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Las dolorosas señales particulares

Se estrena en Colombia Ida, el quinto largometraje de ficción del director polaco Pawel Pawlikowski, de quien el FICCI presentó una completa retrospectiva este año.

2014/07/23

Por Juan Carlos González A.* Medellín

Ida (2014) cae como un meteorito en la filmografía de Pawel Pawlikowski, un director polaco que ha hecho carrera en Inglaterra como documentalista, guionista y realizador de largometrajes de ficción, uno de las cuales —My Summer of Love (2004)— obtuvo incluso el galardón a la mejor cinta británica otorgado por los premios bafta. Adaptado por completo al modelo europeo de producción, se atrevió a rodar en París, con Ethan Hawke y Kristin Scott Thomas una película, La femme du Vème (2011), digna de la paranoia de Polanski.

Nada en su carrera previa hacía presentir la repentina aparición de un filme como Ida, el primero que hace en su natal Polonia, en blanco y negro y en el tradicional formato “académico” (1.37:1) con el que se filmó el cine clásico desde la llegada del sonoro. Con un guion escrito por él y por la dramaturga inglesa Rebecca Lenkiewicz, la cinta nos lleva a 1962, a un convento católico donde una novicia llamada Anna (la novel actriz Agata Trzebuchowska) sale temporalmente de la clausura para visitar a su tía materna —de la que nunca había tenido noticias previas— antes de tomar los votos perpetuos. El drama de la película surge del contraste entre la ingenuidad de la novicia y el cinismo desesperanzado de su tía Wanda (Agata Kulesza), una curtida mujer que va a revelarle a Anna unos estremecedores secretos familiares. Que no se preocupen los lectores: hasta acá llega el resumen de la trama.

La película está hermosamente filmada y es un homenaje al cine polaco y checo de los años sesenta —pienso en el Wajda de Cenizas y Diamantes (1958), en el Polanski de El cuchillo en el agua (1962) o en el Milos Forman de Los amores de una rubia (1965)—como si intentara ser una cinta de esa época, perdida —probablemente censurada— durante más de cincuenta años y que ahora fuese descubierta, en perfecto estado, en algún ático polvoriento de unas ruinosas oficinas que décadas atrás pertenecieron al Partido Comunista polaco. Pero las intenciones artísticas de Pawlikowski van incluso más allá, y en su composición visual, en su iluminación y en su ascetismo formal Ida evoca a maestros como Dreyer, Bresson o Bergman. Los personajes están por lo general en el tercio inferior del cuadro, rodeados, casi devorados, por el cielo o por los techos; la cámara no se mueve (salvo en las dos escenas finales); además se rodó sin cortes por un operador novato llamado Lukasz Zal que nunca había hecho la cinematografía de una cinta. Quizá por todo eso las imágenes iniciales en el convento invernal me trajeron a la memoria, sin dificultad alguna, al Tarkovski de Andrei Rublev (1966) en su esplendoroso rigor. No es una pose vacía la de Pawlikowski, su película no se regodea en su propia belleza, se sirve de ella para sumergirnos con naturalidad en el relato de una mujer ingenua que ha estado toda su breve vida al servicio de Dios y que ahora debe enfrentar la realidad de sus verdaderas señales de identidad.

En una entrevista concedida a Violet Lucca para la revista norteamericana Film Comment, Pawlikowski menciona que, pese a amar las cintas de la nueva ola checa, en realidad no estaba pensando en ninguna película determinada que le sirviera de inspiración para Ida, pues lo que quería era mostrar su impaciencia con el cine actual, lleno de absurdos movimientos de cámara, de cortes veloces, de close-ups sin sentido. Sin embargo cuenta que se mantiene viendo 8 ½, de Fellini. No es un detalle menor. El cine de Fellini polariza a sus personajes femeninos en dos extremos: la santa y la puta, La Gelsomina de La Strada (1954) y la Maria ‘Cabiria’ Ceccarelli de Las noches de Cabiria (1957). La virginal Paola que intenta salvar a Marcello versus la rotunda embriaguez sensual de Sylvia (Anita Ekberg) en La dolce vita (1960). Al mismo esquema se acoge Pawlikowski en Ida: en un extremo está Anna, que nada sabe del mundo ni de ella misma, y en el otro Wanda, hastiada de tanto amante fugaz, cansada de hacer y hacerse daño. Wanda confronta a su sobrina sobre su fe, su religión, su pasado imperfecto, su reprimido deseo sexual. Anna calla, sabiendo en el fondo que no tiene muchas respuestas que ofrecer. Las unen un nexo de sangre y una huella de dolor, que cada una asumirá según la fuerza y las convicciones que les queden.

En el fondo de este relato tenso está la historia del destino de muchos polacos durante la Segunda Guerra Mundial y después de ella. No hay que ser un historiador para entender lo que pasó. Pawlikowski convierte esos datos, hechos y víctimas en la búsqueda de dos mujeres por saber la verdad de su familia. En realidad Ida es la aventura de dos sobrevivientes y de cómo tuvieron que hacer las paces con su pasado para poder seguir viviendo. Entre la ignorancia celestial de una y la hipocresía salvaje de la otra se debate de manera constante esta narración breve y concentrada que en solo 80 minutos es capaz de hacernos sentir que estamos —para nuestro regocijo— ante una obra maestra.

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