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  • Víctor Gaviria ha dirigido cuatro películas desde que comenzó con Rodrigo D, en 1990.

Los oprobios cotidianos

Pensada incialmente como un documental, la historia de Margarita, una mujer vejada hasta la saciedad por uno de los miembros de la banda Los Paputas, resultó siendo la cuarta película del más avezado de los directores contemporáneos de Colombia. Un abismo al que nos asomamos a nuestra propia degradación.

2015/08/21

Por Sandro Romero Rey* Bogotá

Cuando Víctor Gaviria decidió hacer su primer largometraje de ficción, a finales de la década de los ochenta, comenzó a rodearse de jóvenes profesionales del cine colombiano dispuestos a correr grandes riesgos. Uno de ellos se llamaba Ricardo Duque, quien ya tenía varias películas a cuestas y una larga experiencia en el mundo de la dirección artística. Gaviria llamó a Duque y Duque le pidió un guion. Pocos días después, Duque recibiría una serie de cartulinitas de colores en las que decían dos o tres frases indicando situaciones generales y nada más. Ese era el guion de Rodrigo D: no futuro. Duque, intrigado (¡hay tantos cineastas colombianos con buenas ideas y malas mañas!), llamó a sus amigos del oficio y preguntó por el extraño autor del guion de las cartulinitas de colores. Pronto supo que Víctor Gaviria no solo era un entusiasta realizador de películas experimentales sino que, ante todo, era un poeta. Duque decidió seguirle la corriente y, durante varios meses, en compañía del director de fotografía Rodrigo Lalinde y un ejército de valientes colaboradores, se internaron en las entrañas más peligrosas de la ciudad de Medellín para realizar lo que sería, tiempo después, la primera película colombiana en ser recibida en la Competencia Oficial del Festival de Cannes. Inmediatamente, el nombre de Víctor Gaviria comenzó a aparecer al lado del de los grandes realizadores audiovisuales del continente. Pero el éxito no se lo llevaría por delante. Pasarían varios años antes de que su segundo largometraje, La vendedora de rosas, fuese filmado en condiciones aún más difíciles que las de su ópera prima. Cuatro meses de preproducción y siete meses de rodaje se necesitaron para que el poeta Gaviria consolidase su insólito método de dirección de actores naturales, con el que aprendió a extraerles, a las personalidades más peligrosas de su entorno, la escondida belleza que se enquistaba detrás de sus difíciles condiciones de vida. Una vez más, acompañado de su protagonista, Lady Tabares, y de una decena de cómplices paisas, caleños y bogotanos, Gaviria viajó por segunda vez a Cannes, para engalanar la alfombra roja con sus protagonistas alejados del glamour y tan próximos a la cleptomanía y al asesinato.

Aunque las hazañas en 2015 del cine colombiano en la Côte d’Azur son memorables (El Art Cinema Award a El abrazo de la serpiente, la Caméra d’Or para La tierra y la sombra…), nada puede compararse aún al hecho de que un director salido de las entrañas profundas de Antioquia haya participado en dos ocasiones en la Competencia Oficial, junto a los nombres más representativos del cine mundial.

Los años han pasado y Gaviria no ha querido venderse al mejor postor. Para su tercer largometraje, prescindió de “la fórmula” de sus películas anteriores y decidió sumergirse en los bajos fondos del narcotráfico local, con actores sin ninguna experiencia, a partir de una historia en la que sus protagonistas se sentían involucrados más allá de los protocolos de la ficción. Sumas y restas no estuvo en Cannes, pero sí consolidó el talento de un creador que había pasado la condición de pionero y ahora debería codearse con las nuevas generaciones de cineastas locales, llenos de conocimientos, de recursos y de historias por contar.

No ha sido fácil. Su cuarto largometraje, que parecía ser una fábula sangrienta a partir de los matones del llamado “período de la violencia” de los años cincuenta, se ha quedado en veremos, porque en Colombia, las películas no pueden pasar del promedio sagrado del millón de dólares y con esa suma no se hacen films donde se reconstruya el pasado. Pero los poetas son seres muy tercos. Ante la imposibilidad de sumergirse en la vida de alias Sangrenegra, Gaviria recuperó una historia en la que había venido trabajando junto a su productor y compañero de creaciones, Erwin Göggel. Se trataba de un crudo documental que giraba en torno a la vida de una mujer dominada, poseída, violentada y anulada por un siniestro personaje, entre 1975 y 1981, conocido como el Animal. Ante los obstáculos que se presentaron durante la reconstrucción de los acontecimientos, el material filmado pasó al baúl de las películas perdidas. Pero Gaviria no se dio por vencido. Si Sangrenegra no era posible, La mujer del Animal debería abrirse paso en su filmografía a como diera lugar. En el año 2014, acompañado de Rodrigo Lalinde, Ricardo Duque y nuevas generaciones de colaboradores, se rodó la que parece ser, hasta el momento, su película más compleja.

Victor Gaviria ha dirigido cuatro películas desde que comenzó con Rodrigo D, en 1990.

Siguiendo la célebre boutade de Samuel Beckett, quien afirmaba que un artista es aquel que se atreve a fracasar, Gaviria decidió no complacer a nadie y sumergirse sin escafandra en las raíces del mal. Si en algo coinciden tanto el director como sus colaboradores (los citados Lalinde y Duque; el editor Etienne Boussac…) es que no se trata simplemente de una historia de un hombre que le pega a su esposa. Es una película coral, con casi 70 personajes, que sucede durante muchos años (solo la protagonista se cambia de vestuario… ¡63 veces!) en la que se da cuenta de las desgracias vividas por Margarita, violentada hasta los límites de lo verosímil por un hombre, miembro de la banda de Los Paputas, violadores empedernidos, quien se encarga de pasear a su hembra como trofeo de guerra, la hace vivir en cloacas o casas miserables de familias inmensas, mientras todos los que los rodean, de una forma u otra, son cómplices de la humillación, porque no son capaces de salir del pánico que les insufla el Animal.

Gaviria conoció a la protagonista de los acontecimientos y, con ella, recreó la historia. Pero no se trataba simplemente de construir un drama psicológico para que actores histriónicos se sintieran hijos del Actors Studio, reconstruyendo situaciones límite. Había que hacerla, una vez más, con actores naturales dispuestos a dejar sus entrañas en la aventura. “Este tipo de historias no tienen explicaciones psicológicas o sociológicas, sino a través del mito”, parecen coincidir tanto Gaviria como Duque, cuando se les pregunta por los acontecimientos de La mujer del Animal. Una vez más, se necesitaron muchos meses y una paciencia monástica para la inmersión de filigrana en los hechos que configuran la saga de la bestia. El material de rodaje es inmenso y, tras unos meses donde se trazó un gran borrador en la edición, es ahora Etienne Boussac el responsable de que semejante pesadilla cobre una dimensión de altos valores artísticos. Porque las películas de Gaviria no son solo experiencias extremas, donde sus gestores se atreven a filmar en la boca del lobo. Al contrario, el verdadero triunfo de Rodrigo D y La vendedora de rosas, de Sumas y restas y, ahora, de La mujer del Animal radica en el hecho de extraer la más extrema sensibilidad, más allá de los horrores evidentes de sus modelos reales. “Expresionismo casual”, llama Gaviria a los logros del fotógrafo Rodrigo Lalinde (ahora convertido en un exitoso realizador de televisión, pero que no puede evitar la tentación de trabajar con su antiguo compañero de luchas cinematográficas, cada vez que este se lo propone). Porque de eso se trata: La vendedora de rosas tuvo como punto de partida un cuento del escritor danés Hans Christian Andersen y su espigado romanticismo logra colarse en el infierno de las calles de Medellín, durante una Navidad que parece reconstruida en un infierno de poesía. Ahora, La mujer del Animal podría tener como referente la fábula de La bella y la bestia, llevada al cine en distintas ocasiones (ironías de la historia, el editor Etienne Boussac trabajó en la más reciente, dirigida por el francés Christophe Gans). Pero es un punto de partida demasiado aleatorio, puesto que “el encierro” de “la bella” no corresponde para nada a la colección inconcebible de oprobios en los que el Animal envuelve a la indescifrable protagonista. Por otro lado, no se trata de un huis-clos (al estilo de clásicos referentes como El coleccionista, de William Wyler, o ¡Átame!, de Pedro Almodóvar), sino de una película coral, llena de puntos de vista, de digresiones narrativas, de descripción de atmósferas y de personajes a cual más insólitos, de tal suerte que los acontecimientos no se explican por la mecánica de la injusticia, sino por los meandros aterradores de la complicidad social.

En la medida en que avanza la edición (Gaviria trabaja con Boussac en Bogotá, lejos de su Antioquia natal, como si quisiera guardar una distancia necesaria, mirando a su minotauro desde la barrera de las ciudades…), el director descubre a sus criaturas. Sabe que en los ojos de su montador se encuentra parte del milagro (Boussac ya lo consiguió en otras películas colombianas como Edificio Royal o El abrazo de la serpiente, luego de haber trabajado con “monstruos sagrados” de la edición como Hervé de Luze, para films esenciales de Roman Polanski o Quentin Tarantino, entre muchos otros). Pero cada película es un universo demasiado cerrado y para cada aventura audiovisual hay que partir de cero. De nada sirven las experiencias anteriores. Mucho menos, cuando un director decide quemar sus naves y arriesgarse a reconstruir un universo que nadie quiere ver, ni siquiera sus protagonistas. Porque el mal en Colombia no está solamente enquistado en las almas podridas de sus héroes armados. En realidad, la tragedia de un país se alimenta en los oprobios de su vida cotidiana, en ese fascismo ordinario en el que se levantan cientos de miles de habitantes que conviven sobre un polvorín social en los que violar a las vecinas es un acto cotidiano, exhibir mujeres se convierte en un triunfo de su poderío y asesinar seres humanos es tan fácil como desollar un conejo.

Acercándose a la antigüedad griega, en La mujer del Animal, al parecer, no habrá buenos ni malos. Todos son responsables, por acción o por omisión, de sus peores hazañas. Cuando Gaviria les dio a leer las primeras versiones de su historia a sus colaboradores (atrás quedaron las cartulinitas de colores), todos parecían coincidir en sugerirle la inutilidad de contar semejante colección de oprobios. Pero Víctor es un creador del todo o nada. Sin ningún tipo de remordimientos, pero con altas dosis de dudas, decidió tratar de entender, en cientos de horas de rodaje, dónde radican los orígenes de lo peor de los seres humanos. Al mismo tiempo, no quería estigmatizar de forma maniquea al Animal de su historia. Algo debía haber más allá de su placer por el sufrimiento ajeno. En ese momento, se dio cuenta de que la presencia de un tercero permanente, de un testigo en la saga entre la mujer y su victimario debería ser continua, puesto que no se trataba de un acuerdo secreto entre una pareja con pulsiones sadomasoquistas. Al contrario, el torbellino del desastre en el que se sumerge su historia es el de una pesadilla conjunta que, como en Las bacantes, de Eurípides, todos terminan siendo víctimas y culpables de la macabra danza de la vida cotidiana. De la que ahora el cine de Víctor Gaviria intentará sacarnos a cachetadas.

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