama sean especialmente importantes, de hecho, no creo que American Hustle tenga una trama. Se trata de una fábula del delirio y de la entropía, del deslumbramiento, y eso ya es un gran timo en sí mismo; es sugerir que toda en la vida americana es una estafa colorida pero sin sentido”.

 

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