El rodaje de 'El abrazo de la serpiente' duró 12 semanas.
  • Aspectos del rodaje de El abrazo de la serpiente que duró 12 semanas en medio de la inclemencia del clima.
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Amazonas perdido

En 2010, Ciro Guerra, director de 'Los viajes del viento', comenzó a escribir un guion inspirado en los textos de Theodor Koch-Grünberg, etnólogo alemán que estuvo en Colombia sin saberlo a comienzos del siglo XX en una travesía por el Vaupés. Arcadia accedió a una de las primeras pruebas de edición y entrevistó al director.

2014/11/19

Por Sandro Romero Rey* Bogotá

Cuando uno se encuentra frente a frente con el director colombiano Ciro Guerra y con la productora Cristina Gallego, los gestores de Ciudad Lunar y responsables de películas como La sombra del caminante o Los viajes del viento, es poco probable imaginarse que, más allá del silencio que los envuelve, se encuentre la ferocidad aventurera de los mejores cineastas.

A ambos los conocí en el año 2010, cuando Arcadia me envió a Patillal, para escribir una crónica sobre una extraña película que se rodaba en la zona y que parecía iba a partir en dos la historia del cine colombiano. No sé si Los viajes del viento representó un antes y un después para nuestra filmografía, pero sí puedo decir que en Ciro Guerra existe un autor, en el profundo sentido que el término tenía para los críticos franceses de los años cincuenta. Ahora, con El abrazo de la serpiente, pareciera que el realizador, nacido en Río de Oro (Cesar), hubiese tocado el cielo con las manos. Se trata de una película de alto riesgo, en el corazón del Vaupés amazónico.

A contracorriente de Werner Herzog, anhelando realizar un film que no justificara a los colonizadores sino que dignificara a los nativos de la zona, Ciro Guerra y su equipo de colaboradores han alcanzado lo que parecía imposible: hacer una película que descubriera el alma profunda de una inmensa zona geográfica de Colombia, una región que, para muchos, pareciera ser otro planeta. Filmada, a propósito, en blanco y negro, con la estrecha colaboración de cubeos, wananos, huitotos, ocainas, tikunas y distintas comunidades del Vaupés, con la participación del actor belga Jan Bijvoet (Borgman) y del norteamericano Brionne Davis (Savaged, Gentlemen Explorers), El abrazo de la serpiente es uno de los grandes proyectos del cine colombiano para el 2015. Gracias a la generosa complicidad de la productora Cristina Gallego, pude ingresar al secreto búnker donde el editor Etienne Boussac trabaja día y noche poniendo en orden las imágenes de Guerra. Luego de la visualización de un fragmento del largometraje, tuve la fortuna de conversar con director, editor y productora sobre los grandes desafíos de este incuestionable tesoro audiovisual. A continuación, un resumen que mi entusiasmo logró extractar de una extensa charla que aún no termina.

***

Lo primero que me sorprendió de su proyecto es la excelente calidad literaria del guion, al igual que el de Los viajes del viento. Me pregunto de dónde salió la idea de realizar una película tan riesgosa…

Bueno, en realidad, la idea vino de Ignacio Prieto, antropólogo, actor de mi primera película, La sombra del caminante, a quien conocí en la Universidad Nacional. Yo siempre había querido hacer una película sobre el Amazonas. Para mí era un verdadero viaje a lo desconocido, al igual que para muchos colombianos: una mancha verde que ocupa la mitad de nuestro mapa, pero de la que se conoce muy poco. Siempre me fascinó esa especie de “viaje al más allá”. Gracias a Ignacio, conocí la historia del etnólogo alemán Theodor Koch-Grünberg (1872-1924) que recorrió el Vaupés colombiano sin saberlo: él pensaba que estaba en Brasil. Hasta ese punto llegaba el desconocimiento de la zona, aún a comienzos del siglo XX, durante la época de la cauchería. Lo tremendo es que, de muchas de las etnias que conoció Koch-Grünberg, solo queda el testimonio de sus escritos, pues fueron arrasadas. Hay entonces un encuentro que se dio y sembró una semilla. Y esa semilla floreció muchos años después, en los años sesenta, gracias a la contracultura y a la psicodelia. Antes de los años sesenta no existía el respeto por la cultura indigenista. Todo ello surge de esos ya lejanos encuentros. Dicha conciencia se dio a partir de allí, de una manera muy silenciosa. Todo ello me pareció una historia estupenda. Una historia muy sencilla, pero que posee elementos que aún son muy relevantes hoy. 



Fotos © Liliana Merizalde y Andrés Córdoba
Más allá de Holocausto caníbal, Amazonas para dos aventureros o Kápax del Amazonas, ¿tenía alguna otra referencia de alguna película filmada en esa región colombiana?
En realidad, El abrazo de la serpiente es la primera película que se hace en treinta años en nuestro Amazonas. Es una región que estaba estigmatizada por todas las violencias nacionales. Y sí, es cierto. Cuando los cineastas iban a la zona, filmaban películas de tarzanes criollos, pero no había un interés en estudiar las culturas, en ahondar en el conocimiento existente al interior de sus comunidades.
Hace muchos años leí un texto de John Boorman, cuando filmó The Emerald Forest, en el que reflexionaba sobre cómo filmar la selva. ¿Qué se encontró visualmente?
Partimos de una apuesta muy arriesgada: queríamos que la película se viera como los documentos de los etnólogos en los que nos basamos. Queríamos que la imagen del film fuese similar a la de las fotos del biólogo estadounidense Richard Evans Schultes, por ejemplo. Son documentos muy hermosos, porque dan cuenta de un Amazonas que ya no existe. Eso implicaba hacer la película en blanco y negro. Debíamos alejarnos del exotismo y de lo que la gente espera en experiencias de este tipo. Para mí era un desafío visual porque el entorno siempre es verde. Te fatiga visualmente. Al poco tiempo ya estás saturado. Mientras que estos ríos fotografiados son negros. Por otra parte, la luz en la selva es distinta: a las 4:00 de la tarde ya estábamos filmando con asa 500. Y queríamos conseguir una sensación muy orgánica, lo cual implicaba grandes retos. No queríamos llevar muchas luces artificiales. Queríamos trabajar con la luz natural, pero se trata de una luz muy cambiante. Y que es inesperada. A veces montábamos la cámara en un sitio y, cuando teníamos todo listo, debíamos irnos para otro lado, porque la atmósfera había cambiado. Era dispendioso pero, al mismo tiempo, nos dimos cuenta de que todo en la selva es así. Nos dimos cuenta de que a la selva hay que aprender a escucharla, porque la selva te puede acabar muy fácilmente.

¿Cuánto tiempo duró el rodaje?

Esta era una película planeada para hacerse en seis semanas y, al contrario de lo que sucedió en Apocalypse Now!, que se diseñó para seis semanas y terminó siendo una aventura de 16 meses, en nuestro caso a veces sentíamos que la naturaleza nos estaba colaborando: no llovió en cinco semanas, salvo en las pausas para el almuerzo. Apenas terminábamos el último plano del plan de rodaje del día, se venían chubascos atronadores pero, para nuestro desconcierto, durante la filmación, el cielo permanecía despejado. 



Fotos © Liliana Merizalde y Andrés Córdoba

Cuando pienso en películas sobre la selva, siempre se me viene a la memoria la experiencia de Herzog con su Aguirre, su Fitzcarraldo o, en mi caso, pienso en Burden of Dreams, el excelente documental de Les Blank sobre el rodaje de esta última. En su caso, ¿Herzog existió en tu película para homenajearlo, para complementarlo, para llevarle la contraria?

Siempre pensé que El abrazo de la serpiente era un contraplano de ese tipo de experiencias. Son películas que, como cinéfilo, uno crece admirándolas. Pero, cuando entras a estudiar la historia del Amazonas, te das cuenta de que personajes como Fitzcarraldo fueron de los más grandes genocidas de esa región. Dibujó las fronteras entre Perú y Brasil con sangre. La película lo pinta como un soñador bucólico. Son películas colonialistas, en las que se cuenta la historia desde un solo lado. En las películas de Herzog los indios están al fondo. Están puestos, nunca tienen nombre, nunca tienen más de dos líneas de diálogo, nunca son personajes: nunca son gente.

¿Cuándo empezó a escribir el guion?
En 2010.

¿En Bogotá o fue a los lugares donde sucede la historia?

Insisto en que el Amazonas que está en el guion es un Amazonas que ya no existe. Es un Amazonas imaginado. Hoy es otra cosa. Cuando comencé a viajar, me di cuenta de que de todo lo que se sabe del Amazonas del siglo XIX es muy poco lo que se mantiene vivo. Para la película había que reconstruirlo todo y, en muchos casos, refugiarnos en la ficción, porque había huecos muy grandes en esa historia. Hice muchos viajes, pero mi principal punto de apoyo fueron los escritos de los viajeros que se convierten en personajes de la película.

¿Cuáles fueron los textos de referencia para la escritura del guion?

En primer término, Dos años entre los indios y Vom Roroima zum Orinoco, de Koch-Grünberg, que son sus grandes escritos. También El bejuco del alma, de Schultes. Yo sé que a partir de esta gesta se han querido hacer varias películas, pero nunca han llegado a buen final. 



Fotos © Liliana Merizalde y Andrés Córdoba
A nivel de la puesta en escena, ¿cuál fue la estrategia? Porque en el cine, tanto en el documental como en la ficción, siempre hay que manipular la realidad para que parezca real…

Primero, hay que aclarar que no se trata de una película documental. Es una película de ficción, de aventuras, hecha alrededor de sueños. Es una película hecha para todo el público. Incluso hecha para los escépticos. No es un film hecho solo para ecologistas, ni para místicos, ni este tipo de especialistas. Lo que buscábamos era una gran autenticidad y, por ello, trabajamos con las propias comunidades de la región. Lo importante era enseñarles a ellos cómo eran las estrategias del cine. Cuando estuve allá y los conocí, tuve la convicción de que en esa zona se podía rodar.

Volviendo a la escritura del guion, uno siente que esos personajes no son fáciles de encontrar para hacer una película argumental. ¿Ya los había ubicado en la realidad, o aparecieron después?

Los personajes nacieron primero “soñados” y luego se materializaron. Uno de ellos, por ejemplo, llamado en el guion Karamakate, es un indígena de 80 años, lo escribimos sin tener mucha esperanza de conseguirlo. Sin embargo, en el proceso de búsqueda fueron apareciendo uno a uno, incluido el huidizo anciano. Yo pensaba que un personaje como Karamakate no existía. Cuando lo encontramos, era como si se nos hubiera aparecido la Virgen. Para otro de los personajes protagónicos comencé a trabajar con un actor de padres indígenas, porque pensé que era la mejor vía para lograr una buena interpretación. Y no funcionó. Entonces entendí que es un camino más eficaz enseñarle a un indígena lo que es el cine, que enseñarle a un actor a que “represente” un indígena. Hay una verdad interior que es irreemplazable.

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